Personas con banderas groenlandesas participan en una protesta contra las declaraciones del presidente estadounidense Trump sobre la toma de posesión de Groenlandia. Nuuk- 17 de enero de 2026. FOTOGRAFÍA: Andre Guttesen / Zuma Press / ContactoPhoto
La isla del Ártico se ha convertido en el termómetro que mide la relación entre Europa y Estados Unidos. En el encuentro de Davos más tenso de los últimos años, Trump sostuvo sus intenciones sobre Groenlandia. Europa trató de defender el derecho internacional, pero la estrategia no funciona. Se abren dos caminos para relacionarse con la potencia americana: el del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, o el del presidente de Canadá, Mark Carney.
Allá por el 982 desterraron de Islandia al vikingo Erik el Rojo por asesinato. Pelirrojo y tenaz, navegó hacia el oeste en busca de un lugar del que nadie pudiera echarlo. Encontró una tierra cubierta de hielo casi por completo, con costas recortadas por fiordos. Se propuso poblarla y gobernarla, por lo que, cuando llegó el momento de regresar a su patria, Erik el Rojo llamó «verde» a una tierra de hielo para atraer colonos. Así nació Groenlandia —Greenland—, pionera de los grandes ejercicios de rebranding político.
Esta lógica ha marcado el destino de la isla más grande del mundo —más de dos millones de kilómetros cuadrados—, que hoy vuelve a ser objeto de la ambición de un líder con peinado inconfundible: en su discurso en el Foro Económico Mundial el 21 de enero, Donald Trump aseveró que «solo Estados Unidos puede proteger, desarrollar y mejorar Groenlandia». Además, argumentó que el territorio podría reclamarse en virtud del papel estadounidense en su defensa durante la Segunda Guerra Mundial, tras la invasión alemana de Dinamarca.
Como en tiempos del vikingo, está en juego la apropiación del significado de la isla de hielo. Esta vez, sin embargo, no se limita a Groenlandia, sino que las decisiones del Tío Sam amenazan el orden internacional basado en normas que surgió tras la Guerra Fría.
¿POR QUÉ GROENLANDIA?
Groenlandia irrumpió en el radar diplomático público el 3 de enero, fecha en la que una operación militar estadounidense en Venezuela capturó a Nicolás Maduro. Esta intervención fijó un hito en la política exterior de Trump, quien, dos días más tarde, en su Air Force One, enumeró potenciales objetivos norteamericanos en la lucha de Estados Unidos contra el narcotráfico: Cuba, Colombia, México… y, por sorpresa, Groenlandia. Evidentemente, la isla del Ártico no guarda ninguna relación con las drogas. Son otros dos los argumentos principales que explican el interés yanqui por Groenlandia.
Primero, su ubicación estratégica. Como atajo entre Norteamérica, Europa y rutas clave del comercio internacional, Donald Trump presentó a Groenlandia como una urgencia de seguridad interior por estar «rodeada de embarcaciones rusas y chinas». Las autoridades danesas y varios diplomáticos nórdicos con acceso al servicio de inteligencia de la OTAN desmintieron esa afirmación, como explica Financial Times. Según los informes de este medio británico, no se han detectado barcos o submarinos militares rusos ni chinos en aguas cercanas a Groenlandia.
La insistencia de Washington se explica mejor al situar a Groenlandia dentro de un marco más amplio: el proyecto «Cúpula dorada» que presentó la Administración Trump en mayo de 2025. La isla ocupa una posición privilegiada para un sistema global de defensa antimisiles que aspira a detectar y neutralizar amenazas en todas las fases del ataque.
Cuando el presidente de Estados Unidos se refiere a la estrategia en Groenlandia, pocas veces lo hace en términos racionales o técnicos como su exasesora. Por el contrario, su discurso se articula en torno a la propiedad y no a la asociación económica o militar. De hecho, a mediados de enero, cuando cuatro reporteros del New York Times visitaron el despacho oval micrófono en mano, Donald Trump confesó que poseer Groenlandia era «psicológicamente importante» para él.
Por ahora no se ha concretado ninguna vía clara para que el presidente pueda evitar un colapso emocional y reclamar ese territorio para sí. La Administración estadounidense intenta pactar con los groenlandeses sin tener en cuenta a Dinamarca, cuya primera ministra ha reiterado a los medios de comunicación que la isla «no está en venta». Trump ha recurrido a medidas poco habituales, como el anuncio del envío de un «gran barco hospital» a aquella zona con el objetivo de «atender a las muchas personas que están enfermas y no las atienden allí», según divulgó en una publicación en Truth Social el sábado 21 de febrero. Troels Lund Poulsen, ministro de Defensa danés, declaró a la emisora pública DR que su Gobierno no había sido informado del plan y rechazó el ofrecimiento estadounidense.
