En esta segunda parte del análisis de la novela española en el siglo XXI, Adolfo Torrecilla aborda los cambios en la industria editorial, el auge de los best sellers y la inflación libresca, y reflexiona sobre cómo todos estos factores impactan en los lectores.

En la primera parte de este artículo expliqué que la novela del primer cuarto del siglo XXI se caracteriza por su variedad de voces, enfoques y formas, con una notable libertad estilística y temática. Sin embargo, esa libertad convive con la influencia del mercado editorial, que condiciona en buena medida qué autores y obras alcanzan mayor visibilidad.

Para mí, uno de los cambios fundamentales que se han dado en estos años, si los comparamos con décadas anteriores, tiene que ver con el mundo editorial. Siempre ha sido importante su papel de dinamizador y catalizador de nuevas tendencias y autores. Aunque en la crítica literaria y en la historia de la literatura quedaba en un segundo plano, nadie dudaba de la importancia del trabajo de las editoriales.

Como otras tantas industrias, durante la segunda mitad del siglo XX, sufrió profundos cambios que alteraron su composición y hasta su finalidad. Es la época de las grandes concentraciones empresariales y de la aparición de poderosos grupos de comunicación no solo dedicados al mundo editorial, que fortalecieron su presencia en todo el mundo con la adquisición de importantes empresas y editoriales que afectaron al mapa editorial español.

Esta tendencia se ha mantenido en los años que llevamos del siglo XXI. En la actualidad, los grupos editoriales más importantes en España son Penguin Random House y el grupo Planeta. A Penguin Random House —que surgió tras la fusión de la multinacional alemana Bertelsmann y el grupo británico Pearson— pertenecen, sin pretender ser exhaustivos, editoriales tan consolidadas como Lumen, Plaza & Janés, Mondadori, Debate, Random House y las adquisiciones más o menos recientes de algunas casas del Grupo Santillana (Alfaguara, Taurus, entre otras), Ediciones B y Salamandra.

El grupo Planeta, además de contar con otras líneas de negocio relacionadas con la comunicación y la enseñanza, posee, entre otras, las editoriales Planeta, Destino, Tusquets, Espasa, Seix Barral, Martínez Roca, Temas de Hoy, Crítica o Ariel.

Estos dos grupos representan el 5% del total de empresas editoras que hay en España, pero publican más del 80% de los libros que salen al mercado. Otro gran emporio, a distancia de estos dos, es el Grupo Anaya. Luego, con diferentes tamaños y facturación, compiten editoriales literarias muy asentadas en nuestro mercado, como Anagrama, Acantilado, Siruela, Galaxia Gutenberg, La Esfera, Libros del Asteroide, Nórdica, Sexto Piso, Edhasa, Pre-Textos, Minúscula, Periférica, Kailás, Sílex, Menoscuarto, Almuzara, Xordica, Contraseña o Edaf.

El siglo XXI no ha hecho sino reforzar esta tendencia de concentración editorial. Las multinacionales de la edición tienen un importantísimo peso, determinando y condicionando con sus líneas editoriales y los libros que editan lo que hay que escribir y leer. Es verdad que la actividad editorial española es dinámica y emprendedora (continuamente están apareciendo nuevas editoriales, y también muriendo) y han surgido en las últimas décadas pequeñas empresas editoras que, apostando por un lector más literario que comercial, han conseguido hacerse un hueco. Es el caso de Impedimenta, Capitán Swing, Trotalibros, Errata Naturae, Hoja de Lata, Fórcola, Gallo Nero, Automática, Ediciones del 98, Ático de los Libros, Armaenia o Subsuelo, ninguna de las cuales ha cumplido todavía los veinte años.

A pesar de ser un dato muy positivo, su presencia sigue siendo minoritaria. En muchas ocasiones, recogen las migajas de lo que rechazan las grandes y tienen, además, escasa visibilidad en lo que se refiere a la atención que les presta la crítica literaria (como sucede, salvo contadísimas excepciones, con la edición digital). Tampoco pueden competir con las grandes editoriales a la hora de fichar o mantener en sus filas a algunos autores, y su presencia en las librerías y grandes superficies es escasa, lo mismo que el interés que sus novedades despiertan en los medios de comunicación especializados, donde los grandes grupos, y sus poderosos departamentos de marketing, imponen —por simplificar un poco (o no tanto)— sus criterios, autores y tendencias. Con todo, estos editores independientes, que se consideran herederos de los grandes editores del siglo XX, quienes hicieron tanto por difundir buena literatura (como Jorge Herralde, Beatriz de Moura, Silvia Querini, Esther Tusquets, José Janés, Carlos Barral, Enrique Murillo y otros), están aportando renovación y aire fresco al panorama editorial español.

