Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 711

El mejor de su generación

Texto Juan Miguel Valdés [Com 96]


Se ha dicho con razón que las fotografías de James Nachtwey reflejan a la vez el instinto visual de un artista y la mente de un politólogo. Pero por encima de la calidad fotográfica y periodística de sus imágenes, Nachtwey destaca por su capacidad para golpear las conciencias y mover a la ayuda humanitaria. Sus fotos del genocidio de Ruanda, por ejemplo, dieron la vuelta al mundo y permitieron salvar la vida de más de un millón de personas, según varias ONG. Sí, podría decirse que Nachtwey es el mejor fotoperiodista de su generación pero también que es el que ha pagado un precio más alto por serlo.

Al acabar sus estudios de Historia del Arte y Ciencias Políticas, Nachtwey (Syracuse-Nueva York, 1948) recibe el impacto directo de las fotografías de Vietnam. El fotoperiodismo bélico le abre un camino para cambiar el mundo sin renunciar a su sensibilidad artística: «No creo que las situaciones trágicas estén necesariamente desprovistas de belleza».

Desde ese instante, Nachtwey emprende una misión que define como «declarar la guerra a la guerra». Tras cuatro años de fotoperiodista en un periódico de Nuevo México, en 1980 se lanza a cubrir el conflicto de Belfast. A partir de ahí, apenas ha faltado a ninguna cita bélica: El Salvador, Nicaragua, los Balcanes, Ruanda, Somalia, Etiopía, Afganistán… Cinco medallas de oro Robert Capa, dos World Press Photo y también sus numerosas cicatrices dan fe de su compromiso y de la fuerza de sus imágenes.

Nachtwey es un fotoperiodista distinto. Destaca entre sus colegas por su pelo blanco y su porte elegante, pero sobre todo por la manera de aproximarse a las personas: «Si quieres conectar con gente que está angustiada, llena de dolor y miedo, necesitas hacerlo de un modo particular. Yo me muevo lentamente y les dejo ver que les respeto». Además, Richard Stengel, director editorial de Time, segura «que ni la palabra perfeccionista le hace justicia». 

La calidad de sus imágenes se apoya en la minuciosidad, y sus editores saben que siempre va a entregar fotografías de primer nivel. A modo de disculpa Nachtwey explica que no le mueve la vanidad artística, sino la voluntad de transmitir en toda su viveza dramas humanos que no se han de repetir. 

¿Y cómo logra mantenerse en activo un fotoperiodista de guerra a los 67 años? Efectivamente, «no hay fotoperiodistas ancianos», señala su gran amigo, el guionista Dennis O’Neill. «A Jim lo han herido cuatro o cinco veces, ha estado gravemente enfermo y ha sufrido grandes traumas, pero el mayor conflicto se encuentra en lo que sacrificó para llevar la vida que lleva: tener una familia, un hogar estable y romántico… Nunca pudo tenerlo. Lo sacrificó todo por su trabajo».

Quizá Mary Anne Golon, directora de fotografía del Washington Post, explica del modo más certero el motivo principal de tanta renuncia: «Una vez le pregunté —después de que se hubiera aventurado a entrar en el corazón de las tinieblas, y ver los horrores que había documentado en su vida— si todavía tenía la capacidad de amar. Y me dijo que hacer su trabajo es un acto de amor. Creo que esto lo dice todo de su corazón y de su compasión».   

 

Juan Miguel Valdés [Com 96], periodista y profesor asociado de Fotoperiodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra.