Crítica cultural CULTURA Música Nº 724
Royel Otis o el viaje de 180 segundos

Los dos amigos que forman Royel Otis.
Crítica cultural CULTURA Música Nº 724

Los dos amigos que forman Royel Otis.
Impulsados por un éxito de cosecha ajena, la banda australiana se ha consolidado como referente del estribillo inmediato y de un claroscuro melódico que proyecta un futuro de progresión.
Royel Otis, el dúo de Sídney compuesto por Otis Pavlovic y Royel Maddell, ha alzado su identidad en tan solo cuatro años sobre dos pilares: canciones que contagian al instante y un relato de camaradería forjado en paralelo a su trayectoria profesional. «Nuestras familias eran amigas, pero nunca pasábamos mucho tiempo juntos; eso desmonta la idea romántica de dos chavales que desde pequeños hacían música en un garaje», confesaban en una entrevista a The Harvard Crimson.
Antes de recibir la atención de la crítica a nivel global, la banda atravesó una fase de rodaje con tres pequeñas píldoras que marcaron el ritmo de su despegue. De ahí surgieron los EP Campus (2021), Bar & Grill (2022) y un tercero algo más largo, Sofa Kings (2023), con el que lograron afinar el pulso entre el jangle pop —ese eco de los ochenta a lo The Byrds— y la inercia melódica del indie de los 2010. Nada sucede por casualidad; el método estaba claro desde el principio. «Yo traigo un trozo, él trae otro, y los combinamos», confesaban a Crimson. De ese engranaje afloraron la dulzura melódica, las guitarras primitivas y esa pulsión de playlist que, por amable que resulte, no deja de ser sincera y explica, en buena medida, el lugar que ocupan hoy.
Ahora bien, su salto al gran público tuvo un detonante: «Murder on the Dancefloor», su versión para la radio australiana Triple J en 2024 del clásico contemporáneo de Sophie Ellis-Bextor; un tema que Maddell reconoce haber escuchado a menudo durante la infancia. Su propuesta se viralizó y, aunque el dúo se había prometido no hacer covers por respeto a las canciones originales, el tiro les salió por la culata, en el mejor sentido: más público, más giras y la sensación de estar subidos a una ola imposible de detener.
Ese impulso también afianzó su estatus mediático como fenómeno pop-indie fuera de Australia. The Guardian les dedicó un amplio reportaje cuando encabezaban en 2024 las nominaciones a los premios ARIA de la industria musical australiana —fueron ocho— y ya llenaban salas en Europa y Estados Unidos. «Un sonido con ecos de The Smiths y The Cure pasados por el filtro del sonido más actual de Phoenix o MGMT», concretaba el artículo.
Asimismo, ese viento de cola de su «Asesinato en la pista de baile» acabó por coincidir con el lanzamiento de su primer largo, Pratts & Pain (2024), producido por Dan Carey (Fontaines D.C., Tame Impala, Kylie Minogue). La recepción de la crítica dibujó entonces un mapa útil para entender lo que es Royel Otis.
Porque, si se recomponen las piezas, emerge un patrón que ayuda a explicar su éxito. Primero, el anhelo —y la maestría— a la hora de diseñar el single pegajoso: «Oysters in My Pocket», «If Our Love is Dead» o «Sofa King» encajan en esa herencia de la canción de tres minutos que tan bien funciona en estos tiempos de fugacidad. Segundo, la elasticidad de la marca Royel Otis cuando se adentra en la versión: «Murder on the Dancefloor» o «Linger», de The Cranberries, activaron una nostalgia transversal que los medios detectaron pronto y que el dúo ha asumido sin complejos. Y, por último, los márgenes en los que más brilla la banda: cortes que cambian el paso —«Molly», «Foam», «Always Always»— y bajan las pulsaciones por minuto, ensanchando su espectro musical sin perder su inmediatez.
En Royel Otis encontramos algunas certezas. Pocas bandas han logrado en los últimos años que el indie guitarrero vuelva a sonar actual sin pedir disculpas, y, al mismo tiempo, envuelto en un carisma desacomplejado sin discursos grandilocuentes.
Pero también es verdad que no despiertan muchos consensos. Para algunos pueden ser the new best thing; para otros, una banda «sin memorabilidad», como la tildó Far Out Magazine, o «una perfección de cartón piedra», así definidos en su última crítica en Mondosonoro. De cualquier modo, con Hickey (2025), han dado otro paso en clave de consolidación global gracias al reconocimiento de buena parte de la esfera musical y a su presencia en escenarios de medio mundo. La crítica puede sospechar, pero los números les acompañan: cien millones de escuchas de su último disco en Spotify.
Lo que venga a partir de hoy determinará si Royel Otis se acomoda como unos excelentes orfebres del estribillo instantáneo o si acaba por abrir las ventanas del estudio para que entre más eclecticismo y riesgo en su propuesta. A juzgar por su todavía corta trayectoria, los claroscuros le sientan bien: cuando afloja el acelerador propio de una banda joven, aparece el dúo que podría trascender modas. Y eso, terminado este 2025 musical, no es poca cosa.
El debut en largo del grupo, Pratts & Pain, recibe su nombre por el pub Pratts & Payne de South London, donde se escapaban a escribir sus letras regadas con unas pintas de Guinness.
Royel Otis ha conseguido cifras impropias de una banda con tan solo cuatro años a sus espaldas. Más de mil millones de escuchas de sus canciones en todas las plataformas, cien mil entradas vendidas en su gira de 2024 y una legión de trece millones de oyentes mensuales dan una idea del fenómeno.
Junto con Royel Otis, Parcels, Tame Impala, King Gizzard & The Lizard Wizard o Empire of The Sun son solo algunas de las formaciones contemporáneas con mayor popularidad a escala internacional. Su nexo de unión: todas se han incubado en el criadero musical australiano.
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