Ciento veintiún años después de la primera imagen de denuncia del Congo colonial, la abundancia de imágenes del sufrimiento nos ha anestesiado. Este fotorreportaje, realizado con una Leica analógica de 36 disparos, persigue un retrato de lo que el Congo todavía puede ser.
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—Del barrio a la nación. Yal Le Kochbar es un músico urbano del barrio de Masanga Mbila, del municipio de Mont N’Gafula, a las afueras de Kinshasa. Nacido en Goma, al este del país, su infancia se vio marcada por la guerra.
Costumbrismo en Kinkwemi
A la sombra de majestuosos árboles de mango, unas aldeanas recorren el terroso camino que atraviesa la disgregada comunidad de Kinkwemi, al sur de Kinshasa. Mientras caminan sostienen sobre la cabeza grandes palanganas y recipientes, imagen que se repite a lo largo y ancho del continente africano.
MEDIO MILLAR DE HERMANOS
En Mama Koko (Kinshasa), el orfanato más grande del país, conviven más de quinientos niños llegados de toda la geografía congoleña. Es Domingo de Ramos y cánticos de armonías robustas y alegres reverberan en la misa al aire libre. Los pequeños tan pronto bailan como juegan con sus cruces de palma, o se echan un sueñecito estratégico: la liturgia dura tres horas. El sacerdote traza una analogía con la Pasión de Jesucristo: el Congo aún padecerá grandes estragos antes de su salvación. Les pide a los huérfanos que sean fuertes y no se derrumben. Estas palabras de ánimo y confianza contrastan con las vidas pasadas de muchos de ellos; en la República Democrática del Congo, es habitual que a los niños se les repudie y abandone en la calle. A menudo, el motivo son las infundadas acusaciones de brujería.
Con la peineta apuntado al futuro
La sonrisa de Mathé (arriba) es cándida y contagiosa. Cursa 4.º de Primaria y es la mayor de los doce huérfanos de La Misericordie, en Kinshasa, una ciudad en la que, según un informe de la ONG Human Rights Watch, se estima que más de 30 000 menores tienen que sobrevivir sin un techo. No guarda recuerdo del accidente de tráfico en el que perdió a sus padres, pero sí de cuando falleció su abuela y acabó en la calle. Tenía seis años. Hoy sueña con convertirse en médico. Sus hermanastros creen ciegamente en que Mathé será importante en el futuro. Eben, de ocho años, ya se ha reservado el honor de ser su chófer particular.
Con la peineta apuntando al futuro (2)
Aquí, todos tienen claro qué quieren ser. Arlime entiende el valor de las historias y quiere ser periodista. Para alimentar estas vocaciones, estos niños son beneficiarios del programa de becas de la Fundación Amigos de Monkole.
Que se acaben las vacaciones
En una choza penumbrosa, un grupo de niños ávidos aguardan en los pupitres. Sin embargo, el profesor no aparecerá porque son las vacaciones de Semana Santa. La pizarra está llena de frases y dibujos que se han ido acumulando entre juegos durante estos días sin clase. Los chiquillos posan para la foto y luego se acercan curiosos a verla. Se decepcionan al comprobar que la Leica no tiene pantalla para poder mostrársela. Cuando se reanuden las clases, los pupitres se atestarán con estudiantes de edades dispares procedentes de distintos rincones de la zona rural de Mont N’Gafula. Muchos de ellos tienen padrinos en Occidente que financian su formación académica por medio de oenegés; la matrícula de un curso cuesta 210 euros al año.
La paz de las afueras
Recorriendo serpenteantes y lodosos caminos durante una hora en dirección sur desde Kinshasa, uno llega al poblado de Kinkwemi. Lejos de la anárquica macrópolis, este municipio rural no se presenta con la misma actividad caótica. Casitas con tejado de hojalata permanecen detenidas en algún tiempo confuso, entre la edad del adobe y la de los paneles solares. Todas tienen uno, donado por alguna ONG. Esta tecnología moderna se antoja demasiado nimia y ocasional para mitigar un día a día exigente y precario. En estas viviendas rudimentarias en las que, si acaso, un biombo de caña o una cortina sirve para separar el espacio, es habitual encontrar familias enteras: la tasa de natalidad supera aquí los seis hijos por mujer. A menudo, además, el padre se ausenta durante la semana para ir a trabajar al campo o en la ciudad.
