Albino Barrera visitó la Universidad de Navarra por motivo del congreso internacional "The roads to development: work, markets and institutions" en octubre de 2025. Fotografía: Manuel Castells.
¿Puede el Evangelio reformar el capitalismo? Albino Barrera, sacerdote dominico y profesor de Economía en Providence College, cree que sí. Creció en Manila viendo la pobreza de cerca, y lleva décadas defendiendo una idea tan sencilla como exigente: ser guardianes los unos de los otros.
Para cambiar el mundo hace falta un carisma explosivo, dicen. Un liderazgo visible, una presencia mediática, contactos en las altas esferas. Una retórica potente y un chorro de voz. Charlatanería. Albino Barrera (Filipinas, 1956) lo demuestra.
El sacerdote dominico se opone a la vorágine. Camina lento, arrastra los pies y, con ellos, una vida reposada en el estudio y la oración. Enseña Economía y Teología en Providence College, EE. UU. Sus libros —ninguno traducido aún al español— estudian cómo aplicar las enseñanzas de la Escritura para remediar la pobreza.
El 20 de octubre sube al estrado del Museo Universidad de Navarra para participar en el congreso internacional «The Roads to Development: Work, Markets and Institutions». Su conferencia lleva por título «Desarrollo Sostenible e Integral: La Forja de un Concepto». Las jornadas toman como lema una cita de san Pablo VI: «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz». Barrera transmite esa calma a pesar de transitar por un sector carroñero y gigantes empresariales. Tiene un hablar firme pero suave, igual que un sabio de los cuentos (aunque sin barba). Escucharle es recibir una catequesis amable.
Esa proximidad con la escasez lo marcó desde joven, pero su camino hacia la economía no fue directo. Estudió Ingeniería de Gestión Industrial, con especialización en Mecánica. «Mi interés por la disciplina se desarrolló realmente después de la universidad», explica. «Tiene mucho poder, porque una sola política —buena o mala— puede afectar la vida de millones». Después del doctorado en Yale (1988), entró en la Orden Dominica y comenzó con su labor docente y editorial. A aquellos niños de Manila les dedica Biblical Economic Ethics: Sacred Scripture's Teachings on Economic Life (2015) y Compassion-Justice Conflicts and Christian Ethics (2023), su obra más reciente.
Después de su conferencia, se sienta a charlar con Nuestro Tiempo.
He escuchado varias historias en esa línea, donde rige la ley de la selva. Pero no se puede meter el universo corporativo entero en el mismo saco. Sí, existen sectores y espacios muy duros, como ciertas áreas de Wall Street. Ahora bien, y gracias a Dios, no todos los entornos funcionan igual.
Hay cantidad de compañías con dinámicas sanas y equipos colaborativos. Dedicarse a los negocios no equivale a convertirse en un «capitalista bucanero» [Hace un gesto de corte con la mano, como una guillotina]. Las iniciativas sociales lo prueban.
¿Podría mencionar un caso concreto?
Mi ejemplo favorito es la panadería Greyston, en Nueva York, impulsada en 1982 por el maestro budista Bernie Glassman. La fundó en Yonkers, una zona con altos niveles de pobreza, delincuencia y adicciones, con mucha gente sin hogar. El proyecto nació con la misión de ofrecer oportunidades profesionales a los excluidos del sistema. Desde entonces, su eslógan sigue siendo el mismo: «No contratamos para hornear brownies. Horneamos brownies para contratar gente».
El modelo funcionó. El local creció hasta convertirse en proveedor de brownies para Ben & Jerry's. Proyectos como el de Glassman demuestran que cabe compatibilizar un negocio rentable con la custodia del honor de los contratados.
¿Qué varía en la manera de concebir el mercado cuando se adopta el espíritu de Glassman?
En la teoría económica común, capital y mano de obra suelen situarse en el mismo plano analítico como factores reemplazables en modelos de producción. Muchas veces esto se hace sin malicia, pero tiene consecuencias: así, el capitalismo depredador reduce la actividad humana a un recurso más.
La perspectiva de Glassmanrompe con este paradigma. Para él, el ejercicio profesional no actúa como un insumo añadido, sino como un fin en sí mismo.
