León XIV visita España con su primera encíclica recién publicada, Magnifica humanitas, bajo el brazo. En ese documento papal se distinguen cuatro ejes del programa de gobierno de Prevost —la paz, la ecología, el trabajo digno y el diálogo— que la Iglesia viene desarrollando desde hace siglo y medio. De la cuestión obrera del siglo XIX a la inteligencia artificial del XXI, los papas llevan más de cien años adelantándose a las grandes cuestiones de nuestro tiempo.

A finales de los años ochenta, Václav Havel formuló una idea que hoy resulta especialmente pertinente: «La esperanza no es un pronóstico. Es una orientación del espíritu, una orientación del corazón». Esta concepción de la esperanza como actitud vital, más que como previsión optimista, fija con bastante precisión el hilo conductor de todas las intervenciones del papa León XIV en su primer año de pontificado, incluida su primera encíclica, Magnifica humanitas, que ha sembrado un gran interés en todo el mundo. 

La elección del cardenal Robert Francis Prevost como León XIV en mayo de 2025 abrió una nueva era en la Iglesia católica: el primer pontífice nacido en los Estados Unidos. Su nombre lo adoptó deliberadamente, para enlazar su pontificado con el legado social de León XIII. El nuevo papa parece ser persona preocupada por la familia, la paz y la ética tecnológica responsable.

En sus doce meses iniciales, León XIV ha aunado continuidad y renovación. Ha insistido en la sinodalidad —una de las apuestas más novedosas de Francisco como modelo de una Iglesia más participativa. La sinodalidad, entendida como caminar juntos, se ha convertido en una de las claves interpretativas de su gobierno. Ha defendido la democracia frente a los más recientes autoritarismos y populismos, sin caer en simplificaciones ideológicas. Y ha reconocido las acometidas de la secularización en Occidente al tiempo que el despertar religioso en el Sur Global, una doble dinámica que requiere de la Iglesia a adaptar su lenguaje sin renunciar a su mensaje.

En el ámbito cultural, ha promovido el diálogo entre fe y razón frente a una cultura que a menudo percibe la religión como irrelevante; en el moral, ha reafirmado las posiciones tradicionales del Magisterio sobre la vida y la familia y ha advertido sobre los riesgos de desvincular la libertad de la verdad. Y ha dado un paso significativo en el ecumenismo con su encuentro con la arzobispa de Canterbury, Sarah Mullally, en el que animó a católicos y a anglicanos a proclamar juntos a Jesucristo.

Pero el eje vertebrador de este pontificado es la revitalización de la doctrina social de la Iglesia. No por casualidad eligió su nombre: quiere que la Iglesia recupere la iniciativa en las grandes cuestiones sociales del siglo XXI —el trabajo digno ante la inteligencia artificial, la ecología integral, la paz— con la misma audacia que tuvo su predecesor cuando publicó Rerum novarum en 1891.

Entre esos dos pontificados, la Iglesia católica no ha dejado de pronunciarse sobre las cuestiones que más afectan a la convivencia humana. No siempre con éxito, pero sí con constancia. Magnifica humanitas sugiere que esa tradición no se va a detener. Merece la pena leerla. 

Del contenido de sus lecciones se desprende —si se puede hablar así— un programa de gobierno de cuatro puntos medulares: la paz, la ecología, el trabajo y el diálogo. Cuatro ejes que suenan urgentes en la voz tranquila de Prevost, pero que ya estaban presentes en las enseñanzas de la Iglesia de los últimos ciento cincuenta años. ¿Qué han dicho los papas, desde León XIII hasta León XIV, sobre el diálogo, y en particular el diálogo sobre el papel de la mujer, la reparación de la pederastia o la relación de la Iglesia con la política? A León XIV el diálogo le parece el instrumento; su estrategia es tender puentes. Siguiendo la estela del Concilio Vaticano II, aboga por una Iglesia que sea comunión de fieles y testimonio de esperanza, incluso en contextos de violencia. La palabra diálogo es una de las más empleadas en su primera encíclica. ¿Y qué ha dicho sobre la ecología? ¿Sobre el trabajo? ¿Sobre la guerra? En mi último libro, De León XIII a León XIV (Sekotia, 2026), he repasado el último siglo y medio de encíclicas.

