Ficción Biografía VER Y LEER Literatura SOLO WEB
Cien años de «Fiesta»

Ilustración: Concha Pasamar
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Ilustración: Concha Pasamar
La novela que hizo inmortales tanto a Hemingway como a la ciudad de Pamplona alcanzará en 2026 la venerable edad de cien años. El autor de este ensayo sostiene que, en el siglo transcurrido, ha faltado la traducción de Fiesta que haga justicia al original.
El nombre de Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961) todavía evoca al mujeriego, bebedor y fanfarrón que alardeaba de saber de toros, aspectos de su biografía que aún centran muchos debates irrelevantes. Tenemos al personaje, pero hemos olvidado a un escritor que bien podría repetirnos aquel verso de Machado: «Y al cabo nada os debo; debéisme cuanto he escrito». Y sí, ciertamente, le debemos, entre otras muchas páginas memorables —cuentos magistrales, Adiós a las armas, Muerte en la tarde, Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar…—, The Sun Also Rises, una de las grandes novelas del siglo XX y un clásico que se sigue leyendo cien años después de su publicación, el 22 de octubre de 1926, en la editorial norteamericana Scribner’s. Aquel libro convirtió al joven Hemingway en uno de los escritores del momento en Estados Unidos. Un año después, Jonathan Cape la editó en el Reino Unido con el título de Fiesta, que es el que ha prevalecido en casi todas las traducciones de la obra al español. Ha pasado, pues, un siglo desde que vio la luz el texto que puso a Pamplona y a Navarra en el mapa de muchos y proyectó las fiestas de San Fermín a todo el mundo, de una manera que Hemingway nunca pudo imaginar… Pero ¿lo hemos recibido bien?
En 2003, el crítico José María Guelbenzu publicó en Babelia un artículo titulado «Iceberg Hemingway», en el que afirmaba que «el lector español todavía no ha leído a Hemingway». Se refería el crítico a la mala calidad de las traducciones que han circulado en nuestro idioma. Guelbenzu comentaba las características del estilo del escritor, con motivo de la reedición en español de El viejo y el mar y Fiesta, y lamentaba que, en vez de encargar nuevas traducciones, la editorial Debate hubiera optado por revisar las ya existentes, que calificaba de «penosas». En el caso de Fiesta, se refería a la nueva edición de la traducción de Joaquín Adsuar de 1983, revisada por José Hamad.
Aparte de incluir los dos epígrafes imprescindibles que abren el original —inexplicablemente ausentes en la versión de Adsuar—, la revisión apenas contenía modificaciones significativas: el estilo seguía sin ser Hemingway y muchos pasajes en los que se evidencia una clara falta de comprensión del texto original permanecen, todavía hoy, inalterados. Con posterioridad, se han alumbrado en España traducciones de calidad de algunas obras del estadounidense: la de los Cuentos, de Damián Alou, en 2007, o las de Miguel Temprano de El viejo y el mar, en 2011, y Adiós a las armas, en 2013. De momento, Fiesta no ha tenido la misma suerte y, aunque desde 1944 hasta la actualidad se han publicado en España e Hispanoamérica media docena de versiones en español, aún falta la que haga justicia al texto de Ernest Hemingway.
The Sun Also Rises fue su primera gran novela y jugó un papel decisivo en la irrupción en la literatura norteamericana de la novela modernista, cuyas características contribuyeron a definir, además de Hemingway, Scott Fitzgerald, William Faulkner o John Dos Passos. No en vano, en el mundo anglosajón es lectura obligada en universidades y un objeto de estudio académico sobre el que se ha escrito desde múltiples perspectivas. Sin embargo, en el país que Hemingway más amó después del suyo —así se refería a España—, esta obra fundamental de uno de los grandes literatos del siglo XX ha pasado sin pena ni gloria.
La prehistoria de esta novela comenzó en 1921, cuando Hemingway se trasladó desde Estados Unidos a París con su primera esposa, Hadley Richardson, y allí entró en contacto con escritores como Scott Fitzgerald, Ezra Pound, James Joyce y Gertrude Stein y pintores como Picasso, Miró, Juan Gris y Luis Quintanilla. En la capital francesa, las largas horas de pelea con sus primeros textos literarios —cuentos y algún poema— se alternaban con su trabajo como corresponsal del Toronto Star, que acabó dejando para dedicarse exclusivamente a la ficción. Ya en aquellos cuentos, Hemingway introdujo el tema que vertebraría su obra: la violencia como verdad de la condición humana. Su literatura trasluce un sentido trágico de la vida, porque siempre lleva aparejados la violencia, el dolor, el sufrimiento y la muerte: algo que el hombre no puede cambiar y que requiere de él una continua lucha. Los personajes típicos de Hemingway serán soldados, cazadores, toreros, boxeadores, criminales…, seres humanos que se han apartado de lo habitual —de una sociedad que intenta ocultar la realidad—, que han renunciado a la protección que dan los convencionalismos de la vida ordinaria y que plantan cara a la brutalidad y a la muerte.