«LA DIFICULTAD DE MEDIR EL DESARROLLO INTEGRAL NO DEBERÍA IMPEDIRNOS INTENTAR ALCANZARLO. HAY QUE SEGUIR LUCHANDO»
¿Cómo conecta este cambio de marco con la tradición cristiana que usted defiende?
El pensamiento cristiano insiste en la primacía del trabajo humano y en la dignidad de la persona. El empleo dignifica. La encíclica Laborem Exercens, publicada por san Juan Pablo II en 1981, desarrolla esta idea y coloca al profesional en el centro, como sujeto que crea valor con su acción.
La norma de oro que el discípulo de Cristo debe aplicar siempre, también mientras se gana el pan, consiste en tratar a los demás como espera que le traten. Esto ya se regía por la Ley de la Alianza en el Antiguo Testamento, según la que los ciudadanos no recibían lo mismo, pero sí gozaban de igualdad y respeto mutuo.
¡Oh, este punto es crucial! Entiendo que parezcan preceptos lejanos. Amar sin condiciones a Dios y al vecino ya supone un reto, pero, con su nuevo mandato, ¡Cristo elevó la vara de medir hasta el cielo! [Se ríe]. ¡Lanzar tu alma y tu corazón al mundo! Entregarse como Él lo hizo implica darse hasta la muerte. A esto se le llama Kénosis: vaciarse por completo, incluso por aquellos que no lo merecen. Ponerla en práctica requiere una gracia especial.
¿Qué implicaciones concretas tendría la Kénosis en este ámbito?
Aplicada, la Kénosis no equivale a dejar que se aprovechen de ti, ni dilapidar los recursos o arruinar la compañía por desprenderse de todo. Si te deshicieras de la tienda,la compañía cerraría, casi con toda seguridad; los asalariados perdieran su puesto y todas sus familias se vieran afectadas.
Más bien apunta a dar hasta que duela y tomar decisiones difíciles con responsabilidad ética, incluso cuando implican un coste personal. Hacer lo posible para que la empresa resulte viable y prospere mientras te mantienes fiel a los valores de la Iglesia y coherente con ellos.
¿Se le ocurre algún ejemplo que sirva como referente?
En 1995, poco antes de Navidad, un incendio brutal casi destruyó por completo la fábrica textil Malden Mills en Lawrence, Massachusetts. El propietario, Aaron Feuerstein, en vez de marcharse con la indemnización del seguro, actuó de forma asombrosa: decidió continuar pagando a sus más de 1.400 operarios al menos durante los siguientes tres meses. Además, Feuerstein apostó por reconstruir la planta. Esa decisión tan compleja y arriesgada le costó una deuda de más de cien millones de dólares. Le cayó encima una lluvia de críticas que lo tacharon de irresponsable, pero siguió adelante. Ahora, después de su muerte en 2021, sus compañeros todavía lo recuerdan como un héroe.
En el caso de Feuerstein, tuvo que frenar su crecimiento para cuidar de su plantilla. ¿Significa esto que, para actuar con la prudencia que Dios manda, se ha de mitigar la progresión económica para priorizar el cuidado de las personas?
Voy a matizar este planteamiento. Yo no diría que hay que limitar el desarrollo, sino que deberíamos luchar contra la codicia y la autocomplacencia. El problema radica en el excesivo deseo del corazón humano: queremos demasiado, y demasiado rápido. Por eso mucha gente concluye que hay que poner límites. Pero ese término —«limitar el desarrollo»— puede malinterpretarse hasta pautar normas extremas. Por ejemplo, algunos argumentan que solo deteniendo el crecimiento económico por completo podremos preservar el medioambiente. Y esa vía no resuelve el problema. El remedio aguarda en nuestros anhelos y nuestra relación con Dios.
«EL PENSAMIENTO CRISTIANO INSISTE EN LA PRIMACÍA DEL TRABAJO HUMANO Y EN LA DIGNIDAD DE LA PERSONA. EL EMPLEO DIGNIFICA»
¿Diría que la emergencia climática es un efecto de ese desarrollo desmedido?
Me duele pensar en casos como la sobrepesca o las granjas industriales donde se hacinan pollos en lugar de criarlos en libertad. Ese tipo de abusos no reflejan la bondad que Dios espera de nosotros. Los animales y la Creación merecen nuestro respeto, al igual que los seres humanos.
