
Título original: The Knight of the Seven Kingdoms
Año de emisión: 2026 (6 episodios de 35 minutos)
Emisión en España: HBO Max y Movistar Plus
Cadena original: HBO
Creador: Ira Parker y George. R. R. Martin
El caballero de los siete reinos se abre con una declaración de intenciones divertida, abrupta, fisiológica. Suenan los acordes de la ya mítica melodía de Ramin Djawadi asociada a Juego de tronos —esa fanfarria que durante años nos prometió incesto rubio, traiciones a coro y cabezas rodando desde los títulos de crédito— y, de pronto, la música se corta en seco: la melodía épica abdica y cede su sonoridad a una urgencia intestinal nada gloriosa. No hay espada, ni dragón, ni intriga palaciega. Hay diarrea. Literal. Si en el trasunto medieval de Poniente imaginado por George R. R. Martin se hubiera inventado ya el inodoro, la escena sería aún más elocuente: tirar la herencia por la cadena para matar al padre atufándolo. Solemnidad y pompa al desagüe.
Ese gesto inaugural —escatológico, sí, pero también muy consciente— remarca el cambio de tercio. El caballero de los siete reinos no quiere competir en grandilocuencia ni en testosterona con su serie madre. Al contrario: parece apostar por el minimalismo. Pocos personajes, conflictos acotados, un tono más amable y, a ratos, incluso familiar (no en vano, uno de los protagonistas es un zagal de unos diez o doce años, sin un pelo de tonto en todos los sentidos). Donde Juego de tronos desplegaba mapas, linajes y conspiraciones de un mundo abonado al estado de sitio permanente, aquí la narrativa se pliega a lo pedestre: una carretera polvorienta, una armadura prestada, un sable heredado, una justa ambulante, una cena inofensiva, un muchacho con sueños demasiado elevados para su lugar en el mundo.
La historia —basada en los cuentos de Dunk y Egg escritos por el propio Martin— se sitúa varias décadas antes de los acontecimientos conocidos por los feligreses de Invernalia y sigue a Ser Dunk el Alto, un aspirante a caballero tan corpulento como ingenuo, acompañado por Egg, un crío respondón con más secretos de los que aparenta. Cada episodio ronda la media hora larga y la temporada se compone de seis capítulos, lo que refuerza esa sensación de relato de viaje, de cuento moral que se narra al calor de una hoguera antes que desde un trono.
Dunk no es un antihéroe en el sentido contemporáneo del término. No se apellida Soprano, ni White; ni siquiera Lannister. Es algo de aroma antiguo y, quizá, noble: la figura quijotesca del grandullón bienintencionado, algo torpe, que entrevera justicia y decencia avanzando a trompicones por un mundo que no las premia precisamente. Supone, pues, un refrescante e inesperado regreso a este tipo de personaje, que protagoniza sus aventuras sin el cinismo contemporáneo, recuperando un linaje literario con una honestidad, al menos en su primer capítulo, casi desarmante.
Ese desplazamiento de tono se percibe también en los detalles. Incluso cuando la serie recurre al desnudo —marca registrada de las primeras temporadas de Juego de tronos— lo hace sin lascivia ni provocación gratuita. No hay aquí, de momento, cuerpos ofrecidos como moneda narrativa ni erotismo de escaparate. El único trasero del piloto es funcional: un plano general en el lago, higiénico, despojado de espectáculo. Parece que en esto la serie quiere recalcar que esta vez no se trata tanto de mirar como de acompañar.
Por supuesto, Poniente sigue siendo Poniente. Lo de las peras al olmo o la naturaleza del escorpión frente a la rana. Vamos, que sigue atisbándose violencia, desigualdad y abusos y rebufos de poder. Con todo, El caballero de los siete reinos galopa más interesado en la ética del gesto pequeño que en el giro traicionero de lengua viperina y daga en la entrepierna. No tanto «¿Quién ocupará el trono?» sino «¿Qué significa ser un caballero cuando nadie te está mirando?».
Puede que a algunos fans les sepa a poco. Puede que otros echen de menos más sangre y estruendo. En todo caso, hay algo refrescante —valiente, incluso— en esta precuela que decide bajarse del dragón, ensuciarse las botas y, de paso, reírse un poco del lastre de su propia herencia. Si Juego de tronos opositaba a ópera wagneriana, El caballero de los siete reinos se contenta con la balada de taberna: menos legendaria, sí, pero también más humana.



