Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 719

Conectando los puntos de la vida

Texto: Claudia Blanco [Com 10]

La intuición guio los pasos de Claudia Blanco de vuelta a sus orígenes. Tras graduarse en Pamplona, decidió regresar a México con su familia. Hoy tiene la certeza de que hizo lo correcto. En Culiacán, su lugar en el mundo, ha reescrito su historia y, sobre todo, ha disfrutado del mejor regalo: doce preciosos años junto a su madre.


CULIACÁN [MÉXICO]. Hay decisiones muy difíciles. Cuando les conté a mis amigos que volvería a Culiacán después de graduarme, muchos pensaron que me equivocaba. Me decían que la familia no era motivo suficiente para hacerlo. ¿Y dónde quedan tus sueños? ¿Vale la pena el sacrificio? En realidad, lo había decidido dos años atrás. De la noche a la mañana mi tía María Julieta falleció en 2007. Tenía sesenta años y, al igual que sus seis hermanas —también mi mamá—, padecía la enfermedad de Fabry, un trastorno genético hereditario raro donde la falta de una enzima puede afectar al riñón, al sistema nervioso o al corazón. 

Aquel mes de octubre sentí la finitud del tiempo. Estaba en mi segundo curso en Pamplona, a tres vuelos de distancia.  Skype nos ayudaba a sentirnos más cerca, pero no pude abrazar a mi familia. Comprendí en ese momento cuál era mi lugar. El 29 de septiembre de 2010 aterricé en Culiacán. Volver no resulta fácil. Porque también dejas atrás una cultura: América no es Europa, México no es España, y Culiacán, aunque más grande, tampoco es Pamplona. 

Culiacán se encuentra al noroeste de México. Con un millón de habitantes, es la ciudad más poblada del estado de Sinaloa. Su economía gira en torno al campo, pero tristemente se la conoce como una de las capitales del narcotráfico: desde aquí opera el cartel del Chapo Guzmán. En enero fuimos protagonistas en el mundo por la captura de su hijo Ovidio y la ola de violencia que azotó nuestra región de nuevo. No vivimos en zona de guerra, pero sí sumergidos en una narcocultura que nos ahoga. Sin embargo, apenas se habla de este problema social porque existe la creencia de que afrontarlo lo normaliza.

A pesar de que me sentía extranjera en mi propia ciudad, estar cerca de mi familia me nutría. En esa época, mi papá decidió enfocar su negocio en el microcrédito inspirado en modelos que seguían a Muhammad Yunus. Trabajar con él durante la búsqueda de inversores me hizo entender la presión diaria que soportaba. Por la tarde, los cafés con mis abuelos Tere y Héctor, rebosantes de anécdotas, me ayudaron a reconstruir las raíces de nuestra historia. Desde entonces valoro aún más el conocimiento y la experiencia de los mayores. Recordé también el consejo tantas veces repetido por los profesores de la facultad: aprender a escuchar.

Durante mi etapa en la Universidad, se despertó mi pasión por la literatura y el arte, algo que me abrió los ojos a ese Culiacán al que antes no prestaba atención. Como el museo de Sinaloa, donde descubrí el poder de la cultura para reflexionar sobre los terribles efectos del narco. Y el Cuadrante Creativo, un espacio municipal donde, entre otras actividades, se impartían talleres de escritura. Uno de los profesores fue Eduardo Ruiz Sosa y nos habló de la escritura como cauce de expresión ante la violencia que tiñe la vida en México. 

Claudia rodeada por sus padres tras su graduación, en mayo de 2010.

En Culiacán también conocí a Jorge. En 2014, al cabo de tres años, celebramos nuestra boda y muchos amigos de promoción nos acompañaron: Jorge Lavalle y Andrea Parra, que residen en México, Elisa Stahl vino de Guatemala y Juan Manuel Gari desde Uruguay. Meses después de casarnos hicimos un viaje largo con escala en Pamplona. Quería enseñarle a mi esposo mi alma mater, ese lugar del que siempre le platicaba con tanto entusiasmo. Pude presentarle a María Iserte, Alejandra Fedi y Lourdes Esqueda, algunas de mis primeras amigas en el aula 6. Durante dos cursos nos sentamos siempre juntas y ahora «las chicas de la tercera fila», como bautizamos a nuestro grupo de WhatsApp, seguimos en contacto. 