Esos son sus temas, pero Hemingway tenía también la preocupación de darles a sus textos una forma que percutiera al lector. Perseguía, como los impresionistas a los que admiró en los museos de París —Cézanne, Monet, Manet…—, una selección de elementos clave que hicieran que la persona al otro lado de la página se implicara en la recreación de la escena a partir de unas pinceladas. Es su conocida teoría del iceberg: una compleja presentación selectiva de la realidad que evita dar al lector un contexto explícito de interpretación, permitiendo así muchas posibles lecturas. Esa presentación selectiva de la realidad es, quizás, una de las características más destacables del estilo de Hemingway: no resulta necesario reproducir el cuadro completo; solo unas pinceladas bastan para que la experiencia del lector se asemeje a la experiencia original. Pero esa selección debe sustentarse sobre los «siete octavos» que no se ven, sobre una vivencia: el novelista debe escribir sobre lo que conoce. Si no, las costuras acaban quedando a la vista. El resultado de ese proceso es una prosa muy simple en apariencia, pero tan traspasada de ritmos líricos que autores como Wallace Stevens o el nobel caribeño Derek Walcott calificaron a Hemingway de poeta, a pesar de que prácticamente no cultivó ese género. Su máxima fue escribir una frase sencilla y verdadera, y después otra, y otra…, con un lenguaje muy denotativo: términos simples con significados literales que se limitan a presentar los hechos, para que sea el lector quien interprete. En las versiones españolas, no obstante, parece que los traductores consideran que no se va a entender un estilo tan simple y que, por tanto, es necesario actualizarlo, para adaptarse a aquello a lo que el mercado está acostumbrado.
En la primavera de 1923, Hemingway viajó por primera vez a España, durante tres semanas, con sus amigos y compatriotas William Bird —periodista— y Robert McAlmon —escritor— para ver corridas de toros en Madrid, Sevilla, Ronda y Granada. No llegó como un turista bobalicón, sino como «esa cosa tan rara que es un ser humano: ojos abiertos, manos abiertas, corazón abierto, mente abierta, un hombre dispuesto a aprender, a comprender, a apreciar, a mirar por debajo de las apariencias», por decirlo con palabras que Salvador de Madariaga publicó en el Saturday Review pocos días después del fallecimiento del escritor. De vuelta en París, Gertude Stein le recomendó las fiestas de San Fermín, que comenzaban el 6 de julio en Pamplona.
Un cartel de la Ruta Hemingway en el portal 5 de la calle Eslava de Pamplona indica el lugar donde se alojó con Hadley Richardson, su mujer —embarazada de su primer hijo, Bumby—, durante los Sanfermines de 1923. Aquellas fiestas le impactaron de tal manera que volvió seis veces entre 1924 y 1931 y otras dos en 1953 y 1959. A la fascinación que le había causado el arte del toreo se unió el arrojo de «los hombres que corren en la calle por las mañanas delante de los toros», como dirá en el artículo que escribió para el Toronto Star la primera vez que pisó Pamplona. Hemingway vio en el torero el tipo de héroe que buscaba para sus historias: uno que combina arte y valor —lo que él definía como grace under pressure— y que juega con la muerte, en una especie de bella liturgia que tiene el alcance trascendental que él quería imprimir a sus textos. Y en Pamplona, el novelista encontró un algo genuino y tradicional —the real old stuff, lo llamará él—, preservado en un país que no había participado en la Primera Guerra Mundial y al que no habían alcanzado los efectos devastadores de un conflicto que dejó profundas heridas y tiñó de cinismo el pensamiento y el sentir de Europa.
Estos descubrimientos y sus experiencias de los Sanfermines de 1924 y 1925 proporcionaron a Hemingway los mimbres de su primera gran novela. En esos dos años se dieron un cúmulo de circunstancias que le vinieron como anillo al dedo para plasmar las ideas que entonces le rondaban. De 1924 es el primer muerto de la historia del encierro, Esteban Domeño —Vicente Gironés en la novela—. El torero Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma —Pedro Romero en la novela—, debutó en la plaza de Pamplona el 7 de julio de 1925, menos de un mes después de haber tomado la alternativa en Sevilla de manos de Juan Belmonte. El propio Belmonte reapareció en la capital navarra cuatro días después y compartió cartel con el joven torero y con Marcial Lalanda. Todo quedó reflejado en Fiesta.
