Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 705 #UNAVencasa

Big Bang Mariné

Texto: Ana Eva Fraile [Com 99] y Javier Ortiz-Echagüe/ Fotografía: Cuauhtil Gutiérrez, David Heofs, Daniel Fuentes, Óscar Mariné y Manuel Castells [Com 87]

«I am a part of all that I have met» (Soy parte de cuanto he tenido ante mí). Óscar Mariné (Madrid,1951) suscribe estas palabras del «Ulysses» de Alfred Tennyson como resumen de su vida y su carrera. el universo visual de este artista, que nutre la cultura popular española desde los ochenta, salta de la calle al Museo Universidad de Navarra.  


En 1939, el joven pianista Billy Strayhorn salió de pittsburg rumbo a nueva york. Sostenía entre sus manos un trozo de papel con un plano para llegar en metro hasta Harlem, donde el compositor Duke Ellington le esperaba. Durante el trayecto, Strayhorn compuso una melodía inspirándose en las indicaciones de su maestro. Así nació Take the A Train, una de las canciones más emblemáticas del jazz. Una gran historia sobre «las oportunidades que ofrece la vida», a la que Óscar Mariné rinde homenaje en la exposición «Big Bang» en el Museo Universidad de Navarra. 

Mariné —diseñador, ilustrador y tipógrafo— no dudó en subir al tren con destino al campus de Pamplona para preparar su muestra más exigente hasta el momento: una retrospectiva que propone un viaje transversal por la creatividad del artista, galardonado en 2010 con el Premio Nacional de Diseño. Su título alude a una explosión, a un movimiento expansivo de imágenes que une ámbitos y técnicas muy diversas. 

Como los cowboys que, surgidos de los tebeos clásicos, pueblan una de las salas del Museo, Mariné se bate con este nuevo desafío. Desenfunda apuntando directamente a la inteligencia del espectador, sin apartar un segundo los ojos de su objetivo último: suscitar emociones en quien mira. Ya sea a través de un logotipo de una película, una carátula de un disco, un cartel de un concierto, una revista o una obra pictórica, el artista madrileño intenta «convertir la imagen en algo que conmueva a la gente, una experiencia nueva que haga sentir que somos seres humanos inteligentes y produzca cosquillas en la cabeza».

El proyecto «Big Bang» para el Museo Universidad de Navarra traza la historia de tres primeras veces que han marcado «un punto y aparte» en el recorrido del diseñador.

Nunca antes Mariné había afrontado una exposición tan exhaustiva. El artista se encerró siete meses en su estudio para fabricar doscientas catorce imágenes, algunas reeditadas pero la mayoría concebidas para la muestra. Como argumenta, su mirada no se enfoca hacia el pasado, sino al futuro: «Estas propuestas funcionan ahora, que es el único momento posible. El asunto es vivir en la actualidad y crear imágenes capaces de interesar al público».

Nunca antes Mariné había preparado una instalación de dimensiones tan grandes. Aunque su obra se ha presentado en centros de Nueva York, Tokio o Milán, y también se ha incluido en muestras colectivas relevantes, el proyecto desarrollado en el Museo Universidad de Navarra forja un hito en su carrera: «“Big Bang” no es una exposición, es una toma del espacio, es un universo narrativo». Llenar ocho salas, más de trescientos metros lineales de contenido, «ver cómo instalar las piezas en esta magnífica arquitectura de Rafael Moneo implicó un trabajo minucioso», reconoce. 

Nunca antes Mariné había imaginado que obras relacionadas con la cultura popular se exhibieran de esta manera: «Son carteles de calle, imágenes hechas para televisión o para prensa que aunque en su origen  parten de contextos muy alejados de un museo han llegado a colgarse aquí». Con «Big Bang», Óscar Mariné pretende reflexionar sobre su profesión, donde diseño y arte se fusionan. De hecho, algunas de las obras que se han estrenado en las paredes del Museo de la Universidad, como la revista Madrid Me Mata (MMM) y algunos de los carteles promocionales para grupos de música, se integran ahora en la colección permanente del Centro de Arte Reina Sofía. Cuando los ideó, en la década de los ochenta, nada hacía suponer que lo que empezó como experiencia callejera se convertiría en patrimonio artístico nacional.