Esta mañana sopla en Mallorca un viento furioso, embravecido. Es insólito que sea tan violento en cualquier época del año. Se habla mucho del cambio climático, de las olas de calor, de las sucesivas gotas frías y de la pertinaz sequía, un mal inveterado en buena parte de nuestro país. Pero la transformación más notable que he percibido en la isla a lo largo de estos últimos tiempos es el viento: un viento agresivo, imprevisible, amenazante, angustioso. Cuando era niño, eso no podía preverse. El viento que soplaba era suave y traía el aroma de lejanas tierras. La brisa marina dulcificaba los rigores del verano y parecía llevar consigo una promesa de continuidad. Era como el mar griego, con olor a mirto y romero. Sin embargo, ahora el viento ha cambiado. Y a menudo me pregunto qué nos trae con su furia.
Por supuesto, nadie lo sabe con exactitud. Cuando, a mediados de la década de los noventa, estudiaba Derecho en Pamplona, recuerdo que la opinión pública hablaba de la necesidad de incorporar controles de calidad a los productos, a los servicios y a la enseñanza. La palabra clave era calidad y, en torno a ella, se aglutinaba una especie de fe civil en el progreso. En cierta medida, ha ocurrido lo contrario: los bienes que adquirimos llegan marcados por la obsolescencia programada; muchos servicios se han degradado, al mismo tiempo que se externalizan o se robotizan; y las pruebas internacionales de educación arrojan datos preocupantes sobre la lectoescritura y el conocimiento general de los alumnos.
No es el único ejemplo de lo que nos trajo el viento de la época y que se nos pasó por alto. En 1989, con la caída del Muro de Berlín, se anunciaba el final de la historia. La democracia liberal consolidaba su prestigio y se creía que llegaría incluso hasta China, en cuanto se asentara allí una floreciente clase media. España vivía aún el idilio de una modernidad recobrada bajo el signo de la europeización. A pesar de la crisis económica que sufrimos con la resaca de los Juegos Olímpicos de Barcelona y de la Exposición Universal de Sevilla, el viento predominante de la época era el optimismo. El periodista Ramón González Férriz ha escrito con brillantez sobre el clima intelectual de los noventa en su libro La trampa del optimismo.
Y, sin embargo, todos nos equivocamos. El siglo XXI, que se aventuraba como un periodo de libertad y crecimiento, nos mostró de inmediato un rostro mucho más oscuro de lo que entonces hubiéramos podido imaginar. El principal motor de la historia, recordaba el profesor Gonzalo Redondo, es la libertad. Y ahí reside también su misterio.
¿Qué nos traerá el viento con su furia? No lo sabemos; pero, si me guío por mi propia experiencia, diría que poco o nada de cuanto hoy consideramos seguro. La prensa nos habla de la crisis de la democracia liberal, del debilitamiento de las clases medias, de los riesgos de un gran conflicto bélico y del eclipse de la inteligencia humana ante la irrupción de las distintas inteligencias artificiales. Todo esto es cierto y nos remite a algunos desafíos que, hace medio siglo, apenas supimos prever. Probablemente nos sorprenderá el modo en que algunos de ellos acabarán por resolverse.
El cambio climático, por ejemplo, ubicuo en el debate público hace unos años, ha pasado a un segundo plano. Lo mismo ha sucedido con la ayuda al desarrollo, que en mi juventud se cifraba en el 0,7 % de la renta nacional. Nunca entendí muy bien por qué esa cantidad y no otra. Nuestra dificultad a la hora de interpretar el presente y leer los signos del futuro me hace pensar que, como sociedad, deberíamos centrarnos más en los principios morales que en las modas ideológicas, sean de un signo o de otro. ¿Trabajo bien o lo hago con pereza o descuido? ¿Soy leal con mis amigos o mis palabras carecen de credibilidad? ¿Intento cuidar a los otros como me gustaría que me cuidaran a mí?
El porvenir siempre sorprende; el carácter, en cambio, perdura y nos acompaña cuando todo lo demás se tambalea. Educarlo bien es, quizá, lo mejor que podemos hacer por el mañana.