Vivir de la tierra
Jóvenes desbrozan los restos de una palmera enfrente de un extenso campo de yuca. También conocida como mandioca, es el principal sustento de la dieta congoleña, la base silenciosa de la seguridad alimentaria del país. En amplias zonas rurales y urbanas, aporta casi todas las calorías diarias de millones de personas. Se consume hervida, fermentada o en harina para preparar fufu, una masa espesa que sirve tanto como snack hecha bolitas como de acompañamiento para guisos y sopas. La ventaja crucial de este tubérculo es la resiliencia: crece en suelos pobres, soporta sequías y puede permanecer en la tierra como «reserva viva» hasta el momento de la cosecha. En contextos de inestabilidad y precios volátiles, la yuca no es solo una tradición culinaria: es el remedio contra el hambre y una estrategia de supervivencia cotidiana.
Costura callejera
Una joven posa con su máquina de coser de pedal, un modelo Singer que puede tener cien años pero que goza de plena vigencia en esta macroúrbe, donde los continuos apagones reducirían la eficacia de las máquinas eléctricas. En el puesto vecino, una mujer vende plátanos, manguitos y yuca. Marcando el ritmo de la faena con un vaivén de tobillo, la costurera atiende un sinfín de remiendos, ese concepto casi olvidado en Occidente. Cerca de ella, otras mujeres ocupan puestos donde venden provisiones cotidianas en cantidades irrisorias; pastillas de jabón minúsculas, puñados de detergente en polvo en bolsitas de plástico, hatajos de hilo de apenas un metro... En Kinshasa, el menudeo extremo se ha convertido en una forma de buscarse la vida, en un cortoplacismo obligado por un mañana que no siempre comparece.
De repudiados a referentes
A los hermanos Fils y Ruth su familia los acusó de brujería y los abandonó siendo aún niños. El fenómeno de los enfants sorciers perdura en Kinshasa desde los años 90, cuando el colapso tras la dictadura de Mobutu disparó esta aberración sincretista. En un contexto de pobreza extrema, hasta 25 000 criaturas se convirtieron en chivos expiatorios de desgracias que nadie sabía explicar. La mayoría acaba en la delincuencia, la prostitución o la adicción a los solventes (botes de pintura, barniz, pegamento…), cuyos vapores sirven para quitar el hambre y también el miedo. Fils y Ruth vagaron varias semanas hasta refugiarse en una parroquia católica que los derivó al orfanato Mama Koko. Hoy, Fils tiene 26 años y se prepara para ser técnico de laboratorio; y Ruth, de 21, es enfermera pediátrica en ciernes; los dos trabajarán en Monkole, uno de los hospitales de más prestigio del Congo. Fils a menudo entona este dicho: «Cuando algo se da, se usan dos manos; una para entregar, otra para recibir». Él ha recibido mucho, y le toca devolver. Cada poco vuelven al orfanato donde crecieron para echar una mano. Ya no son aquellos niños asustadizos y perdidos que llegaron de la intemperie. Ahora transmiten su sentido de responsabilidad a los más pequeños; son la prueba fidedigna de que sí se puede salir adelante.
Ciento veintiún años después de la primera imagen de denuncia del Congo colonial, la abundancia de imágenes del sufrimiento nos ha anestesiado. Este fotorreportaje, realizado con una Leica analógica de 36 disparos, persigue un retrato de lo que el Congo todavía puede ser.
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—Del barrio a la nación. Yal Le Kochbar es un músico urbano del barrio de Masanga Mbila, del municipio de Mont N’Gafula, a las afueras de Kinshasa. Nacido en Goma, al este del país, su infancia se vio marcada por la guerra.
