Opinión Humanismo cristiano Fugas y contrapuntos
Con los amigos a menudo se comparten los pequeños secretos. Hoy lo hago aquí con mis lectores. Se trata de un autor casi olvidado, Antoni Sobański, y de un libro que publicó en 2017 la editorial Confluencias, titulado Un ciudadano en Berlín (1934-1936). Sobański era un aristócrata polaco, nacido el 1 de mayo de 1898 en Podolia, hoy una región ucraniana. Su generación vio llegar las dos guerras mundiales, asistió al auge de los totalitarismos y a la crisis del sistema parlamentario.
Era cultísimo, un exponente de la vieja Europa: patriota, pero no nacionalista; cosmopolita, nunca etnófobo. Amaba las ciudades, la música y la pintura, los balnearios, el buen vino, los trajes ingleses y el arte italiano. Le disgustaban los nacionalismos, el antisemitismo, la vulgaridad, los prejuicios de clase y esa enemistad inherente a nuestra naturaleza cuando nos dejamos llevar por el vendaval fanático. Su talante, más civil que ideológico, resultaba profundamente humano.
En 1934, el semanario polaco Wiadomości Literackie (Noticias literarias) lo mandó de corresponsal a Berlín, al igual que La Publicitat había enviado a Josep Pla once años antes. Desde la capital de la Alemania nazi remitió una serie de reportajes que muestran de un modo descarnado los cambios que se producían en aquel país. Es como si asistiéramos en directo al nacimiento del terror nacionalsocialista y, en este sentido, cabe leer este libro como un documento profético de una altura similar a las crónicas berlinesas de Joseph Roth. Sin embargo, de Sobański no solo interesan su perspicacia, su cultura y su estilo, sino también la mirada civil —ciudadana— de una persona sin consignas previas que describe lo que ve, que no adjetiva el horror y lo deja hablar por sí mismo. Amaba Alemania y ese sentimiento lo condujo a procurar entenderla, según la famosa sentencia de san Agustín de empezar siempre por la amistad para conocer a alguien.
Sobański asistió a la quema de libros; se sentó entre una multitud extasiada en el congreso del partido nazi de Núremberg; habló con los propagandistas del régimen, aunque también con peluqueros, carteros, comerciantes, camareros y periodistas. Quería sencillamente averiguar cómo un pueblo culto se había enamorado de su propia perdición; esclarecer los mecanismos por los que el mal entra, sin avisar, en el alma de la gente de bien y acaba emponzoñándola.
Por supuesto, el reportero no era neutral. Sabía demasiado bien hacia dónde se dirigían Europa y el mundo que amaba. Pero su mirada civil, desapasionada, objetiva, distanciada, entrañaba para él una disciplina moral que le impedía caer en la vulgaridad de las consignas. Ambos bandos atacaron sus crónicas: los unos, por falta de vigor nacionalista; y los otros, por complaciente con los fascismos. Ni una cosa ni la otra. Sobański ejemplifica en clave europea lo que Andrés Trapiello ha llamado la tercera España y que en este caso podríamos denominar tercera Europa. Se ha dicho que observaba el nazismo con los ojos de una futura víctima —y no creo que sea una metáfora—, por su origen, por su cosmopolitismo, por su vida entera. Murió en 1941 en el exilio francés, sin ver el final de la guerra. Su destino estaba ya prefigurado.
La actitud de Sobański nos recuerda que se puede creer firmemente en el hombre y en la sociedad sin apagar la inteligencia; que se puede ser libre, objetivo y justo sin alistarse a ningún bando; y que renunciar a comprender cualquier fenómeno social que acontece ante nuestros ojos nos desarma ante él. La lectura de Un ciudadano en Berlín enseña el auténtico valor de la urbanidad, que es el mismo de la civilización. Enseña a mirar a la multitud sin dejarse fascinar por los movimientos de las masas, por sus miedos o sus deseos. Enseña a vivir sin un uniforme puesto, guiados solo por la curiosidad, la ternura hacia el ser humano y la alarma ante los enemigos de la amistad. Este es el pequeño secreto que quería compartir con mis lectores este verano.