En paralelo, Washington trabaja para cultivar el movimiento de independencia de Groenlandia amparándose en el derecho a la autodeterminación reconocido desde 2009 por el Parlamento danés. Desde entonces, a la isla la ampara una potencial independencia si así lo decide su pueblo. Las últimas encuestas muestran que, mientras un 56 por ciento de sus 57.000 habitantes votaría a favor de esta emancipación, el 85 por ciento se opondría a dejar Dinamarca para integrarse en la potencia norteamericana.
Este bloqueo se debe, en gran medida, a la paradoja que atrapa al Tío Sam. «Lo único que pedimos es obtener Groenlandia, incluyendo los derechos, la titularidad y la propiedad para poder defenderla», exclamó Donald Trump en su comparecencia en Davos. Para satisfacer los intereses que invoca, sin embargo, no es necesario poseer la isla como inmueble. En el pasado, Estados Unidos ya contó con mayor presencia militar allí y podría ampliarla mediante acuerdos con Dinamarca, que se ha mostrado dispuesta a abrir nuevas bases. A su vez, las empresas estadounidenses son libres de competir en las licitaciones mineras.
Por esos motivos, muchos expertos están desconcertados: ¿hay una estrategia geopolítica o lo que mueve a Trump es un impulso de apropiación vikingo? Como recuerda el periodista y analista Zack Beauchamp, «siempre existe la tentación de sobreanalizar al presidente Donald Trump», quien, en la misma comparecencia, presentó a Groenlandia como el mínimo favor que Europa podía hacerle a Estados Unidos: «Queremos un trozo de hielo para proteger el mundo. Y no nos lo dan. Nunca hemos pedido nada más, y podríamos haber conservado ese pedazo de tierra, pero no lo hicimos». El cabeza del Partido Republicano respaldó esta reclamación con el supuesto «incumplimiento europeo en el pago de sus facturas de la OTAN». Se refería a los compromisos políticos de gasto en defensa propia, que Europa sí está pagando. Pero, bajo la visión de Trump —quien presionó para que el gasto nacional en defensa de los países miembros suba del 2 % al 3 % o incluso al 5 % del PIB—, nunca es suficiente para igualar el esfuerzo bélico que abona Estados Unidos.
Al margen de las motivaciones personales del mandatario, la lógica geopolítica del «cuanto más, mejor» se inscribe en una larga tradición estadounidense con ecos vikingos. En diciembre de 2025, un artículo del think tank Barcelona Center for International Affairs (CIDOB) situó el mandato del presidente en el espectro de la ideología jacksoniana, que recibe su nombre en honor al presidente Andrew Jackson (1829-1837) y engloba a aquellos líderes que desconfían de un orden mundial multilateralista regido por el derecho internacional. Sí distinguen, por el contrario, entre enemigos honorables y deshonorables, y se guían por un orgullo patriótico materializado en aislacionismo y proteccionismo. Los jacksonianos sostienen que Estados Unidos tiene derecho a apropiarse de otros territorios como afirmación de su grandeza.
En este sentido, la insistencia de Trump en adueñarse de Groenlandia no es ajena a la pauta histórica. Se trata de la ramificación de un paradigma estadounidense muy antiguo, en consonancia con la línea dorsal que vertebra su hoja de ruta política —Make America Great Again—: la añoranza de un tiempo hegemónico con Estados Unidos como potencia indiscutida en la cumbre.
ENTRE LA MESA Y EL MENÚ
Desde el mismo atril de Davos, apenas veinticuatro horas antes que su vecino fronterizo, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, advirtió de que «la nostalgia no es una estrategia». Aunque la frase aludía a la imposibilidad de restaurar el antiguo orden mundial, resultó difícil no interpretarla como un codazo a Donald Trump.
A través de esas declaraciones, Carney, en palabras de la editora de Economía en The Times,Mehreen Khan, «emergió como el referente de la contraofensiva» ante una Administración de corte jacksoniano, e hizo del Foro Económico Mundial —que solía considerarse un evento de postureo— el verdadero escenario del choque contemporáneo entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN en torno al futuro de Groenlandia y de las relaciones transatlánticas.
El discurso del primer ministro de Canadá instó a las potencias medianas a «vivir en la verdad»: dejar de invocar un orden internacional pasado y empezar a nombrar la nueva realidad: una en la que la soberanía ya no descansa en reglas, sino en la capacidad de resistir y gestionar la presión de las grandes potencias. Eso implica, según Carney, fortalecerse en casa —especialmente en el plano económico— y actuar de forma coordinada, porque, «si no se está en la mesa, se está en el menú».
Fotografía: Justin Tang / Zumapress / ContactoPhotoEl primer ministro de Canadá, Mark Carney, llega a Parliament Hill antes de una reunión del grupo parlamentario liberal. Ottawa, 25 de febrero de 2026.