1. LA ECOLOGÍA INTEGRAL

Una de las cuestiones más atractivas y recientes se centra en la evolución del pensamiento eclesial hacia un cristianismo ecológico. Aunque el interés por el medio ambiente se agudizó en el siglo XXI, Juan XXIII, en la encíclica Mater et magistra (1961), ya advertía sobre los peligros de un progreso técnico que no atienda las necesidades humanas básicas. Pablo VI profundizó en esta preocupación en Octogesima adveniens (1971), donde señaló que la explotación irracional de la naturaleza ponía en riesgo la supervivencia de la familia humana. Estos dos pontífices se adelantaron a la ONU, que convocó la primera reunión sobre medio ambiente en 1972, en Estocolmo. 

Bajo el pontificado de Juan Pablo II, la ecología alcanzó la categoría de «derecho de tercera generación», de modo que la paz mundial quedó vinculada con la protección del planeta. El papa polaco se atrevió a utilizar la expresión «conversión ecológica». Benedicto XVI aportó el concepto de ecología humana. Argumentó que no se puede cuidar el medio ambiente si no se respeta el ser humano. Sin embargo, el gran hito vanguardista lo representó la encíclica Laudato si’ (2015), de Francisco. En este documento, la Iglesia propone una ecología integral que une la crisis del medio ambiente con la social. Denuncia que el deterioro del planeta afecta desproporcionadamente a los más pobres. El papa argentino criticó el antropocentrismo moderno y llamó a tener una conciencia ecológica que convierta el cuidado de lo creado por Dios en una virtud esencial de la fe. 

León XIV continúa esta senda; incluso llegó a promover comisiones diocesanas de ecología antes de ser elegido pontífice. Desde el trono de Pedro mantiene la prioridad de proteger la «Casa común», porque entiende que el ser humano no debe ocupar el lugar de Dios sobre la naturaleza. En el décimo aniversario de Laudato si’ recordó la necesidad de una conversión ecológica; y en Magnifica humanitas invita a dar protagonismo al «destino universal de los bienes, la crítica a un paradigma tecnocrático que pretende reducirlo todo a un objeto de dominio, la defensa del trabajo humano amenazado por la lógica del descarte, la exigencia de una justicia intergeneracional y el llamamiento a un diálogo auténtico entre política y economía, para que ninguna de las dos se encierre en su propia autorreferencialidad».

2. LA PERSECUCIÓN DE LA PEDERASTIA

La famosa y oscarizada película Spotlight (2015) ilustra cómo la investigación periodística ayudó a la Iglesia a reconocer su responsabilidad en los abusos sexuales cometidos por clérigos. Este film cuenta la historia de un grupo de periodistas del diario The Boston Globe que destaparon más de 240 casos de abusos en la archidiócesis de Boston durante tres décadas. Según el obispo de Winona-Rochester, Robert Barron, esta obra de ficción basada en hechos reales ayudó a la Iglesia a examinar su responsabilidad y a pedir perdón por esos delitos. 

El documento Dignitas infinita, publicado por la Santa Sede en 2024, denuncia los abusos sexuales como una de las violaciones de la dignidad humana, junto con la trata de personas y la violencia digital. El texto subraya que la Iglesia ha pasado de una fase de silencio a una de petición de perdón y asunción de responsabilidades, y que asume que el daño causado a las víctimas es una mancha que requiere una purificación profunda y medidas preventivas estrictas. 

