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Béla Tarr y Laszlo Krasznahorkai, un brindis por los formatos largos

19 de febrero de 2026 7 minutos

Fernando Olmedo

A la izquierda, el director de cine Béla Tarr durante una masterclass en el MFDF Jihlava, 2023. Fotografía: Pavel Bednařík. A la derecha, el escritor László Krasznahorkai. Fotografía: Miklós Déri

A la izquierda, el director de cine Béla Tarr durante una masterclass en el MFDF Jihlava, 2023. Fotografía: Pavel Bednařík. A la derecha, el escritor László Krasznahorkai. Fotografía: Miklós Déri

El fallecimiento del cineasta Bela Tarr y la entrega del Nobel de literatura a László Krasznahorkai suponen el descubrimiento conjunto de dos artistas cuyo diálogo creativo y amistad ha cristalizado en formato, estilo y fondo en una de las colaboraciones más interesantes de los últimos años.

Armonías de Werckmeister (2000) abre con un plano detalle de la chimenea en una taberna. Poco a poco, la cámara se aleja y recoge a un grupo de borrachos en los momentos previos al cierre del local. El tabernero les pide que salgan, y ellos le ruegan unos minutos más para que Valuska haga una de sus demostraciones, que consiste ni más ni menos que en su visión del universo. El personaje coloca a sus compañeros en el amplio salón, como si fueran los astros del cosmos. Uno es el sol, otro la tierra, otro la luna, y los hace girar imitando los movimientos de traslación y rotación de nuestro planeta. El espectador descubre que Valuska orquesta una danza, un vals entre esos renegados, una armonía igual que la que indica el título. En un momento dado, el protagonista los ordena para formar un eclipse, y describe el frío, la extrañeza, incluso el miedo. Un ambiente cargado sobrevuela la taberna. Eso es el mundo para Valuska, ese miedo, esa espera, esa tensión. Y eso es el mundo también para los autores de la cinta: el director es Béla Tarr, fallecido en enero, y el guionista es László Krasznahorkai, premio Nobel de Literatura en 2025. Esa película adapta su novela de 1989 Melancolía de la resistencia.

Esta visión del mundo es precisamente lo que unió a los dos artistas en un primer momento. Según cuenta el propio Tarr en una entrevista para The Notebook, la lectura de Tango Satánico (1984) fue un descubrimiento. No solo por la potencia de la escritura de Krasznahorkai o por la trama del libro en sí, sino porque supuso el hallazgo de una perspectiva vital como la suya. Se aproximó al autor en varias ocasiones tratando de convencerlo para adaptar la novela, pero no tuvo éxito. Incluso cuando por fin accedió, la falta de financiación y las autoridades comunistas húngaras impidieron el desarrollo del proyecto. Sin embargo, esa conexión ya había comenzado, y ambos autores, con su estilo tan marcado y particular, encontraron un encaje muy natural. Tarr y Krasznahorkai escribieron cinco películas juntos: La Condena (1988), Sátántangó (1994), Armonías de Werckmeister (2000), El hombre de Londres (2007) y El caballo de Turín (2011). Tres de ellas son adaptaciones de novelas del reciente ganador del Nobel. El inicio de Armonías de Werckmeister los retrata a ambos. Cuando le entregaron el Nobel a Krasznahorkai, la Academia sueca recalcó que su obra era visionaria, entre otros motivos, por la manera en que dilata el tiempo y lo convierte en una espera insoportable. Mediante frases largas y párrafos que pueden extenderse hasta diez páginas, el escritor crea una losa que hunde cada vez más a sus personajes y al lector en una espiral de suspensión, como si transitara por una carretera de campo, triste y sin vida, por la que estuviera obligado a avanzar hasta el fin, si es que llega. 

El extremo se da en Herscht 07769 (2021), sobre un grafitero alemán que escribe cartas a Ángela Merkel para alertarla de un cataclismo inminente. En sus cuatrocientas páginas, Krasznahorkai utiliza solo dos puntos, uno de ellos el final. Que el protagonista avise de que el mundo se acaba es indicativo de las temáticas habituales del húngaro, a quien Susan Sontag llegó a llamar «el maestro del apocalipsis». Su visión resulta desgarradora: para el autor no hay asideros en la vida, ni posibilidad de redención, sino que el ser humano está obligado a vagar sin propósito hasta que llegue, muy lento pero inevitable, el último de los días. Esta vacuidad expectante, similar a la de los protagonistas de Esperando a Godot, se refleja en muchos de sus personajes.