Aunque la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Francia, EmmanuelMacron, expresaron la alineación de la Unión Europea con este llamado en sus respectivos discursos —así como su fidelidad y solidaridad con Dinamarca—, Khan advierte de que los líderes europeos no están a la altura del listón canadiense. En buena medida, porque la diplomacia tradicional ya no funciona en un contexto en el que Donald Trump convierte mensajes privados —como los intercambios publicados con el primer ministro de Noruega— en presión y ridiculización pública.
En cualquier caso, el presidente estadounidense aseguró que no recurriría al uso de la fuerza para alcanzar sus objetivos en Groenlandia. No obstante, sí ha avanzado la imposición de aranceles como principal herramienta de presión: desde el martes, 24 de febrero, Estados Unidos empezó a aplicar un arancel global a los productos extranjeros del 10 %, y Trump anunció su intención de elevarlo al 15 %. Ante esta ofensiva, la Unión Europea está más cerca que nunca de activar su Instrumento Anticoerción, y responder con represalias comerciales sobre productos estadounidenses
En medio de esta escalada, el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte —al que La Vanguardia llama «el pepito grillo de Trump en Europa»—, ha asumido un papel de mediador al tratar de desvincular la seguridad del Ártico de la guerra arancelaria. Desde que en octubre de 2024 asumió la secretaría general de la Alianza, Rutte ha optado por la adulación y el trato directo con Donald Trump para obtener resultados. En este caso, fue en Davos donde ambos acordaron un «marco para un posible acuerdo futuro», en el que Rutte se comprometía a implementar la visión del presidente Trump a cambio de que este retirara la amenaza de imponer nuevos aranceles a Europa y moderara su retórica sobre la adquisición de Groenlandia.
Aunque los avances en materia arancelaria sugieren que no será favorable para Bruselas, los detalles de ese entendimiento aún no han trascendido. Según revela The New York Times, que cita a algunos funcionarios anónimos, una de las ideas planteadas propone que Dinamarca ceda soberanía sobre áreas limitadas de Groenlandia para permitir la construcción de bases militares estadounidenses. El esquema recordaría a las bases británicas en Chipre, que permanecen bajo soberanía del Reino Unido desde la independencia chipriota en 1960.
En la sesión del 26 de enero que el Parlamento Europeo dedicó a la seguridad del Ártico,Rutte señaló sus distancias con el enfoque del primer ministro canadiense y subrayó que lo que importa es que Estados Unidos siga sentado en la mesa de la OTAN: «Si alguien vuelve a pensar que Europa puede defenderse sin Estados Unidos, que siga soñando. No puede. No podemos».
HACIA UNA EUROPA MÁS CÍNICA
Hoy se puede visitar un trozo de la era vikinga que reinó en Groenlandia siglos atrás. Al sur de la isla se encuentra Eiriksstadir, una recreación de la granja de Erik el Rojo, el probable lugar de nacimiento de su primer hijo, Leif el Afortunado, el vikingo irlandés de quien se dice que hacia el 1000 d. C. estableció un asentamiento en Canadá quinientos años antes de Colón.
Bajo esos techos de turba y muros de piedra, El Rojo ejerció su autoridad. Fue un mandato legitimado no por la ley, sino por el prestigio, por el relato y la fuerza simbólica. ¿Cómo ha de gestionar Europa a un líder del mundo libre que no apela al derecho internacional sino que nombra, reclama y presiona en el siglo XXI?
En primer término, calibrar con precisión el interés nacional. Westmacott propone combinar posiciones públicas claras con una apuesta decidida por reforzar la industria de defensa europea. En segundo lugar, diversificar los canales de interlocución con Norteamérica: por un lado, trabajar con los republicanos moderados del Capitolio para insistir en que respaldar las peticiones de Trump no siempre responde al interés nacional estadounidense —una estrategia cuyo éxito se pondrá a prueba en las midterms de noviembre—; por otro, tender la mano a Mark Carney, capaz de articular una respuesta coordinada de las potencias medianas frente a las demandas volátiles de la Casa Blanca.
Como especificó al final de su discurso del Foro Económico Mundial, para este plan, Carney abogará por el enfoque que el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, acuñó como «realismo basado en valores». Se trata de un realismo que conjuga las máximas occidentales básicas —el respeto a la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo conforme a la Carta de la ONU, y la defensa de los derechos humanos— con una lectura pragmática del mundo. Ese pragmatismo implica «ser conscientes de que el progreso es gradual, de que los intereses divergen y de que no todos los aliados comparten los mismos principios».
Este planteamiento conecta con una de las ideas incómodas que definen al liberalismo y que Mark Carney parece asumir de forma natural: la contingencia de los acuerdos sociales.
El viraje geopolítico que encarna la pugna yanqui por Groenlandia funciona como recordatorio de lo que el filósofo pragmatista americano Richard Rorty denominó la «ironía del liberal»: aunque Occidente sostenga que sus valores deberían prevalecer en el sistema internacional, no puede demostrarlos como verdades inmutables. «El poder del sistema —recordó el canadiense en Davos— no proviene de su veracidad, sino de la disposición colectiva de actuar como si fuera verdadero».
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