Lucía Solla Sobral (Marín, Pontevedra, 1989) debutó en septiembre de 2025 con una novela sobre maltrato psicológico que ha llegado a más de 100.000 lectores
Fotografía: Samuel De Román
Comerás flores, la novela debut de Lucía Solla Sobral, se ha convertido en un éxito editorial que ha sobrepasado todas las expectativas, especialmente las suyas. La forma de retratar el maltrato psicológico que sufre la protagonista ha conectado con decenas de miles de personas.
Un taller de escritura. Una mujer que escucha a otra a través de la pantalla de un ordenador. Un relato. Lucía Solla Sobral (Marín, Pontevedra, 1989) presenta lo que algún día quiere convertir en una novela desde el mismo cuarto donde teletrabaja para el departamento de marketing de una empresa. Al otro lado de la videollamada, Marta Jiménez Serrano, autora, entre otras obras, de Los nombres propios y Oxígeno, le habla de tipos de tramas, de estructuras, de personajes. Cuesta mucho, pero un día sale una escena. Después otra. Cuando ya hay un inicio, un nudo y un desenlace, manda el manuscrito a una editorial independiente: Libros del Asteroide. Llega una llamada del editor, hace cambios, luego otra llamada. Es 24 de enero de 2025. Quieren publicarlo. Piensa en su madre, en su difunto padre. Ilusión, nervios, dudas. Arrepentimiento. Quiere romper el contrato. Se han tenido que equivocar. Nadie va a entender a su protagonista. O quizá sí. Quizá dentro de diez años se agote la primera edición. Ese es el sueño: en diez años agotar una edición. Se publica en septiembre de 2025. En febrero de 2026 se anuncia la vigesimoprimera edición de Comerás flores. En esos cinco meses recibe dos reconocimientos: el Ojo Crítico de Narrativa y el Premio Cálamo.
La protagonista de la historia, Marina, tiene veinticinco años y comparte con su autora la muerte del padre. De repente aparece Jaime, un frankenstein elaborado a partir de experiencias de maltrato psicológico que, tanto ella como sus amigas, habían sufrido y de las que apenas habían hablado. En el libro se presenta como alguien veinte años mayor que Marina, seguro, protector. Al principio parece un refugio; el después ha conquistado a más de 100.000 lectores. Para ser concretos, lectoras. Un boca a boca tan veloz y decidido que va más allá de cualquier lógica promocional y que solo surge cuando una historia recuerda, verbaliza y apela. Son muchas las mujeres que desde el primer día han escrito a Lucía para decirle que se identifican con el maltrato psicológico que sufre Marina, o con esa amiga obligada a verlo todo desde fuera, Diana.
El camino hasta su deslumbrante debut habría que situarlo a los 6 años. Lucía llenaba folios con cuentos que imaginaba y su madre, lejos de restarle importancia, los encuadernaba y les hacía portadas con Paint. Cuando venía gente a casa, su padre, al que le encantaba contar historias, le pedía que les leyera lo que había escrito. Ese primer impulso se difuminó en la adolescencia. La falta de referentes en la cultura pop se mezclaba con lecturas que dejaban poso, como Parpadeos, de Eloy Tizón, que en una cuadratura del círculo le dijo de su novela que estaba escrita rápido, «a buen ritmo, sin perder tiempo, con la boca llena de flores y la taquicardia de la juventud». En Santiago, mientras estudiaba Filosofía, reconectó de forma definitiva con esa pulsión. Años más tarde, ya instalada en su actual residencia, en Oviedo, y con ganas de conocer gente con gustos literarios similares al suyo, fundó el Club de Lectura de las Letras Salvajes, en la ya extinta sala de conciertos La Salvaje. Ahora no paran de invitarle de clubes de toda España. Incluso le han preguntado cuándo hará su propio taller de escritura.
«ESTAR TIRADO EN UN SOFÁ, EN PIJAMA, VIENDO UNA PELÍCULA ES AMOR»
¿Cómo está viviendo todo el éxito y la locura alrededor?
Lo vivo casi desde fuera, como algo que le está pasando al libro, pero no a mí. No me siento yo la protagonista. Es la única forma que tengo de vivirlo porque, si no, sería un poco asfixiante por todo lo que ocurre alrededor de él.
