Uno de los fenómenos intelectuales más interesantes de la historia moderna ha sido, sin duda, el renacimiento intelectual y espiritual que tuvo lugar en Inglaterra entre finales del siglo XIX y mediados del XX. Una serie de escritores, poetas, ensayistas, pintores e historiadores de primera línea establecieron una compleja red de influencias mutuas, que les llevó a dar un paso radical y a contracorriente: la conversión al catolicismo. Joseph Pearce ha descrito en un extenso estudio el proceso de sus respectivas conversiones, así como las relaciones e influencias mutuas que mantuvieron. En el momento cultural en el que nos encontramos, resultaría muy interesante rastrear las preocupaciones y preguntas comunes que les fueron acercando, sobre todo cuando se comprueba que se movían en universos intelectuales y artísticos distantes y hasta contrapuestos.

Este movimiento —en sentido amplio— tuvo su precedente en la conversión y en la labor intelectual del cardenal Henry Newman. Sería muy difícil entender el desarrollo del pensamiento teológico y filosófico británico sin atender al decisivo influjo que tuvo este autor. Newman fue un ejemplo de rigor intelectual y de honradez de investigador; un rigor y una honradez que le llevaron a la conversión al catolicismo, justo en el momento en el que él ya era un punto de referencia capital en la iglesia anglicana. Su Apologia pro vita sua marcó intelectualmente a la generación de escritores de que hablamos. Habría que destacar la peculiar forma de razonar que sigue Newman, un razonamiento que se mueve tras indicios y busca el punto de convergencia de esos indicios, una convergencia que puede llegar a ser conclusiva, aunque nunca se cierre al modo de un razonamiento matemático. Para Newman, este es el movimiento que sigue la razón que persigue las cuestiones fundamentales de la vida, que se pregunta por el sentido de las cosas; y —también— de la razón que va en busca de la fe.

Este método intelectual, expuesto detalladamente en La gramática del asentimiento, se acerca mucho a la manera de seguir las pistas en una trama policial; tal vez por esto, tanto Chesterton como Dorothy Sayers acudieron a la novela policiaca para expresar la peculiar manera en la que se debe buscar la verdad del hombre. Entre los autores que protagonizaron este renacimiento, destaca de una manera particular G. K. Chesterton. Fue él quien más influyó en los demás, incluso en aquellos, como Graham Greene o T.S. Eliot, muy alejados de su estilo intelectual y literario. En la exuberancia intelectual y vital de Chesterton se encuentran esos puntos comunes que explican la sintonía que se estableció entre todos ellos.

CHESTERTON Y SAYERS ACUDIERON A LA NOVELA POLICIACA PARA EXPRESAR LA PECULIAR MANERA EN LA QUE SE DEBE BUSCAR LA VERDAD DEL HOMBRE.

Chesterton comenzó su andadura periodística y literaria en el primer año del siglo. Su conversión al catolicismo no se produjo hasta mediados de 1922. Fue una conversión largamente madurada. De hecho, sus escritos (por ejemplo Ortodoxia, publicado en 1908) hacían pensar a muchos que, si no era ya católico, poco le faltaba para llegar a serlo. Pero él quiso dar los pasos con gran prudencia (para algunos, como su hermano Cecil y su gran amigo Baring, ambos conversos, con excesiva prudencia). Y es que durante muchos años Chesterton estuvo dando razones en favor del catolicismo que ayudaron a muchos a encontrar el camino hacia Roma (entre otros a Knox) ; pero él, paradójicamente, llegó a esta conclusión con cierto retraso; en parte por honradez y por respeto a la iglesia anglicana, pero sobre todo por delicadeza con su mujer, Frances, fervorosa cristiana pero refractaria ante el catolicismo. Chesterton creyó que no podía ignorar los sentimientos de su mujer en el momento de dar un paso tan decisivo.

A la hora de hablar de influencias, justo después de Chesterton habría que mencionar a Ronald Knox, una de las mentes más brillantes que dio el siglo XX. Hijo de un obispo anglicano de tendencia evangelista, optó por el anglocatolicismo de la High Church (doctrinalmente muy cercano a Roma, pero que persistía en su independencia frente a la autoridad del Papa) y se hizo sacerdote. También su conversión al catolicismo siguió un lento y meticuloso proceso, que culminó en 1917. Sus obras y su pensamiento estaban dirigidos sobre todo a sus compatriotas, a la cultura anglicana que él quería llevar a la plenitud de la fe. Su relación intelectual con Chesterton fue muy estrecha: Knox reconoce que en su andadura hacia la fe desempeñaron un papel capital El Napoleón de Notting Hill y Herejes. Paradójicamente, Rnox fue quien —ya ordenado sacerdote católico— comenzó la preparación de Chesterton previa a su ingreso en la Iglesia católica. Knox influyó a su vez decisivamente en autores como Dorothy Sayers y Evelyn Waugh, que escribió una formidable biografía sobre él.

