«Ars longa, vita brevis»

5 de febrero de 2026 3 minutos

Daniel Capó Biografía

Daniel Capó (Mallorca, 1973) es ensayista y editor. Se graduó en Derecho por la Universidad de Navarra en 1996. Sus columnas de opinión aparecen semanalmente en The Objective y en los periódicos del grupo Prensa Ibérica. También ejerce de crítico literario en La Lectura de El Mundo. Desde su fundación forma parte del Consejo Asesor de la editorial Libros del Asteroide


«El tiempo es demasiado breve para el oficio de la vida. No conviene, por tanto, malgastarlo en minucias, en pequeños rencores o en caminos erráticos»

Al cumplir los veintitantos, pasé un invierno en Nueva Jersey, en casa de mis tíos. Era a finales de los años noventa, y yo acababa de licenciarme en Derecho. Una tarde me acerqué a la biblioteca de mi universidad a escuchar al poeta Robert Creeley. Era un hombre ya mayor; llevaba un jersey azul y unas gafas de pasta. A principios de la década de los cincuenta había vivido un tiempo en Banyalbufar, un pueblo pequeño de la Sierra de Tramuntana, en Mallorca. Allí escribió una novela, The Island (La isla), que hoy casi nadie recuerda. Creeley había tratado de cerca a algunos de los poetas americanos que a mí más me interesaban entonces, como George Oppen o Charles Reznikoff, y había sido el editor de muchos otros, gracias a la revista literaria que dirigió: la Black Mountain Review. Aquella soleada tarde, unos pocos estudiantes y profesores le escuchamos recitar, con una voz tímida, algo ausente, versos de su libro Life & Death, y también discurrir acerca del insaciable anhelo poético. El viejo aforismo latino «Ars longa, vita brevis» («El arte es largo, la vida breve»), atribuido al médico griego Hipócrates, hacía las veces de leitmotiv en aquel encuentro: el tiempo es demasiado breve para el oficio de la vida. No conviene, por tanto, malgastarlo en minucias, en pequeños rencores o en caminos erráticos. 

Cuando me despedí de él —recuerdo que me aconsejó que volviera a Mallorca—, fui a casa caminando. Había oscurecido y las farolas de gas titilaban en la calle con un fulgor anaranjado. Veía luces en las ventanas y me preguntaba quiénes eran aquellos vecinos míos. Yo había terminado la universidad: una etapa en la que el tiempo no promete precisamente brevedad, sino un abanico extenso de posibilidades. ¡Estaba todo por hacer! Sin embargo, aquella insistencia de Creeley, ante un grupo de jóvenes, en repetir un antiguo proverbio en latín me hizo pensar en una suerte de elección. Frente al lamento generacional o a la abulia del conformismo, él parecía reclamarnos la premura de la experiencia: elegir un futuro, fuese cual fuese, y entregarnos a él en cuerpo y alma. En definitiva, no permanecer en la vía muerta de la indolencia, por más que nuestro destino no coincidiera con el que habíamos soñado.

Robert Creeley, de hecho, no llegó a poeta mayor, o eso pienso, ni pasará a la posteridad más que como una nota a pie de página en los manuales de literatura norteamericana. Pero pertenecía a una generación —hija de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial— en la que muchos aún apostaban por la misión moral de la escritura. Como los objetivistas (a los que él admiraba), creía que la claridad en el lenguaje es una virtud que ayuda a poner orden en medio del caos. Con los años, esa certeza se rompería y, como sucedió con tantos otros autores, terminaría dando cabida en su obra a sus propias perplejidades mediante un escepticismo irónico. Sin embargo, yo sospechaba que había algo más en su concepción de la literatura y que aquel «Ars longa, vita brevis» que nos quiso inculcar en un aula semivacía de la biblioteca venía a ser como un método de resistencia. Él escribía contra el tiempo y, a la vez, a favor del tiempo. Escribía porque era lo que mejor sabía hacer con su finitud. Ese era su empeño, su oficio y su esperanza. Escribía, en fin, para recordarnos que vale la pena luchar por ser mejores. 

Nunca más volví a ver a Robert Creeley ni he vuelto a leer sus versos. Sé que seguramente me decepcionarían, como sucedió entonces. Pero me apena no haberme fotografiado con él ni haber alargado la conversación mínima que mantuvimos. Sus palabras, en cambio, permanecen intactas en mi memoria. Desde el principio, el tiempo se nos entrega como una materia exigente que pide fidelidad, riesgo y proyección. Y aquel lema que quiso compartir con nosotros nos recuerda que vivir consiste en aprender a elegir bien, a pesar de nuestros errores.

LA PREGUNTA DEL AUTOR

¿Es la brevedad de la vida una condena o es una exigencia?

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