¿Cuándo nace lo que ahora es Comerás flores?
En 2021, un año antes del taller con Marta Jiménez Serrano. Por primera vez en mi vida me había pedido más de cinco días de vacaciones y estaba leyendo En la casa de los sueños, de Carmen María Machado, que habla de una relación violenta entre dos mujeres. Me quedé muy rayada con eso y el modo en que me había impactado. Nunca me había parado a pensar que entre dos mujeres también podía darse la violencia. Me había sorprendido que se hablase de violencia física, pero también de la psicológica. Es de esas ideas que luego ya no salen de tu cabeza. El resto de las vacaciones leí otros libros, pero tenía este en mente. Siempre había querido escribir y había hecho mis intentos: newsletters, poemas, un poco como todos cuando empezamos, pero ese tema me pedía intentarlo en serio. Esa misma semana leí Los nombres propios, de Marta. Me encantó y escribí el relato del que luego salió Comerás flores. No era capaz de pensar en una estructura y se quedó ahí. Un año después, Marta anunció un taller online y pensé: «Esta es la mía». Presenté ese relato y ella misma me dijo: «Ahí tienes una novela, solo hay que saber tirar de los hilos y construir la trama».
¿A partir de ese momento empieza a tratar el relato como potencial novela?
Me resistí al principio porque no me sentía capaz. Estuve dos meses entregando sinopsis porque tenía muy claro todo lo que pasaba, pero lo concentraba en párrafos. No conseguía pensar escena a escena y me costaba mucho la acción. Para mí, y creo que suele pasar al revés, lo fácil era encontrar mi voz como narradora. Eso me salió desde el inicio, pero con esa voz construir una historia…
imposible. Marta tuvo mucha paciencia y me iba explicando tipos de escenas: «De acción, de ambiente, de flashback…». Soy muy trabajadora y lo intenté hasta que saqué una escena donde por fin me concentraba solo en un hecho y ya tuve de dónde arrancar.
Mientras tanto trabajaba. ¿En qué condiciones escribe el libro?
Antes de saber qué iba a pasar, a mí ya me merecía la pena. No sé si es cursi o dramático, pero mis momentos felices eran escribiendo. Cuando me sentía de verdad plena y alineada con mi propósito era escribiendo. Lo compaginaba con los turnos de mi agencia de marketing, que eran de diez de la mañana a siete de la tarde o de tres de la tarde a once de la noche. Cuando tenía tiempo para escribir estaba reventada, solo que me lo pasaba tan bien que lo compensaba. Luego quería que mi entorno entendiera que me lo tomaba en serio, aunque no supiera hacia dónde iba. Todo el mundo sabe que un trabajo tiene horarios que hay que cumplir, pero cuando rechazas planes con amigas o ves menos a tu pareja porque quieres escribir, es más difícil. Estuve un año escribiendo en esas condiciones y en el curso con Marta. Luego me presenté a la residencia de la Cidade da Cultura Santiago de Compostela y, cuando fui una de las diez personas escogidas, pensé: «Vale, no es solo una cosa mía, le está gustando a más gente».
Fotografía: Samuel De Román «Mis momentos felices eran escribiendo». Solla Sobral compaginó durante un año la redacción de la novela con turnos de trabajo en una agencia de marketing.
¿Presentó la novela a otros sellos antes que a Libros del Asteroide?
Marta organizó un encuentro entre alumnos y editores al acabar el curso. Y uno de ellos me la pidió. Fue muy cariñoso y me motivó un montón, aunque nunca me contestó. Aun así le estoy muy agradecida porque fue el primer editor que vio algo. Para mí con eso ya había valido la pena tanto esfuerzo, tantas mañanas, tardes y noches escribiendo. A partir de ahí, dejé reposar durante el verano la novela y en octubre me volví a poner en serio. Se la envié a Libros del Asteroide y me contactó Luis Solano, que es el editor.
¿Cómo es la conversación con Luis?
