Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 710

Todo al jazz en tiempos del reggaeton

Texto Manuel de La-Chica [Com Fia 19]  Fotografía Fátima Rosell [Com His 19]

Salvador Sobral (Lisboa, 1989) sorprendió al mundo en 2017 al ganar Eurovisión con una balada compuesta por su hermana. Pocos meses después, un problema cardíaco le obligó a desaparecer de los escenarios durante un año. Recuperado y con nuevas energías, en 2018 la gira de presentación de su primer disco lo trajo a Pamplona. Con ocasión del concierto que ofreció en el Museo Universidad de Navarra, Nuestro Tiempo le acompañó durante dos días y pudo conocer de cerca a una de las figuras del panorama musical actual con un estilo más propio.


«Perdona, ¿eres Salvador Sobral?». la que habla es una señora de unos cincuenta años, canosa, que ha entrado hace cinco minutos en el hotel Blanca de Navarra de Pamplona. Antes de preguntarle ya le ha mirado varias veces: nada más acceder al hotel, desde la recepción y en el sillón mientras se tapaba con un periódico. «Sí, soy yo», responde el cantante. «Ah, es que estuve en Peñíscola escuchándote y me sonaba tu voz. ¡Es tan peculiar! Pero te has cortado el pelo, ¿no?». «Sí, para que no me reconozcan».

Salvador Sobral huye. Siempre está huyendo. De la fama, de la caricatura de cantante triste que pintaron las críticas de Eurovisión, de las entrevistas... Le gusta hablar, pero tiene que ser él quien lleve la batuta, quien decida en torno a qué gira la conversación y cuándo se acaba. Porque, si no, se aburre. Y ya le han aburrido mucho con las mismas preguntas de siempre: cómo fue el trasplante de corazón, qué tal el Erasmus en Mallorca, qué buen español tienes. Por eso no le importa decir a su interlocutora que «Peñíscola no es muy bonita» o meterse con los portugueses que coreaban sus canciones durante ese concierto mientras él las interpretaba. Él prefiere hablar del jazz, de creación, de volver a empezar una y otra vez. Sin mirar donde el resto está acostumbrado a mirar. Sin grabar las canciones que improvisa, porque lo que importa es el incesante fluir de la música. «Cada una de mis actuaciones es una búsqueda constante de la novedad», dice. «Tienen que pasar cosas, no repetirse, provocar sentimientos distintos. Y eso, a veces, es estresante».

Antes no era así. Cuando cantaba con su padre, Luis, y con su hermana, Luisa, en los viajes en coche a Algarve durante su infancia, no había presión por cambiar. Simplemente jugaban a hacer melodías. Ponían canciones de los Beatles, de Simon & Garfunkel, de Genesis. Su padre les decía que se fijaran bien en las letras, en lo que quería decir John Lennon; que lo entendieran de verdad para saber qué era lo que estaban cantando. Así aprendieron inglés y así, desde el amor de su padre, comenzaron a apreciar la música. 

Luis Sobral, el padre de Salvador, es anticuario. Vende cuadros y muebles. A pesar de no haber estudiado en ningún conservatorio, su hijo asegura que «adora más la música que cualquier profesional, precisamente porque no tiene la responsabilidad de tener que vivir de ella». Luisa María Cabral, su mujer, la madre de Salvador y de Luisa, tampoco tiene formación musical. Es cocinera. Aunque para Salvador era sobre todo refugio, el refugio en el que se encerraba para llorar cuando se enamoraba de una chica mayor que él en el colegio y esa chica le decía que no. Y otra. «Mamá…». Y otra y otra y otra.

«Yo estaba viciado en el amor no correspondido», recuerda ahora, a sus veintinueve años, dando un sorbo a un café en la sala de estar del hotel del que ya se ha marchado la señora canosa. Lo dice y se queda en silencio, quizá recordando a aquella chica que hace diez años le obligó a presentarse a Ídolos, la versión portuguesa del programa cazatalentos inglés Pop Idol. En el casting apostó por una pieza de Stevie Wonder y otra de Ray Charles. Luego cantó, a petición del jurado, otra más: Georgia On My Mind. Cambió la letra en el segundo verso, se jactó de ello («Night through, day through, it’s the same, men»), pero, ya fuese por el atrevimiento o por gusto, pasó de ronda. En la segunda selección volvió a retar al jurado: solo tarareó la melodía. La excusa esta vez fue que, aunque es una canción que lleva cantando desde los dos años, justo ese día «había olvidado la letra».

