Inmensidades de la soleá


«Y te espero mañana donde siempre». Desde el punto de vista de la comunicación, comprender una frase no consiste simplemente en recuperar significados, sino también en identificar referentes. No basta con entender las palabras: hay que saber a qué objetos, hechos, personas o situaciones señalan. «Y te espero mañana donde siempre» —frase que, encima, es un endecasílabo— lo certifica.
Se enmarañan las preguntas. Por haber ahorrado palabras. Y vienen los beneficios. Hasta el beneficio de la duda. El que aprovecha alguien contra quien parece que hay —o se deducen— ciertos indicios de culpabilidad. Preguntas. ¿Quién es el yo que promete esperar? ¿A quién va dirigido el mensaje? ¿Cuándo es mañana? ¿Dónde es donde siempre?
Todos los elementos que faltan dependen directamente de la situación comunicativa. Si me he encontrado el papel en la calle, parece sensato deducir que no va dirigido a mí. Pero, si lo he descubierto sobre la mesa de mi despacho, tendría que empezar a pensar quién me lo envía.
Si he estado ausente —pongamos— una semana, se me hará difícil saber el día exacto de la cita. Aunque, si he salido de mi despacho hace diez minutos y al regresar compruebo que han deslizado ese mensaje por debajo de la puerta, quizá debería creer que nos veremos al día siguiente.
Y así con los demás elementos que configuran un verdadero acto comunicativo. Más que leer, interpretamos.
Por cierto: no hemos entrado en la cuestión de cómo es ese papel. Ni cómo está escrito. ¿A mano? ¿Reconozco, entonces, la letra? ¿Mecanografiado? ¿Es un pósit? Usa, qué se yo…, ¿tinta verde? ¿Lápiz? Y no digamos si estuviera pegado con desiguales mayúsculas recortadas de titulares de diarios, como un anónimo peliculero y poco rectilíneo.
Este ejemplo, tomado de la perspicaz M.ª Victoria Escandell, catedrática de Lingüística General en la Universidad Complutense de Madrid, sirve para darse cuenta de cuánto hay que ir llenando en la vida. Con vida. Y, sobre todo, leyendo. Una de las destrezas retóricas —descarto el término tácticas— es la elipsis. En un microrrelato suelen concatenarse las elipsis, las alusiones. «El dinosaurio», por ejemplo. Quien lee rellena los huecos, lo que falta.
También suele ocurrir en una copla y a la vez un palo flamenco de aire melancólico y un baile: la soledad… Mejor dicho: la soleá. Ahí va esta: «Le quise cambiar y no quiso / un pañuelo de lunares / por otro de fondo liso».
En métrica, la soleá es una estrofa herencia de la lírica popular andaluza, compuesta por tres octosílabos: el primero y el último riman asonantemente. Una variante admite cuatro versos.
¿A quién no le suena el consejo «Despacito y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas» de don Antonio Machado en uno de sus «Proverbios y cantares», en tiempos de enseñar a mimar la caligrafía. El cómo puede estar por encima del cuánto e incluso, a veces, del qué. Y su meditabundo «El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve».
Su hermano mayor, Manuel, compuso otras: «¡Quién lo había de pensar, / que por aquel caminito / se llegaba a este lugar!». «Tengo un querer y una pena. / La pena quiere que viva; / el querer quiere que muera».
De mi amigo Santi Elso, poeta, aprendí esta otra soleá del sevillano Aquilino Luque (1931- 2021), este «Abrazo»: «Reloj de arena tu cuerpo. / Te estrecharé la cintura / para que no pase el tiempo». Que marca una relación íntima, corporal y amenazada por el tiempo. Y «la sucesión de los días» no es abstracta sino carnal. Y por eso —el cuerpo, medida del tiempo— quizá lo haga un admirable amor maduro, no solo adolescente o muy joven.
Gracias al poeta sevillano y catedrático Carmelo Guillén Acosta descubrí las soleares de Ángel Vela Nieto, corazón trianero. Aquí van unas cuantas. «“Que yo siempre te querré” / me juraste tú aquel día / con la boquita al revés».
«Hasta cosiendo un botón / en las manos de las madres / guarda las caricias Dios».
«Siempre la tengo a mi vera, / a mí me gusta mi sombra / aunque no me conociera».
«Qué amarga la soleá / pero qué dulce escucharla / a quien la sabe cantá».
«Yo me pierdo por las calles, / voy preguntando por ti, / por mí no pregunta nadie».
Y cierro con esta otra copla que subraya eso que saben los poetas desde siempre: que el amor vence todo. «Cuando yo me muera / te pido un encargo; / que con las trenzas de tu pelo negro / me amarren las manos». «Tú me ates las manos», pensaba yo que era. Donde siempre. Donde Bécquer.
«Le quise cambiar y no quiso / un pañuelo de lunares / por otro de fondo liso». Esta copla popular lleva dentro mucho. Su fuerza está en lo que no dice. Lo ligero de la historia —alguien se niega a cambiar una prenda— marca el contorno de una emoción aguda. Suena a relación afectiva. Ni se explica por qué se quiso cambiar ni por qué no se quiso: y ahí se prende la tensión. El conflicto. Quién será ese yo, quién la otra persona, la que conserva el primer pañuelo. Amante, pretendiente, esposo, madre...
El de lunares, el de topos, ¿mejor que uno liso? ¿Más alegre, más audaz? ¿Demasiado sobrio? ¿Cuál se ciñe a las costumbres o al folclore? ¿Más que la tela ese cambiar sugiere alterar una manera de estar y ser en el mundo? Resistirse al cambio también puede indicar que alguien defiende cómo es. Sin imposiciones. ¿O a la voz de la copla le aturde esa negativa, que duele tanto ahí?
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