
Título original: «Gary», episodio especial de The Bear
Año de emisión: 2026
Emisión en España: Disney +
Creador: Christopher Storer
Uno abría el otro día su cuenta de Disney y, ¡zas!, episodio sorpresa. Con esa literalidad lo anunciaba la propia plataforma: lo inesperado era parte esencial de la estrategia. Se ven los rostros de Mikey y Rich envueltos en una carcajada altanera y el título del capítulo especial, «Gary», una ciudad de Indiana decadente, gris.
Con esos mimbres, cualquier fan de The Bear percibe que este esqueje constituye una precuela, puesto que el Mikey interpretado por Jon Bernthal es esa tragedia fuera de cámara que enciende y sobrevuela la serie desde su soberbia primera temporada. Es una pena que, tras dos años iniciales excelentes, las andanzas culinarias y vitales de Carmy Berzatto hayan perdido punch y se hayan estancado en lo previsible, en lo autocomplaciente, incluso. Por eso, este aperitivo que es «Gary» revestía un interés extra. Uno intuye que los creadores querían romper el saque para preparar el terreno, guiar la conversación y manejar los tiempos antes de que se estrene la quinta y última temporada este verano.
Las intenciones dramáticas de este especial son claras: revolotear por el punto cero narrativo, esto es, los conflictos internos del autodestructivo Mikey, esa sombra griega tan alargada. Y ahí, sin embargo, es donde «Gary» no termina de funcionar. Con una estructura de road movie entre adicciones evasivas y extraños contrabandos, el capítulo propone un nuevo relato autoconclusivo, de los que ha habido demasiados últimamente. Apenas un puñado de personajes, una cartografía de la quiebra emocional, mucha intensidad, mucho grito, mucha camaradería bravucona y esa sensación de olla hirviendo que en cualquier momento puede explotar.
Y lo hace.
El problema es que ya hemos recorrido esas coordenadas. El flashback de la aplaudida cena navideña en la segunda temporada tenía tanta fuerza, en parte, por lo vertiginoso y refrescante de alumbrar huecos dramáticos que permanecían a oscuras; ahora, cuando el cántaro va tanto a la fuente del pasado, por contra, el trayecto rompe su eficacia dramática. Eso no quiere decir que el episodio —que, como ya le ha ocurrido a la serie en otros tramos, habría agradecido un buen afeitado de guion— no tenga alguna escena memorable, en especial gracias a la química interpretativa del volcán en reposo que es Bernthal y al caos eléctrico de Ebon Moss-Bachrach. No es casualidad que ambos hayan coescrito el episodio al tiempo que comparten escenario en Broadway con una actualización de Tarde de perros. De hecho, «Gary» es una chuchería para actores de método como ellos, con todo lo que eso implica: pura carne y nervio que transpira autenticidad… hasta que el exceso provoca que se le vean las costuras al tic y a la mueca.
Sacar episodios por sorpresa lo han hecho más series: Euphoria, Sandman, Horace & Pete o Black Mirror, por citar algunas. Pero no es algo, en el fondo, tan novedoso, puesto que durante décadas la sorpresa venía por el cambio de plantilla: esos episodios especiales que nos traían un Buffy mudo, un Scrubs musical, un Los Soprano con dos personajes perdidos por el bosque, un Breaking Bad embotellado en torno a una mosca o las dos catedrales a las que se enfrenta el Presidente Bartlett en El Ala Oeste.
No parece que este «Gary» —a pesar de su clímax tan devastador y de su cliffhanger— ascienda a semejante panteón de capítulos memorables. Pero sí permite albergar una esperanza: que, enfilando su clausura definitiva, la serie creada por Christopher Storer haya decidido abandonar las carreteras secundarias de su discurso para recuperar el sabor del aquí y del ahora. Porque The Bear siempre cocinó sus momentos más sabrosos cuando, en lugar de obsesionarse con los rescoldos del pasado —imagen recurrente en «Gary»—, decidía arder en la intemperie del presente.