Me pilló totalmente por sorpresa. Lo primero que pensé fue: «No estoy preparada para lo que sea que me diga». A la vez abrí una libreta y cogí un boli porque sabía que tenía que apuntar todo. Me contó lo que le gustaba y lo que debería modificar. Soltó una frase que me ayudó muchísimo y que voy a tener siempre presente: «No eres escritora de una sola historia, eres escritora de oficio». Y también: «¿Sabes que no vas a vivir nunca de esto?». Tras media hora hablando, colgué y le escribí a Marta: «Me llamó Asteroide, creo que no le gustó». Yo me quedé con lo malo, por supuesto [Ríe]. Y ella me dijo: «A nadie que no le interese tu novela va a hacer el esfuerzo de estar tanto tiempo al teléfono diciéndote cómo mejorar el manuscrito y que puedas mandárselo a otra editorial». Me alivió. Entendí que no me había transmitido que no le gustaba, sino que requería un poco de trabajo. Cogí las vacaciones que me quedaban, me fui a Marín, a casa de mi madre, me encerré allí, trabajé, la volví a enviar y ahí ya sí.
¿Le había dejado a más gente leer la novela?
En el taller, Marta y mis compañeros iban leyendo partes y eso ayudaba. Son doce personas que cada dos semanas te dan feedback. Sirve sobre todo para prepararte frente a lo que no gusta. Fuera de eso no, y me arrepiento; no sabía si se lo iban a tomar tan en serio como yo. Solo la leyó mi pareja. Le iba pasando cada escena y a él le encantaban, aunque, claro, su criterio es bastante subjetivo [Rie]. La primera persona que la leyó entera fue Luis Solano y salió bien, aún así no recomiendo que los primeros comentarios sean de un editor porque puede ir muy mal. Luis me trató con cariño y además yo encajo muy bien lo negativo porque lo veo como una oportunidad para escribir mejor, pero podría haber sido mucho más bruto.
«LLORO MUCHO CON ALGUNOS MENSAJES. AYER POR LA NOCHE LLORÉ EN EL SOFÁ»
En la novela hay dos personajes, Marina y Jaime, víctima y maltratador, que son imperfectos dentro de su rol. ¿Esa ambivalencia apareció de forma consciente?
Empecé escribiendo el final y ahí está claro cada rol. Al ir hacia el comienzo los personajes cojeaban si no era honesta escribiéndolos. Marina no podía ser una persona perfecta todo el rato porque nadie lo es. Jaime no podía ser siempre malvado porque ni siquiera un maltratador lo es las veinticuatro horas del día. En el taller recuerdo que Marta me insistía siempre, sobre todo con Marina: «No puede ser perfecta. No puede ser perfecta». Yo tenía el gran prejuicio de pensar que Marina no era perfecta, precisamente, porque estaba con Jaime, como si fuera ese su defecto. Entendí que ese no podía ser su fallo y le metí cositas que la hacen menos angelical. Luis Solano me dijo de Jaime que tenía que ser más gris, porque era muy perfecto al empezar, para que te enamores como Marina, y muy malo al final, y eso no podía ser. En ese punto decidí trabajar con un psicólogo que me ayudó a comprender un poco los procesos de los maltratadores y que hay una ambivalencia emocional: no todo es malo, juegan a ese refuerzo intermitente. Al ir integrando todo eso y escuchar más voces, pude construirlos de forma más realista.
¿Le costó aceptar algunos ángulos que le daba el psicólogo sobre un personaje que es un maltratador?
Me costaba más entender por qué Marina iniciaba esa relación. Es un personaje que en un momento dado pude ser yo o mis amigas, y no te paras a pensar por qué caí aquí o por qué me gustó cierta persona. Con el psicólogo lo comprendí y me ayudó a sentirme más libre y a escribir esas primeras citas y diálogos de otra manera. Al principio los hacía incluso con vergüenza ajena. Pensaba: «Uf, esto no va a colar, nadie va a empatizar con Marina». Luego comprendí que estaba poniendo el foco en pedirle responsabilidades a ella y, cuando me liberé de esa carga, ya fluyó.
Ha hablado del error que es poner el amor romántico como meta en la vida. ¿Lo opinaba antes de escribir el libro?