AMOR A LA VERDAD Y CONFIANZA EN LA RAZÓN

Una cuestión fundamental que les une —y que llama poderosamente la atención a la hora de analizar su pensamiento— es su sincera búsqueda de la verdad. En todos ellos se encuentra una inquietud fuertemente arraigada que les llevó a cambiar no sólo sus planteamientos intelectuales, sino también su propia vida. A causa de su conversión, vieron afectado su prestigio social, perdieron muchos amigos y fueron duramente atacados por gran parte de la prensa. Ante esa incomprensión, ellos se defendían siempre no con argumentos de tipo sentimental o estético, sino con los argumentos racionales que les habían marcado el camino. La defensa que hacen de su fe es siempre intelectual. Por eso, Chesterton sostiene que es mala teología atacar la razón, y que había sido precisamente el anglicanismo el que dejó de confiar en ella.

Esta defensa de la razón resalta en todas las obras de estos autores. Una razón que permite el diálogo y la discusión entre posturas opuestas, con la garantía de que se está hablando de lo mismo (la realidad captada por la razón), sólo que desde diversas perspectivas. A la vez, confían en que el hecho de coincidir en un uso honrado de la razón permitirá que triunfe aquella perspectiva que ofrezca una mejor y más amplia explicación de las cosas. Un ejemplo claro de esta actitud es Ortodoxia, de Chesterton. Para analizar las principales objeciones contra el cristianismo, el autor recurre, con indefectible confianza, al argumento intelectual, pero desarrollándolo en todo su alcance. Sus argumentos llegan más allá que los de sus adversarios, ofreciendo una perspectiva sorprendente y a la vez certera.

Un botón de muestra. Al comparar las virtudes paganas con las virtudes cristianas, Chesterton sostiene que el pagano, creyendo ser más razonable, busca un equilibrio entre los opuestos, una moderación, una gradación; sin embargo, el cristianismo lo que hace es distinguir, incluso separar radicalmente, para subrayar lo positivo de ambos extremos. Así, la caridad pagana pide comprender el delito para poder perdonar al delincuente; pero si el delito excede los límites de lo razonable, el delincuente resulta imperdonable. En cambio, el cristianismo separa el delito del pecador: el delito no debe comprenderse, resulta siempre rechazable y no caben componendas; pero el delincuente debe ser perdonado si se arrepiente de su delito. «El cristianismo ha procurado mantener dos colores coexistentes, pero siempre puros. No se trata de una mezcla de tintes, como en el bermejo o el púrpura; sino más bien de algo como esa seda tejida con hebras de dos colores que se cruzan en ángulos rectos y figurando cruces». En otra de sus obras, El hombre que fue jueves, Chesterton presenta el debilitamiento de la razón como algo que hace que la realidad se difumine y pierda sus contomos. Sólo concentrando la fuerza de la razón sobre la realidad aparecerá esta con todo su brillo y sus matices. En definitiva, estos autores sostienen, con la propia experiencia de su conversión, que el acto de fe no es sólo un acto de la razón o de la voluntad, pero sí es un acto razonable: nunca han dado un paso en falso en su camino hacia la fe. Precisamente el ambiente hostil en el que se producen estas conversiones reclama de ellos una honradez intelectual y un deseo de explicar de manera racional su postura.

UNA RAZÓN NUEVA, CONFIADA Y ESENCIAL

Este recurso a la razón no cae, sin embargo, en esquematismos: no sigue los pasos de la apologética al uso, un tanto obsoleta y dirigida a personas creyentes a partir de unos principios que ya se habían quedado lejos de las experiencias del hombre moderno. Puesto que se trata de conversos, estos autores subrayan la radical novedad que para ellos supone la plenitud de la fe. Al mirar la fe con ojos nuevos y desde su propia experiencia de carencia y de búsqueda de un sentido, ofrecen una explicación de la fe llena de frescura, de significado y de inmediatez, aunque no sigan los esquemas clásicos de exposición. Recurren a la paradoja, a la reducción al absurdo, a las metáforas clarificadoras, a la confesión de sus propias angustias y errores. En este sentido, una de las poetisas inglesas más importantes del s. XX, Edith Sitwell, describe así lo que siente ante su conversión: «Creo que estoy en el umbral de una nueva vida. Pero para ello tengo que nacer de nuevo. Y me queda por descubrir todo un mundo, como si fuera la primera vez».

