Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Recuerdos verticales

Texto: Miguel Ángel Iriarte [Com 97 PhD 16]Fotografía: Archivo Fotográfico Universidad de Navarra

En marzo de 1968 se inauguró Torre I, parte del Colegio Mayor Belagua, y, en septiembre de ese mismo año, Torre II. Desde entonces, alrededor de cuatro mil estudiantes han pasado por estos edificios cuya verticalidad los hace singulares en el relieve arquitectónico del campus. En su 50 aniversario, las Torres proyectan una remodelación material que dé continuidad a su historia y a la esencia de todo colegio mayor: la convivencia universitaria culta de quienes viven en él.


Con frases directas y llenas de detalles divertidos para el lector de hoy, Diario de Navarra aludió el 12 de marzo de 1968 a la apertura de Torre I: «Con una botella de leche estrellada en una pared se inauguró el domingo la primera de las torres que para residencia de universitarios se han construido detrás del edificio central. La Torre tiene capacidad para cien residentes y está considerada como una fórmula nueva de residencia estudiantil inédita en España. […] La originalidad de la nueva fórmula radica en el planteamiento mismo de la residencia. La tradición de los colegios mayores es algo que hay que mantener, pero que cuesta muy caro. Ahora, en la torre, el estudiante paga menos de cincuenta pesetas por un alojamiento confortable en habitación individual y dentro del campus universitario».

Más allá de las cuestiones económicas de cada época, se ve que el carácter propio de las Torres viene de lejos. Quienes conozcan el campus —el autor de estas líneas tuvo la suerte de vivir en Torre II entre 1993 y 1995— probablemente sabrán que los residentes de las Torres dicen poseer algo especial, ni mejor ni peor que en otros lugares: un particular sentido de pertenencia a su colegio mayor —uno es «de Torre» para siempre—. La experiencia de residentes actuales como Eduardo García [Der 19], en Torre I desde 2015, lo confirma: «Siempre que viene un antiguo colegial a la tertulia suelo preguntarle cómo ha influido en su vida la Torre. Y nunca me acostumbro a sus respuestas. Frases como “te marca para toda la vida”, “te influye personal y profesionalmente” o “no lo cambiaría por nada” me golpean con fuerza. Me impactan porque es algo que ya empiezo a comprobar después de los tres años que llevo aquí».

Quizá ese rasgo diferencial de las Torres proceda de un elemento constructivo muy suyo: la escalera que recorre sus ocho plantas. Los arquitectos y profesores de la Escuela Ignacio Araujo y Juan Lahuerta plantearon un diseño sólido y sobrio que convirtió las escaleras interiores en un concurrido patio de vecinos, con consecuencias muy positivas para el ambiente de la casa: «Parte importante del éxito de las Torres —afirma Héctor Devesa (Arq 00 PhD 16), director de Torre II entre 1999 y 2003 y actualmente profesor de la Escuela de Arquitectura— es que en ellas se comparte todo con los demás y nadie puede sentirse solo».

Por supuesto, en el ADN de las Torres, como en el de todo colegio mayor, está fomentar la convivencia culta de los colegiales y ayudarles a aprovechar a fondo una etapa clave para ellos. El estudio, la formación cultural y la sensibilidad social son ingredientes fundamentales de los años en Torre. Pero, si hubiera que elegir un punto específico, aunque no original, aportado por estos edificios a sus residentes, sería la amistad. Los más de cien peldaños, los dos ascensores, los trescientos cincuenta metros de trayecto hasta los Comedores recorridos seis veces al día, las habitaciones o los pasillos han presenciado innumerables anécdotas generadas por los cuatro mil  antiguos residentes —algunos hoy conocidos en ámbitos públicos, otros más anónimos pero igualmente importantes—, entonces futuros abogados, médicos, filósofos, profesores, científicos, periodistas, escritores, artistas, etcétera. Como resume gráficamente Mario Fernández —que vivió en Torre I en 1999 y en Torre II entre 1999 y 2010—, «¡qué bien lo pasábamos y qué poco dormíamos!».

El futuro de las torres

En octubre de 1967, san Josemaría Escrivá aludió a las Torres todavía en construcción cuando, en su homilía «Amar al mundo apasionadamente», pronunciada frente a la Biblioteca, afirmó: «Nos encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el campus universitario; el retablo, la biblioteca de la universidad; allá la maquinaria levanta nuevos edificios; y, arriba, el cielo de Navarra». Esos «nuevos edificios» se inauguraron en 1968 y, desde entonces, las Torres no han crecido —no es posible— pero sí han madurado, continuamente presentes en la vida de la Universidad y siempre a la intemperie, algo desafiantes, como puso de manifiesto su resistencia tras la explosión de dos bombas cercanas, en 2002 y 2008.

Ahora llega el momento de la celebración de sus primeros cincuenta años y de seguir mirando hacia delante. De hecho, Belagua ha decidido acometer la reforma de las Torres y la construcción de un edificio de uso común a las dos situado entre ellas. Pero, con independencia de las cuestiones materiales, esta efeméride permitirá al colegio mayor pensar en el futuro. Como dice Manuel Tarrío [Der 12], actual director de Torre II, «este nuevo proyecto nos invita a reflexionar sobre nuestra misión como institución universitaria, volviendo la vista a nuestros orígenes, y sobre los retos educativos que nos plantean las próximas generaciones de jóvenes universitarios».

El sábado 14 de abril se conmemorará  este aniversario. La celebración comenzará a las doce del mediodía con una misa en el Edificio Amigos y concluirá con un cóctel en el Museo de la Universidad. Varios antiguos residentes han formado un comité organizador que está comprobando la fuerza de los lazos entre los colegiales, muchos de los cuales, con sus familias, podrán reunirse en Pamplona. ¡Felicidades y larga vida a las Torres!