Costumbrismo en Kinkwemi
A la sombra de majestuosos árboles de mango, unas aldeanas recorren el terroso camino que atraviesa la disgregada comunidad de Kinkwemi, al sur de Kinshasa. Mientras caminan sostienen sobre la cabeza grandes palanganas y recipientes, imagen que se repite a lo largo y ancho del continente africano.
MEDIO MILLAR DE HERMANOS
En Mama Koko (Kinshasa), el orfanato más grande del país, conviven más de quinientos niños llegados de toda la geografía congoleña. Es Domingo de Ramos y cánticos de armonías robustas y alegres reverberan en la misa al aire libre. Los pequeños tan pronto bailan como juegan con sus cruces de palma, o se echan un sueñecito estratégico: la liturgia dura tres horas. El sacerdote traza una analogía con la Pasión de Jesucristo: el Congo aún padecerá grandes estragos antes de su salvación. Les pide a los huérfanos que sean fuertes y no se derrumben. Estas palabras de ánimo y confianza contrastan con las vidas pasadas de muchos de ellos; en la República Democrática del Congo, es habitual que a los niños se les repudie y abandone en la calle. A menudo, el motivo son las infundadas acusaciones de brujería.
Con la peineta apuntado al futuro
La sonrisa de Mathé (arriba) es cándida y contagiosa. Cursa 4.º de Primaria y es la mayor de los doce huérfanos de La Misericordie, en Kinshasa, una ciudad en la que, según un informe de la ONG Human Rights Watch, se estima que más de 30 000 menores tienen que sobrevivir sin un techo. No guarda recuerdo del accidente de tráfico en el que perdió a sus padres, pero sí de cuando falleció su abuela y acabó en la calle. Tenía seis años. Hoy sueña con convertirse en médico. Sus hermanastros creen ciegamente en que Mathé será importante en el futuro. Eben, de ocho años, ya se ha reservado el honor de ser su chófer particular.
Con la peineta apuntando al futuro (2)
Aquí, todos tienen claro qué quieren ser. Arlime entiende el valor de las historias y quiere ser periodista. Para alimentar estas vocaciones, estos niños son beneficiarios del programa de becas de la Fundación Amigos de Monkole.
Que se acaben las vacaciones
En una choza penumbrosa, un grupo de niños ávidos aguardan en los pupitres. Sin embargo, el profesor no aparecerá porque son las vacaciones de Semana Santa. La pizarra está llena de frases y dibujos que se han ido acumulando entre juegos durante estos días sin clase. Los chiquillos posan para la foto y luego se acercan curiosos a verla. Se decepcionan al comprobar que la Leica no tiene pantalla para poder mostrársela. Cuando se reanuden las clases, los pupitres se atestarán con estudiantes de edades dispares procedentes de distintos rincones de la zona rural de Mont N’Gafula. Muchos de ellos tienen padrinos en Occidente que financian su formación académica por medio de oenegés; la matrícula de un curso cuesta 210 euros al año.
La paz de las afueras
Recorriendo serpenteantes y lodosos caminos durante una hora en dirección sur desde Kinshasa, uno llega al poblado de Kinkwemi. Lejos de la anárquica macrópolis, este municipio rural no se presenta con la misma actividad caótica. Casitas con tejado de hojalata permanecen detenidas en algún tiempo confuso, entre la edad del adobe y la de los paneles solares. Todas tienen uno, donado por alguna ONG. Esta tecnología moderna se antoja demasiado nimia y ocasional para mitigar un día a día exigente y precario. En estas viviendas rudimentarias en las que, si acaso, un biombo de caña o una cortina sirve para separar el espacio, es habitual encontrar familias enteras: la tasa de natalidad supera aquí los seis hijos por mujer. A menudo, además, el padre se ausenta durante la semana para ir a trabajar al campo o en la ciudad.