Para Chesterton, el gran enemigo del hombre es el escepticismo, que lleva, indefectiblemente, a un pesimismo vital. En La inocencia del Padre Brown, afirma que lo peor que puede pasarle al ser humano es llegar a la verdad de los hechos y descubrir que estos no tienen sentido. Para el autor, ante esta situación lo único que cabe hacer es echarse a dormir, como acto de fe y de confianza en Dios: al amanecer ya aparecerá la respuesta. Subraya así la profunda convicción de que todo posee un sentido, sentido que muchas veces no alcanzamos a ver, pero que tarde o temprano Dios nos lo revelará. La confianza en la razón sólo se puede apoyar —en última instancia— en la fe en la Providencia divina, en que todos los acontecimientos están dotados de un sentido trascendente.

Este juego entre confianza y búsqueda caracteriza al sacerdote católico que protagoniza los relatos policíacos de Chesterton. El padre Brown se mueve —en su afán de descubrir los secretos de los robos y crímenes— por un deseo de salvar a los delincuentes: valora la inteligencia de estos, comprende sus móviles y desea su conversión. De ahí su candor. Por eso, el campo de batalla donde se enfrenta con esos delincuentes es el campo de la inteligencia. El intenta leer en las pruebas e indicios porque sabe que ahí se encuentra la respuesta. El asombro que produce su sagacidad es el asombro ante la capacidad de la razón de desentrañar el sentido que esconden los hechos. Su razón es, podríamos decir, imaginativa: no se queda en el hecho desnudo y oscuro, sino que ve a través de este, hasta dar con otra mente, la mente que ha diseñado ese hecho criminal.

Una gran amiga de Chesterton, Dorothy Sayers (también conversa al catolicismo por influjo de este), siguió sus pasos en la manera «policiaca» de presentar el uso correcto de la razón. Pero ella se fijaba más en el conocimiento del carácter de las personas. Su detective, Peter Wimsey, posee una honda perspicacia psicológica para detectar en los sospechosos algo que revela su culpabilidad. Esta conjunción de lógica y sentimientos produce momentos de ceguera y propicia la caída en trampas sutiles. Lo que va quedando claro en el enredo del proceso policial es que el conocimiento de las personas resulta más certero que el simple conocimiento de unos hechos tal vez sólo aparentes o deformados por una perspectiva equivocada. Del conocimiento del carácter pasa al móvil del asesinato, y del móvil al descubrimiento de los hechos verdaderos. Por eso, los momentos de ceguera y las trampas resultan, a la postre, atajos certeros para solucionar los asesinatos.

Por otra parte, estos autores, aunque pretenden llegar con sus ideas al hombre de la calle, huyen de toda superficialidad: desprecian los tópicos y se plantean sinceramente las preguntas esenciales. Es esta capacidad de ir a las cuestiones de fondo lo que les da un mayor atractivo y les hace comprensibles y claros: dan en la diana con una pasmosa facilidad. En esto Chesterton fue el gran maestro. Él veía en la simplificación y en los tópicos el gran peligro de la cultura: «Creo que el término más adecuado para referirme al peligro que se cierne sobre la cultura europea es el de "vulgaridad". No sé si en este contexto sería prudente susurrar la palabra "América", hoy día el Estado más poderoso y, dada la lamentable situación en la que nos hallamos, también el más influyente. En dos palabras, el mal contra el que pretendo prevenirles no es una democratización excesiva, ni una fealdad excesiva, ni una excesiva anarquía, sino algo que puede definirse de este modo: la estandarización de un bajo estándar».

LA CONCIENCIA DE UNA CRISIS CULTURAL

También encontramos en estos autores una honda conciencia de la crisis cultural en la que se encontraba Occidente. Algunos de ellos hacían una lectura dramática y hasta apocalíptica de esta crisis. Ejemplo claro es el de Robert Hugh Benson. Hijo del arzobispo anglicano de Canterbury, se convirtió al catolicismo en 1903. Su conversión supuso una fuerte sacudida en la iglesia de Inglaterra. Entre sus obras, destaca su novela El amo del mundo, donde proyecta en un futuro no muy lejano las taras que detecta en el estadio actual de la civilización. En la novela, el desarrollo científico y los ideales democráticos han ido llevando al mundo hacia una paradójica concentración del poder, favorecida por la manipulación de la educación y de la información. Y en este mundo del futuro, la única fuerza que ejerce una resistencia ante este dominio de las conciencias es la Iglesia católica, que será por eso perseguida y arrinconada. La novela se muestra pesimista: el proceso resulta imparable, y todo terminará con el fin del mundo.