El Nobel, que llevaba mucho tiempo sonando para Krasznahorkai (especialmente tras ganar el Premio Booker Internacional en 2015), es el reconocimiento al trabajo de cuarenta años en el mundo editorial, con una decena de novelas, además de colecciones de relatos, novelas cortas y libros de no ficción. Su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. En esas promociones, el autor viajó por todo el mundo, lo que a su vez le ha inspirado para realizar novelas como Guerra y guerra (1999). Su filosofía no viene solo de la vivencia cercana.

Fotograma: Sátantangó (1994), dir. Béla Tarr, Prod. György Fehér, Joachim von Vietinghoffy Ruth WaldburgerErika Bók es una actriz húngara que ha aparecido exclusivamente en el cine de Béla Tarr.
DOS ESTILOS CON ENCAJE PERFECTO

La filosofía es también fundamental en la historia del otro protagonista. Béla Tarr no quería dedicarse al cine. De hecho, no veía este arte como nada más que un pasatiempo. Su profesión soñada era la de filósofo. Sin embargo, a los 16 años realizó un trabajo en película de 8 milímetros que sería un punto y aparte en su vida. El cortometraje retrataba la situación de los trabajadores de la construcción gitanos en Hungría y los problemas económicos que atravesaban. Tarr la proyectó en un campamento de trabajadores, y el reflejo que daba del partido comunista y su líder, Janos Kadar, causó una gran conmoción y otra consecuencia: cuando solicitó plaza, la universidad rechazó al incipiente cineasta. Entonces decidió dedicarse al séptimo arte, pero sin olvidar nunca sus intereses originales. 

En Béla Tarr, Krasznahorkai encontró a su mejor aliado. Aunque el cineasta no escribe párrafos interminables, a través de su puesta en escena da forma a la misma sensación de soledad existencial y de vacío cósmico. Para ello, transforma el tiempo fílmico, dilatando escenas, contactos o simples gestos del día a día de una sociedad quemada. Esto da como resultado largos planos en los que apenas cambia nada, donde los diálogos se reducen al mínimo, así como el peso narrativo de la mayoría de las secuencias. En vez de eso, Tarr muestra a sus personajes en la contemplación pura, sobre todo de la naturaleza, aunque también de cómo la industria transforma los paisajes rurales, como es el caso del protagonista de Damnation (1987), que observa los molinos de viento por su ventana. Sin embargo, esta forma de contemplar no busca lo trascendente. Es una mirada abstraída en la melancolía, que no aspira a más. El peso de la condición humana y el contexto social (el comunismo sobrevuela muchas de sus cintas) es demasiado como para alzar la cabeza hacia el optimismo. 

Probablemente, el ejemplo perfecto de esta característica sea su última película, estrenada en 2011. El caballo de Turín, inspirada en el famoso episodio de Friedrich Nietzsche, sigue a un campesino en sus tareas del día a día, mientras su vida cotidiana le ahoga y se convierte en una repetición incesante, todo inercia. Esta espera del final y esta existencia en duermevela se traducen en el lenguaje cinematográfico del húngaro en largos planos secuencia que recogen toda una escena sin necesidad de emplear el montaje y que se bastan del movimiento de cámara para pasar de primeros planos de los personajes a planos generales que recogen todo el espacio. Tarr lleva la vivencia del tiempo a algo insoportablemente cercano a su visión de la vida. El baile cósmico de Valuska dura once minutos, pero no es el ejemplo más radical. Para eso hay que ver Satantango (1994), una película de siete horas.

LA APUESTA POR LOS FORMATOS LARGOS

La victoria de Krasznahorkai en el Nobel, es, por supuesto, el reconocimiento a un autor total, que según la Academia sueca «reafirma el poder del arte en medio del terror apocalíptico». De algún modo parece que premiar al húngaro —con el descubrimiento o redescubrimiento de la filmografía de Béla Tarr que eso supone— es laurear estas concepciones del tiempo en el arte que esquivan la inmediatez y el consumo rápido, que apuestan por el reposo máximo y estiran el reloj casi más allá de lo aguantable. 

Quizá esa capacidad visionaria y ese reafirmamiento del arte llegue a cuajar en 

las nuevas generaciones, entre quienes los formatos largos —pódcasts o streamings, y hasta la lectura— están viviendo un repunte. Podría ser un primer paso hacia esa postura meditativa, lenta y reflexiva por la que abogan los húngaros. 

Después del eclipse, el plano secuencia de Valuska continúa. Tras ese miedo existencial ante la naturaleza, el protagonista cuenta cómo el sol, la tranquilidad y la normalidad vuelven a aparecer. En un movimiento precioso, la cámara se eleva para desvelar la lámpara que ilumina la estancia: la luz vuelve a su mundo. La obra de Krasznahorkai y la atención a la filmografía de Tarr podrían también iluminar la deriva de nuestras sociedades.

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