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Por cien millones

Un secuestro sin manual de instrucciones

23 de marzo de 2026 3 minutos


Título original: Por cien millones
Año de emisión: 2026 (3 episodios de 55 minutos)
Emisión en España: Movistar Plus
Creadores: Nacho G. Velilla y Oriol Capel

Los años ochenta en España fueron salvajes, en todos los sentidos posibles del término. Un lunes de febrero de 1981, por ejemplo, Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados; el domingo de esa semana, Quini le metía dos goles al Hércules. Ah, también fue el día en el que lo secuestraron. 

Este en passant siniestro viene a cuenta de lo alucinado, sangriento e inestable de aquella época que uno solo puede recordarla pitillo en ristre, escuchando chistes de Eugenio a bordo de un Seat 131. O de un Simca 1000, ya puestos. Era tal el sabor metálico que, sin ir más lejos, durante las semanas que Quini pasó en su calabozo particular, ETA asesinó a tiros a tres personas, dos de ellas al salir de misa. Esa sociedad que se cocía en una salsa tan mudable, entre la promesa y la maldición, parece, tantos años después, la propicia para una tragicomedia que —por suerte esta vez— tiene más de sonrisa congelada que de sangre esparcida.

Porque puedes contemplar el glamour en las películas del cine negro o leer los titulares de una democracia que se tambalea y pensar que por ahí se esconde el billete para salir a flote de la mierda de vida que te ha tocado. Pero, al final, necesitas verdaderos redaños para ejercer el mal. El problema del crimen es que no viene con libro de instrucciones, como admite uno de los personajes: «Lo que nunca cuentan es lo difícil que es cobrar un secuestro. Eso no». 

Esa torpeza, ese proceder tan patoso, es lo que insufla su encanto a Por cien millones. Sus protagonistas son perdedores. Nosotros lo sabemos y —lo peor— ellos también. El trío de mecánicos con acento maño que tiene la brillante idea de pagar sus deudas con el rescate del goleador azulgrana son muy hispánicos en su derrota anticipada. Antihéroes de los de antaño, quijotescos en su delirio ante la realidad y en el subrayado de su fracaso. Hay momentos divertidos, casi coenianos (uno piensa en un Fargo cañí que acaba bien), al constatar la ineptitud del trío delincuente.

Y, sin embargo, estamos de su lado. No es solo que sean clase obrera que las está pasando canutas, golpeada por una inflación que casi llegó al 15 % aquel año. No. Es que son buena gente, incapaces de matar una mosca, que albergan el sueño aspiracional de cualquier padre de familia: «Esto lo hemos hecho por necesidad, ¿sabe? Yo llevo dos años en paro, se me ha acabado el subsidio. Tengo tres niñas. Nosotros no somos delincuentes; somos pobres. Solo queríamos darles a los nuestros una vida mejor». Una vida mejor, claro. El asunto es el coste del cómo. 

Y ahí es donde la miniserie llega, incluso, a doler: cuando las promesas a las esposas —esas mentiras piadosas, ay, que siempre ha espoleado el amor— carecen de fondos. Hasta el bailongo aspirante a Tony Manero quiere algo bastante simple: querer y ser querido. Es una pena que el autoengaño nazca del mismo manantial que el beso.

Por las noticias de sucesos de aquellos años sabemos que el propio Quini perdonó a esta panda de aspirantes. Y también que acabó ganando el trofeo Pichichi de aquella liga. Es un premio más que aceptable para diferenciar una tragedia de un sainete. 


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