Comparte este pesimismo otro converso, aunque este no llegó a abrazar el catolicismo romano, sino el anglocatolicismo. Se trata de T. S. Eliot, para muchos el poeta más grande del siglo. Es la suya una conversión peculiar; se trata más bien de una conversión a la cultura inglesa, incluyendo sus raíces genuinamente cristianas. Él era estadounidense, pero renegó de la superficialidad que observaba en su país y decidió hacerse inglés. Tal vez fuera la excesiva unión que él establecía entre fe y cultura inglesa lo que hizo que nunca diera el paso a Roma. También Eliot fue profundamente influido por Chesterton. En una nota necrológica después de la muerte de este, escribió: «Nunca conocí personalmente a Chesterton, pero su desaparición en un mundo como este que habitamos es de las que deja un sentimiento de desolación y pérdida personal».

Eliot publica en 1922 La tierra baldía, un poema ultramoderno en la forma, que reflejaba la crisis de una manera cruda. Muchos lo saludaron como un poema que expresaba —y defendía— la quintaesencia de la modernidad (entre ellos Ezra Pound, quien le ayudó a pulir el poema); pero Eliot era en realidad muy crítico con esa nueva cultura, como supo reconocer y aplaudir el mismo Chesterton, tan alejado de Eliot en el estilo literario.

El poema presenta una vida quebrada en sensaciones dispares, un tiempo que no compone una historia, sino hechos aislados e incoherentes, símbolos que han perdido su significado original y permanecen como cortezas vacías. El recurso a un lenguaje coloquial y a una composición en collage refuerza el efecto del poema. Es sin duda uno de los poemas clave del siglo XX, y que dio consistencia y sentido al modernismo poético. Pero no hay que olvidar que el modernismo de Eliot estaba fundado en una sólida formación clásica y en un estudio lleno de admiración de la tradición cristiana y de la poesía de Dante.

EL VALOR DE LO INDIVIDUAL

Otro punto común es la defensa de lo individual (en cuanto identidad personal) frente a las diversas formas de masificación y de colectivismo. Chesterton lanza un canto apasionado en favor de la personalidad de cada sujeto, subrayando de una manera positiva y hasta divertidamente grotesca las peculiaridades de sus personajes, como se puede comprobar en El Napoleón de Notting Hill. Esta sensibilidad por lo individual y lo distintivo llevó a Chesterton a desarrollar una especial capacidad de penetración en la personalidad de los demás, como se comprueba en sus biografías. Leer lo que ha escrito sobre san Francisco de Asís o santo Tomás de Aquino pone de manifiesto no sólo la profundidad psicológica de este autor, sino, sobre todo, la pasión con la que se enfrentaba con sus biografiados, buscando el fondo de sus almas, como quien desea ardientemente desentrañar un maravilloso e inaccesible misterio.

En esto sigue los pasos de otro converso, el jesuíta y poeta G.M. Hopkins, que aunque escribió su poesía a finales del siglo XIX, esta no fue publicada hasta bien entrado el XX. En ella se aprecia su gusto por lo discontinuo, por las distinciones delicadas, por todo aquello que perfila la existencia irrepetible de cada cosa, por lo irreductible de cada identidad. Hopkins alcanza una verdadera contemplación mística de lo que hay de Dios en cada alma y en cada cosa, generando en él un respeto y una admiración conmovedora hacia cada realidad en toda su singularidad insustituible. Un ejemplo:

«Gloria a Dios por las cosas moteadas, / por los cielos salpicados de color, / como vaca pinta, / por las manchas rosas de la pecosa trucha nadadora / y por las vivas brasas de las castañas caídas; / por las alas de los pinzones; / por el paisaje manchado, / aparcelado: apriscos, barbechos y arados; / y por todos los aperos, pertrechos y cultivos. / Todo lo que contrasta, todo lo original, gratuito, superfluo y extraño; / por todo lo caprichoso, lo salpicado (¿quién sabe cómo?) con lo veloz y lo lento, / lo dulce y lo amargo, lo claro y lo oscuro. / Él, de belleza inmutable, engendra y crea todo. / Sea alabado.»

Esta forma de pensar que subraya las distinciones, este amor a los contornos precisos y a las diferencias, que evita la salida fácil de una síntesis artificial y amorfa de la realidad, es característica de todos estos autores. Por eso recelan de lo que suena a tópico, a frase grandilocuente pero hueca, a generalización simplista.

LUGAR CLAVE DE LA RELIGIÓN

Otro punto en común es el papel fundamental que estos autores reconocen a la religión en la vida social y personal. Aquí nos encontramos con el impresionante trabajo del historiador Christopher Dawson. Fuertemente influido por el estudio de Newman sobre la historia del dogma cristiano y por el vitalismo cristiano de Chesterton, se convirtió al catolicismo en 1914.

