Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 716

Hackear el país con 'electroshocks' de datos

Texto: Álvaro Sánchez León. Fotografía: Eva Palazuelos

Jaime Gómez-Obregón (Santander, 1981) lleva cuatro años tendiendo en la red los trapos sucios de las instituciones. A plena luz del día arrampla con información inaccesible en internet y la expone sin chantajes: chanchullos, fraudes, ineficacias y toda clase de fechorías que la política ejecuta detrás del telón. Ante una Administración que predica la transparencia, pero oculta los datos con alevosía, él cuenta la verdad de la mano que mece la cuna pública. Sin colores. Sin ideología. Sin padrinos. Activista. Cántabro. Empeñado en la buena praxis de los Gobiernos. Es una catarsis con eco en partidos y parlamentos, y un referente del auténtico contrapoder que desatiende el periodismo. 


Ubicación: Café distinguido en el Santander alto. Zona cinco estrellas. «Prefiero que no des más datos».   

Última conexión: Once de la mañana de un sábado de invierno. Día muy gris. 

Cortafuego. Inhibidores. Tres horas de conversación-río entre tazas de alcurnia. Grabadora on the record.  

Se llama Jaime Gómez-Obregón. Flash. 41 años. Vive por aquí. La gente informada le saluda por la calle. Ex joven empresario tecnológico. En 2004, recién graduado en Ingeniería de Telecomunicaciones en la Universidad de Cantabria, donde se especializó en sistemas electrónicos, fundó y dirigió en ese sector la compañía ITIESA, en la que trabajó durante dieciséis años. La empresa se dedica a impulsar la transición digital de otros negocios. Hoy, Gómez-Obregón es un hacker civilizado. O un activista por la transparencia real de los Gobiernos. Un provocador de electroshocks que busca cambios en la sociedad civil. Un despertador de conciencias que navegan en el pasotismo, mientras se desgasta la democracia. Más tecno que friki. Ciencias y letras. Un mix. 

La etiqueta es lo de menos, entre otras cosas, porque él tampoco sabe explicar lo que hace en estos momentos de su historia: «Realmente no tengo ni idea. Me dedico a intentar que las cosas mejoren». 

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«Humildemente, tengo un instrumento poderosísimo: tecnología más conocimiento. Saber programar es un superpoder»
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Es un señor y un gamberro legal. Es un influencer de la salud democrática que lleva cuatro años «dando un meneo al sector público». Por eso, un día temió naufragar en el exilio, y ahora sueña con acabar perdiéndose «en una cabaña pasiega del monte, sin cobertura, junto a un rebaño de cabras».

Pilota fórmula uno al otro lado de sus pantallas de ordenador. Hizo crack interior como emprendedor hiperactivo. Le dio al reset de su vida conectándose a la responsabilidad social a través de la red. Contra la cultura de la queja que se regodea en un sofá, él se acomodó en el metaverso de la oscuridad del poder para ir sacando trapos sucios de la caja negra y tenderlos en las redes sociales. «Además de quejarnos por lo mal que van las cosas, podemos hacer algo útil —sostiene—. Humildemente, tengo un instrumento poderosísimo: tecnología más conocimiento. Saber programar es un superpoder».

Con luces y taquígrafos, en mitad de la vida ordinaria de la capital cántabra, Jaime Gómez-Obregón se dedica a programar vías para acceder a los datos que la todopoderosa Administración les birla a los ciudadanos, aunque sean, en teoría, públicos. Observa, analiza, cruza evidencias, conecta intuiciones avaladas por las cifras y exprime los números, las coincidencias y los match para contar sus conclusiones. 

FOTO: Eva Palazuelos

No es un agente político, ni un disidente vanidoso. «No soy la Madre Teresa de Calcuta, porque esto lo hago primero por mí», asegura. Solo es un ingeniero brillante adicto a los retos y a los hacks que solo quiere que su país «funcione bien y sea eficiente». 

Una mochila. Un ordenador. Un teléfono. Un café. Y buenas vistas. Con esta modesta estructura y un horario líquido, el montañés más 2.0 lleva cuatro años agitando el cocotero de los chanchullos políticos para dar la batalla en internet.  

Con el machete de su perspicacia tecnológica se metió en 2020 en la selva de los treinta mil expedientes del portal de transparencia del Gobierno de Cantabria para cruzar las adjudicaciones de contratos con las listas electorales de candidatos políticos y ha publicado su dictamen en Twitter y en contratosdecantabria.es. Ha desnudado el Boletín Oficial del Registro Mercantil para auscultar todas sus grietas. Ha puesto la lupa en los contratos públicos, y en las adjudicaciones, y en ese gazpacho de tejemanejes «donde poder y dinero coquetean con alevosía mientras el pueblo mira para otro lado». 