Salvador entró en el programa. Y salió asqueado. «La fama no es una cosa fácil. A ti te gusta la música, cantar, pero cantar es un detalle mínimo de la fama», proclama en la versión en vivo de su canción Nada que esperar, y continúa: «Pero la fama es mucho más. La fama es sonreír. Tú vas por la calle, estás en un restaurante o en la sala de espera de un hospital y la gente invade tu privacidad; te saca una foto de repente o te filma: “¡Oh, ese animal del soul!”. Y tú tienes que sonreír. Eso es la fama. Y cuando llegas a casa, mientras estás tumbado en la cama, escuchas fuera: “Esa es la casa de Salvador Sobral. Sobral, Sobral, venga a la ventana”. Tú te asomas y sonríes, porque eso sí es ser una figura pública. ¡Uh! ¡Soy de todos! La vida es un selfie».

 

La puerta de entrada al «jazz»

 Su paso por Ídolos ha hecho a Sobral muy crítico con los talent shows/realities como Operación Triunfo, en los que el concursante tiene que repetir una y otra vez una canción y se convierte en una «máquina de la industria». «Si vas a un programa así, es importante no ganar», asegura. «Porque ganar supone un contrato asesino que te obliga a hacer no-sé-qué, una gira… Si ganas, estás perdido». Sin embargo, Salvador reconoce que últimamente hay músicos de verdad que van a esos programas. Pone como ejemplo a la pamplonesa Amaia Romero. «Ella ya era músico antes. El programa la ayudó a darse a conocer un poco más. Y aunque hacía versiones, las hacía suyas».

El problema es que él participó en Ídolos sin saber aún quién era musicalmente. Por eso, harto de la fama, Salvador optó por abandonar la visibilidad que le había dado aquel programa y continuar sus estudios de Psicología en Mallorca con una beca Erasmus. Allí solo aprobó una asignatura, Psicología del Arte, y superó el examen porque consistía en interpretar una obra artística y él decidió cantar. El resto del tiempo lo dedicó a tocar en bares con un grupo. A veces tenía tres sesiones en el mismo día y ponía el piloto automático, sin disfrutar. Desde el escenario también se fijó en algunas chicas, pero ellas no le hacían caso. «Solo me miraban y se interesaban después de verme cantar», recuerda. Era un dilema constante. Él habla de paranoia. ¿Salvador es solo música o es también música? ¿Qué define quién es? Esa pregunta, que le atormentó durante un tiempo, ya no le atosiga porque se ve a sí mismo como un músico pero, sobre todo, como una persona; la música le emociona como ninguna otra cosa, pero procura ir más allá.

Mientras lo cuenta, suena una canción de fondo en el hall del hotel. «Es John Mayer, tío. Compuso cosas muy buenas, pero después se fue al pop y…». Y ahí ya no. Porque para Sobral la mayor parte del pop actual es malo. No transmite. Es música fácil, la repetición continua de unos moldes, la falta de vida. Como una película de Hollywood en la que se busca un estímulo tras otro. «Tocan lo que la gente quiere escuchar. La estrofa tiene que entrar a los diez segundos porque no hay tiempo que perder. Es todo estímulo, estímulo, estímulo». Sin atreverse, sin provocar, sin desafiar a lo establecido. El jazz, su pasión, es todo lo contrario.

Él lo descubrió gracias a uno de sus compañeros de la banda de Mallorca, que, un día, le recomendó escuchar But Not for Me, del trompetista y cantante Chet Baker. Salvador se fue a su casa, buscó la canción y… No pudo parar. Sacó la intro de la trompeta, la melodía, la letra y el solo. Todo en un día. Y descubrió que su voz se adaptaba perfectamente al jazz. Ya no se cansaba como cuando cantaba a Ray Charles o Stevie Wonder. «Es curioso —dice—: la voz está esperando su alma gemela».

 

Un arte que incomode

 En sus conciertos y en sus ensayos, Salvador conversa con Júlio Ressende, Bruno Pedroso y André Rosinha. Lo hacen a su modo. Júlio dice algo al piano, Salvador le responde cantando, Bruno reacciona con la batería, André se sorprende desde el contrabajo. Hablan de todo. De cosas banales y de temas más íntimos. No hay un guion establecido. Como cuando unos amigos, una pareja, quedan a tomar algo. «No hace falta que sea todo increíble
—explica—. Si no, no podríamos distinguir los conciertos increíbles de los normales». Siempre hay locuras, pero muy pocas veces se llega a la magia, a lo trascendental, «y esa sensación que solo pasa a veces es viciante». Hay momentos en los que no sabes cómo has llegado hasta allí. Solo existe el presente, el ir y venir de los cuerpos, la calma... Luego llegan los momentos de locura. Solo después, el silencio. El piano sigue sonando. Salvador se sienta en una silla con los ojos cerrados y mira al suelo. Tambalea la cabeza. El recuerdo sigue allí. El espectador cierra los ojos. Da pudor estar presente. Porque tú solo observas. Porque eso no te pertenece.

