Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 707

Jane Hawking, la narradora del gran cambio


Las más de cuatro frías décadas en las que el mundo estuvo dividido en dos se caracterizaron por el miedo a una tercera y última guerra mundial. Jane Hawking nació en 1944 en Saint Albans (Inglaterra), un año y medio antes del fin de la rendición de Hitler. Su libro más famoso, Hacia el infinito, lo publicó a los 71. En sus memorias no solo retrata su vida junto a su marido, el célebre astrofísico Stephen Hawking; a través de los recuerdos de una familia inglesa muestra el contexto social en la segunda mitad del siglo XX. 

Ya en sus primeras páginas describe el impacto de la amenaza internacional en 1962: «La crisis de los misiles de Cuba aquel octubre había socavado de forma profunda la sensación de seguridad de mi generación y truncado nuestras esperanzas para el futuro. Puesto que las superpotencias jugaban con nuestras vidas, no había garantías de que fuéramos a tener siquiera un futuro que esperar». 

Ese otoño ni Oxford ni Cambridge se interesaron por ella. Como le explicó la directora Gent, no suponía ninguna deshonra pues muchos de los hombres que entraban «eran muy inferiores intelectualmente a las mujeres rechazadas por falta de plazas». En aquella época —puntualiza Hawking— había una mujer por cada diez hombres en las aulas universitarias. Finalmente estudió en el Westfield College de Londres.

Camuflando su inseguridad en un traje verde oscuro, Jane acudió a la celebración de Año Nuevo de su amiga Diana. Allí se sintió fascinada por el sentido del humor y el carácter independiente de un joven con pajarita de terciopelo rojo que explicaba cómo había empezado a investigar sobre cosmología en Cambridge. 

 

Obras para pensar

 

Hacia el infinito (2015)

Jane Hawking

Ed. Lumen. Barcelona, 2015

El único motivo para seguir viviendo.

 

«Con mi tranquila disposición de ánimo después del parto, estaba convencida de que si el mundo estuviera dirigido por madres de recién nacidos, y no por hombres endurecidos que incitaban a jóvenes irreflexivos a la violencia, las guerras se acabarían de la noche a la mañana»

 

 

Un mes después, le contaron que a Stephen le habían diagnosticado una enfermedad incurable. Cuando se reencontraron en un vagón de tren camino de Londres él la invitó a ir al teatro. En 1965 Stephen se casó con la mujer que le dio «un motivo para seguir viviendo», como él mismo afirmó. 

Entonces solo un tema de conversación rivalizaba con la física en sus tertulias: Vietnam. La contienda se recrudecía y Jane observaba cómo «los horrores de la ciencia química moderna se desataban con cinismo sobre una población campesina [...]». «Una mera chispa en cualquier otra parte de nuestro turbulento planeta —vislumbraba— podía provocar una conflagración mundial». El nacimiento del primero de sus tres hijos, Robert, coincidió con el inicio de uno de los conflictos entre árabes e israelíes en 1967.

Haber vivido «al borde de un agujero negro» durante más de dos décadas debido a la enfermedad neurodegenerativa de su marido impulsó a Jane a escribir. «El deseo de abrir los ojos a la desgarradora realidad a la que los discapacitados y sus cuidadores se enfrentaban a diario en una sociedad insolidaria: las batallas con la burocracia, la lucha solitaria por mantener la dignidad, el cansancio, la frustración y el angustioso grito de desesperanza», explica en el epílogo. 

Jane cuidó de Stephen y de sus tres hijos —Robert, Lucy y Tim—. Y fue justamente la fe en ese Dios que su marido eliminaba de la ecuación en sus teorías sobre el origen del universo la que le ayudó a resistir la adversidad. Logró licenciarse en Filología Hispánica y con mucho esfuerzo finalizó su tesis doctoral.

En el solar del número 5 de West Road donde convivieron ahora se levanta una residencia universitaria. Al descubrir cómo algunos árboles de su jardín siguen en pie, Jane conecta pasado, presente y futuro: «Si el espíritu de la tierra podrá con el tiempo recuperarse es la pregunta más importante a la que se enfrenta la humanidad, no muy distinta de la amenazadora pregunta de la década de los sesenta: la de si la tierra y todas sus formas de vida estaban destinadas a desaparecer por una guerra nuclear».