Opinión Debate público Fugas y contrapuntos
En Glimmerings. Letters on faith between a poet and a theologian, Miroslav Volf, catedrático de Teología en la Universidad de Yale, y el gran poeta americano Christian Wiman reflexionan, a través de su correspondencia, sobre la fe enfrentada a la muerte y al sin sentido. Se trata de unas cartas estremecedoras que nos sitúan ante las preguntas fundamentales de la vida. Wiman lucha contra un cáncer, que se supone terminal, mientras se pregunta por la ausencia de Dios. «Lo que temo es morir sin Dios», escribe. Y, no obstante, afirma: «He conocido a Cristo».
A lo largo del libro va revelándose una fe que mira directamente al sufrimiento humano. Una anécdota lo ilustra. Un día, Wiman quedó con un amigo de Chicago en Nueva York. Ambos habían atravesado un periodo muy malo y llevaban tiempo sin verse. Hablaron del pastor protestante Dietrich Bonhoeffer, mártir del nazismo, y de su paso por la cárcel antes de su muerte. Una cita del teólogo alemán, escrita precisamente en la celda, les llamó la atención: «Dios se deja empujar fuera del mundo hacia la cruz». Es decir, que al salir Dios del mundo le entrega al hombre la responsabilidad. «La vida de Cristo en nosotros —sostiene Wiman— se manifiesta como amor a los demás». En aquel momento, sin embargo, mientras tomaban un café en una terraza del Upper West Side, un mendigo empezó a merodear por las mesas buscando captar la atención de los clientes. Wiman, que daba la espalda al pedigüeño, prefirió no hacerle caso mientras seguía hablando con su amigo. Cuando el vagabundo se marchó, su compañero le dijo de inmediato: «Aquí estamos hablando de Jesús, mientras ignoramos al necesitado». Christian Wiman, avergonzado, balbuceó una mentira. Dijo que no se había percatado de nada. Después de confesarse en su carta, el poeta le reconoció a Miroslav Volf que, en su vida, a menudo había memorizado los libros y suspendido el examen. ¿Cuántos de nosotros no lo habríamos suspendido también?, cabe preguntarse.
Seguramente, en la trampa descrita por Wiman caería también cualquier persona que confundiera las ideas —o las creencias— con su propia identidad, olvidando que la vida es, sobre todo, una experiencia concreta de la encarnación. En efecto, una vida bien vivida dice mucho más sobre nosotros mismos que las palabras que pronunciamos. El peligro consiste en convertir cualquiera de nuestras ideas fuertes (el nacionalismo, el wokismo, el marxismo o el capitalismo… y, a fin de cuentas, el mismo Dios) en un ídolo ajeno a la realidad. Entonces nuestros ojos se tornan ciegos y ya no somos capaces de ver en nuestro hermano a una persona necesitada. Es la cotidianidad, de hecho, la que nos pone a prueba. Y la que nos dice quiénes somos.
La honestidad de Christian Wiman nos apela a todos de algún modo. Nos recuerda que hay un tipo de orgullo —a menudo moralmente legítimo— que conduce a desenfocar la mirada y a perdernos en nosotros mismos. La Biblia está llena de este tipo de historias. Pienso, por ejemplo, en los ángeles que visitaron a Lot y su familia, sellando así el destino de la ciudad de Sodoma. La rica mística judía, compendiada en el Zohar, nos habla, por su parte, de las chispas de Dios que se esparcen por el mundo en las personas y lugares más insospechados. El tikkun —reparación en hebreo— se produce precisamente cuando alguien las acoge y las protege. En esta lógica, ignorar al mendigo supuso desaprovechar el momento y el lugar en el cual la presencia divina se encontraba disponible. El vagabundo, como un sacramento invisible, llevaba consigo algo que Wiman y su amigo decían estar buscando. Pero que no supieron ver, quizás por miedo, quizás por incomodidad; más probablemente por una suerte de ceguera intelectual.
El mendigo del Upper West Side desapareció entre la multitud, pero su imagen permaneció en la conciencia de Wiman, como un símbolo de algo más. Permanece también en la del lector, que intuye la vergüenza del poeta y la enseñanza recibida. La respuesta consiste a veces en saber reconocer una presencia.