Y aun así puedes seguir mirando, porque, como explica Sobral, «el arte ¡es tan subjetivo!». Cada uno lo vive de una manera distinta. «Lo importante es que sientan algo fuerte, que no salgan indiferentes», explica. «Me encanta que los espectadores se rían, lloren o que les entren ganas de salir corriendo».

Desde esa capacidad de despertar emociones, Salvador defiende que «la música tienen que construirla todos, también los que la están oyendo». Por eso, cuando se dio cuenta de que en Portugal muchos espectadores sacaban a menudo sus teléfonos durante el concierto, decidió poner un mensaje en los altavoces antes de empezar: «Por favor, apaguen los móviles. Espero que disfruten del show o que lo odien».

Pero que la experiencia del arte sea subjetiva no significa que todo valga. «Si una canción no tiene contenido, no hay lugar para la subjetividad». Y contenido no significa algo fuera de lo comercial, porque en los años veinte y treinta, el jazz estaba de moda «y era bueno». 

 

Un año de altibajos

 El flechazo con el jazz en Mallorca animó a Salvador a trasladarse a Barcelona. En 2010 entró en el Taller de Músics, donde estudió Armonía, Teoría Musical e Improvisación. Allí coincidió con Rosalía, «una voz que puede hacer la música que quiera, un talento increíble». En 2014 se presentó a la prueba del conservatorio superior de
Ámsterdam para continuar su formación musical. La superó pero, una semana antes de volar, su médico le obligó a quedarse en Lisboa. Su corazón estaba empeorando.

Ahora, mirando hacia atrás, reconoce que fue uno de los momentos más importantes de su vida. Si se hubiese marchado a Holanda, no habría grabado Excuse Me (2016), su primer y hasta ahora único disco. La culpa, la gracia, fue de una displasia arritmogénica del ventrículo derecho. Es decir, el ventrículo derecho de su corazón era más grande de lo normal porque tenía un tejido que no le correspondía. El corazón no se contraía bien. Podía llegar a sufrir una muerte súbita en cualquier momento. Necesitaba un corazón nuevo.

Mientras lo esperaba, su hermana Luisa le compuso una canción (Amor pelos dois, Amar por los dos), en la que se dice: «Si tu corazón no quiere ceder, no quiere sentir la pasión ni sufrir sin hacer planes de lo que vendrá después, mi corazón puede amar por los dos». Era su historia. No pudo decir que no a cantarla en el Festival RTP da Cançao y luego en Eurovisión. Con ella se convirtió en el primer portugués que ganaba el certamen y logró la mayor puntuación de la historia del concurso (758 puntos).

Él cerraba, cierra, los ojos al cantarla. No piensa en la letra, aunque sea «increíble». Solo deja que su cuerpo la sienta. En cada ocasión de una forma distinta. Siempre íntima. A veces mira las caras de la gente.

Cuatro meses después, como cuando escapó de Ídolos, Salvador despareció de los focos. Ingresó en un hospital en Lisboa y el 8 de diciembre recibió otro corazón. Fueron meses duros, de valorar un paseo, subir unas escaleras, el tráfico de un lunes por la mañana. De soportar los comentarios de revistas, periódicos y televisiones a diario. De enfermeros que «son mucho más que los médicos en el día a día». Hasta el 12 de enero de 2018, cuando pudo regresar a casa.

Hicieron falta otros cuatro meses para verle de nuevo encima de un escenario. Y volvió en el concurso que le lanzó al estrellato mundial y cantando a dúo con su máximo referente: Caetano Veloso. Por él, y por otros artistas como Jorge Drexler, uno de sus sueños es tocar en Sudamérica. El otro sueño, cantar con la artista española Silvia Pérez Cruz, a quien coloca a la altura de Veloso, ya lo cumplió en 2017, pero dice que estaba tan nervioso que no pudo disfrutarlo.

Cuatro adolescentes que pasean por la calle se paran frente al cristal del hotel donde transcurre la entrevista. Una de ellas mira a Salvador. ¿Será él? Avisa al resto. ¿Seguro? Los músicos que acompañan a Sobral y su manager, Elías, entran. Salvador se levanta del sofá, la camisa gris con estampados de flores se le mueve y, en medio del pecho, se nota la cicatriz del trasplante. «Salvador, esas niñas están preguntando por ti», le dice Júlio. Él se acerca a la ventana, desde dentro. Grita. «¡María! ¡María! ¿Eres tú?». Golpea el cristal. Ellas se vuelven locas. 

Mientras, Júlio y André hablan con Elías sobre dónde irán a comer, a qué hora es la prueba de sonido, cuánto tiempo tienen libre... Salvador se gira hacia ellos. Dice que se va a dormir un rato y sube al ascensor. Las niñas siguen mirando desde la ventana pero no se atreven a entrar. «¿Has visto cómo provoca?», me pregunta Elías. «Luego se queja cuando lo hacen otros, pero él hace lo mismo».