Opinión Debate público Ahora bien
Veo a menudo caras de horror en mis conferencias. En general, las agradezco: son una prueba palpable de que me atienden; pero algunas en particular me inquietan. Primero, porque las descubro en las más delicadas señoritas y, segundo, porque reaccionan tan mal, ay, ante una de mis mejores historias.
Imagínenme explicando que la aportación decisiva del cristianismo a la grandeza literaria de los clásicos paganos consistió en desembarazarse del férreo destino que atenazaba a los héroes. Lo aprendí del catedrático José Enrique Ruiz-Domènech: la novela nació con el libre albedrío de los caballeros de la Tabla Redonda, que derrotaron al dragón de la predestinación. Chrétien de Troyes pega esquinazo incluso a la historia de Tristán e Isolda porque, con lo del filtro de amor, no había espacio para la libertad, y el gran creador medieval quiere toda la del mundo para sus protagonistas. Hasta ahí ni la más mínima morisqueta en los asistentes.
Añado, recreándome, que eso está ejemplificado modernamente por Corto Maltés, el personaje del cómic de Hugo Pratt. De niño, se lleva un susto en Córdoba (no olvidemos que su madre era española, de Gibraltar). Una gitana le coge la mano para leerle la buenaventura, pero enseguida la retira con repugnancia. El pequeño carece de línea del destino. Corto, nada perezoso, corre a su casa, entra en el cuarto de baño, alcanza la navaja de afeitar de su padre, y se traza en la palma de la mano —¡zas!— una buena raya. Aquí, sí, las caras de espanto.
Yo, que odio dar un disgusto —ni leve— a nadie, me hallo en una encrucijada. Me cuesta mucho renunciar a una anécdota tan categórica. Lo tiene todo: ya no hay fatum fijo, sino que ha de construirse con voluntad férrea. Y cuántos detalles sugerentes añade Pratt: la sangre, el padre, la barba (implícita) del hombre…
Lo de la barba da una pista de otra razón de esa cierta prevención femenina, más allá de la delicadeza. Todo remite a un universo de sugestiones masculinas. Y aún falta la razón definitiva: la desconfianza ante el solipsismo del infantil héroe solitario. ¿Dónde quedan las mujeres en la historia de Corto? Cuando se pregunta a la gran experta en literatura artúrica Victoria Cirlot por el escaso papel femenino en las historias medievales, ella responde: mucho cuidado, que las damas son las portadoras del Grial, lo máximo que persiguen los caballeros.
Ellas orientan, pues, la quête, esto es, la búsqueda, el fin de la aventura por excelencia. Corto Maltés, soltero impenitente, se autodibujó su sino a lo bruto, y el subconsciente cultísimo de mis oyentes detecta que, más allá del corte, debería ser en la corte donde el chico, guiado por la chica, forje su destino. Véase Dante.
No en vano fueron las damas provenzales las inventoras históricas del mejor ideal masculino. El pretendiente, si quería merecerlas, tenía que ser «prou e courtois», esto es, valiente y cortés, las dos cosas. El resultado, como subraya C. S. Lewis, es un arquetipo prodigioso, casi un ser mitológico, mitad fiera, mitad ángel, hombre entero. Corto Maltés cogió un atajo (de un tajo). Las chicas que se espantan de mi ejemplo reclaman, quizá sin saberlo del todo, el método tradicional, tan olvidado en estos tiempos como imprescindible.
Algunas se quejan de lo difícil que es encontrar un príncipe azul, esto es, un chico excelente y entregado. Olvidan, porque nadie se lo recuerda ya, que nunca existieron los príncipes azules… en principio. Eran el fruto de un cultivo. No con la navaja del padre de Corto, de acuerdo, pero sí con la flecha del amor más trovadoresco. Tal vez hay que empezar besando a una rana, tal y como invita otra historia. Lo expresa con maravillosa concisión este consejo sapiencial: «Solo hay una manera de conseguir un príncipe azul: asfixiándolo».
O el corte o la corte, pero de la gran aventura de construirnos un destino (y una historia de amor), a los occidentales no nos libra nadie. Somos libres. Por fortuna, también lo somos para ayudarnos unos a otros (unas a otras).