Hemingway comenzó a escribir recién acabadas las fiestas, el 21 de julio de 1925 —el día que cumplía veintiséis años— y concluyó el primer borrador seis semanas después. Ese manuscrito inicial fue objeto de mucha reescritura —una constante en el trabajo narrativo de Hemingway— antes de que el texto definitivo se publicara al cabo de un año largo.
En Fiesta se contraponen dos mundos simbolizados por las ciudades de París y Pamplona y aludidos en síntesis por los epígrafes que abren la novela y que aportan las claves para su interpretación (los mismos que obviaba la traducción de Adsuar de 1983 y que, más recientemente, ha obviado la traducción ilustrada de la editorial Reino de Cordelia de 2023). El primero es una referencia a Hemingway y los artistas que frecuentaba en París, atribuida a Gertrude Stein: «Todos vosotros sois una generación perdida». El segundo está tomado del Eclesiastés, ese libro de la Biblia que empieza con unos versículos demoledores: «¡Vanidad de vanidades —dice Qohélet—, vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué ventaja saca el hombre de todo lo que trabaja bajo el sol?». La cita que Hemingway incluye en su epígrafe comienza en el siguiente versículo: «Generación va y generación viene: y la tierra siempre permanece. Y sale el sol y pónese el sol, como con deseo de volver a su lugar, donde torna a nacer». De aquí proviene el título de la novela. En la Biblia del Oso —la traducción de Casiodoro de Reina— dice: «Y sale el sol y pónese el sol», mientras que la versión King James —que es la que, como muchos otros literatos, utiliza Hemingway—, se lee: «The sun also ariseth, and the sun goeth down». Se trata, por tanto, del paso de las generaciones que representan los amigos de Jake y los ambientes que frecuenta en París, frente a la permanencia de la tierra y los valores trascendentes que representa Pamplona.
La contraposición que introducen ambos epígrafes continúa a lo largo del relato. París es una gran capital europea, mientras que Pamplona es una pequeña ciudad de provincias; los animales disecados que describe en la tienda parisina de un taxidermista simbolizan la sociedad que se ha apartado de los ciclos naturales que describe el Eclesiastés, frente a los animales vivos que solo aparecen cuando los viajeros atraviesan la frontera con España; el cinismo y la hipocresía de los personajes de París contrastan con la franqueza y la sencillez de los campesinos navarros; en París, los templos se contemplan desde fuera, mientras que, en Pamplona, Jake Barnes —narrador y alter ego de Hemingway— entra a rezar en la catedral y en la capilla de San Fermín; el insomnio de Jake en Francia se convierte en sueño reparador en Pamplona y en Burguete; el whisky solitario en París contrasta con el compartir la bota de vino en Pamplona…
La novela está divida en tres libros. El primero presenta la sociedad que frecuenta en París Jake Barnes, un periodista que vive de su sueldo, pero que se relaciona con expatriados ricos que no trabajan y dilapidan sus fortunas en el ambiente frívolo que caracterizaba al Barrio Latino en los años veinte. En esta parte inaugural del texto se plantea, de manera muy sutil, la tragedia personal de Jake: su amor por la aristócrata inglesa Brett Ashley, frustrado por una herida de guerra que lo dejó impotente. El segundo libro comienza con los preparativos para viajar a España, a las fiestas de San Fermín, después de unos días en Burguete, donde Jake y uno de sus amigos irán a pescar trucha al río Irati. Los Sanfermines constituyen un escenario onírico, un paréntesis de irrealidad en el que sitúa a unos personajes que no encajan en los usos y costumbres habituales de la sociedad pamplonesa de la época. Hemingway capta de forma magistral la condición parentética de esas jornadas en Pamplona cuando dice en la novela: «Al final todo se volvió bastante irreal y parecía como si nada pudiera tener consecuencias. Parecía fuera de lugar pensar en consecuencias durante la fiesta». El libro tercero es una especie de epílogo de un único capítulo que comienza la mañana siguiente al fin de la fiesta y concluye con el reencuentro de Brett y Jake en Madrid, donde vuelven a constatar la trágica realidad de sus vidas después del paréntesis vivido en Pamplona.
Cien años después de que esta novela viera la luz, se sigue hablando de Fiesta. Este hecho debería hacer que nos preguntáramos por qué; y que la leyéramos, si no la hemos leído. Aunque quizás para eso haga falta que se publique una buena traducción al español. Desde luego, no se me ocurre una manera mejor de celebrar los cien años de Fiesta en el país que la hizo posible.
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