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VOLCADOS AL ENTRETENIMIENTO

A la hora de hacer un balance de estas décadas, cuesta deslindar lo literario de lo comercial y empresarial. Este es, en mi opinión, un rasgo determinante de la literatura actual: lo comercial está absolutamente entremezclado con lo literario, de tal manera que para las editoriales —para las grandes editoriales—, lo mejor y más valioso es lo que más vende, asumiendo que el número de ventas es sinónimo de calidad.

Y esta visión ha acabado por salpicar a la crítica literaria, más atenta a estos libros que a otros que tienen una presencia colateral en el mercado. Es verdad que estoy haciendo una radiografía gruesa, pues, a pesar de todo, hay medios, revistas, iniciativas, programas y estudios que esquivan esta todopoderosa influencia y saben cribar el grano de la paja.

Sin embargo, lo que predomina es la atención que se presta, por ejemplo, a las novedades editoriales de los grandes grupos y a los premios literarios más mediáticos, donde los autores que más venden y los más comerciales tienen un protagonismo dominante.

La conclusión de esta situación es evidente. Si para ser un autor que venda hay que abordar determinados temas y escribir de tal manera, las editoriales, y los agentes literarios —pieza clave hoy día del mundo editorial— van a fomentar a aquellos autores que pasen por el aro. Según el último Barómetro 2025 sobre Hábitos de lectura y compra de libros, elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España, el 80% de los lectores leen por entretenimiento, cifra que se repite en los últimos informes.

Si esto es así, las editoriales deben alimentar esta tendencia para seguir vendiendo cuantos más libros mejor. Por eso, entre otras razones, proliferan en el mercado muchísimas novelas policíacas e históricas, géneros que tradicionalmente han explotado más la idea del placer de leer y del entretenimiento. Los autores que no vayan en esta dirección van a seguir teniendo posibilidades de que sus libros se publiquen, es cierto, pues el mercado editorial es extenso y variado, pero sin lugar a dudas no lo van a tener tan fácil como aquellos que se plieguen a estos objetivos.

LA INFLUENCIA DE LOS ÉXITOS INTERNACIONALES

Otro ingrediente a tener en cuenta a la hora de valorar la situación de la novela española es el contexto de la literatura internacional o, mejor dicho, la numerosa traducción de autores extranjeros en el mercado español (entre un 20% y un 25%), fenómeno que no se da en otros país (por ejemplo, en Estados Unidos y Gran Bretaña son más endogámicos, donde la traducción no pasa del 5%) y que, en este caso, enriquece, y mucho, el sector editorial.

Es normal que en España se publiquen títulos selectos de la literatura inglesa, norteamericana, italiana, francesa, alemana, portuguesa... Son habituales las traducciones de lo mejor de la literatura nórdica y centroeuropea, con editoriales que están realizando una gran labor cultural (como, por ejemplo, la editorial Acantilado). También —y es un fenómeno reciente, pues antes las traducciones eran más escasas— las obras chinas, japonesas y de Corea del Sur (con esa moda reciente, que coloca muchos títulos en las librerías, de la llamada healing fiction, la literatura sanadora). Y lo mismo podemos decir de la presencia de textos de África, de Oriente Medio y del mundo árabe en general.