 

RIGOR Y DATOS PARA LA TRANSPARENCIA

No para. «El camino para mejorar la eficiencia pública es infinito —dice—. Cuantos más pasos doy, más posibilidades me encuentro. Siento un cierto placer en detectar irregularidades protagonizadas por personas públicas. En este trayecto hacia la luz, me lo paso muy bien. Al principio lo hacía con un punto de mala leche, pero he canalizado positivamente la intención. Empecé metiendo dedos en los ojos con irreverencia, porque no me impresionan ni los excelentísimos ni los ilustrísimos. Ahora lo hago con más libertad y con una finalidad constructiva. El cambio es lento, pero es posible».

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«Si tenemos una Administración electrónica disfuncional es porque este modelo de Estado dificulta la transparencia, la comunicación interinstitucional y la cooperación institucional»
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Entre sus hallazgos se cuentan presupuestos oficiales con partidas mal sumadas. Una empresa pantalla desconocida que donaba doscientos mil euros al Gobierno de Cantabria y cuya sede física en Reino Unido coincidía con la de un traficante de armas. Contratos a dedo entre amiguetes de partido. Corrupción en contratos menores. Las morcillas del Boletín Oficial del Estado

Gómez-Obregón está empeñado en que nada público sea oficialmente transparente y evidentemente opaco. Entra a limpiar la res publica como quien entra a operar a un quirófano. Desinfección total. «No estoy adscrito a ninguna causa —cuenta—. No pertenezco a ningún partido. No profeso ninguna ideología. No formo parte de ninguna organización». Tira de las mantas de la izquierda, de la derecha y del centro. Persigue con ahínco absorber todo el Registro Oficial de Licitadores del Estado. Y ha limpiado la plata de la Casa Real poniendo el microscopio en todas las irregularidades que salpican la gestión de Juan Carlos I desde ladonacion.es. Casi todo está en su Chanchullopedia

LA DONACIÓN

 

La Donación es un proyecto de investigación y datos que reúne en un solo espacio todas las informaciones disponibles sobre el caso de los 65 millones de euros que el rey emérito Juan Carlos I de España transfirió a Corinna Zu Sayn-Wittgenstein. La web no solo da acceso completo a los 273 documentos de 30 fuentes distintas que utiliza Gómez-Obregón, sino que los analiza al pormenor hasta detectar 599 nodos (personas, instituciones, fechas, lugares) y 809 relaciones (pareja de, pertenece a, sucede en…) navegables entre sí. El resultado es un relato completo e interactivo de la información disponible. Se puede visualizar como un quién es quién —con las relaciones entre todos los personajes implicados—, como una línea cronológica exhaustiva o a través del mapa del mundo con todos los escenarios de la trama. Gómez-Obregón desarrolló este proyecto en apenas cuatro meses, de enero a abril de 2021.

ladonacion.es

 

Una caza de brujas sin colores. Sus pesquisas han saltado a los medios, en los que protagoniza más de 1.300 noticias, entrevistas y reportajes, y a los parlamentos. En el de Cantabria han debatido dos de sus proyectos. Incluso empiezan a alimentar una conciencia creciente de ciudadanos más comprometidos con la auditoría del poder, también los casi setecientos particulares que financian su trabajo como mecenas en Patreon. «¡La que podemos liar desde la calle si nos ponemos!», exclama al contarlo.  

Parece un tipo común, pero es un pirata elegante que arrampla con los datos, «porque son nuestros». «Siempre actúo dentro de la legalidad», explica. Al principio pasó miedo. «Una noche recibí una llamada inquietante, anónima y amenazante. Cogí el coche y me fui de aquí. Estuve desconectado una temporada». Pero ya no se siente perseguido. «Ahora tengo un altavoz a través de las redes sociales [112.000 seguidores en Twitter al publicar este artículo], que son una especie de salvaguarda personal. No me creo inmune, pero ya no siento miedo». 

