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Física de la tristeza

Coleccionar el olvido

5 de mayo de 2026 2 minutos


Gueorgui Gospodínov
Impedimenta, 2026
304 páginas
24,95 euros

Gospodínov escribe en primera persona para asegurarse de que sigue vivo. En tercera para constatar que no es una mera proyección de sí mismo. En Física de la tristeza, ambas voces se yuxtaponen con una asombrosa, pasmosa ambigüedad. «Yo somos», ruge al inicio. El narrador lo pide así: sufre una patología («síndrome empático-somático radical») que le arroja a nadar en las memorias ajenas. ¿Castigo o poder? Asir la naturaleza de esa condición monopoliza sus esfuerzos. 

«¿Siguen vivos aquellos que fuimos?», se pregunta. La voz de Física de la tristeza fue (es) un búlgaro de 1913, una mosca de fruta, un joven de 1968, un embrión de siete meses, un semihuérfano de 1944. Y también un rosal silvestre, una nube de junio, un cerezo prematuro, un caracol. Si, como dice el libro, «la vida puede contarse como un catálogo de mudanzas», Gospodínov rechaza «ofrecer una narración lineal porque tampoco lo son los laberintos ni las historias». Decir que Física de la tristeza es una novela es decir demasiado. En ella abundan erupciones ensayísticas, crónicas locales, cuentos sin terminar, fragmentos diarísticos e, incluso, hexámetros. Conceptualizar equivale a momificar. Y el pasado se distingue del presente en un detalle importante: nunca fluye en una dirección. 

Cuando el narrador envejece pierde la capacidad de transportarse a los recuerdos de otros. Tiembla. Vuelve a su pueblo. Vuelve al sótano donde transcurrió su infancia. Vuelve para rodearse de papeles y escritos. «Quiero recuperar un trozo de pasado, un litro del tiempo que fluyó aquí, en el marco de una vida humana insultantemente corta», se propone. Luego radicalizará su empresa: «Solo lo fugaz y lo efímero merecen ser narrados». Aquella es la ars poetica que impulsó (con mayor arquitectura) a Las tempestálidas y (con mayor madurez) a El jardinero y la muerte. La reedición de Física de la tristeza, libro de juventud, desvela el sustrato de esta mente en permanente ebullición, inquieta y maravillada.

En sus páginas desfilan Sócrates, Ovidio, Eliot, Borges, el Nuevo Realismo francés, pero también pintores olvidados, poetas olvidados, «almas abandonadas». También algunas obsesiones: cazar el otoño en múltiples ciudades europeas, comprar relatos callejeros, capturar las motas de polvo en los cines municipales. O reivindicar al Minotauro frente a los mitos que lo tachan de monstruo, porque «hay en él una tristeza que no posee ningún animal». O llevar, desde los once años de edad, un cuaderno para constatar las señales de la vejez y de la muerte. O investigar, a fondo, «la física de la tristeza» y descubrir su esencial estado gaseoso: levita, migra, «adopta la forma y el volumen del recipiente que habita». Ese recipiente somos nosotros. Livianos, trascendentales. Perecederos. 


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