Dawson plantea y fundamenta de manera sólida en su libro Religión y cultura cómo no se puede separar— la religión del origen mismo de las culturas y de toda la dinámica social. Pero la religión no sólo resulta esencial para explicar el origen de las culturas, sino también para preservarlas en toda su capacidad para que sean el hàbitat y el cauce adecuado del desarrollo de una sociedad viva. En este sentido, Dawson es también muy crítico con lo que él llama el totalitarismo cultural. «Los planificadores dla sociedad moderna han llegado a ejercer sobre las ideas y la vida de toda la población un control más completo que el que hayan poseído jamás la mayoría de los poderes autoritarios del pasado» (Dinámica de la Historia Universal). Para él, este totalitarismo es el que de verdad puede significar el final de la cultura, especialmente la europea. Dawson estableció una fecunda relación intelectual con T. S. Eliot. Este escribió Notas para la definición de la cultura, un ensayo en el que el poeta demuestra una perspicacia sorprendente. En él, Eliot establece una distinción clarividente. Así como en las sociedades primitivas encontramos una identificación entre religión y cultura, y por eso la religión ha ejercido un papel esencial en el nacimiento de esas culturas, a medida que las religiones se desarrollan se va estableciendo paulatinamente una distinción y hasta una oposición entre cultura y religión. «Una religión más elevada es aquella en la que es mucho más difícil creer. Porque cuanto más consciente se hace la fe, más consciente se hace el descreimiento. Aparecen la indiferencia, la duda, el escepticismo, y se hace un esfuerzo por adaptar dogmas religiosos a aquello en lo que la gente, en cada época, cree con más facilidad. Una religión superior provoca en el individuo un conflicto, una división, un tormento y una lucha. A veces, el conflicto se produce entre el laicado y el clero y, a la larga, entre la Iglesia y el Estado».

Eliot sigue, en este punto, el método chestertoniano de distinguir las cuestiones para alcanzar un entendimiento más preciso de estas. Lo que al principio parece una justificación histórica del surgimiento del laicismo le sirve para desenmascarar la falacia de la pretendida objetividad de las ciencias modernas. Cuando uno se enfrenta a las cuestiones de sentido, cuando busca los fundamentos de la realidad, no puede eludir la cuestión de la fe. «Nadie puede librarse del punto de vista religioso, porque, a fin de cuentas, o se cree o no se cree».

Junto a esto, Eliot hace una defensa del papel de la fe cristiana en la construcción y en la supervivencia de Europa. «Basta con conocer por encima la vida de san Atanasio para convencerse de que fue uno de los grandes edificadores de la civilización occidental. Y es en gran medida inevitable que, al defender nuestra religión, estemos al mismo tiempo defendiendo nuestra cultura, y viceversa: obedecemos al instinto básico de preservar nuestra existencia».

DIOS COMO SER PERSONAL

Paralelo a esta idea, se encuentra en estos autores la convicción de que Dios es un ser personal y trascendente, frente a todos los panteísmos y esoterismos de moda, que poco a poco parecían haber copado el ambiente intelectual y científico. Y es que incluso el cientificista está dispuesto a aceptar un principio o comienzo de la realidad visible, pero con la condición de que este principio ocupe su lugar en la maquinaria del universo, que no se salga de su función. Ante este rechazo de todo lo sobrenatural como algo impensable e imposible en un mundo tal como lo conocemos científicamente, una cuestión clave que se puso en debate fue la de la posibilidad de los milagros, quintaesencia de la prueba de que hay algo realmente sobrenatural en este mundo. Y entre estos milagros debatidos se encuentran dos que fundamentan todos los demás: la Encarnación y la Resurrección de Cristo.

Chesterton, en La esfera y la cruz, puso de manifiesto la estrechez de miras de la postura cientificista, que reduce todo a lo empírico. Si uno retira de su horizonte vital todo lo sobrenatural (es decir, todo lo que venga directamente de Dios), terminará por negar la misma Creación, que es obra directa de Dios. «He nacido y me han criado y educado en un universo completo. Lo sobrenatural no era natural, pero sí perfectamente razonable. Más aún, lo sobrenatural para mí es más razonable que lo natural, porque lo sobrenatural es un mensaje directo de Dios, que es razón. De manera que mi sentir es este: tenemos la gran creación divina, en que me enseñaron a creer. Comprendo que usted no crea en ella, pero ¿por qué deja de creer sólo en una porción de ella? Para mí es un todo único. Si usted no quiere admitir que Dios sea superior al hombre, entonces no puede probar que el hombre sea superior al caballo».

