Ante el cambio actual de las dinámicas de política exterior, el historiador militar Michael Neiberg apuesta por un entendimiento cultural profundo entre Europa y Estados Unidos. ¿Qué valores sostienen el orden internacional basado en normas? El profesor de la U.S. Army War College cree que conviene decidirlo antes de que el enemigo concluya que puede prescindir de él o transformarlo por la fuerza.

En 2018, el Ejército de Noruega publicó un anuncio de reclutamiento titulado «¿Qué queremos que pase?». Con los F-35 surcando los fiordos, una narración grave y varonil dice: «¿Por qué Noruega va a adquirir nuevos aviones de combate? 52, para ser exactos. ¿Y nuevos submarinos avanzados y aviones de vigilancia? ¿Qué pretendemos conseguir como nación con todo esto?». Después de una larga pausa, en la que la cámara se desplaza para enfocar a una pareja que contempla el paisaje, se escucha la respuesta: «Nada. Absolutamente nada». 

A Michael Neiberg (Pensilvania, 1969), una de las voces contemporáneas más influyentes en el estudio de la guerra, le maravilla este reclamo. En conversación con Nuestro Tiempo, insiste en que ese espíritu de disuasión debe guiar el modo en que Occidente aborda la geopolítica en el contexto más bélico desde 1940, con más de 110 conflictos activos según el panorama humanitario de 2026 del Comité Internacional de la Cruz Roja.

En medio de una intensa gira europea, el historiador militar del siglo XX y profesor en la U.S. Army War College hizo escala en el campus de Pamplona de la Universidad de Navarra. Su agenda incluía citas de primer nivel, como el Foro de Defensa y Estrategia en París, y una visita a su hija, que estudia Relaciones Internacionales en el Instituto de Empresa (IE) de Madrid. Un gesto que, según Neiberg, ilustra cómo debería tomar forma —más allá de la diplomacia— el diálogo transatlántico: vínculos cotidianos y profundos, «como los que unían a nuestros abuelos con los miles de estadounidenses que sirvieron en Europa en las guerras mundiales». 

Fotografía:Manuel Castells

Como buen historiador, Michael Neiberg detesta la superficialidad. No ha publicado nada sobre la guerra de Irán, y casi nada sobre Ucrania, en sus redes sociales: el formato de 140 caracteres le parece inadecuado para mantener discusiones útiles en un mundo cada vez más complejo. También arremete contra quien presume de conocer Europa tras un viaje vacacional o de negocios: «Aunque Florencia o Roma sean ciudades preciosas, quince días de turismo no es tiempo suficiente para un verdadero entendimiento común». Y extiende la crítica al europeo que, en Estados Unidos, limita su contacto con la realidad a unos segundos con el camarero que le sirve un café en Starbucks.

«EL VERDADERO RETO CONSISTE EN ENCONTRAR VÍAS PARA QUE EL ORDEN INTERNACIONAL BASADO EN NORMAS SE ADAPTE ANTES DE QUE CHINA U OTRO ACTOR CONCLUYA QUE PUEDE PRESCINDIR DE ÉL O TRANSFORMARLO POR LA FUERZA»

Neiberg predica con el ejemplo. El pensilvano ha visitado Europa «docenas, docenas y docenas de veces» en busca de una «inmersión cultural real»: se aleja de circuitos turísticos, conversa con los vecinos y se integra en entornos académicos. A menudo, cuando recala en bases militares en Alemania, también le acompañan sus estudiantes, oficiales de las Fuerzas Armadas de todo el mundo. 

La eficacia de sus esfuerzos se revela en los matices, tan específicos y corrientes, que Neiberg puede reconocer entre la cultura americana y la europea. Son rasgos que escapan de los estereotipos habituales —«capitalismo frente a Estado de bienestar», «innovación frente a regulación», «ambición frente a complacencia»— y que rara vez bastan para una comprensión transatlántica adecuada.

«Acabo de comer con unas personas a las que conocí esta mañana, y hablamos de teología. Mantener conversaciones difíciles con extraños es algo muy europeo, pero a los estadounidenses les resulta muy incómodo». 

Diferencias básicas de relacionarse como la anterior, según Neiberg, condicionan la manera en que se formulan las expectativas y se transmiten los mensajes políticos. De ahí que cuando desde Washington se plantean, por ejemplo, «por qué seguir invirtiendo en una Europa que no hace lo suficiente por su defensa», se deriven discusiones complejas o mensajes inquietantes como el del vicepresidente J. D. Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich el 14 de febrero de 2025. «Los estadounidenses sienten que no deberían recordarle sus compromisos a Europa —ejemplifica el historiador—, sino que los europeos deberían entender qué se necesita y actuar en consecuencia». Esa diferencia de talante provoca también sus roces. «Por eso —asegura desde la perspectiva norteamericana—, el mayor desafío de la Unión Europea es determinar de qué asuntos debe hacerse responsable».