LA CHANCHULLOPEDIA

La web contratosdecantabria.es cruza los datos de más de 33 000 contratos públicos de Cantabria con unos 4500 licitadores. Muestra de un modo sencillo y navegable quién cobra por prestar qué servicio a la Administración en la comunidad autónoma. Incluye visualizaciones claras y actualizadas y herramientas útiles como un listado de los últimos contratos adjudicados o un ranking de las empresas que cobran más dinero público. A su vez, Gómez-Obregón diseñó un algoritmo que compara los adjudicatarios de estas licitaciones con las listas electorales de la región. La herramienta informática, bautizada como La Chanchullopedia, localizó 236 adjudicaciones que beneficiaron a ochenta candidatos cántabros por valor de 1,3 millones de euros a través del procedimiento de contrato menor, una figura jurídica con poca vigilancia. Este descubrimiento se llevó a debate en el Parlamento de Cantabria. El caso que más interés mediático destapó fue una donación de doscientos mil euros que una opaca empresa con sede en Edimburgo hizo al Gobierno de Miguel Ángel Revilla. Actualmente, Gómez-Obregón trabaja en liberar los datos del Boletín Oficial del Registro Mercantil para poder aplicar el mismo algoritmo a las adjudicaciones de toda España.

contratosdecantabria.es

 

Su operación es nítida: «hackear el país y provocar cortocircuitos» persiguiendo malas praxis en la gestión operativa de la democracia. «Trabajo porque la Administración pública lo necesita —recalca—. Al final, las estructuras reflejan hacia fuera lo que son hacia dentro. Si tenemos una Administración electrónica disfuncional es porque este modelo de Estado dificulta la transparencia, la comunicación interinstitucional, la cooperación entre administraciones. Este país requiere con urgencia funcionar de manera más eficaz. Estamos cansados de planes estratégicos, de comisiones de trabajo y de grupos de análisis y expertos. Sobran los PDF y falta arremangarse para empezar a mejorar las cosas».

Su ingenio es su arma. Rigor y datos para explicar que las opiniones son muy secundarias en una sociedad emotiva. Que lo que tumba el fraude es la evidencia aséptica de una injusticia. Que así se consiguen cambios. Tecla a tecla. Excel a Excel. Partido a partido. Conquista a conquista. Small data. Big data. En el universo de los informes de conclusiones oficiales de ochocientas páginas, él navega a contracorriente directo al grano. 

 

—¿Buscando la verdad?

—No sería tan grandilocuente. Busco solo que seamos mejores. 

 

Es el ventilador «de la hipocresía de la Administración». Bebe «del espíritu hacker de los años setenta». Su meta es «utilizar la tecnología para liberar a las personas, no para esclavizarlas». Se sabe de sobra que el poder ha convertido «la protección de datos en una excusa» y «la transparencia, en una tapadera». «Nuestra burocracia institucional habla un idioma formalmente ético, pero ejecutivamente inmoral». Y en esa evidencia se recrea su vena de cirujano. «Trato de exponer con datos ese doble discurso para contrarrestar el márquetin, porque la Administración tiene un gran poder para comunicar arrasando». A través de la ciencia de datos, su reto es simplificar «la madeja compleja» de las instituciones públicas para simplificar, también, la vida de los ciudadanos. «Y me da igual que sea el Gobierno de Cantabria o el Ministerio de Hacienda», sentencia. 

 

QUITA-CORRUPCIONES Y LIMPIA-INEFICACIAS

Otro de sus objetivos es detectar ineficacias, duplicidades y calles sin salida donde se meten las administraciones buscando el postureo del anuncio, pero con presuntos avances sociales que son fachadas de cartón piedra. «Como el Metaverso del Gobierno de Navarra, que se disfraza de innovación cuando en este sector todos sabemos que es una estupidez», ejemplifica. 

Gómez-Obregón está al quite para ver si esas bombas de humo tienen sentido o se ponen en marcha solo porque está de moda acometer acciones digitales. Como «la pandemia municipal de los marketplaces» o las «tecno-iniciativas fallidas, que son como aeropuertos sin aviones». Como tantísimas «licitaciones redundantes». Y su interés es apuntarlas con el láser y promover la máxima optimización, porque «esas medidas deben hacerse para que la vida de la gente sea más sencilla, y no por puro efectismo».

 

—¿La política es un reflejo de la sociedad? ¿Palpas que la corrupción de lo público tiene relación con las pequeñas corruptelas que, quizá, nos consentimos los ciudadanos?