C. S. Lewis fue, junto con Eliot, el otro converso que se quedó a medio camino. Su conversión y su pensamiento estuvieron, también, influidos por la obra de Chesterton. Pero su conversión, que relata de manera magistral en Cautivado por la alegría, fue al anglocatolicismo. Pero así como en Eliot había pesado mucho su amor a lo inglés, no exento de cierto elitismo, Lewis no llegó a dar el paso hacia Roma por motivos distintos. Algunos sostienen que su origen norirlandés —es decir, su educación fuertemente anticatólica— resultó determinante para impedirle dar ese paso. Otros, como Walter Hooper (su discípulo de confianza, a quien dejó todos sus escritos), sostienen que le retuvo la conciencia de responsabilidad que tenía respecto a todos sus lectores anglicanos, a quienes intentaba preservar de las comentes protestantizantes. De hecho, Hooper (que se convirtió al catolicismo años después de la muerte de Lewis) creía —al menos así me lo confió durante una conversación en su casa de Oxford— que, si Lewis hubiera vivido unos años más, habría terminado católico.

Lewis dedica un libro, Milagros, a estudiar la posibilidad racional de lo sobrenatural. Era este —y continúa siéndolo— un punto clave en el debate con la ciencia. Si la postura científica niega la posibilidad de existencia de todo lo que no tenga un origen natural, todo intento de fundamentar racionalmente el acto de fe cae por su peso. Lewis sigue una línea de argumentación muy interesante. Predice que se irá estableciendo una contraposición cada vez más fuerte entre un mundo en el que las explicaciones al uso serán cada vez más materialistas con otro en el que el sentido resulte cada vez más consciente y, por eso, en ocasiones demasiado espiritualista. El mundo materialista irá perdiendo el alma, se irá des vitalizando. Por eso terminará por reconocer sus carencias, y reclamará ese otro mundo al que había despreciado. Esto, en ocasiones, seguirá vías engañosas, como el recurso al esoterismo, pero tarde o temprano tendrá que acudir a la plenitud de verdad que es el cristianismo, en el que lo material y lo espiritual constituyen una unidad indisoluble.

Lewis establece una interesante conexión entre el amor por lo concreto e individual ya citado y el dogma de la Creación. La Creación es un acontecimiento en el tiempo, concreto y original: no cabe fundamentar la existencia de una manera abstracta o teórica. «Solo en el caso de que el origen de todas las cosas sea él mismo concreto e individual, pueden las cosas serlo también; porque no hay medio concebible de que lo abstracto y general pueda producir realidad concreta alguna. La contabilidad prolongada por toda la eternidad no puede producir jamás un céntimo. La métrica por sí misma no puede producir un poema. La contabilidad necesita algo más (esto es, dinero contante y sonante ingresado en caja) y la métrica necesita algo más (palabras concretas introducidas en el verso por un poeta) antes de que cualquier cuenta o poema puedan existir. Si alguna cosa ha de existir alguna vez, entonces la Cosa Originante tiene que ser no un principio ni una generalización, mucho menos un ideal o un valor, sino un hecho tremendamente concreto».

LA NECESIDAD DE UN ORDEN

Chesterton defendía la necesidad de un orden, de un mapa de la existencia que ofreciera un marco para la vida. Este orden —lo que él llamaba «ortodoxia»— era lo único que podía salvar al hombre contemporáneo del desconcierto vital en que se encontraba. Este desconcierto afecta de una manera particular a la motivación: Chesterton creía que el ser humano se estaba des vitalizando, que iba perdiendo la alegría de vivir y la capacidad de tomar decisiones trascendentes. En su novela Manalive, presenta a un personaje que con su vida extravagante intenta despertar a los que le rodean del sopor vital en el que han caído. En su extravagancia, el personaje de la novela —que tiene el significativo nombre de Innocent Smith— es capaz de disfrutar de verdad de la vida y de llevar su libertad hasta el límite precisamente porque se halla orientado y protegido por un orden —un credo— que le da confianza y sentido. Así, decide robar en su propia casa para redescubrir todo aquello que posee, o corteja, conquista y se casa varias veces, pero siempre con la misma mujer. Innocent es capaz de todo esto, disfruta a pleno pulmón de su vida, porque se sabe protegido por aquello que posee y que le posee: la confianza en el amor de su mujer, en el sentido de la vida, en la providencia de Dios.

Evelyn Waugh compartía plenamente con Chesterton esta idea, aunque tal vez él se la planteara de una forma menos positiva. Waugh se convirtió al catolicismo bajo el influjo de Knox y de Chesterton. Su conversión supuso un fuerte golpe en los círculos literarios, sobre todo porque con su novela Cuerpos viles se había convertido en representante del ultramodernismo. A su vez, él influyó en la conversión de dos grandes escritoras: Muriel Spark y Edith Sitwell.

