Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Pequeñez y grandeza de las máximas

Texto Joseluís González [Filg 82], profesor y escritor @dosvecescuento

El aforismo, la máxima, el proverbio, se diferencien o no, conocen una eclosión reciente. El colombiano Nicolás Gómez Dávila ha sido uno de los autores portentosos de esta sabiduría condensada.



A los sesenta y tantos de edad, Gloria Fuertes (1917-1998) dejó escrita esta declaración: «Me manifiesto en poesía/ para tardar menos/ en deciros más». 

Soltar un torrente de palabrería —en verso o en lo que sea— no garantiza la eficacia de la comunicación. A veces, una frase mínima produce más efecto que un párrafo. Me impresionó ese recurso de concentración en un cuento de Maupassant, «La parure» (1884), traducido «El collar». La joven protagonista ha cometido un error caro: extraviar una maravillosa gargantilla prestada para la noche de un baile de lujo. Aturdida, durante veintimuchas horas de hundimiento, Mathilde es incapaz de pensar cómo ganar unas semanas para recuperar la joya de su amiga. A su marido, que no ha dejado de rastrear, de indagar, de buscar, se le ocurre una justificación: escribirle cuanto antes a la dueña una carta diciéndole que se ha roto el cierre del collar y que lo están arreglando. «Eso nos dará tiempo para solucionarlo», calcula monsieur Loisel. Mathilde se ha quedado sin fuerzas, hundida y sin nada de luz por delante. Maupassant se limita a contar en cinco palabras el abatimiento inoperante de la joven esposa, su estado de trance y su desesperanza: «Elle écrivit sous sa dictée». «Escribió ella al dictado». Y así se cierra esa parte del cuento. La siguiente, que aviva aún más la trama de la historia, pasa hojas de calendario con rapidez: «Al cabo de una semana…».

La brevedad.

La penetrante brevedad.

En esa cumbre teatral de Hamlet a Polonio, el padre de Ofelia, consejero real casi servil, viudo y suspicaz padre, para congraciarse con el nuevo rey y por avanzar una estratagema, se le oye decir que el príncipe de Dinamarca está loco. Promete, inútilmente, Polonio no derrochar palabras. Y cincela una frase perpetua: «La brevedad es el alma del ingenio». «Therefore, since brevity is the soul of wit and tediousness the limbs and outward flourishes…». El mismísimo Chesterton corregía a Polonio y le daba la vuelta a su sentencia: más bien, el ingenio es la fuente de la brevedad.

Sé de un profesor que propone un ejercicio de escritura perverso: glosar, o sea, ampliar al menos medio folio algunos dichos sabios. Por ejemplo este poema inacabable de media línea, uno de los célebres «Proverbios y cantares» de don Antonio Machado: «Hoy es siempre todavía». Era consciente de que ese ejercicio aplastaba la gracia de esas frases hondas, porque los aforismos —palabra que lleva en su entraña la idea de límite, de confines— valen porque sugieren, porque se saltan las fronteras de la primera impresión. Igual que rompen las semillas su cáscara y se multiplican y agrandan sus raíces.

Aquel patrimonio y memoria de la sabiduría en forma de proverbios, de refranes, epigramas, máximas —máximas, por el alto valor que se les otorga: «Ars longa, vita brevis»— y consejas ofrecen en los tiempos recientes versiones de las formas de intuir con brevedad. Formas herederas de las greguerías a lo Ramón Gómez de la Serna, haikus, microrrelatos y muestras del arte fragmentario conocen hoy un resurgir. El aforismo lo prueba. A la venerable nómica de autores de enunciados célebres —desde Séneca, Napoleón, Gracián, Cioran, Nietzsche, Lao Tze, Oscar Wilde— se suman quienes ahora, quizá con conciencia propia de género, componen aforismos. La editorial sevillana Renacimiento ha abierto una colección de esas terminantes sentencias: «A la mínima» se llama. Revelador. 

Si hubiera que elegir a un contemporáneo en lengua española, sin duda sería el colombiano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994). Las mil cuatrocientas páginas de Escolios a un texto implícito atesoran frases deslumbrantes, pensamientos originalmente hondos, el muestrario de su insondable cavilar, sus desconciertos hechos consideraciones. «Solo es respetuoso el que subraya con vigor las diferencias». «Ser historiador es saber emerger del tiempo». «A la prosa estridente pronto se le arruga la cara». «Dios poda a veces nuestras ramas como un jardinero impaciente». «Los mediocres ni siquiera inventamos nuestra manera de serlo». «Infierno es todo sitio de donde Dios se ausenta». «El que no cree en mitos cree en patrañas». «El lector vulgar no ve profundidad sino en lo torpemente expresado».

No es de don Nicolás Gómez Dávila pero parece cierto que «Hay más verdades de las que podemos probar». 

Qué alivio. 


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Categorías: Literatura