En la crítica, estos libros merecen una importante atención y, si destacan y venden, su influencia provoca que la literatura española imite y asimile sus temas y tratamientos literarios. No se puede dejar a un lado a la hora de analizar la novela española de este siglo. También aquí la nómina de prestigiosos traductores es amplia y de gran calidad. Tendría que destacar muchos de ellos, con una trayectoria cuajada y muy profesional en la que se combinan los clásicos con lo mejor de la literatura contemporánea. Gracias a sus traducciones, hemos tenido acceso a la literatura que en estas últimas décadas estaba marcando el paso. Sabiendo que me dejo muchos buenos traductores en el tintero, destaco a Mario Armiño, Miguel Sáenz, Basilio Losada (+2022), Miguel Martínez-Lage (+2011), Juan José del Solar (+2014), Adan Kovacsics, Isabel García Adánez, Jaime Zulaika, Miguel Temprano, Mario Merlino (+2009), Enrique Murillo, Javier Calvo, Mariano Antolín Rato (+2025), José Aníbal Campos, Jorge Seca, Selma Ancira, Víctor Gallego, Joaquín Fernández-Valdés, Marta Rebón, Marian Ochoa de Eribe, Mercedes Corral, Carlos Gumpert, Celia Filipetto, Concha Cardeñosa, Carlos Fortea, Damià Alou, Benito Gómez Ibáñez, Ramón Buenaventura, Marcelo Covián, Belén Santana, José María Micó o José Gabriel Rodríguez Pazos.

LA OBSESIÓN POR EL BEST SELLER

Si el marketing manda, el best seller, muchas veces un subproducto del marketing, es el género más ligado a la literatura de masas y a la cultura del pelotazo comercial. Unos se escriben a propósito, conjugando unos premeditados ingredientes por si suena la flauta; y otros son libros ya escritos que encajan en lo que determinados editores, con experiencia en el mercado, piensan que es lo que mayoritariamente se va a leer. Salvo excepciones, los best seller son efímeros y de temporada, es decir, se venden mucho en unos meses y luego casi desaparecen por completo. Otro fenómeno distinto es el de los long seller, libros que se siguen vendiendo, y bien, durante muchos años. Estos no abundan.

Como ha diseccionado en un ensayo de 2009 David Viñas, el best seller huye de los experimentalismos y del exceso de exigencia para el lector, al tiempo que reivindica «la novela de siempre» con planteamiento, nudo y desenlace. Es un tipo de literatura concebida para un gran público que busca en la lectura buenas historias para pasar el rato, muchas veces —aunque no siempre es así— sin otro tipo de pretensiones culturales.

De todas maneras, en el análisis de este fenómeno, las cosas no son tan sencillas, pues en el mercado abundan inesperadas sorpresas literarias que se escapan a criterios rígidos sobre lo que funciona o no. En España, en 2026, lo vemos claro con dos libros muy vendidos que no están escritos desde esta perspectiva comercial y han conseguido el masivo beneplácito de los lectores: Comerás flores, de Lucía Solla Sobral, y La península de las casas vacías de David Uclés. Como escribe Viñas, el best seller es un «fenómeno enigmático», sin reglas «cuya aplicación garantice el éxito de ventas», «no hay ninguna pauta temática ni formal que permita identificar una obra literaria como best seller».

Por su parte, en su ensayo de 2011 Código best seller, Sergio Vila-Sanjuán no presenta una imagen tan negativa de estos libros: señala que siempre han existido, y los ve como una oportunidad para ganar lectores, aunque se podría achacar a esta tesis que a menudo el lector de best seller se queda estancado exclusivamente en este género. Los dos críticos coinciden en que estos libros buscan llegar al mayor número posible de lectores con un estilo muy funcional y eficaz.

El fenómeno best seller se apoya en otra estrategia de la industria cultural que también resulta muy efectiva: las listas de libros más vendidos, que cumplen la función de orientar a aquellos lectores que no son especialistas en literatura y que ven en ellas una imprescindible ayuda. Como sucede con otros fenómenos culturales, la gente se suma a lo más visto y leído para no estar fuera de juego.

David Viñas señala que el efecto de estas listas sigue siendo muy eficiente, y la pelea por figurar en ellas es encarnizada, pues «la lista de libros más vendidos sirve sobre todo para vender más libros de los libros más vendidos». Fijándome solo en 2025, han publicado best seller Dan Brown (El último secreto), John Grisham (La viuda), Ken Follett (El círculo de los días), Isabel Allende (Mi nombre es Emilia del Valle), Joël Dicker (La muy catastrófica visita al zoo), Javier Sierra (El plan maestro), María Dueñas (Por si un día volvemos), Julia Navarro (Cuando ellos se van), Arturo Pérez-Reverte (Misión en París), Luz Gabás (Corazón de oro), María Oruña (El albatros negro)... Y en 2026 se celebran los veinticinco años de la publicación del gran best seller hispánico, La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, con más de 15 millones de libros vendidos en todo el mundo, una novela que representa muy bien esta mezcla de lo literario y lo comercial, y que provoca la duda sobre cuál es el papel de la crítica literaria a la hora de comentar estos libros tan vendidos.