A Michael Neiberg también le preocupa el presente político de Estados Unidos. En concreto, lo que él acuña «el problema del 49/51»: si ganas el 51 por ciento de los votos, obtienes el 100 por ciento del poder ejecutivo, una realidad que, con el tiempo, ha derivado en algo muy similar a la tiranía de la mayoría tocquevilliana. En consecuencia, afirma, «a los estadounidenses les resulta cada vez más difícil reconocer puntos en común básicos dentro del país». Además, continúa, «hace que para los europeos sea complicado entender qué es Estados Unidos», especialmente en un contexto de tantos cambios en su política exterior.

Ambos lados del Atlántico atraviesan crisis identitarias mientras que las reglas del juego de la geopolítica se disuelven. Neiberg no se muestra sorprendido por esta transición. Parte de una premisa sencilla: todo tiene un ciclo de vida y está en proceso de ajuste. «Estamos viendo —señala— a potencias emergentes que desafían el statu quo. El verdadero reto consiste en encontrar vías para que el orden internacional basado en normas se adapte antes de que China u otro actor concluya que puede prescindir de él o transformarlo por la fuerza».

¿Cómo se construye esa resiliencia?

Hay que dar con aquello que trasciende los intereses. Antes, a los aliados los unían los valores, además de los intereses. Durante la Guerra Fría, creo que Estados Unidos y Europa tenían una mejor comprensión común de la libertad y la democracia. Sin embargo, cuando toman el mando los intereses particulares, que son menos estables que los valores, dan lugar a coaliciones más débiles. Será más difícil determinar cómo debería ser un orden internacional basado en normas si no se está de acuerdo en cuáles son los principios que sostienen ese orden

«CUANTO MÁS QUIERES CONTROLAR, MAYOR ES EL COSTE DE HACERLO. CHINA ESTÁ INTENTANDO, DE FORMA MUY INTELIGENTE, OBTENER LOS BENEFICIOS SIN PAGAR ESE PRECIO»

¿Percibe un consenso respecto al papel que la guerra debe jugar en este nuevo marco global?

En la situación actual, cuando se trata de operaciones militares, los países no están vinculados por el orden internacional basado en reglas. Supongo que parte del problema es que los Estados no entran en conflicto entre sí como sucedió durante la Guerra Fría. La invasión rusa de Ucrania, por ejemplo, no afecta necesariamente a los intereses de Estados Unidos. 

Kissinger [consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado durante las presidencias de Nixon y Ford] pensaba que las guerras se prevenían mediante el equilibrio de poder. En nuestro contexto, este planteamiento resulta menos efectivo, ya que es muy improbable que Rusia, Estados Unidos, Europa y China entren en guerra, pero muy probable que participen en conflictos proxy. Es decir, en contiendas en tierra de otros, como el actual enfrentamiento entre Israel e Irán en territorio libanés a través de Hezbolá.

Otra vía es el enfoque normativo impulsado por la ONU, que apuesta por el arbitraje y la mediación antes de que estalle un conflicto. Hasta ahora ha evitado grandes guerras, pero no ha servido para detener las más pequeñas. 

Fotografía:Manuel Castells  

¿Cuándo termina realmente una guerra?

Esta es la pregunta más difícil. Es lo que nos planteamos en mi clase de Pensamiento Estratégico: ¿cómo se crea una situación en la que, con suerte, se pueda recurrir a la fuerza militar sin hacer uso de la violencia física ni del armamento? Y, en caso de guerra, ¿cómo intervenir de forma muy rápida y con la mínima pérdida de vidas humanas? 

Una vez estalla, la guerra adquiere su propia lógica. La estrategia debe contemplar qué es lo que intentas lograr, con qué herramientas cuentas, qué precio estás dispuesto a pagar para conseguir ese objetivo y qué precio está dispuesto a pagar el enemigo para ganar. Pero saber cuál es la voluntad del enemigo es muy complicado. Está claro que Rusia subestimó enormemente a Ucrania. Si te equivocas en eso, nada de lo que hagas tendrá sentido. 

¿Puede entonces un conflicto perpetuarse? ¿Qué opina sobre Oriente Medio?

Cuando desapareció el Imperio Otomano, se abrió un debate sobre cómo organizar Oriente Medio. ¿Debería recrearse un califato? ¿Deberían ser Estados-nación según el modelo occidental? Creo que seguimos inmersos en un proceso histórico muy violento para responder a esa pregunta. Desde 1918, la zona no ha conocido muchos periodos de paz. Hay tantas visiones contrapuestas que va a ser muy muy difícil resolver este conflicto. 

«NECESITAMOS QUE NUESTROS HIJOS Y NIETOS PIENSEN EN LA DISUASIÓN Y NO EN LA GUERRA»

Estados Unidos interviene cada vez más en conflictos que no le son propios, ¿cómo ha evolucionado la neutralidad del país desde la Primera Guerra Mundial hasta el enfoque geopolítico actual? 

El concepto de neutralidad en la guerra puede tener diferentes significados. Por ejemplo, «No he tenido ningún efecto para ninguna de las partes» o «Estoy teniendo el mismo efecto para ambas partes». En 1914, el presidente Wilson manejó una definición diferente: las empresas estadounidenses eran libres de hacer lo que quisieran siempre y cuando no estuvieran directamente involucradas en la muerte de nadie en Europa. Es decir: podían vender armas, pero estas no podían dispararse.

