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De «Drácula» a «Los pecadores»: una historia del vampiro moderno

Lupita Tovar y Carlos Villarías en «Drácula»
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Lupita Tovar y Carlos Villarías en «Drácula»
Más de doscientos años después de su debut literario, los chupasangre están más vivos que nunca. A través de los relatos vampíricos, diferentes creadores han explorado, desde el siglo XVIII hasta hoy, las angustias vitales, las convenciones sociales y la moral de sus coetáneos. Hijos de su tiempo, estos seres fantásticos han calado en la cultura popular. Poemas, novelas, películas y series traslucen la inmortalidad del mito.
Desde las primeras leyendas orales, las criaturas diabólicas que beben sangre han encarnado los fantasmas de cada época. También en el presente. Aquellos villanos de las novelas victorianas, y del cine mudo después, han renacido en nuestro tiempo gracias al film Los pecadores (Sinners), que se estrenó en abril de 2025. Con este thriller de terror, el cineasta estadounidense Ryan Coogler cosechó cuatro Óscars de las dieciséis categorías —un récord en los anales de la Academia de Hollywood— en las que optaba al premio. El personaje de Remmick ha escrito un nuevo capítulo en la ficción como lo hicieron lord Ruthven, Carmilla, Drácula, Louis de Pointe du Lac y Edward Cullen. Un legado de más trescientos años que continúa latiendo y puede rastrearse en el viaje de este antihéroe hacia la posmodernidad.
La visión contemporánea del vampiro enraíza en una larga tradición literaria que brota del folclore medieval. Como recoge la Encyclopedia Britannica, en Europa del Este circulaban de boca en boca historias de espectros que consumían a sus víctimas chupándoles la sangre y disfrutaban de la inmortalidad. Sin embargo, no fue hasta el siglo XVIII cuando se grabaron sobre el papel. El primer poema dedicado a esta temática pertenece al autor alemán Heinrich August Ossenfelder y data de 1748. En los versos de Der Vampir, el yo poético quiere drenar la sangre de su amante como venganza por haber roto su relación con él.
Siete décadas después de aquella poesía, se publicó la primera obra en prosa: la firmó el inglés John William Polidori en 1819. Para perfilar al protagonista de El vampiro se basó en el carácter promiscuo del poeta lord Byron, según expone Monika Coghen, especialista en la literatura del Romanticismo europeo. Polidori lo conoció durante un viaje y creó a su semejanza a lord Ruthven. Este caballero rico, de modales refinados, origen misterioso y alma oscura seduce a jóvenes vulnerables que, citando el relato, pasan «desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la infamia y la degradación». Los rasgos byronianos quedaron así vinculados al arquetipo del vampiro.
En aquel momento, el mal en sí mismo fascinaba. Como escribió el francés Baudelaire en su poemario Las flores del mal (1857): «Si el estupro, el veneno, el incendio, el puñal, / no han bordado hasta ahora sus dibujos siniestros / en este cañamazo que llamamos destino, / es porque, ¡ay! nuestras almas a ello no se atrevieron». De hecho, el germen de los textos precursores partió de biografías cruentas como las de Vlad el Empalador (Rumania) y la asesina en serie Elizabeth Báthory (Hungría). Se especula con que el autor irlandés Sheridan Le Fanu pudo inspirarse en ella para moldear a la vampiresa Carmilla (1871-1872) como femme fatale en la novela homónima. Obsesionada con la sangre de la joven Laura, que hace de narradora, la vampiresa por poco le causa la muerte.
La maldad y su personificación en los vampiros atrapó al movimiento romántico. El reinado absoluto de la razón propio del Neoclasicismo cedió ante las pasiones, lo supranatural y lo dramático, en contraste con la estricta moralidad victoriana. Dos títulos clásicos ayudan a entender la consonancia entre el contexto social y la ficción: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson, y El retrato de Dorian Gray (1890), de Oscar Wilde. En la literatura, estos personajes, al igual que los vampiros, representan lo monstruoso y «encarnan amenazas para las formas dominantes de la cultura», apunta el profesor de la Universidad de Columbia Jack Halberstam en el libro Skin Shows. Gothic Horror and the Technology of Monsters.
Stevenson indagó en los motivos de las acciones malvadas al crear dos personajes antagónicos. Si al científico Jekyll le define su reputación intachable, a su alter ego, Hyde, se le describe como un «hijo del infierno [que] no tenía nada de humano; nada vivía en él fuera del temor y el odio». Por su parte, el protagonista de Wilde da el alma para conservar intacta su belleza para siempre mientras su retrato envejece. Al ver cumplido el deseo de juventud eterna, se entrega a los placeres nocturnos con propósitos funestos.