—La picaresca es muy española, como cuenta el Lazarillo de Tormes. Es probable que cunda una cierta corrupción de baja intensidad. A veces incluso se ve como positivo un pequeño fraude contra la Administración, o un discreto desfalco. Los nórdicos no nos entienden, porque ellos saben bien que un mal contra todos también afecta a cada uno. De todas formas, desde que ingresamos en la Unión Europea, se ha reducido poco a poco la idea de que una cierta corruptela es tolerable. ¿Podemos pedir a los políticos lo que nosotros no vivimos, aunque sea a menor escala? ¿Estamos dormidos como sociedad civil porque a veces actuamos también como los malos de esta película? Dicho esto: tengo mis dudas de que la política sea el reflejo de la sociedad. He conocido a gente muy brillante del mundo de la empresa que jamás se acercaría a un partido, porque saben que saldrán manchados. La política española está mal pagada. Así es muy difícil tener buenos gestores públicos. Es una paradoja querer gente honesta, justa, eficaz y bien formada al frente de las instituciones, pero que no ganen suficiente dinero.

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«Es probable que en España cunda una cierta corrupción de baja intensidad. Los nórdicos no nos entienden, porque ellos saben bien que un mal contra todos también afecta a cada uno»
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Gómez-Obregón vive de un crowdfunding selectivo de más de seiscientos ciudadanos que apoyan su trabajo, pero sin estrabismos. Son personas que están en contra de la corrupción, el fraude y el manoseo institucional. El hacker cántabro dice de sus mecenas que «no están señaladas en política». Al principio sí eran más conservadores. «Por eso decidí meterme a investigar sobre los cien millones de dólares que el rey emérito recibió de Arabia Saudí —explica—. Aquello me sirvió para que se fueran los enfadados y se quedaran los que piensan: “Este tipo nos cuenta la verdad. No atiza solo a unos, ni los atiza por ser conservadores, liberales del Barça o del Madrid, sino porque están haciendo las cosas mal”». 

En ese equipo depurado de donantes, sus patronos ponen cinco o diez euros al mes. Algunos llegan a cincuenta, que es el máximo. «Contribuyen para que haga lo que me dé la santa gana —reconoce—. A ellos no les pido consejo, ni les pregunto por dónde quieren que oriente mis investigaciones. Ni dios, ni amo. Me apoyan personas que creen en mi tarea y la consideran positiva». 

 

—¿Eres contrapoder?

—Es posible. En teoría, el contrapoder lo ejercen los medios, pero ellos sí tienen intereses, adscripciones, ideología… Una pena. Mira en qué gallinero de entretenimiento se han convertido las televisiones, cuando podrían ser instrumentos poderosísimos para informar y hacer el bien. Me da rabia cuando veo que intentan que internet sea ese mismo volquete donde se remueve todo el desperdicio social. 

RETRATO ROBOT

 

FOTO: Eva Palazuelos

Joven. Maduro. Itinerante, pero no nómada. Una casa y un mundo. Ingeniero de letras. Vocación humanística tardía. Inconformista social. De Linux —idealismo— a Mac —realismo práctico—. Ordenado. Perfeccionista. Lee la Wikipedia con atención. Su diálogo es un río lleno de ramas que se va de madre sembrando frutos variados. Irreverente. Inquieto. Constructivo. Pacífico. Provocador. Ingenioso. MacGyver. Enganchado a la optimización hasta para que rinda al máximo su pasta de dientes. Literal. Irónico. Serenamente nervioso. Lobo manso y solitario. Disperso en aspersor. Audaz. Temporal. Emprendedor. Ejecutivo. Fue de hierro y ahora es más de carne orgullosamente vulnerable. Sostenible. Fermentado entre una infancia sencilla, una casa rota, una adolescencia sensata, una primera juventud hiperresponsable, un infierno laboral autoimpuesto, su ruptura interior y una nueva libertad. Respira hondo. Familiar. Lector. Trabajo igual a reto. Apasionado. Sensible. Austero. Polémico. Minimalista. Ahorrador. Filósofo existencialista. Ateo. Montañés. 

 

ESTE PERIODISMO, LA VISIBILIDAD Y LA INFLUENCIA

Gómez-Obregón echa en falta los medios que informan con valentía, que invierten en investigar, que escriben para públicos inteligentes… Considera que la gente observa el ámbito público como quien asiste a un espectáculo. Y que las empresas informativas no hacen más que reflejarlo. «Estamos adocenados y somos parte de un rebaño», constata. «El periodismo ha caído en la trampa de generar bandos y poner etiquetas. Necesitamos otra manera de entender las cosas, otra perspectiva. El presente tampoco es tan importante. Poner el foco en lo instantáneo forma parte del plan de la industria del atontamiento de la sociedad. Yo no necesito la constante y urgente actualidad». 