Para hablar de Estados Unidos hoy, se usa el concepto «perímetro de seguridad». Antes de la Primera Guerra Mundial, el país buscaba defender sus dos fronteras —Canadá y México—. Después se empezó a ampliar esa noción de lo que necesitamos controlar, tanto por motivos políticos como tecnológicos. Hasta tal punto que ahora lugares como Groenlandia afectan potencialmente a la esfera de intereses de todo el mundo y se convierten en posibles focos de conflicto internacional. 

«HABLAMOS DE LO QUE HACEMOS POR EUROPA COMO SI FUERA UN REGALO, CUANDO, EN REALIDAD, UNA EUROPA ESTABLE, LIBRE Y PRÓSPERA REDUNDA CLARAMENTE EN BENEFICIO DE ESTADOS UNIDOS»

¿Y cuál es la estrategia de posicionamiento de sus rivales? 

También Rusia, bajo el mandato de Putin, ha ensanchado lo que necesita dominar. Es una propuesta cara. Por eso China no quiere caer en la trampa. Está atenta a lo que ocurre en Oriente Medio, pero sin enviar efectivos. Porque creo que han visto cómo se ha desarrollado esta situación para otras grandes potencias: cuanto más quieres controlar, mayor es el coste de hacerlo. China está intentando, de forma muy inteligente, obtener los beneficios sin pagar ese precio.

¿Cuál debería ser la estrategia de la OTAN ante estas actitudes?

Uno de los modelos de los que he oído hablar consiste en que por cada dos batallones de infantería que creen los europeos, Estados Unidos retire uno [estrategia que Washington parece haber comenzado ya: en mayo de 2026, anunció la retirada de 5000 efectivos de suelo alemán]. Así, la huella estadounidense se reduciría ligeramente, pero la seguridad en Europa sería el doble de buena. Su puesta en marcha implicaría preguntas nuevas: ¿podría recaer en un polaco, un alemán o un español el puesto de comandante supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa, que siempre ha ejercido un estadounidense? Quizá eso es lo que tiene que pasar para enviar la señal de que la defensa europea es principalmente responsabilidad de Europa.

Por supuesto, habrá que replantearse cómo funciona la OTAN. Me gustaría que se redujera la presencia estadounidense de forma prudente, sin poner en riesgo la seguridad ni los intereses de Europa o de Estados Unidos en Europa. Sé que personas muy inteligentes están tratando de resolver este problema, como el jefe del Ejército estadounidense en Europa, el general Donahue.


«EL DINERO QUE ESTAMOS GASTANDO EN DEFENSA, SIN DUDA, SALE MÁS BARATO QUE TENER QUE LIBRAR UNA TERCERA GUERRA MUNDIAL»

Como padre, ¿qué considera importante transmitir a las próximas generaciones acerca de la guerra?, ¿cómo abordar en casa las noticias que apuntan a una nueva normalidad marcada por el conflicto?

Ya no basta con decir que hemos llegado al fin de la historia [la idea, formulada por Francis Fukuyama, de que la democracia liberal y el libre mercado surgidos tras la Guerra Fría constituían el destino final de la evolución política e ideológica de la humanidad]. Por desgracia, el mundo no funciona así. Necesitamos que nuestros hijos y nietos piensen en la disuasión y no en la guerra. Lo que la OTAN siempre ha intentado hacer no es librar una guerra contra Rusia, sino transmitir el mensaje de que somos lo suficientemente capaces como para que, si nos atacan, les hagamos pagar un precio más alto del que estarían dispuestos. 


La OTAN no se creó para invadir Rusia. Esa es una idea estúpida. Está diseñada para proteger a Estonia, Letonia, Finlandia y también a Rumanía [pequeñas democracias europeas fronterizas con el gigante ruso]; está diseñada para proteger a Europa mediante la disuasión. Si tiene que librar una guerra, lo hará, porque parte de la estrategia disuasoria consiste en demostrar credibilidad. Pero la idea fundamental es que la OTAN está ahí como un escudo para proteger a Europa, de modo que las familias europeas y estadounidenses podamos criar a nuestros hijos, ganarnos la vida y, con suerte, hacer de nuestras comunidades lugares mejores. 

Tenemos libertad de prensa, libertad religiosa, la posibilidad de viajar y de trabajar, todas esas cosas que tanto valoramos. Desde que Putin invadió Ucrania, quedó claro que no se pueden dar por sentadas: son derechos que hay que defender. No existen por casualidad. Entiendo que Estados Unidos desempeñará un papel menor que el actual, pero espero que nunca vea a Europa como algo que no le interesa. 


Aquí es donde creo que el mensaje en Estados Unidos podría comunicarse mejor. Hablamos de lo que hacemos por Europa como si fuera un regalo, cuando, en realidad, una Europa estable, libre y próspera redunda claramente en beneficio de Estados Unidos. Y el dinero que estamos gastando en defensa, sin duda, sale más barato que tener que librar una tercera guerra mundial.

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