EL CIRCO DE LOS PREMIOS LITERARIOS

En este repaso a los márgenes de la industria editorial, hay que mencionar también el espectáculo comercial de los premios literarios. Los hay oficiales, a mayor gloria de las instituciones que lo conceden, que suele recaer en autores consagrados; y, por simplificar, para no alargarnos, están los comerciales, donde brillan con luz propia algunos premios ya con solera, unos pertenecientes al grupo Planeta, como son el Premio Nadal y el Premio Planeta, y a otros grupos, como el Alfaguara. Pero hay muchos más.

Por su cuantía y repercusión, los premios más destacados son el Premio Aena, entregado por primera vez en 2026, y el Premio Planeta, ambos dotados con un millón de euros. Son los premios literarios mejor remunerados del mundo en cualquier lengua, seguidos de cerca por el Nobel. El Aena, que este año ha servido de carta de presentación, cuenta con un formato distinto al de Planeta, ya que no premia un manuscrito original, sino el mejor libro de entre los ya publicados. El primer ganador ha sido para el libro de relatos El buen mal, de la escritora argentina Samanta Schweblin. La aparición de este premio en el panorama literario español ha dado pie a todo tipo de comentarios, algunos muy negativos, sobre los objetivos del premio y el papel de sus patrocinadores.

El Planeta, por su parte, sigue siendo, como todos los años, fuente de jugosas polémicas. Hay gente que aún piensa, de manera ingenua, que los premios literarios de esta magnitud se convocan para descubrir nuevos autores y novelas, es decir, para premiar lo mejor. Lo cierto es que hace ya muchos años que los galardones más mediáticos, salvo aisladas excepciones, forman parte de la estrategia comercial de estas editoriales. De lo que se trata es de vender y vender y, por eso, la literatura —la calidad literaria— queda en un segundo plano, casi siempre.

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INFLACIÓN LIBRESCA

Sobre el mercado editorial me parecen certeras dos citas muy contemporáneas, una de la escritora Elvira Navarro y otra del editor Constantino Bértolo. Navarro afirma en una entrevista en la revista Jot Down, a propósito de su último libro, La sangre está cayendo al patio: «Salen libros como si fueran hamburguesas y no les da tiempo a que se asienten, a que estén varios meses en la mesa de novedades». La cita pone el dedo en la llaga: son muchas las obras que se publican, demasiadas, muchos miles, y no hay manera de poner orden, ni trazar una jerarquía ante esta avalancha. Muchos buenos libros pasan sin pena ni gloria porque nadie les hace el más mínimo caso. Y auténticos bodrios (no voy a poner ningún título) reciben una esmerada y profusa atención.

Habría mucho que hablar, por tanto, de cómo muchos autores no tienen más remedio que convertirse en vendedores y publicistas —lo que a veces resulta patético—, de la importancia —o no— de las redes sociales y de la pérdida de autoridad de la crítica literaria (en muchos casos, su papel lo tienen ahora influencers y booktubers). Cuesta decirlo, pero la crítica literaria es ahora mismo casi una actividad decorativa en el agitado maremágnum de las promociones editoriales. Y, en muchas ocasiones, lo que las editoriales buscan es que se hable de sus libros más por cuestiones extraliterarias que propiamente literarias, pues estas apenas tienen incidencia en el mercado. Esta degradación del valor de la crítica impide en muchas ocasiones tener una visión imparcial y general del estado de la literatura en estas décadas.

«La ampliación de la oferta provoca que el criterio de calidad esté cada vez más intervenido por el criterio comercial», afirmó el experimentado editor Constantino Bértolo en una entrevista que publicó el diario ABC tras la aparición de su nuevo libro, El arte de rechazar manuscritos (Debate). Y añadía: «El peso de lo económico ha aumentado [se refiere al mundo editorial] y eso ha modificado incluso el concepto de calidad literaria». Las dos citas de Bértolo reflejan acertadamente las luces y las sombras del mundo editorial de nuestro siglo, como bien subrayan estas palabras de Pérez-Reverte: «El que diga que el mercado no le importa miente como un bellaco».

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