PERFIL Arquitectura Literatura Nº 726
El sitio de la luz: Gaudí

PERFIL Arquitectura Literatura Nº 726

El arquitecto del templo expiatorio más significativo del mundo murió hace cien años. Se multiplican los libros en torno a su figura, a su obra, a sus ideas. Uno, de J. M. Almuzara, destaca que conocer la persona y el alma de Gaudí nos engrandece.
La fachada de la Natividad recibe la luz del amanecer. Por eso también la llaman de Levante, por orientarse al este. La luminosidad recién abierta día tras día entraña un claro significado: el nacimiento de Jesús, Luz del mundo. La alegría, el principio vital. La creación inaugural de Dios en el Génesis. En completar esa cara inicial de la basílica barcelonesa de la Sagrada Familia, situada en la calle Marina, trabajó sustancialmente, con ambición de artista, quien la proyectó: Antonio Gaudí (1852-1926). Recibió el encargo que otro había abandonado. Sabía que las exigencias de la edad —él tenía entonces 31 años, y la construcción apenas doce meses— y de los planos y la financiación no le iban a permitir acabar aquel templo. Pero quien viera, cielo arriba, despuntar esas torres intuiría, mediterráneamente, casi todo.
Gaudí estaba convencido de que su profesión es la mayor de las artes plásticas. Porque busca «la ordenación de la luz», su sitio. Le sigue la pintura, «la descomposición de la luz»: refulgencias y sombras configuran con su intensidad y su tamaño y con su dirección el efecto del volumen. Y la escultura, para él, «el juego de la luz», capaz de dar cuerpo grecorromano a deidades paganas y sus también numerosos héroes. Como demostró con 23 inexplicables años Bernini en El rapto de Proserpina (1621-1622), que logró apretar la piel del mármol, ceñir la carne dentro de la piedra.
Marco Vitruvio, joven arquitecto de Julio César, afirmó en su tratado De architectura II, 1 que ciertos edificios públicos deberían exhibir tres cualidades: firmitas, utilitas, venustas, es decir, ser sólidos, útiles y hermosos. Gaudí lo defendía así: «La arquitectura es un acto de fe, de belleza, de servicio». Y un colaborador y amigo suyo dejó escrito que se reunían en él «la originalidad en su producción, la calidad de su pensamiento y la ejemplaridad como hombre».
Al conmemorarse este junio el primer centenario de la muerte de Gaudí, las novedades de libros, podcasts, conferencias, programas sobre su figura y obra se han multiplicado.
Una librera de la que me fío plenamente, Pepa Escribano, me recomendó una biografía compuesta por Armand Puig, paisano del arquitecto: Antoni Gaudí, vida y obra, editada en 2024 por Arpa y hoy más actual que en esa fecha. El índice y el prólogo revelan una concienzuda investigación plasmada en casi cuatrocientas páginas. «Gaudí propone que la técnica se ponga al servicio del amor, que vayan juntos arquitectura y símbolo, que todo tenga un sentido y un significado, siempre de acuerdo con el contexto. De hecho, el símbolo no posee un significado independiente de la historia de la que depende y del contexto en el que se inscribe. Olvidar estas coordenadas lleva a graves confusiones interpretativas». Y Puig pone un caso nítido, que no desvelo aquí: el de las abejas del estandarte de una cooperativa obrera y las que liban la sangre del Corazón de María en el portal de la fe en la fachada del Nacimiento.
Y les recomiendo otro título muy interesante, con anécdotas y fogonazos de frases gaudinianas que iluminan unas amenas páginas, con un diseño amable, casi de revista, y escrito desabrochándose el corazón y compartiendo la experiencia: Gaudí, el arquitecto del alma, de José Manuel Almuzara. Almuzara, de esa misma profesión, lleva más de cuatro décadas estudiando y divulgando la labor y vida y arte de ese hombre que «atrae, impacta, engancha, convierte». Desde 1992 preside la Asociación Pro Beatificación de Antoni Gaudí. Para Gaudí, «el hombre sin religión es un hombre mermado».
Con anécdotas relevantes conquista al lector: un semáforo en rojo, una escena de amor en la terminal de Barajas, los desperfectos que la Guerra de 1936 ocasionó en la Sagrada Familia. Y nombres propios que se quedan dentro al leer: Juan Matamala Flotas, Jesús Dongo, la argentina Asturi, la carmelita descalza María Teresa de los Ángeles, obreros —Andrés, el Llarg, Pablo, Raimundo…—, Etsuro Sotoo, Subirachs… Y sitios diversos: una escuela de negocios, una cárcel chilena, un teatro con millares de asistentes, un albergue de huérfanos… Perú, Puerto Rico, Japón… Un hombre que se sintió instrumento y colaborador en la creación divina, con los dones que había recibido. «La belleza está en los ojos de quien la mira». Dicen. Viven más, mejor y más alto.
A Gaudí lo atropelló un tranvía y nadie se acercó a socorrerlo de inmediato. Los circunstantes creyeron, por su ropa avejentada y su aspecto descuidado —dicen—, que era un vagabundo. Tres días de agonía después murió. El 10 de junio de 1926. A los 73 años de edad. Tras su muerte, su obra dejó de estar en auge. Un cuarto de siglo más adelante, en 1950, Salvador Dalí y otros artistas comenzaron a reivindicarla.
Un decreto pontificio del Dicasterio de las Causas de los Santos lo proclama «venerable» en abril de 2025: «Cristiano convencido y practicante, asiduo a los sacramentos, hizo del arte un himno de alabanza al Señor, a quien ofrecía los frutos de su trabajo, que consideraba una misión para dar a conocer y acercar a los hombres a Dios».
«Todo lo que he hecho depende de las circunstancias; si vienen bien, para acomodarme; y si mal, para luchar; siempre sirven; son las manifestaciones de la providencia».
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