Vivir de la tierra
Jóvenes desbrozan los restos de una palmera enfrente de un extenso campo de yuca. También conocida como mandioca, es el principal sustento de la dieta congoleña, la base silenciosa de la seguridad alimentaria del país. En amplias zonas rurales y urbanas, aporta casi todas las calorías diarias de millones de personas. Se consume hervida, fermentada o en harina para preparar fufu, una masa espesa que sirve tanto como snack hecha bolitas como de acompañamiento para guisos y sopas. La ventaja crucial de este tubérculo es la resiliencia: crece en suelos pobres, soporta sequías y puede permanecer en la tierra como «reserva viva» hasta el momento de la cosecha. En contextos de inestabilidad y precios volátiles, la yuca no es solo una tradición culinaria: es el remedio contra el hambre y una estrategia de supervivencia cotidiana.
Costura callejera
Una joven posa con su máquina de coser de pedal, un modelo Singer que puede tener cien años pero que goza de plena vigencia en esta macroúrbe, donde los continuos apagones reducirían la eficacia de las máquinas eléctricas. En el puesto vecino, una mujer vende plátanos, manguitos y yuca. Marcando el ritmo de la faena con un vaivén de tobillo, la costurera atiende un sinfín de remiendos, ese concepto casi olvidado en Occidente. Cerca de ella, otras mujeres ocupan puestos donde venden provisiones cotidianas en cantidades irrisorias; pastillas de jabón minúsculas, puñados de detergente en polvo en bolsitas de plástico, hatajos de hilo de apenas un metro... En Kinshasa, el menudeo extremo se ha convertido en una forma de buscarse la vida, en un cortoplacismo obligado por un mañana que no siempre comparece.
De repudiados a referentes
A los hermanos Fils y Ruth su familia los acusó de brujería y los abandonó siendo aún niños. El fenómeno de los enfants sorciers perdura en Kinshasa desde los años 90, cuando el colapso tras la dictadura de Mobutu disparó esta aberración sincretista. En un contexto de pobreza extrema, hasta 25 000 criaturas se convirtieron en chivos expiatorios de desgracias que nadie sabía explicar. La mayoría acaba en la delincuencia, la prostitución o la adicción a los solventes (botes de pintura, barniz, pegamento…), cuyos vapores sirven para quitar el hambre y también el miedo. Fils y Ruth vagaron varias semanas hasta refugiarse en una parroquia católica que los derivó al orfanato Mama Koko. Hoy, Fils tiene 26 años y se prepara para ser técnico de laboratorio; y Ruth, de 21, es enfermera pediátrica en ciernes; los dos trabajarán en Monkole, uno de los hospitales de más prestigio del Congo. Fils a menudo entona este dicho: «Cuando algo se da, se usan dos manos; una para entregar, otra para recibir». Él ha recibido mucho, y le toca devolver. Cada poco vuelven al orfanato donde crecieron para echar una mano. Ya no son aquellos niños asustadizos y perdidos que llegaron de la intemperie. Ahora transmiten su sentido de responsabilidad a los más pequeños; son la prueba fidedigna de que sí se puede salir adelante.
Es la imagen de un hombre que observa atónito la mano y el pie amputados de su hija: el primer fotoperiodismo de denuncia, Congo, 1904. A ese padre, semidesnudo, se le retuercen en su hombro cicatrices del temido chicote, el látigo de piel de hipopótamo con el que el rey Leopoldo II de Bélgica impuso su tiranía y comenzó el despiadado expolio de esta fértil región. La foto muestra el indecible sufrimiento de dos generaciones, apenas el atisbo de lo que estaba por ocurrir en esta tierra bendecida, y a la vez maldita, por la abundancia de riquezas naturales. Primero se saqueó el marfil, luego el caucho, más tarde el cobre y el uranio (el de Hiroshima salió del Congo), el estaño, y se añadió una feroz fiebre del oro en el caos que siguió a la muerte del dictador Mobutu Sese Seko a finales del siglo XX. En la actualidad es el coltán, ese mineral indispensable para nuestros smartphones, el que detona guerras tan anónimas como encarnizadas en los confines de la presente República Democrática del Congo.
Esta historia de más de un siglo de violencia y expropiación podría justificar una desconfianza recelosa hacia quien viene de fuera con una cámara, acaso buscando documentar qué más rapiñar de las entrañas del país. Pero ¿se podría fotografiar otro Congo? Uno que no mirara las cicatrices, sino a un futuro de esperanza.