El desdoblamiento de Dorian Gray y Mr. Hyde —puros y honorables durante el día; depravados y crueles al anochecer— refleja, según se ha publicado en la revista académica Journal of Artistic Creation and Literary Research, «la profunda transformación que sufrió la literatura de fin de siècle». Distanciándose del concepto tradicional, la oscuridad ya no acechaba en castillos remotos, sino en escenarios cotidianos, familiares. La percepción del mal evolucionó para presentarse como un elemento arraigado en los seres humanos, también entre los miembros más respetables de la sociedad.
En esta nueva era —explica Marina Sanz Ortega, filóloga y autora del artículo—, los personajes adquirieron profundidad psicológica en sus conflictos y motivaciones. Con las calles londinenses que ambientan Wilde y Stevenson de fondo, la ética y la inmoralidad —«aquellos actos o pensamientos que entran en el ámbito de lo pecaminoso, lo corrupto y lo vergonzoso»— entablan una lucha constante por hacerse con el control de la mente y el alma de Dorian y el Dr. Jekyll.
En la ficción, la decadencia alrededor de estos seres imperfectos vehiculó la crítica social en torno al estatus, las normas, el decoro, el deseo, el autocontrol, los roles de género, las apariencias, la muerte... De las inquietudes de la época que enumera Sanz Ortega se nutre, asimismo, el género vampírico. Pero lo monstruoso se libera en estas criaturas de cualquier límite humano: si en el caso de Hyde tan solo el miedo a morir en la horca puede refrenar la violencia de sus impulsos, cabría interpretar que los vampiros no sienten la necesidad de reprimirlos porque son inmortales.
Los relatos de vampiros alcanzaron su culmen en el siglo XIX con Drácula (1897). En continuidad con sus predecesores, Bram Stoker narra mediante entradas de diario la caza de un vampiro —como en Carmilla— y la degradación de las mujeres con las que entra en contacto —como en El vampiro—. Pero Stoker dota a su Drácula de nuevas habilidades: manipula a sus víctimas con hipnosis y puede transformarse en lobo para atraerlas hacia él.
En su percepción de la mujer reaparece la dualidad, según sostiene un artículo del Journal of Dracula Studies: mientras que las humanas tienen el «alma pura», las tres vampiresas son seductoras y despiadadas. La doble vara de medir también se muestra en el modo de acabar con estas criaturas. Para «salvarlas de su sexualidad» a ellas les aguarda un destino violento y explícito, con descripciones detalladas sobre «el terrible ruido de la estaca al penetrar, los labios cubiertos de espuma sanguinolenta, [...] el retorcerse del cuerpo». En cambio, el autor no se recrea en la muerte de Drácula.
Al cabo de veinticinco años, el cine mudo en blanco y negro se apropió de esta historia. Florence Balcome, viuda de Stoker, demandó a la productora por el parecido entre la obra de su marido y la película Nosferatu (1922), que dirigió Friedrich Wilhelm Murnau. Por orden judicial, todas las copias se destruyeron, pero el largometraje se salvó gracias a reproducciones clandestinas. De modo que la primera adaptación cinematográfica oficial, y sonora, de Drácula se presentó en 1931, protagonizada por Bela Lugosi.
Después de conquistar la gran pantalla, el mito del vampiro mutó en la década de los setenta hacia un nuevo paradigma alentado por la novela Entrevista con el vampiro (1976), de la escritora estadounidense Anne Rice. En una escena inconcebible durante el Romanticismo, el protagonista, Louis, acude a confesarse y describe sus asesinatos, al igual que su naturaleza como vampiro. «¿Ve usted lo que soy? ¿Por qué, si Dios existe, permite que yo exista?», le pregunta al sacerdote, quien, horrorizado, le rechaza creyendo que se trata del demonio.
La bestia que mata por placer y que no siente amor sino obsesión experimenta en el libro una crisis de identidad. Louis, al no encontrar respuestas sobre los orígenes de su especie en Lestat, el vampiro que le transformó, naufraga en pensamientos autodestructivos y se cuestiona el sentido de su vida. La angustia existencial —«las dudas y el horror de la muerte que le atormentan», expresó Rice en una charla en la Universidad de Illinois— revela al hombre detrás del monstruo.
Su particular tribulación, sin embargo, no le exime de culpa. Aunque se resiste a alimentarse de sangre humana, la naturaleza vampírica de Louis se impone y asesina. La búsqueda de sentido ha permeado en sucesivas creaciones literarias y cinematográficas —la novela llegó a las salas de proyección en 1994—, así como el trasfondo racial en el que Rice desarrolla la trama. Entre las propiedades de Louis en el Estado sureño de Luisiana, se encuentran una plantación de añil y sus esclavos.