«El periodismo es crucial y debería ser un pilar del cambio —continúa—, pero enfrenta demasiados problemas. Los ciudadanos hemos de pagar bien por la buena información. Cuando algo es gratis, es que lo están pagando otros. Si el periodista está bien remunerado, generará información fiable y relevante. La sociedad tiene que hacer el esfuerzo de consumir periodismo de calidad, que es el que remueve y provoca reformas. Deberíamos ir hacia medios prestigiosos con audiencias prestigiosas, porque los lectores también influyen. Ahora mismo se nos inyecta información, y eso genera la falsa sensación de que estamos informados». 

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«El presente tampoco es tan importante. Poner el foco en lo instantáneo forma parte del plan de la industria del atontamiento de la sociedad»
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El cruzado de la salud pública se hace muchas preguntas. Y su dedicación es parte de la respuesta. Piensa que «damos una importancia excesiva a la política, cuando los políticos tienen muy poco margen para cambiar nuestras vidas de verdad. Mucha visibilidad, pero poca influencia real, como sucede con los futbolistas». Cree que «estamos inmersos en un exceso informativo que provoca una sobrecarga cognitiva que nos hace poner toda la atención en la estupidez del momento, pero no nos permite pensar con claridad». Sostiene que «la influencia a medio y largo plazo viene del mundo de la tecnología, de la ciencia y de los verdaderos intelectuales». 

Asentado en estos sillones acolchados donde suele programar su reconquista de lo público, dice que «en las redes, en donde todo se polariza, se aplaude mi trabajo». Que apenas tiene haters. «Estoy sorprendido, porque, en general, lo que circula por allí es odio y adhesiones firmes». Twitter es su medio, aunque espera ir desarrollando herramientas digitales propias para explicar sus descubrimientos sin la faja de una red social, y sin los límites discursivos del imperativo de los máximos caracteres. 

 

—¿Escribirás tu historia?

—Me apetece, pero tengo un problema: resulta mucho más potente y transformador escribir programas que un libro. Creo que es más útil. Siempre hay tiempo para ponerse con libros, pero es urgente escribir software que permita estructurar y entender tantos datos que necesitamos saber y convertirlos en historias. 

 

Al otro lado del lado oscuro, Jaime Gómez-Obregón observa pasos positivos, como la Oficina del Dato, dependiente de la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. «Aunque no dispone de presupuesto y, por tanto, no tiene capacidad real de transformar», se lamenta. Civio y su periodismo de calidad. Newtral y Maldita. «Pero somos moléculas y átomos, mientras la Administración sigue siendo un cuerpo sólido». Aplaude también el esfuerzo por la transparencia que están haciendo desde los Servicios Digitales de Aragón.

 

—En el debate público, a veces, por mucho que hablen los datos, sigue teniendo más peso la ideología.

—Es algo natural en los seres humanos. La emoción siempre es más intensa que lo intelectual, que requiere más esfuerzo. El político lo sabe, por eso juega en el terreno del debate ideológico. Urge desapasionar los debates, y eso lo hacemos entre todos con datos honestos. No creo que sea una batalla perdida. 

 

Su ilusión es que el trabajo por la transparencia sirva «para elevar el nivel del debate público, como si fuésemos ciudadanos más maduros. A poco que uno intente instruirse y tener opiniones mejor formadas, ya está sumando». 

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«Urge desapasionar los debates, y eso lo hacemos entre todos con datos honestos. No creo que sea una batalla perdida»
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Con sus acciones, quiere inspirar a otros para que se involucren en este recorrido hacia la luz del final del túnel. «Yo me veo en esto por un tiempo, no para siempre», confiesa.

Se le ve en los ojos: le brillan con el horizonte de descorchar el Boletín Oficial del Registro Mercantil, de dar a luz un estudio sobre los medios de comunicación que se trae entre manos, y un análisis sobre las apps de instituciones públicas. Mar cantábrico de fondo. 

Le han intentado comprar. «Pero soy incomprable —asegura—. Hablo por mí mismo y me represento solo a mí mismo. En otros ámbitos nadie tiene esta libertad que disfruto todos los días». 

Unos instantes de silencio montañés. «Después de esta conversación, he sentido una catarsis interior. Si quieres, apaga la grabadora, nos damos un paseo por la bahía y te cuento ahora mi historia personal…». 

Navega en lo hondo de esta conversación aquel punto de inflexión, «cuando me rompí en mil pedazos porque había convertido mi empresa en todo mi proyecto vital». Abrió los brazos. Se lanzó a una aventura social. Duerme mejor. Hace deporte. Es más feliz. 

 


Categorías: Sociedad, Tecnología