
Jon Fosse
Random House, 2025
168 páginas
17,95 euros
Ninguna tecnología podrá reemplazar al amor, la amistad. Ninguna red social sustituirá jamás el contacto real con otra persona. Y esa es una de las verdades que quedan tras leer Vaim, de Jon Fosse —premio Nobel de Literatura 2023—, especie de fábula u obra corta de teatro sobre esos temas y la pérdida, la soledad, el desasosiego de saber que, en definitiva, al final estamos solos. Obrita breve en tres tiempos y en un lugar, donde se mecen pasado, presente y futuro como las olas que bañan Vaim —Fosse caminaba a la escuela escuchando el sonido de la costa, eso no se olvida—. El autor toca sutilmente estos puntos íntimos como ese relámpago que crispa el fuego, donde se habla despacio, se escucha despacio y de los que nos iremos tan machadianamente ligeros de equipaje, como los hombres de la mar.
Tres partes componen Vaim, y tres personajes las protagonizan. El primero es Jatgeir, que emprende viaje a Bjorgvin, como solía hacer cuando vivían sus padres. Aparece un elemento circunstancia absurda: sin venir a cuento le estafan comprando un carrete de hilo y una aguja que irán uniendo sus biografías. Cada una se hilvanará a pinceladas. Intuido, inesperadamente, entra Eline —cuidado, los deseos se pueden cumplir—, que atesora una fuerza y una voluntad capaces de condicionar a los protagonistas —como una peripecia psicológica sentimental, que diría el catedrático Baquero Goyanes—. El lector ya estará metido en la historia, abrigado por la imaginación de Fosse.
El segundo acto recuerda aquello de Einstein: «La experiencia más bella que puedo tener es el misterio». Elías es el mejor amigo de Jatgeir. Tras la llegada de Eline se distanciaron, pero nunca lo olvidó. Elías percibe algo sobrenatural: «Pero eso, ¿eso es que han llamado a la puerta? Pues creo que sí, [y no recuerdo que nadie haya llamado a la puerta en muchísimo tiempo]». Sobrecoge la naturalidad al describirlo. Por último, Frank, al que el lector no le había dado mucha importancia, resulta ser el engranaje para encajar las piezas que faltaban. Hasta el ser más simple guarda en su interior una extraordinaria sensibilidad. Y surge la pregunta más importante: qué fuerza tan poderosa hace que ocurra en la vida todo lo que sucede.
En el aspecto formal, temas como la soledad, los deseos casi satisfechos y la incapacidad de expresar las emociones transitan sin dejar de tener su belleza. La narración discurre entre frases cortas, ausencia de puntuación y mucho parlamento interior. Las elipsis contendrán enigmas. Pero lo más destacado son los soliloquios, que introducen al lector en el interior del personaje, entre un ir y venir de palabras sin freno y expresiones de forma atropellada, resultado del recuerdo y la inquietud por lo imprevisible. Artificio fruto del oficio del que lleva décadas escribiendo obras teatrales para comunicarnos lo más profundo que va descubriendo sobre el comportamiento humano. Una lectura placentera y sosegada, en un lugar como de otra época, al armonioso paso de los días, de los meses, de los años…