También nos tomamos un café en Fcom con Bea Gómez y Antonio Martínez Illán. Me sentí tan acogida por ellos… Y visitamos a Karla Rosales. A ella, a Andrea y a Elisa las conocí en las jornadas de bienvenida. Primero nos hicimos amigas y luego compartimos piso. Reencuentros entrañables que Jorge y yo guardamos en nuestra mochila antes de emprender el Camino a Santiago. Fue increíble despedirnos del campus en marzo con nieve acompañando nuestros pasos. De vuelta a Culiacán, pensábamos iniciar nuestra vida de pareja en otro lado, pero casi diez años y casi tres hijos después —la familia crecerá en agosto— aquí seguimos. 

 

TODOS A UNA, VENGA LO QUE VENGA

En el primer curso de la carrera analizamos el  discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford y recientemente he vuelto a sus palabras sobre cómo conectar los puntos de la vida para ver mi regreso con esa perspectiva. ¡Me siento afortunada por haber seguido mi intuición! Además de encontrar mi voz como escritora, pude disfrutar de la compañía de mi mamá muchos años, doce para ser exacta. 

Durante la pandemia, en septiembre de 2020, le diagnosticaron cáncer de colon en etapa cuatro. No hay una quinta. En nuestra familia rebrotó con fuerza aquello que la vida nos había enseñado entre 1994 y 1997: con siete años padecí leucemia y todos cambiaron su rutina para estar a mi lado. Una vez más, sus cinco hijos y mi papá buscamos la forma de acompañarla. Tras dos años de ir y venir a Estados Unidos, en julio de 2022 tuvimos que afrontar algo nuevo: cómo acompañar en el final. Juntos profundizamos en el verdadero significado de los cuidados paliativos. En nuestra desesperación, consulté con Víctor Santana, mi oncólogo pediatra y gran amigo. Nos explicó que en estas circunstancias las decisiones las debe tomar el propio paciente, por más doloroso que sea. 

Ella eligió regresar a México. En pocos días adaptamos su habitación, y el cuarto de baño se convirtió en un almacén de farmacia. En una libreta anotábamos las horas en las que tomaba las medicinas, si había sentido algún dolor, sus signos vitales… Fueron jornadas difíciles y hermosas en las que nos preparamos para el momento de la despedida

Despedida de Pamplona, en marzo de 2015, para hacer el Camino de Santiago.

Cuando yo era niña nuestra experiencia nos regaló esperanza. Una esperanza que mis papás quisieron propagar a través de la fundación GANAC: Grupo Amigos de Niños Afectados de Cáncer. La iniciativa creció inspirada en el St. Jude Children’s Research Hospital (Memphis), donde recibí mis quimios. Su misión era que ningún niño debía morir al amanecer de su vida, por eso se aseguraban de que los costos del tratamiento no fueran un obstáculo. Mi mamá adoptó la causa con todo su corazón, con esa claridad de que al recaudar dinero contribuía a salvar a otros.

En el verano de 2005, al graduarme de la preparatoria, salí de Culiacán con el corazón bastante roto. Semanas antes había fallecido la pequeña Atina con tan solo cuatro años. Padecía leucemia linfoblástica aguda, la misma que yo, pero no fue el cáncer lo que la mató, sino una bacteria. Cuando regresé una vez finalizados mis estudios universitarios, en una de mis visitas al área de Oncología del Hospital Pediátrico de Sinaloa encontré, para mi sorpresa, un «Carro de la hora dorada» con todo lo necesario para atender, dentro de los primeros sesenta minutos, a los pacientes que presentan fiebre o síntomas de infección.

Pero ¿y si no se puede curar? Nosotros volvimos de Estados Unidos con mi mamá desahuciada y aquellos momentos sembraron una inquietud más grande: desarrollar un proyecto de cuidados paliativos para acompañar a los niños de la fundación y a sus familias en ese trance. Ella nos dejó el 25 de agosto de 2022 y, al conectar ahora los puntos de nuestra vida, me quedo con la idea de que, aunque siempre busquemos dar esperanza, es igual de importante permanecer juntos, venga lo que venga.

 

* Pie de foto de la imagen principal: Una de las primeras fotos de familia, tomada durante las celebraciones navideñoas, en las que se nota la ausencia de la abuela, Claudia Montaño de Blanco.