Para Waugh, el desorden de Europa estaba llegando a una situación insostenible, que hacía peligrar la misma supervivencia de la cultura europea. «Creo que, en la fase de la historia europea en la que nos encontramos ahora, la cuestión ya no se dirime entre el protestantismo y el catolicismo, sino entre el cristianismo y el caos. Y me doy cuenta de que la Iglesia católica de Roma es la única forma genuina de cristianismo. Por todas partes vemos hoy la negación práctica de todo lo establecido por la cultura occidental. La civilización carece en sí misma del poder de sobrevivir. Su supervivencia le ha llegado a través del cristianismo. Ya no se puede recibir los beneficios de la civilización y, al mismo tiempo, negar la base sobrenatural sobre la que esta descansa».

En su gran novela, Retorno a Brideshead, Waugh describe el vacío y la falta de esperanza en la que vive el protagonista, Charles Ryder. Este coincide con una familia de tradición católica y se enamora de la hija, Julia. Aunque los valores cristianos de la familia se encuentran deteriorados por diversas circunstancias de la vida, permanece en ella una fe, un orden moral en el que se cree, aunque muchas veces no se viva. Este orden es el que rescata a Charles de la desesperación. Recuperar el orden perdido es, en cierta forma, como regresar a casa después de un largo e inútil viaje. Al final de la novela, Waugh refleja este sentimiento —en gran medida, personal— con maestría:

«Quedaba una parte de la casa que todavía no había visitado, y me encaminé hacia ella. La capilla no ofrecía muestras de su largo abandono; las pinturas modernistas estaban tan frescas y brillantes como siempre; la lámpara modernista volvía a estar encendida delante del altar. Recé una oración, una fórmula de palabras antiguas, recién aprendida, y salí para dirigirme al campamento. Por el camino, y mientras oía el toque de fajina, pensé: los arquitectos no sabían a qué fin se destinaría su tarea; hicieron una casa nueva con las piedras del viejo castillo; año tras año, generación tras generación, la enriquecieron y ampliaron; año tras año la plantación de árboles del parque fue creciendo hasta alcanzar la madurez; hasta que, en una helada repentina, llegó la era de lo vulgar; el lugar quedó desierto y todo aquel esfuerzo no sirvió para nada. Quomodo sedet sola caritas. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Y, sin embargo —seguí pensando, al tiempo que aligeraba el paso hacia el campamento, en donde, después de una pausa, el cometa repetía el toque de fajina—, sin embargo ésa no es la última palabra, ni siquiera resulta válida; es una palabra muerta desde hace diez años.

«Ha surgido algo totalmente ajeno al proyecto inicial de los arquitectos y a la pequeña y violenta tragedia humana en la que yo desempeñé un papel; algo que ninguno de nosotros pensaba entonces. Una llamita rojiza... Una lámpara de cobre batido, de diseño deplorable, encendida de nuevo ante las puertas de cobre de un sagrario... No habría sido posible encenderla si no fuera por los arquitectos y los actores de la tragedia, y aquí la encuentro esta mañana, de nuevo encendida entre las viejas piedras. Apresuré el paso y llegué al barracón que servía de antesala. "Hoy pareces mucho más contento que de costumbre", dijo el segundo comandante».

CONCIENCIA DE LA FRAGILIDAD Y DEL DOLOR

Chesterton, pese a su optimismo y su gran vitalidad, tenía una fuerte conciencia de los problemas reales con los que se encuentra el ser humano en su existencia. El sufrimiento estuvo muy presente en su vida: la enfermedad psíquica de su mujer, la muerte de su hermano y de muchos amigos durante la guerra, etcétera. Él mismo llegó a confesar que había estado a punto de romperse muchas veces. Pero leyendo sus ensayos y novelas, parece que todo esto no ha afectado a su pensamiento, que nunca le ha hecho dudar; ni tampoco ha enturbiado su alegría y su optimismo. Todo ese sufrimiento sólo le había ayudado a madurar.

Graham Greene coincidió con Chesterton en esta vivencia del dolor. Pero su respuesta fue distinta. Converso al catolicismo bajo la influencia de su mujer, al parecer nunca llegó a asimilar del todo la fe que había abrazado; ciertamente permaneció fiel hasta el final, pero siempre cercado por las dudas. Y estas dudas estaban motivadas, en gran medida, por la presencia del dolor y de las miserias humanas. Él mismo se sintió torturado por contradicciones internas, por traiciones inexcusables —como su adulterio— que no supo evitar.