En esa misma línea, la carta apostólica Una fidelidad que genera futuro (2025), de León XIV, explicó que «la crisis de confianza en la Iglesia provocada por los abusos cometidos por miembros del clero —que nos llenan de vergüenza y nos llaman a la humildad— nos ha hecho aún más conscientes de la urgencia de una formación integral que asegure el crecimiento y la madurez de los candidatos al presbiterado, junto con una rica y sólida vida espiritual». El 16 de abril de 2026, durante una audiencia general, el papa se dolió de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia: «No [hay que] encerrarse en el temor al escándalo, sino aceptar recorrer caminos exigentes de verdad, justicia y sanación».

3. LA IGLESIA Y LA POLÍTICA

La Edad Contemporánea ha experimentado grandes cambios políticos. La Iglesia católica ha navegado en un mundo marcado por transformaciones radicales, desde la crisis de las democracias hasta el ascenso de los totalitarismos tras la Primera Guerra Mundial. Hace cien años surgió el «hombre-masa», descrito por Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1929), un hombre que se adhirió a las ideologías totalitarias, tanto al fascismo y el nazismo como al comunismo.

Pío XI, en la encíclica Divini Redemptoris (1937), condenó formalmente el comunismo como una «falsa redención» que engaña a las masas con promesas de justicia sin caridad. Del mismo modo, condenó el nazismo en la encíclica Mit brennender Sorge (1937), en la que denunció el paganismo de una ideología basada en la supremacía racial. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, Pío XII sentó las bases para un nuevo orden social. Defendió una «democracia sana» fundada en la ley natural y la dignidad humana. Este impulso permitió el éxito de los partidos democristianos en Europa.

4. LA MUJER EN LA IGLESIA

Ya en 1919, Benedicto XV se mostró favorable al voto femenino, en los años en que el movimiento sufragista reclamaba ese derecho para las mujeres. El papa declaró abiertamente que había llegado el momento de verlas a ellas en las urnas y en los parlamentos, tanto electoras como elegidas. En esta época, pocos políticos eran partidarios de concederles el voto. Posteriormente, Juan XXIII, en la encíclica Pacem in terris (1963) calificó la entrada de la mujer en la vida pública como un «signo de los tiempos» y reclamó la plena igualdad de derechos para la mujer.

El Concilio Vaticano II (1962-1965) reconoció la igualdad total de derechos y pidió eliminar cualquier forma de discriminación. No obstante, fue Juan Pablo II quien dio el paso más significativo con la carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), donde desarrolló el concepto del «genio femenino». En un gesto histórico de humildad, este papa pidió perdón, en su Carta a las mujeres (1995), por la exclusión histórica de la mujer de los ámbitos de decisión, tanto en la Iglesia como en la sociedad.

Durante su pontificado, Francisco llevó esta visión a la práctica institucional: nombró a mujeres en cargos de alta responsabilidad dentro de la curia romana, como la secretaría general de la gobernación del Vaticano o prefecturas de dicasterios. En la misma línea, León XIV ha nombrado a Tiziana Merletti secretaria del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y a Simona Brambilla miembro del Dicasterio de los Obispos y a María Montserrat Alvarado prefecta del Dicasterio para la Comunicación.

5. EL TRABAJO, LA PERSONA Y LA TÉCNICA

Desde la publicación de Rerum novarum (1891), firmada por León XIII, la Iglesia ha propugnado la primacía del trabajador sobre el capital. Pío XI introdujo el principio de subsidiariedad, que establece que el Estado no debe absorber ni sustituir a la familia ni a las asociaciones privadas. Juan Pablo II, basándose en su propia experiencia de obrero manual en una cantera polaca durante la Segunda Guerra Mundial, enseñó que el trabajo no es una mercancía, sino un medio para que el hombre se perfeccione e imite a Dios Creador.

El papa León XIV ha hecho mucho énfasis en estos aspectos, y propone una respuesta cristiana a la crisis de la familia y a los desequilibrios económicos globales. Enfatiza que la falta de fe conduce a la pérdida del sentido de la vida. De la misma forma que san Agustín, ha insistido en el trabajo como lugar de encuentro con Dios.

