Fue un alma inquieta. Supo plasmar con una intensa paleta de color el mundo que se abría ante él. Al cumplirse medio siglo de su muerte, una gran retrospectiva acerca la obra de uno de los artistas más relevantes de la vanguardia española.
Delapuente capturó la Plaza Mayor de Madrid (1971) con colores vibrantes.
Fernando Delapuente murió pintando. El mismo año en que falleció, en 1975, firmó el último de sus lienzos: Árboles, un cuadro de pequeño formato y colores más contenidos que en su obra anterior, donde el paisaje se desdibuja hasta rozar la nada. Una nada tan absoluta como la que vendría a continuación. Tenía 65 años. Su muerte truncó una carrera intensa que lo encaminaba hacia la consagración.
A pesar de que los especialistas siguieron teniendo presente su legado, el nombre de Fernando Delapuente (Santander, 1909-Madrid, 1975) terminó por perder sus contornos fuera de los círculos académicos. Tal vez el hecho de que gran parte de su trabajo permaneciera en colecciones privadas tampoco contribuyó a su difusión entre el gran público. De ahí que la retrospectiva que hasta el 31 de enero pudo verse en el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid no resultara una muestra más, sino la culminación de un proceso que trata de devolver su puesto a Delapuente, un vanguardista genial y olvidado. La muestra permitió, en palabras del comisario Andrés Barbé, «redescubrir a un pintor olvidado pero sobresaliente».
Una doble vocación
El padre de Delapuente quería que fuera notario. Aunque se matriculó en Derecho, no tardó en abandonar esa senda. Acabo compaginando las carreras de Ingeniería Industrial y Bellas Artes, su auténtica vocación. La simbiosis entre ambas disciplinas, palpables durante toda su trayectoria —diseñó, por ejemplo, el edificio Central de la Universidad de Navarra—, se convirtió en su seña de identidad.
«Autorretrato (1952), Delapuente
La capacidad de expresar tanto con tan poco, de construir auténtica poesía visual —como demostró en Árboles—, no irrumpió de inmediato. Sus viajes a Italia, en la década de 1940, le impulsaron a abandonar el rumbo academicista para definir el lenguaje que acabaría haciendo propio. En Milán, por ejemplo, se topó con la obra de Van Gogh. El uso matérico de la pintura del neerlandés para construir esos cielos dominantes reorientó su producción. También en tierras italianas entró en contacto con Modigliani y De Chirico, que reforzaron la que sería su gran búsqueda: la de la belleza de lo esencial, la de la complejidad de lo sencillo.
Pero, al situarse ante los lienzos de Fernando Delapuente, hay algo imposible de ignorar: su empleo audaz del color. Un color que parece expandirse, que estalla para después inundarlo todo. No tuvo miedo a las tonalidades puras, ni a invertir y jugar con el orden establecido. No en vano se le ha comparado con fauvistas como Derain, Vlaminck o Matisse, cuya libertad cromática se refleja en su propia pintura. En otra de sus travesías —tan recurrentes que le valieron el sobrenombre de «artista viajero»— llegó a conocer sus obras, esta vez en la capital parisina, en una experiencia que reforzó de forma definitiva la apuesta por el color como su principal lenguaje expresivo.
A través de una selección de setenta trabajos del cántabro, la muestra permite construir una imagen de un artista que ante todo fue libre y que entendió el arte como un espacio de diálogo entre tradición y modernidad, donde la sencillez es solo aparente y oculta un profundo simbolismo. A lo largo de cinco décadas, Delapuente experimentó con su estilo haciéndolo mutar desde lo más convencional hacia el colorismo fauvista. Al final de su vida, la búsqueda de la máxima expresión le inclinó a desdibujar los límites entre lo figurado y lo abstracto.
De la gran ciudad a su mar
Aunque Fernando Delapuente nació en Santander en 1909, estuvo muy relacionado con la llamada «escuela madrileña». El fervor de la metrópoli, sus monumentos y sus plazas, quedó reflejado en varios de sus cuadros, lo que ha hecho que lo recuerden como «el pintor de Madrid». Pero el mar cantábrico, su mar, también encontró espacio en sus lienzos y creó piezas como Mar fuerte con gaviota (1975).
Desde sus vistas de los campos castellanos y los parajes marítimos santanderinos hasta las escenas urbanas de las ciudades europeas que habitó —como Venecia, Roma, Lisboa y París—, la pintura de Delapuente parte siempre de panoramas concretos. Sin embargo, sus cuadros son mucho más que postales. Se vuelven experiencias visuales, plasmadas con su tan personal paleta.
De entre esas ciudades, Madrid tuvo un lugar especial en su vida y su obra, y resulta simbólico que haya sido allí donde haya tomado cuerpo esta retrospectiva. Es imposible pasar por alto que, en la capital, un triste noviembre de 1975, Delapuente exhaló su último aliento. Y ahora se ha convertido en la ciudad desde la que se reivindica su legado.
Más allá del paisaje natural y urbano, Delapuente fue también un ávido retratista. Sus estudios del rostro humano, en especial los que realizó durante su etapa madrileña de formación, en la que estuvo acompañado de sus maestros Eduardo Chicharro y Manuel Benedito, evidencian su interés por este género. Por supuesto, entre otros modelos, se pintó a sí mismo. No es casual que dos autorretratos sirvieran de inicio a la exposición, en un interesante recurso que permitía poner cara —y en gran medida comprender— al artista cuya mirada atraviesa toda la muestra: una mirada vanguardista, de color intenso, olvidada.
Delapuente en Navarra
Algunas de las obras presentes en la exposición Fernando Delapuente del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid forman parte de la Colección Universidad de Navarra. El centro académico, heredero universal de Delapuente, posee 36 de sus cuadros. Es el caso de Las grúas de la ría y la pollera colorá (1966), un ejemplo de sus características vistas marítimas, donde todo se construye a partir del color. Lo mismo ocurre con Alborada, pintada el mismo año de su fallecimiento, en la que —como consiguieron antes artistas como Turner— lo paisajístico se disuelve hacia una imagen abstracta.
Una de las piezas más llamativas, por alejarse de los habituales paisajes urbanos del pintor, es Aux Deux Magots (1958), en la que representa el bullicio de una terraza parisina con un grupo que conversa con intensidad. El propio Delapuente describió el lienzo como «el espectáculo cotidiano de esa juventud extravagante de los Teddy Boys, de los existencialistas, de quienes buscan anhelantes algo que el alma les grita y no hallarán».
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