Estos excesos en el ecosistema reflejan codicia, sin duda. Pero aun asumiendo que pudieran refrenarse esos impulsos, los recursos del planeta son limitados. ¿Cómo integra usted la insuficiencia material en la teología cristiana?
He dedicado un libro entero a esa pregunta: God and the Evil of Scarcity (2005; Dios y el mal de la escasez). Cuando los lectores ven la palabra mal en el título, piensan en la maldad moral, pero con ella me refiero al daño físico que causa la escasez.
En el texto abordo la pregunta original de Thomas Malthus en su ensayo de 1798: ¿por qué Dios crearía un mundo donde carecemos de los bienes indispensables para vivir dignamente? Un interrogante válido. Malthus sostenía que la población aumenta de forma geométrica mientras los alimentos crecen de modo aritmético, así que siempre acabaremos reducidos a la mera subsistencia. Hoy vemos que erró al no prever la evolución tecnológica. También cometió un fallo teológico grave al intentar responder esa teodicea de la escasez.
Fotografía: Manuel Castells
¿Qué error teológico?
Malthus no comprendió por qué Dios permite la falta de medios. Dios podría habernos dado maná fácilmente, como a los israelitas en el desierto. Pero no lo hizo porque espera que los hombres nos abastezcamos entre nosotros. Dios nos provee, sí, pero a través de los demás. Por Él, somos guardianes los unos de otros. Por eso precisamos de un desarrollo económico responsable que nos permita prosperar como comunidad.
«EL TRABAJO HUMANO, MÁS QUE UN INSUMO AÑADIDO, ACTÚA COMO FIN EN SÍ MISMO»
Ha mencionado varias veces el término desarrollo económico. ¿Qué entiende exactamente por desarrollo?
Para explicarlo, conviene especificar qué lo diferencia de progreso porque, aunque a menudo se usan como sinónimos, no significan lo mismo.
Progresar entraña una mejora o avance en cualquier ámbito. El desarrollo económico, en cambio, encierra un sentido más específico: describe el paso de un régimen agrícola hacia una estructura con industria y servicios. Por definición, implica progreso, pero abarca mucho más que el simple avance.
Un ejemplo sencillo: cuando al trabajador se le ofrece dejar el campo por un empleo en una fábrica bajo techo, protegido del clima, suele aceptarlo. Esto supone una mejora en la calidad de vida, es decir, un paso adelante en el desarrollo económico.
Por tanto, ¿la clave para un buen desarrollo económico reside en la dignidad?
Debería serlo, pero todavía no lo entendemos así. Por eso el papa san Pablo VI, en su encíclica de 1967, Populorum Progressio, insistió en que el desarrollo auténtico constituye, ante todo, un fenómeno moral e integral.
¿Integral? ¿Qué integra?
Para que un desarrollo resulte viable, necesita cumplir con la tzedek, la justicia en el Antiguo Testamento. Hablar de integridad implica que cada criatura refleja y comunica a las demás la dimensión particular de la bondad y perfección divina que encarna, según el modo propio de su existencia.
Esto ocurre en dos niveles: como individuos y como cuerpo social. Por tanto, el desarrollo integral requiere honrar todas nuestras relaciones, y en este orden: con Dios, la comunidad cercana, los marginados, la Tierra y las futuras generaciones. Alcanzar este término marca el punto de referencia de la sostenibilidad auténtica.
¿Se relaciona esto con lo que mencionó antes, que dependemos los unos de los otros para prosperar?
Exacto. Conecta con la idea aristotélico-tomista de pasar de potencia a acto: nos ayudamos mutuamente a realizar nuestras capacidades y llegar a Dios; y Él nos auxilia por medio del Espíritu Santo, de otras personas y de los bienes de la naturaleza. Por eso hablo de integridad.
Esta Universidad refleja ese legado de gracia. San Josemaría Escrivá ejemplifica cómo Dios canaliza la gracia a través de quienes te rodean.
Pero la universidad podría verse como una herencia tangible. ¿Existe alguna manera de medir realmente el desarrollo integral?
No, con exactitud no, pero sí obtenemos ciertas indicaciones que nos guían en el ajuste de nuestras políticas y pensamiento hasta llegar a su obtención. La dificultad de medir el desarrollo integral no debería impedirnos aspirar a alcanzarlo. Hay que seguir luchando.
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