No lo pensé hasta que empecé a dar entrevistas y hablar de la novela en voz alta. A mí me encanta el amor romántico y estoy muy a favor, pero a través de la historia de Marina y Jaime vemos que es perjudicial fijarlo como meta. Es una crítica a entenderlo mal, a construirlo de manera ya enferma de base. El amor tiene que surgir, tienes que crearlo de forma sana, equilibrada, pero si te marcas como objetivo tener novio o novia, es muy probable que te saltes muchos límites por el camino para conseguirlo y que pases por alto cosas que no te gustan. Es lo que le sucede a Marina. En su caso, se le junta con un duelo que quiere cubrir con otra persona. Ella cree que el amor es la solución a todo, porque además su padre también se lo dijo. Y el amor no puede solucionar los problemas, los tienes que solucionar tú. Te puede ayudar la gente que te quiere a tu alrededor, pero no te va a salvar una persona en concreto.
Lo he pensado en negativo: por qué o cómo empieza a construirse mal una relación. Cuándo los cimientos ya están mal colocados o cuándo empiezas desde una vulnerabilidad, o la otra persona se adentra en una herida y crea desde ahí el vínculo. Para que la relación sea sana lo importante es la comunicación y la confianza. Cuando no te atreves a ser tú, o a decir ciertas cosas porque igual molesta, o a salir con tus amigas o amigos porque eso le puede parecer incómodo a la otra persona. Si hay algún gesto que te despierte miedo a su reacción o incomodidad, por ahí no es. Donde hay urgencia tampoco; tiene que ser siempre con tiempo.
Fotografía: Samuel De Román Solla Sobral, durante la presentación alicantina de su novela. Para muchas lectoras, Comerás flores se ha convertido en un permiso para quitarse la culpa y contar lo que callaron.
¿Urgencia?
Con urgencia no se puede construir nada de forma sana. Es imposible con prisas.
Con tiempo para conocer a la otra persona a lo mejor pasan los meses y te das cuenta de que no es quien creías y está genial que te hayas dado cuenta. Pero si cuando lo descubres ya estáis viviendo juntos porque has corrido, o le has hecho promesas, o tu familia cree que es el amor de tu vida, es muchísimo más difícil deshacerlo.
¿Qué es un amigo?
Alguien con quien puedes ser tú al cien por cien, con quien no tienes que esconder tus defectos para que te quieran.
¿Y el amor romántico?
Estos meses lo estuve pensando mucho y creo que, en realidad, deben definirse igual, salvo que en el segundo hay un deseo y ganas de construir la vida de otra manera. Para mí el amor romántico de base comparte mucho con la amistad: es donde puedo sentirme como me siento con una amiga, donde puedo cantar y hacer el ridículo, donde puedo enfadarme por cualquier chorrada y que no pase nada, donde puedo estar triste, donde estoy cómoda siendo yo y donde también me sienta cómoda aceptando a esa otra persona. He hablado mucho con el psicólogo sobre cómo nos enseñan a esperar del amor siempre fuegos artificiales, mariposas y cosas muy exageradas y, cuando eso pasa, se acabó. Creo que, después de esa etapa, empieza a construirse de verdad el amor: estar tirado en un sofá en pijama viendo una película es amor, que te guste estar cerca de esa persona es amor.
¿Qué le ha sorprendido que le cuenten las lectoras?
Lo presente que está el silencio en muchas relaciones. La diferencia es desde dónde se ejerce. Entre los hombres, suele ser más algo autoritario, ese comportamiento aprendido de «Se deja de hablar porque yo así lo decido». Entre ellas, es porque les enseñaron a no tratar los problemas, a intentar esconderlos o no remover lo que incomoda. Hay mujeres que me están diciendo que a ellas les enseñaron a callar y que, cuando algo les enfada, en vez de decirlo, se encierran en sí mismas y no lo cuentan. Al final, la consecuencia, lamentablemente, sigue siendo la de cortar la comunicación y no arreglar lo que está pasando.
«EL AMOR NO PUEDE SOLUCIONAR LOS PROBLEMAS, LOS TIENES QUE SOLUCIONAR TÚ»
Uno de sus miedos era que no se entendiese a Marina y ha pasado lo contrario. ¿Por qué cree que es?
