Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Fernando Múgica y su mirada concreta

Texto: Javier Errea Múgica [Com 89] 

A Fernando Múgica [Com 67] se le conoce como el corresponsal de guerra que ha visto todas las miserias del mundo, y también como el periodista que se zambulle sin vértigo en las cloacas del Estado —y en otras cloacas— tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Pero hay otro Fernando Múgica desconocido, íntimo y delicado en su escepticismo general, un Fernando Múgica jubilado y paseante.


No es un tópico: Fernando Múgica vivió literalmente con una cámara de fotos col- gada del hombro. Y al final, cuando ya no pudo, fue su hija Laura la que cogió el tes- tigo y con asombrosa naturalidad retrató la enfermedad, la agonía y hasta la muerte de su padre. Tal y como Múgica hubiera hecho con cualquier acontecimiento de alcance que se le hubiera puesto delante.

A Fernando Múgica [Com 67] se le co- noce como el corresponsal de guerra que ha visto todas las miserias del mundo, y también como el periodista que se zambu- lle sin vértigo en las cloacas del Estado —y en otras cloacas— tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Pero hay otro Fernando Múgica desconocido, ínti- mo y delicado en su escepticismo general, un Fernando Múgica jubilado y paseante. Un mirón. Un mirón respetuoso, eso sí.

Múgica vive en Pamplona en tres eta- pas distintas: primero, desde su nacimien- to y hasta 1967, cuando acaba la carrera universitaria y es contratado por La ga- ceta del Norte de Bilbao; después, entre 1994 y 1995, tras aceptar la dirección del nuevo Diario de Noticias; finalmente, de septiembre de 2011 a junio de 2015. A este último periodo pertenece la mayoría de las imágenes desconocidas que se recogen en el libro Pamplona concreta, presentado

en junio de 2016, un mes justo después de fallecer en Madrid tras casi un año de sufrimiento.

Fernando Múgica hizo cientos de fotos en Pamplona —no de Pamplona— duran- te estos cuatro años. Él mismo se ocu- pó de seleccionarlas. Con ese material, autoeditó siete volúmenes que nadie vio nunca, fuera de algunos íntimos. Color y blanco y negro se alternan en ellos, según estados de ánimo. «Son un retablo del ser humano, en su mínima y en su máxima expresión», según definía el autor.

El resultado es una Pamplona cotidia- na, sin filtros, imperfecta. No deslumbra ni lo pretende. A veces, incluso, puede decepcionar de tan normal. Tampoco es la mirada sentimental propia de alguien enamorado de su ciudad; al contrario, Múgica está lejos, casi oculto. Acaso es su manera de dialogar con una Pamplona con la que nunca acabó de congeniar.

En realidad, la fotografía del autor, en Vietnam o en la Plaza del Castillo, fue siempre así. Modesta y humana. Directa. Muy periodística. Las imágenes de Pam- plona concreta son Pamplona, pero al mis- mo tiempo puede ser cualquier ciudad del mundo porque en ellas no se reconoce a la ciudad de los Sanfermines. Nunca le interesaron a Múgica sus monumentos ni sus hitos más reconocibles. En estas fotos no hay afán documental.

Curiosamente, las últimas fotos que Fernando Múgica hizo antes de caer enfermo son en blanco y negro y en for- mato 1x1. Fueron tomadas con sus cá- maras Leica M9P y Nikon D3s. Siguen apareciendo rostros anónimos y escenas mínimas, pero menos: por primera vez detiene su mirada también en objetos in- animados. Bancos y fuentes, adoquines, paredes, árboles, fachadas, sombras... ¿Qué pasaría por su cabeza? Él nunca ha- bló de ellos, pero aventuro una hipótesis: fue su manera de despedirse de Pamplo- na, y hasta de reconciliarse con ella sin cruzar palabra.