A finales de los años noventa y principios de los 2000, las historias de vampiros se popularizaron debido a un boom de productos de ficción audiovisual dirigidos al público adolescente. Abrió camino la serie televisiva estadounidense Buffy, cazavampiros (1997-2003), que contribuyó a consolidar un nuevo giro argumental. Buffy, la heroína, se enamora del vampiro Angel en la primera de las siete temporadas.
Los romances que desafían las leyes de la naturaleza presentan otras variantes, como el triángulo amoroso. Siguiendo la estela de sendas colecciones literarias, en las series norteamericanas Crónicas vampíricas (2009-2017) y True Blood (2008-2014) los tres vértices los interpretan una protagonista humana, el buen vampiro atormentado por su inmortalidad que solo consume sangre de animales y el malvado vampiro hedonista que no tiene reparos en matar.
Entre 2008 y 2012, la saga cinematográfica Crepúsculo replicó el éxito de la serie de novelas escritas por la autora estadounidense Stephenie Meyer. En este romance la dinámica plantea un ligero cambio, ya que un hombre lobo protector sustituye al personaje perverso. Los sentimientos entre dos estudiantes de secundaria del Instituto Forks desataron el fenómeno fan. Si las ventas de las novelas superaron los 25 millones de ejemplares, las cinco películas lograron recaudar en total más de 3.000 millones de dólares.
El vampiro Edward lucha por superar la tentación de beber de Bella para no sentenciarla a lo que él considera el infierno: una existencia sin alma. La joven, como muchas protagonistas humanas, acaba uniéndose eternamente a su amado pero, en este caso, después de celebrar su matrimonio. La inmortalidad que afligía a Louis en Entrevista con el vampiro deja de parecer una condena cuando la comparten los enamorados. En la escena que cierra la saga Crepúsculo aparecen las últimas líneas de un libro: «Y así continuamos, felices, en ese pequeño pero perfecto pedacito de nuestro para siempre».
Además de su popularidad, las series Crónicas vampíricas, True Blood y la película Crepúsculo comparten el hecho de que al menos uno de sus personajes se alistó con el bando confederado durante la Guerra de Secesión (1861-1865), partidario de la esclavitud. Este contexto, heredado de Entrevista con el vampiro, les une con la visión contemporánea que despliega Ryan Coogler, director y guionista de Los pecadores (2025).
Una voz en off dice al inicio del largometraje que la música «puede traer curación a sus comunidades, pero también atrae el mal». La profecía se cumple la noche en la que los gemelos Smoke y Stack Moore —un doble papel que le valió a Michael B. Jordan el Óscar al mejor actor protagonista— inauguran un club de blues en un antiguo aserradero. Dentro, decenas de personas afroamericanas ahogan su dolor en la música que toca su primo Sammie, conocido como el hijo del predicador.
La película se ambienta en el Misisipi de 1932, territorio sureño marcado por la supremacía blanca y la segregación. Al compás de su voz y de los acordes de su guitarra, los parroquianos entran en éxtasis. Muchos se consideran a sí mismos pecadores: dos mujeres infieles, un hombre alcohólico, los hermanos protagonistas, veteranos de la Primera Guerra Mundial, habían trabajado para los gangs de Chicago… El baile hace de médium en una escena que les conecta con sus antepasados. En esas raíces, que siente como propias, profundizó Coogler en la revista Rolling Stone: «Tuvieron la mala suerte de nacer y morir en el culmen de los aparceros, las leyes de mestizaje y estas políticas racistas, deshumanizantes y opresivas».
Fuera de la cantina, husmean tres vampiros fascinados por el blues: Bert y Joan, un matrimonio estadounidense que había pertenecido al Ku Klux Klan, y Remmick, el antihéroe. Este personaje es de origen irlandés y representa el trauma de otra opresión cultural —la británica—, pero, a pesar del paralelismo con la vivencia afroamericana, en el film asume el rol de su victimario.
Remmick adopta el carisma de lord Ruthven, la obsesión de Carmilla, la persistencia de Drácula, la angustia existencial de Louis de Pointe du Lac y parte de la popularidad de Edward Cullen. Después de tres siglos, la figura del vampiro ha experimentado una metamorfosis particular. Aquel feroz depredador se fue humanizando con el paso de las décadas, hasta llegó a despertar el deseo romántico y la empatía. El villano de Los pecadores resucita de nuevo al ser monstruoso. Un instrumento extranatural que trasciende la historia para relatar los anhelos, las convenciones sociales y los miedos de cada época. ¿Quién sucederá a Remmick?
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