Hay muchísima más violencia en las relaciones de la que imaginamos. Quería abordar este tema porque sé que existe y que se trata poco, pero ni yo misma, que estuve trabajando durante un año con un psicólogo, leyendo ensayos y estadísticas, me imaginaba que hubiese tantísimas relaciones de maltrato. A diario recibo decenas y decenas de mensajes de mujeres que se identifican con Marina o Diana, pero que viven la violencia de una manera u otra. Me escriben hijas de padres violentos, hombres que vivieron relaciones de maltrato, sobre todo con otros hombres. Creo que hay una necesidad de que se ponga el maltrato psicológico sobre la mesa. Que, además de darle importancia al físico, y especialmente al asesinato, hablemos de la antesala para identificarlo. Parte del boom del libro se debe a que está ayudando a quitarse la culpa. Las mujeres (digo de mujeres ya que son la mayoría) no lo suelen hablar por la vergüenza de haber estado en esa relación. Por cómo lidiamos con el tema nos hacen sentir responsables de que eso pasó porque tú quisiste o porque eres tan tonta que no lo viste venir. Hay gente que no lo pasó y que puede empatizar, pero, por desgracia, todos conocemos a alguien que estuvo ahí.
¿Cómo está llevando que tanta gente le cuente su historia?
Al principio mal. Estaba asumiendo que mi libro lo podía leer cualquiera, y eso ya me daba mucho pánico. De repente, se juntó con que recibía mensajes de mujeres con ataques de pánico, en cama, que acababan de romper con una pareja que la estaba acosando, o con un divorcio reciente... Supongo que les era más fácil contárselo a una desconocida que habló de este tema que contárselo a alguien que igual te va a juzgar. Pero no sabía qué hacer con esos mensajes. Tenía miedo a que, sea lo que sea lo que dijese, saliera mal. Que por mi culpa volviesen con el agresor. Te encuentras con mensajes muy graves, llenos de un dolor que no sabes gestionar, al igual que el de tus amigas, por desgracia, porque no nos enseñaron a eso. Hay historias durísimas, mujeres que me dicen: «Voy a escribirlo para que mis hijos algún día sepan por qué me divorcié de su padre», algo que me parece dolorosísimo para ellos también. Uno de los últimos mensajes que me impactó era de una mujer que estaba leyendo el libro en el momento en el que su novio no le hablaba, y dijo: «Voy a hacer la maleta». Y para mí era como: «Ahora, depende de lo que diga, la hace o no la hace». Hasta que entendí que el libro acaba siendo un mensaje de esperanza, y que es lo que tengo que transmitir, se hizo duro. Ahora lo voy asumiendo, el psicólogo me ha ayudado y les voy poniendo cara. Cuando las conozco en persona veo eso, que para ellas es un soplo de «Oye, voy a poder volver a ser quien era. Voy a poder salir de aquí y no tengo la culpa».
Emociona escucharlo.
Lloro mucho con algunos mensajes. Ayer por la noche lloré en el sofá. Es una mezcla entre qué horror todo lo que está pasando y qué bonito que, al menos gracias a la literatura, se pueda hablar de esto.
¿Ha tenido síndrome del impostor?
El otro día di una charla en el Ateneo de Madrid con Vanessa Springora [editora francesa y autora de El consentimiento, traducida a veinte idiomas] y se lo le dije a ella y a la organizadora. Lo que estoy haciendo, y que creo es bueno, es animarme a decir que sí a todo lo que me gusta y luego ver cómo lo trabajo para hacerlo bien. Lo mismo durante el proceso de escritura. Recuerdo a gente que se bloqueaba porque lo iba a leer su madre. Yo me preocupé de lo que tenía una vez escrito, pero si empiezas a hacerlo antes por algo que aún no sé si va a pasar, pierdes en la escritura. Puedo leer un montón, ir a clases, a la residencia de Santiago y que, al final, no me editen la novela. Que me publicaran era un sueño, no un objetivo. Verlo así quita muchísima presión y permite trabajar mejor. Cuando se puso a la venta fue igual: mi sueño era que algún día se agotara la primera edición. Por eso no haber llegado a lograr estas cosas, no me habría impedido disfrutar, porque no eran metas.
