Opinión Ahora bien Vida buena Longevidad
Menos mal que el optimismo nos permite ver el lado bueno incluso del optimismo, que, objetivamente, es agotador y, a menudo, peligroso.
¡Quién fuese pesimista! Pesimista perdido, qué ganancia. Pasarme el día tranquilo, quejándome, maldiciendo mi suerte, descansadamente. En cambio, el optimismo me va a matar: me zarandea de aquí para allá. Y encima tiene mucho menos prestigio intelectual. Firme partidario de sir Roger Scruton, leí Usos del pesimismo (2020) a ver si se me pegaba la utilidad, con una gran ilusión, y ese fue el fallo: la ilusión. El pesimismo es elegante, gris marengo. Lo veo tan atractivo que, si alguna vez casi lo consigo, de verme tan exquisito, por fin, acabo cayendo de nuevo en el optimismo.
Y ya me quedo ahí por defecto. Y no hay paz. Los optimistas pensamos que las cosas tienen remedio y nos ponemos, qué remedio, manos a la obra. Creemos en el matrimonio indisoluble y, por tanto, hay que avivar el fuego sin solución de continuidad, echando leña a la hoguera, más y más.
El optimista cree que los saludados y conocidos, aunque no sean sus amigos, pueden serlo, a poco que él ponga de su parte. Basta un… esfuerzo. Otro. Y entonces se parte para estar en todas partes. No hay llamada que no trate de atender, porque, detrás de cualquiera, se agazapa un amigo o —más— alguien que necesita un amigo. El optimista no llega, pero lo intenta, y acaba hecho trizas.
En el trabajo, lo mismo. El optimista no da ninguna bola por perdida, como Carlitos Alcaraz, pero sin llegar, aunque qué importa. «A la próxima, seguro», se dice. El futuro de cada alumno (en mi caso) puede depender de una atención individualizada: «A ver, cuéntame…». Han pasado veinticinco años dando clases, pero la esperanza no cede a la experiencia.
En política no podemos bajar los brazos porque pensamos que con un poco de dedicación todo mejoraría. España nos espera en esta hora decisiva. Mientras que un buen pesimismo, quién lo pillara, te convence de que eres inútil, el optimismo, ingenuo, incansable, todavía te insiste que de tu comportamiento, aunque sea por el efecto mariposa —qué capullo, con perdón— pueden derivarse grandes efectos. Recuerda el efecto dominó y te insta a que te pases el día tirando ficha, por si arranca la cadena.
Y luego están los problemas a los que el optimista no llega, la gente que no conoce, los conflictos en países lejanos, las enfermedades serias. Cualquiera diría que ante ellas ya descansa, aunque sea por la fuerza de la lógica y de la física. Qué va. Si el optimista, además, es creyente –como suele–, conoce el poder de la oración, que no sabe de fronteras ni de silogismos ni de cálculo de probabilidades ni de mecánica de los cuerpos. El optimista vuelve a encontrarse desgarrado porque rezar se puede siempre, y siempre más, y uno se queda corto. Ay, ay, se lamenta, tristísimo, el optimista.
Un poema de W. H. Auden que explica a la perfección este vaivén que nos marea. Se llama «Felix culpa» y su primera parte reza así, muy esperanzada, a pesar de los pesares: «El tiempo te ha enseñado / la mucha inspiración / que trajeron tus vicios, / cuánta imaginación / pudo la tentación / producir, / la cantidad de versos / expresivos, perfectos / que hoy no existirían / si hubieses resistido… / Como poeta, tú / sabes bien que es así. / Y aunque en la iglesia / con frecuencia has rezado / por sentirte contrito, / no funciona. / Felix culpa, te animas, / puede que con razón».
Sin embargo, el optimista fetén está condenado a la desesperación por pura dicha. Qué suerte que la misericordia del Señor condone y saque un bien de nuestros defectos, pero ¿qué no sacaría de nuestras virtudes, eh? Auden lo dice mejor: «Esperas, desde luego, / que tus libros te justifiquen, / te salven del infierno. / Y, sin embargo, / sin que parezca triste, / sin que de ningún modo / Dios te culpe de nada / … / Él puede reducirte / en el Día del Juicio / a un llanto de vergüenza / al recitarte de memoria / los poemas que tú / habrías escrito, si / tu vida hubiese sido buena».
El optimista, convencido de que él podría ser mucho mejor y de que eso tendría consecuencias extraordinarias, vive con la lengua fuera. Siempre por debajo de su visión del mundo y por detrás de las magníficas posibilidades.