En plena posmodernidad, la Iglesia se enfrenta al reto de la Inteligencia Artificial, lo que se ha denominado la «cuarta revolución industrial». León XIV ha señalado que estos avances plantean desafíos inéditos para la justicia social y el trabajo digno, y ha advertido contra un sistema que podría fragmentar la sociedad y aumentar la brecha entre la opulencia y la indigencia. En su primera encíclica, Magnifica humanitas (2026), ha escrito que «En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor».

6. LA GUERRA Y LA PAZ

Durante la Primera Guerra Mundial, Benedicto XV alzó con frecuencia la voz en favor de la paz. Al menos consiguió una tregua durante la Nochebuena y la Navidad de 1914. En algunas zonas del frente, soldados franceses, británicos y alemanes, en perfecta camaradería, cantaron villancicos entre el 24 y el 25 de diciembre y, por la mañana, jugaron un partido de fútbol para celebrar la Navidad. Tres años más tarde, el papa envió un mensaje a los jefes de Estado de los países beligerantes sobre la necesidad de colocar las bases de una paz justa y duradera. Recordó la imparcialidad de la Iglesia católica en el conflicto, sin acepción de personas, religiones y razas. Entre otras cosas, pidió la suspensión de las hostilidades y un acuerdo de paz. Esta nota papal definió la guerra como una «masacre inútil».

La Guerra de Irak (2003-2011), dirigida por el Gobierno estadounidense, tenía como objetivo derrocar al dictador Sadam Husein y restaurar un sistema democrático. Casi todos los países se opusieron a esta guerra. Juan Pablo II envió al cardenal Pio Laghi como emisario personal ante George W. Bush, lanzó repetidos llamamientos públicos —«todavía hay tiempo para negociar; todavía hay espacio para la paz», clamó el 16 de marzo de 2003— y movilizó los canales diplomáticos de la Santa Sede. El esfuerzo fue inútil: la invasión se produjo cuatro días después y dejó un país devastado. 

León XIV ha mantenido una línea clara de defensa de la paz. En el primer día de pontificado ya enunció su aspiración a una «paz desarmada, desarmante y también perseverante», y en su primera encíclica ha recordado que «la paz no es un tema entre otros, sino una condición del bien común universal y una prueba para la madurez moral de los pueblos, y especialmente de quienes son llamados a puestos de responsabilidad en el Gobierno». Siguiendo la tradición de sus predecesores, ha alzado la voz contra los conflictos armados. Ha hecho llamamientos urgentes para el cese del fuego en Gaza y una paz duradera en Ucrania. Ha exigido la liberación de rehenes y prisioneros. 

Últimamente, sus palabras se han dirigido al cese de la guerra en Irán. Se ha atrevido incluso a decir que no tiene miedo a la Administración Trump. En algún momento, el papa alabó a Gandhi como político que intentó resolver problemas sin utilizar la violencia. En Magnifica humanitas se encuentra la enunciación más clara de los motivos por los que la guerra contemporánea puede ser peor que todas las anteriores: «La cuestión no se refiere únicamente a la eficiencia de los nuevos instrumentos, sino al riesgo de que la tecnología, separada de la ética y de la responsabilidad, haga más rápida e impersonal la decisión sobre la vida y la muerte, y presente el uso de la fuerza como una opción inmediata y viable». Para el papa, que está de visita en España, la paz seguirá siendo un anhelo urgente.

___


Onésimo Díaz es investigador de la Universidad de Navarra. Su libro más reciente es De León XIII a León XIV. Qué ha hecho la Iglesia por el mundo desde 1878 hasta la actualidad (Sekotia, 2026).

Nuestro Tiempo es la revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, una universidad que lleva a cabo su actividad docente, investigadora y asistencial sin ánimo de lucro.

En consonancia con ese espíritu de servicio, Nuestro Tiempo es una revista gratuita. Su contenido está accesible en internet, y enviamos también la edición impresa a los donantes de la Universidad

Haz una donación

descubre el papel

Artículos relacionados


Newsletter