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Bronca (Beef)

Enemigos íntimos

17 de abril de 2026 4 minutos


Título original: Beef
Año de emisión: 2023-2026 (Temporada 1: 10 episodios de 35 minutos. Temporada 2: 8 episodios de 45 minutos)
Emisión en España: Netflix
Creador: Lee Sung Jin

«Te tienes que alejar de mí, tío». En el penúltimo episodio de la desconcertante y notable primera temporada de Bronca, un desarmado Danny le confiesa a su hermano la toxicidad emocional —tan (auto)destructiva— que irradia. Es la culpa pidiendo auxilio y expiación tras horas de metraje y años de vida huyendo frenéticamente hacia adelante… para darse cuenta, a la postre, de que lo único que ha logrado es cavar la tumba bajo sus propios pies. Porque esa metáfora de la pala que sabotea a uno mismo encapsula el aliento moral y dramático de la primera temporada de Bronca (el original Beef tiene ese matiz de «cuentas pendientes»), una de las últimas series de la churrería Netflix que logró concitar el aplauso crítico, allá por 2023. Tanto Danny Cho (un sensacional, matizado en su agonía interna, Steven Yeun) como Amy Lau (qué frescura en el cambio de registro de Ali Wong) la toman contra el mundo para evitar enfrentarse a sus demonios interiores. Y así les va. 

El percutor de la premisa de Beef recuerda a una curiosa serie australiana titulada The Slap (La bofetada). En aquellas antípodas, toda la dinámica social —amigos, amores, rencillas, envidias, secretos, familias— se despeñaba partiendo de un azote ocasional a un crío durante una quedada dominguera. Algo casual e inicialmente sin mayor recorrido acaba sacudiendo los cimientos internos y externos de todo quisqui. En Bronca es un banal incidente de tráfico lo que provoca que la furia al volante desemboque en una bola de nieve que engorda y engorda hasta visitar en avalancha las puertas del infierno. Hacer clic, despertar un monstruo que pensábamos dormido en nuestro inconsciente. 

En ese inesperado viaje hacia la obsesión y la venganza, la primera temporada de Bronca mezclaba la comedia negra, los guiños religiosos, el thriller con malotes de prisión y narco y cierto costumbrismo étnico (no en vano es una historia que, sin necesidad de cuotas ni de caer en estereotipos, ostenta un indudable sabor asiático-americano: un protagonista es de ascendencia coreana y la otra de origen chino-vietnamita). Y parte de su éxito radicaba en hacer apetitoso un potaje tan dispar aliñándolo con una tonalidad insólita, capaz de múltiples capas de lectura. Por ejemplo, los títulos de crédito superponen citas de escritores y pensadores (Kafka, Weil, Plath, Jung) a la iconografía visceral y perturbadora del artista David Choe, mientras que las canciones de cierre —pop angustiado de los noventa y dos mil— habilitan una sabrosa segunda navegación sobre lo visto.

Pero hay más para convertir el artefacto de Bronca en algo inclasificable y, por eso, apasionante. Durante el crescendo alocado que supone toda la trama, el espectador se carcajea ante lo irracional de la ira, se emociona ante las lágrimas genuinas que piden el perdón de Dios mientras deslizan un timo con la mano izquierda, se incomoda ante escenas sexuales no tanto explícitas como escabrosas, se violenta ante súbitos fogonazos de violencia inesperada y absurda, se le cae la mandíbula con unos cuervos que hablan (¡!), y emparenta con lo alucinógeno-lynchiano en esas últimas vomitonas en un desierto que abrasa, ay, para redimir. Porque hay latido moral: extremos que se tocan, espejos que no quieren reflejarse, dos caras de una misma moneda en una simetría cruel. Ya sabíamos que la soledad es un oasis que ansía ser río. 

Fue tal el éxito artístico —llovieron Emmys y Globos de oro— que el guionista Lee Sung Jin se ha animado a convertir la miniserie inicial en antología. Recuerden este concepto en propuestas como Fargo, True Detective o American Horror Story: consiste en pulsar el botón de reiniciar para cada temporada. Esto implica una nueva historia, actores diferentes y conflictos renovados, pero manteniendo el género, el equipo de guionistas y el sabor de la propuesta. Así, la segunda temporada, que se estrenó el 16 de abril, conserva los temas de fondo: la culpa, la mentira, la rabia, el peso del pasado, la frustración y la hipocresía entre un yo íntimo dañado y la imagen benéfica que se pretende exhibir. 

Esta vez, sin embargo, la trama contrapone (¡y enfrenta!) a una pareja de zoomers con sus jefes, ese matrimonio en crisis que regenta un club para millonarios mientras intenta aguantar la fachada. Tras visionar el primer episodio de la segunda temporada, parece que los agravios, los chantajes y la cólera revolotearán por las diferencias económicas, los implícitos del lugar de trabajo, la olla a presión de las redes sociales y la erosión del tiempo en el amor. La pelea, ahora, transita caminos más subterráneos. El título del segundo episodio trae a este Proust tan elocuente en su tristeza: «No puede haber paz de espíritu en el amor, puesto que lo que se ha obtenido nunca es más que un nuevo punto de partida para nuevos deseos». El beef ya no es un accidente: es la forma que adopta el amor cuando se pudre por dentro y convierte a tu media naranja en el enemigo más íntimo. Pero, no, no es el otro. El problema eres tú. 


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