Este fotorreportaje lo intenta con una Leica M6; un aparato ya de culto. Cuando salió al mercado en 1984, pocos imaginaban que este modelo sería el culmen de la mecánica más pura antes de adentrarse la fotografía en una era en la que priman los automatismos, la rapidez de ráfaga y la comodidad ergonómica. La Leica M6 es esencial, manual y analógica (salvo por su rudimentario fotómetro, alimentado con una pila de botón). Exige al fotógrafo compromiso, esmero, paciencia y convicción. La máquina que tomó estas imágenes perteneció a mi difunto abuelo, pero su único servicio fueron pruebas de luz desde un balcón del madrileño barrio de Aluche. Desde entonces estuvo acumulando polvo en un armario. Esa inocente, casi infantil ausencia de bagaje debería servirle para retratar sin juzgar y para ser honesta, sin doblez. Nada de elegir entre miles de archivos ni horas de edición. El resultado es lo que la lente ve, ni más ni menos. Un carrete finito de apenas 36 disparos amerita un ejercicio de observación pausada e introspección veraz que la era digital ha desterrado. Se reduce a una pregunta básica: «Lo que tengo delante ¿merece una fotografía?».
Esa condición explica por qué la Leica ocupa un lugar central en la historia del fotoperiodismo. En manos de gigantes como Robert Capa o Henri Cartier-Bresson, resultó una cámara justa y verdadera. Cartier-Bresson hablaba del famoso «instante decisivo», ese momento cándido, espontáneo y fugaz donde confluyen forma y sentido ante la lente atenta y el obturador presto. Lograr esos negativos no era tanto cuestión de velocidad como de atención, y también de saber cuándo no disparar. Hay un extraño valor en las imágenes no tomadas, también en este viaje al Congo.
La anarquía de suciedad, crispación e indigencia que les da la bienvenida a los viajeros en Kinshasa evoca un término coloquial: pornomiseria. Un profesional sin escrúpulos salivaría ante ese festín de carreteras inundadas, tráfico denso y ruidoso, montones de basura ardiendo, casuchas destartaladas y el griterío generalizado de una población sometida por la tercera urbe más populosa de África. En Kinshasa, la miseria no hay que buscarla; simplemente, está ahí.
El continente africano, con sus tierras rojizas y atuendos vibrantes, invita a una celebración fotográfica del color. Pero también interesan los grises: las luces que emergen de lo oscuro, la parquedad cromática que acentúa formas, texturas y quién sabe si incluso esencias inefables. En el blanco y negro y los carretes Ilford, como lienzos de 35 mm, quizá late cierto afán de continuidad con aquellas terribles instantáneas del Congo colonial. Cuando Alice Seeley Harris retrató a Nsala ante la mano y el pie de su difunta hija, la fotografía se adentró por primera vez en el territorio de la denuncia. Alice era una misionera evangélica. Para ella, plasmar la fatídica escena no era arte ni documentación periodística. Sintió una obligación moral. Por primera vez, una imagen se replicaba por todo el globo para hacer de lo invisible algo evidente que no se podía eludir; el mundo ya no podía ignorar los insidiosos susurros llegados del Congo. La estampa rompía el silencio cómplice con un grito desgarrador.
Sin embargo, en los ciento veintiún años que separan el disparo de Alice de este reportaje, la fotografía ha cambiado mucho en su relación con el sufrimiento. Se diría ahora que el silencio se debe no a la ausencia de imágenes sino a la abundancia. La eclosión del fotoperiodismo encierra una paradoja difícil de conciliar: nos abrió los ojos a injusticias inenarrables y, al mismo tiempo, nos acostumbró a que el sufrimiento humano se pudiera convertir en ruido, en una saturación abrumadora e inasumible, y, quizá lo peor de todo, en contenido. En la era del clickbait, las imágenes morbosas se ofrecen como una valiosa moneda. La pensadora estadounidense Susan Sontag, en su libro Ante el dolor de los demás (Farrar, Straus & Giroux, 2003), transmite bien esta tensión entre la cualidad necesaria de ciertas fotografías y el problema que presenta su sobreúso: «Las imágenes de sufrimiento no refuerzan necesariamente la conciencia ni la capacidad de compasión; también pueden deteriorarlas. Una vez que se ha visto esas imágenes, se entra en una espiral de ver más y más. Las imágenes nos hipnotizan. Las imágenes nos anestesian».
