Teatro musical Nº 725 Escena

«Wicked»: antes del tornado

Dorothy sigue en Kansas, y dos brujas y el Mago forjan los secretos mejor guardados de Oz. Uno de los musicales más longevos de Broadway aterriza en Madrid para revelarlos.

6 de mayo de 2026 4 minutos

Maria Domingo

Fotografía: Javier Naval
«Defying gravity» es una de las canciones más célebres de la historia del teatro musical contemporáneo

«¡Por fin murió! ¡La bruja por fin murió!».

Se abre el telón y los ciudadanos de Oz celebran que la Malvada Bruja del Este no volverá. De entre los focos del proscenio desciende un trono dorado. Sobre él, la Bruja Buena del Sur canta para su pueblo: «¡Regocifijicaos, ha triunfado el bien!».

Un inicio así, además de presentar el simpático dialecto oziano, asienta una dicotomía ética y estética «irreconciliable» entre el bien y el mal. La bondad viste de rosa, porta una corona de diamantes y una varita de cristal. Es rubia, popular, y se hace llamar Glinda —con énfasis en linda—. La maldad, en cambio, se encarna en Elphaba, la imagen platónica de una bruja: uñas largas y risa histriónica. Capa negra, sombrero puntiagudo, escoba y, sobre todo, la piel verde.

Ellas protagonizan Wickedmalvada en inglés—, una obra de teatro musical que descubre qué ocurrió antes de que el tornado arrastrara a Dorothy hasta ese bizarro camino de baldosas amarillas. Ambas hechiceras coinciden en la Universidad de Shiz, donde surge una amistad que tarda en florecer. En «¿Qué estoy sintiendo?» la una por la otra confiesan sentir… «asco».

Su historia sucede en Oz, pero no aparece en el libro original, El maravilloso mago de Oz (1900), un clásico de la literatura infantil estadounidense. El éxito fue inmediato y su autor, Lyman Frank Baum, escribió trece secuelas. Todavía hoy decenas de fanáticos continúan inventando sus propias versiones.

Un visionario

Dos años después de publicar El maravilloso mago de Oz, Lyman Frank Baum llevó la historia a los escenarios de Chicago con una extravaganza musical. En 1903 llegó a Broadway —que empezaba a consolidarse como capital global del espectáculo— y permaneció ocho años en cartelera.

Fotografía: George Steckel. Wikimedia Commons

Uno de los enamorados de su fantasía fue Gregory Maguire, que en 1995 publicó Wicked: Memorias de una bruja mala, un fan fiction que explora la vida de la Malvada Bruja del Este y la bautiza por fin: Elphaba (nombre, por cierto, que honra al primer autor con sus iniciales: L. F. B.). La obra de Maguire, con un trasfondo más sombrío y maduro, critica la manipulación del Mago, el único político, los daños de los prejuicios (en este caso, hacia Elphaba por ser verde) y la falta de libertad de expresión, ejemplificada en el veto de los animales de hablar como humanos. Aunque su inspiración se basa en un título para niños, la biografía narrativa de la bruja no está, en absoluto, pensada para el público infantil. Ni por su lenguaje, a veces soez, ni por su contenido erótico y violento.

Para recuperar el candor y apelar a un público más extenso, la dramaturga Winnie Holzman y el compositor Stephen Schwartz convirtieron la trama de Elphaba en musical. Estrenado en 2003 en Broadway, el espectáculo se alza como el tercero más longevo y aún en la cartelera de la meca de las artes escénicas. Tras dos décadas de triunfo, el 3 de octubre de 2025 llegó al Nuevo Teatro Alcalá (Madrid) de la mano de ATG Entertainment con la dirección de David Serrano y la emocionantificante puesta en escena de Cristina Llorente, que dota a Glinda de un lírico cristalino, y Cristina Picos como Elphaba, con una interpretación asombrosa y un rango vocal amplísimo.

Vuelta al origen

En la ficción, el Mago de Oz es en realidad un animatrónico gigante controlado por O. Z. Diggs, un ventrílocuo y aeronauta de Omaha que llegó a Ciudad Esmeralda en globo. En la adaptación madrileña, el robot se asemeja al diseño de 1900 en la primera edición en papel, ilustrada por William Wallace Denslow a pluma y tinta sobre láminas en color.

Fotografía: Wikimedia Commons  

Su debut en la capital ha coincidido en el tiempo de entreacto del formato cinematográfico —Wicked (2024) y Wicked: Parte II (2025)— que dirige Jonathan M. Chu y protagonizan Ariana Grande y Cynthia Erivo. Las estrellas de Hollywood han rematado la potente estrategia de marketing, parecida a la de Barbie (2023) al pintar las calles de sus colores. «El rosa —como dice la bruja buena al galindificar a Elphaba con accesorios florales— combina muy bien con el verde».

Se complementan precisamente porque ocupan los extremos del círculo cromático, una dualidad que ya vestían las brujas en la primera adaptación al cine de El Mago de Oz (1939), firmada por Victor Fleming. Con el sepia de la época presenta el árido paisaje que rodeaba la granja donde la icónica Judy Garland canta «Somewhere Over the Rainbow» —Óscar a la mejor canción original— e invoca su viaje hasta Oz, un mundo de tonos saturados y vibrantes que alardeaba del entonces novedoso Technicolor. De ahí que los zapatos de Dorothy no sean plateados, como planteó Baum, sino rubí.

Este detalle ultima la paleta temática del cosmos oziano: amistad, lucha contra la tiranía, romance... Más de un siglo después, su mensaje perdura tan universal como actual. La historia de Oz es un arcoíris que aparece después de la tormenta (y el tornado). Sus habitantes cantan que la bruja por fin ha muerto, pero en Madrid está más viva que nunca.

De Broadway a Alcalá

Dado el éxito rotundo de Wicked en Broadway y Londres, sorprende que haya tardado tanto en aterrizar en Madrid. David Serrano, el director, explica en una entrevista en Open Play (RTVE) que los derechos son «muy golosos» y que para conseguirlos, ATG ha competido contra otras grandes productoras nacionales. El cierre del convenio también se ralentizó al solicitar permiso para una «no réplica», una versión no exacta a la original, que enriquecería el espectáculo, por ejemplo, con las coreografías de Iker Karrera y el diseño de vestuario de Antonio Belart —del que destaca la escandaliciosa bata de Glinda durante «Popular»—.

La escenografía, firmada por Ricardo Sánchez Cuerda, refleja otra particularidad del mercado español: las instalaciones no están concebidas para albergar una misma producción durante muchos años. En este caso, el obstáculo se resuelve con mucho ingenio, aunque los más devotos echarán de menos el dragón humeante y los engranajes gigantescos del montaje neoyorquino.

Nuestro Tiempo es la revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, una universidad investigadora sin ánimo de lucro.

Por eso no pedimos a nuestros lectores que se suscriban a un producto, sino que donen a un proyecto de los que desarrolla la Universidad de Navarra: desde la investigación del cáncer a becas para alumnos de bajos recursos, pasando por un nuevo Museo de Ciencias.

Haz una donación

Tienda

Artículos relacionados


Newsletter