La primera encíclica del papa León XIV ha causado gran revuelo, y está bien que así sea. Signo de que la moral, y la moral católica, todavía interesan. Los temas que más he visto tratar en los medios —de todos los que aborda Magnifica Humanitas— son el de la IA, la reformulación del principio de subsidiariedad y las ideologías de superación de lo humano. A mí, sin embargo, lo que más me ha llamado la atención ha sido la derivada de las dos últimas cuestiones.
Denuncia Prevost que tanto el trans como el posthumanismo tienen en común la aspiración a borrar los límites de nuestra condición a través de la biomedicina, la ingeniería del cuerpo, dispositivos varios, etcétera. El objetivo: incrementar el rendimiento y las capacidades. Resulta sencillo comprender dónde está el problema: si las personas somos materia que perfeccionar, o incluso superar, ¿qué ocurre con los menos útiles, los menos capaces? Esta pregunta no es un futurible. Ya sabemos qué ocurre con un bebé en el vientre materno si viene con alguna patología.
Frente a esta postura, el papa define lo humano en dirección contraria; es justo la limitación, la finitud, lo que nos abre a lo mejor de nosotros mismos. Tendemos a interpretar la incapacidad, la enfermedad, la vejez, la vulnerabilidad o el sufrimiento como males a corregir. Y, por supuesto, en la medida en que se pueda hay que atender a quien se encuentra en tales situaciones. Pero olvidamos que las personas no florecemos a pesar de los límites sino, muy a menudo, a través de ellos.
Así lo expone León XIV: «Aun cuando el límite se manifiesta como dolor interior, la sensatez humana enseña a no negarlo ni eliminarlo, sino integrarlo. Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo. Quien ama y desea, en efecto, no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento, y por eso, a lo largo de los años conservamos como cicatrices, memoria del camino realizado entre libertad y caídas, sueños y decepciones. Sólo gracias al entramado de estos elementos, se realizan en el corazón esas maravillas interiores que nos hacen saborear el gusto más dulce de nuestro ser humanos. Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos».
Ahora bien, dar asentimiento a estas verdades desde la frialdad de la teoría o la lejanía del sufrimiento pretérito es una cosa, y otra distinta es hacerlo en el momento mismo de estar padeciendo. No importa si ese instante transcurre en un hospital, en mitad de una discusión, tras recibir una mala noticia o en un atasco. No estamos hechos para el sufrimiento, aunque debamos atravesarlo, con mayor o menor holgura. Nos sostiene la idea —y en algunos casos la experiencia— de la luz al final del túnel, la conciencia de que de todo se puede extraer algún bien.
Se cuenta que, cuando a Miguel Ángel le preguntaron cómo había podido esculpir el David, respondió: «La escultura ya estaba dentro de la piedra; yo únicamente me limité a eliminar el mármol que sobraba». ¿Por qué no emerge la mejor versión de nosotros mismos si no es a base de cinceladas? Es un misterio. Un misterio más complicado aún de digerir cuando el padecimiento no se vive en primera persona, sino que lo viven los hijos. Ahí es cuando surge la tentación de revolverse, de defender que tu niño es perfecto tal y como está, que no le resulta necesario mejorar ni florecer. Y, a pesar de todo, no lo mantendrías en una burbuja de cristal. Aunque duela verle caer, oírle llorar, enfrentarse a la injusticia, sentirse incomprendido, perder amistades, ver truncados algunos de sus sueños y descubrir que él mismo es limitado y hiere a quienes no querría dañar nunca.
Tal vez ahí resida una de las claves para soportar el misterio del sufrimiento. Dios no es un espectador paciente que espera los frutos del dolor desde una cómoda distancia. Es un Padre que acompaña, que permanece junto a sus hijos y que no es ajeno a sus lágrimas. Mantener esa certeza no elimina el dolor, pero sí evita que tenga la última palabra.