¿Se podría haber quedado la novela en un cajón y habría sido feliz?
Escribía desde pequeñita,y me lo pasaba tan bien que… El hecho de ser capaz de hacer algo tan grande —sea mejor o peor—, que después de ese proceso haya una historia con un sentido, una trama y una estructura me parecía increíble. La cosa es que, si eso se hubiera quedado en el cajón, también me habría gustado. Todos, o casi todos, tenemos algo que es lo que nos hace estar más a gusto en la vida. Para algunos será cocinar y para mí es escribir. Si tú estás feliz con lo que has hecho, el compartirlo o no depende más de la ambición o el ego. Que funcione, evidentemente, es un regalo.
Fotografía: Samuel De Román La poesía de Pizarnik, Peri Rossi y Lorca —junto a las greguerías de Gómez de la Serna— están en el ADN de su prosa.
¿Quiénes han sido sus referentes para la novela en concreto y la escritura en general?
Para la novela leí En la casa de los sueños, que para mí fue fundamental. Después Bastarda, de Dorothy Allison, a la que menciono en el epígrafe de la novela. Cuando me llamó Asteroide, estaba leyendo a Maggie Smith, que escribe acerca de un proceso de divorcio y lo hace de forma muy bonita. Y luego La ciudad, de Lara Moreno… Un montón de libros en los que habla de maltrato físico y psicológico también. Me ayudó bastante para saber qué se había escrito ya, cómo y qué no me interesaba repetir.
La voz viene mucho por la poesía. Es lo que más leí en la facultad, y tengo como tres pilares que son Cristina Peri Rosi, Vilariño y Alejandra Pizarnik. Lorca, sobre todo su teatro, donde escribe de una forma brutal. Las greguerías de Gómez de la Serna también porque hacía imágenes de cosas cotidianas increíbles y creo que eso me ayudó a luego no querer explicar nada con lugares comunes: Jaime es bajo y yo digo que es como un olivo; tú más o menos te puedes hacer una idea de que es un poco ancho y bajo, porque así es como me lo pasó bien.
Marina quiere ser periodista musical, que es algo que usted también soñaba.
Nunca quise hacer Periodismo, pero siempre me encantó la música y fantaseaba con poder escribir en Rockdelux o alguna revista. Se me pasó pronto, pero la música me encanta y todos los grupos que aparecen por ahí son los que yo escucho. De hecho, algunos leyeron el libro, como Camellos, que mandaron un vinilo y una gorra. Es increíble. Al final, cuanto más en detalle entres en la personalidad de alguien y mejor sepas sus gustos, más universal se hace el personaje y mejor le conoces, aunque parezca lo contrario.
«MI SUEÑO ERA QUE ALGÚN DÍA SE AGOTARA LA PRIMERA EDICIÓN»
Ha publicado su primera novela. ¿Es lo que se imaginaba?
Es todavía mejor. Haber conocido antes de esto a escritores como Marta Jiménez Serrano o Javier Peña, e ir de la mano de una editorial independiente como Libros del Asteroide, me ayuda mucho a ir entendiendo el sector. Y la acogida que ha tenido el libro, por supuesto. Supongo que no lo disfrutaría igual si la mayoría de críticas fuesen negativas, pero llegar a una librería y verla llena de gente dispuesta a hablar de tu libro es lo más.
Le están pidiendo ya la segunda.
Cada día que pasa siento más el peso de las expectativas ajenas… A ver cómo lo gestiono. Ahora mismo tengo mucho ruido en la cabeza. Estoy dispuesta a escribir otra vez, desde cero, sin pensar en todo lo que pasó. Creo que esto es imposible que se repita y quiero disfrutarlo.
Nuestro Tiempo es la revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, una universidad que lleva a cabo su actividad docente, investigadora y asistencial sin ánimo de lucro.
En consonancia con ese espíritu de servicio, Nuestro Tiempo es una revista gratuita. Su contenido está accesible en internet, y enviamos también la edición impresa a los donantes de la Universidad.