Y, sin embargo, allí donde la miseria existe —y no se oculta—, también germinan risa, juventud y futuro. Las fotografías de estas páginas no buscan sacudir desde el horror sino evocar desde la posibilidad. No prometen salvación, pero recuerdan algo esencial: que, incluso en los lugares más maltrechos, el futuro no ha sido cancelado. El fotógrafo y ensayista Joan Fontcuberta, conocedor de la «avalancha icónica casi infinita» de la modernidad, ofrece sin embargo un perspicaz matiz en Imágenes latentes. La fotografía en transición (Dalpine, 2025): «De buscar refugio o consuelo en las imágenes hemos pasado a sentirnos atemorizados o asfixiados por ellas. Por eso nos alivian los reductos en que el azar y las zonas de oscuridad actúan de contrapoder testimonial frente a la abrumadora fuerza de la cartografía absoluta y del monitoreado indiscriminado [...]. Nos espolean, por lo tanto, las imágenes que no tenemos y que no podemos dejar de buscar». El Congo no puede ser presa de una cartografía pretérita, cínica e incompleta. A medida que progresa el país, su gente merece también una actualización de su imaginario frente al mundo.
Mirar al Congo desde la esperanza no es negar su historia ni maquillar sus heridas. Es atender también a hechos concretos que, aunque frágiles, apuntan hacia otro lado. En las últimas décadas ha aumentado la alfabetización hasta rondar el 80 por ciento, según la Unesco. La esperanza de vida ha superado los sesenta años, reflejo de mejoras lentas pero sostenidas en salud pública. La mortalidad infantil, explica Unicef, ha descendido de forma significativa con respecto a finales del siglo XX, cuando enfermedades como el sida o la malaria mermaban la población sistemáticamente. En el año 2000, la tasa de muertes de menores de cinco años era de 159,2 por cada 1000, frente al 73,2 registrado en 2023. Además, la sombra de la pobreza muestra, en los datos del Banco Mundial, una ligera tendencia a la baja, del 65 al 56 por ciento en los últimos veinte años.
Los brotes verdes no abruman, pero bastan para afirmar que el país no está detenido, sino demográficamente predispuesto a mirar al porvenir. La República Democrática del Congo posee un activo con el que Occidente casi ni puede soñar, y no es ninguna riqueza mineral atrapada en sus tierras. Los congoleños tienen una robusta pirámide poblacional —de pagoda, dicen los estadísticos—, en la que el 60 por ciento de la población tiene menos de 25 años, según el diario Expansión, una de las naciones más jóvenes del mundo. Allí donde hay aulas que funcionan, chavales que estudian y niños a los que no han expulsado del futuro, hay algo más que resistencia. Hay oportunidad.
Sobre el autor
Álvaro Hernández Blanco [Com 12] es documentalista y creador de contenidos centrado en historias de dignidad humana en contextos complejos. Su trabajo por países como México (en el número 717 de Nuestro Tiempo publicó el reportaje «También sueñan en Tijuana»), Honduras o Senegal ha explorado temas como migración, salud y desarrollo desde una mirada que rehúye el sensacionalismo. En esta expedición a la República Democrática del Congo grabó el documental Kobotama Lisusu (Los renacidos), dedicado a niños y jóvenes que reconstruyen su vida tras experiencias de abandono y estigmatización. El viaje se realizó en la Semana Santa de 2025 de la mano de la Fundación Amigos de Monkole, cuyo programa de becas y escolarización permite que niños desfavorecidos accedan a educación y seguimiento médico; en apenas dos años se han financiado ochenta matrículas escolares. Este reportaje nace de ese encuentro entre narración visual y compromiso humano.
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