Esto se ve con claridad en El poder y la gloria, novela que escribió después de pasar una temporada en México, recogiendo material para un reportaje sobre la persecución religiosa en tiempos del presidente Cárdenas. Greene ahonda en las debilidades del corazón humano, que se quiebra ante el exceso de dolor y ante la insensibilidad de la prepotencia. Tal es el predominio de la injusticia, que termina por contagiar los corazones más nobles. La única escapatoria es el sacrificio, un sacrificio aparentemente inútil, pero que consigue redimir la banalidad de las historias.

Muy relacionado con este tema, se encuentra la conciencia del carácter dramático de la existencia. La vida es un juego en el que se puede perder y se puede ganar. Es más : la victoria sólo es posible si cabe la derrota. En este sentido, el hombre siempre se encuentra en peligro. Este peligro es el que otorga fuerza dramática a la vida. Greene exageraba en ocasiones este dramatismo —este peligro— hasta el extremo, llegando a situar a sus protagonistas en un callejón sin salida, como se ve en El final de la aventura o en El revés de la trama. Pero sus personajes siempre escapan, en el último momento y de una manera misteriosa, de la condenación: descubren un amor a Dios que nadie —ni ellos mismos—sospechaba que tenían. Y en un último acto de sacrificio, realizado medio a ciegas, reciben el sentido de sus vidas.

CONFIANZA EN EL HOMBRE

Estos autores, aunque muchos fueran pesimistas respecto a la situación cultural, tenían una enorme fe en la capacidad del ser humano para superar todas las dificultades y deficiencias. La capacidad de decidir sobre sí mismo, de ser dueños de la propia identidad, era un punto recurrente en todos ellos. La libertad humana siempre triunfa sobre todos los determinismos biológicos o culturales. El ambiente intelectual en el que se movían se encontraba gravemente afectado por el evolucionismo radical; por eso, su defensa de la creatividad del ser humano, de su capacidad para imaginar nuevas posibilidades, de su inventiva para encontrar una salida a todos los problemas, era como un acto de fe en lo que de divino hay en el ser humano, por débil y miserable que este pudiera parecer.

Este optimismo reverberaba en la obra de Chesterton en forma de ganas de vivir, de disfrutar plenamente de la vida, que según él era el verdadero talante del cristiano. Por eso, ante los ataques de los agnósticos y ateos, que acusan a la Iglesia de estar contra la vida, él sostiene que se han dejado llevar por las apariencias, y no alcanzan a entender el fondo de la cuestión. «El círculo externo del cristianismo es una guardia de abnegaciones éticas y de sacerdotes profesionales; pero, salvando esta muralla inhumana, encontraréis las danzas de los niños y el vino de los hombres; porque el cristianismo es la única armadura de las libertades paganas. En la filosofía moderna todo sucede al revés: la guardia exterior es encantadora y atractiva, pero adentro la desesperación se retuerce. Y la desesperación consiste en figurarse que el universo carece de sentido. Por lo mismo, no hay novela posible, porque las novelas no tendrían trama. En la tierra de la anarquía absoluta, no hallaréis aventuras; pero en la de la autoridad, cuantas os plazcan. La selva del escepticismo no tiene senderos, pero estos le salen al paso al que viaje por el jardín de las doctrinas y los designios personales. Aquí todas las cosas llevan su historia atada en la cola, como los utensilios y cuadros de mi casa paterna; porque esta es mi casa paterna. Acabo donde comencé, que es el único término verdadero. Al fin he descubierto la puerta de la buena filosofía; y al fin puedo entrar por ella en mi segunda infancia» (Ortodoxia).

Esto es una breve muestra de lo que supuso esta generación de escritores, pensadores y artistas ingleses: un renacimiento, un reencuentro pleno con las raíces cristianas de su cultura, una vuelta al origen de las cosas y al principio eterno de su propia identidad. «En mi fin está mi comienzo», escribió Eliot en sus Cuatro cuartetos, recogiendo la intuición de Chesterton. Tal vez sea esta la mejor fórmula para describir lo que necesita la cultura occidental: regresar a sus raíces, redescubrir su comienzo. Por eso, repasar las vidas y los escritos de estos autores resulta tan fascinante. Ciertamente, este renacimiento se produjo en unas circunstancias peculiares, y la coincidencia de unas personalidades tan marcadas y geniales tiene mucho de providencial. En este sentido, parece difícil que se repita algo así. Pero procurar seguir la estela marcada por estos autores sí que se encuentra al alcance de todos los bolsillos. Porque un renacimiento es, en el fondo, un redescubrimiento de lo que se tiene, de lo que se es, de ese mundo redimido en el que ya habitamos.

«Nunca dejaremos de explorar / y el final de nuestra búsqueda consistirá en / llegar al lugar donde habíamos comenzado / y conocer ese lugar por primera vez» (T. S. Eliot).

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