Mi último cambio de opinión sucedió hace dos minutos, justo cuando abría este archivo en blanco para escribir. Y me hizo poca gracia. Digámoslo bien: me molestó admitir que estaba yo equivocado. No tanto por el asunto en sí, sino porque lo había defendido con vehemencia delante de dos amigos que, como no consiguen ganarme al golf, disfrutan aplicándome torturas psicológicas crueles en cuanto advierten un punto débil. Me contaban ayer una historia de jabalíes nadando en una riada de las muchas de este febrero. Me reí de ellos y les dije que los cerdos no nadan.
—¿Cómo que no nadan? Claro que nadan. Los de la riada los vi en la tele, pero en otras ocasiones los vi en directo, en la playa.
En general son personas razonables, así que me hicieron dudar un poco:
—¿Será que los jabalíes nadan y los cerdos no?
Nadie consultó el móvil. Como en los viejos tiempos, la discusión quedó en que yo decía que no y ellos que sí. Un final de trincheras y polarización.
Al empezar este artículo me llené de valor y le pregunté a una IA. Por lo visto, los cerdos nadan y bastante bien, consiguen cubrir distancias relativamente largas. Los chimpancés sí que se hunden, añadió sin que yo le preguntara nada. Tal vez también la aplicación se reía de mí.
Consternado, quise saber de dónde podía haber sacado yo esa idea. Me vino a la cabeza una conversación brumosa en la que alguien —no recuerdo quién— nos explicaba —no sé a quiénes— algo sobre la permeabilidad de la piel del cerdo que, en el agua, lo hundía sin remedio. Pensé luego que quizá debería buscar la razón en el Nuevo Testamento. En concreto, en el conocido episodio de Gerasa donde Jesús permite que una legión de demonios, recién expulsados de un pobre hombre, se vayan a unos cerdos, que, a su vez, se despeñan de inmediato al lago de Genesaret y se ahogan. Dos mil cerdos arrojándose en tropel desde un acantilado. La imagen aparecía tan viva en mi imaginación de niño que activaba una risa interminable. Pobres. Igual prefirieron ahogarse antes que llevar un demonio dentro. A pesar de que supieran nadar.
En fin, que me costó aceptar lo de los cerdos. Y era una tontería. Como los comentarios ligeros en una sobremesa dos días antes, aunque más complicados porque introducían la variante ideológica. Dos señoras hablaban de la presidenta de Madrid y una soltó algo feo. La otra contestó que las mujeres de izquierdas no soportan a las de derechas. La primera lo negó con mucho énfasis y añadió:
—Pero alguien que empieza en política llevando las redes sociales del perro de Esperanza Aguirre, ya ves tú...
La otra puso cara de extrañeza y lo miró en su móvil. La IA en cuestión le contestó que era un bulo de origen impreciso y que había alcanzado la condición de leyenda urbana. Su interlocutora no se atrevió contra la IA, pero intentó rehacerse con otro ataque:
—Y Esperanza... que dijo que le gustaba una escritora nueva, una tal Sara Mago.
Alguien contestó que le parecía improbable en ella semejante error chusco. Y volvieron a recurrir al móvil. La misma respuesta: no constaba que hubiera dicho semejante cosa. Otro bulo convertido en leyenda urbana.
Aceptar eso, y por dos veces, cuando encima están en juego connotaciones ideológicas, cuesta. Pero la chica, buena persona y muy inteligente, lo encajó sin protestar, con naturalidad. Quizá porque sabe de sobra no ya que en todas partes hay algo aprovechable, sino que ninguna ideología tiene la razón en todo ni sus seguidores se comportan siempre bien. Por eso, cambiar de idea sobre un asunto o una persona, si se aducen datos nuevos, es una obligación moral. Y lo contrario, lejos de significar deslealtad o incoherencia, transmite mentalidad estancada, cerrazón a cualquier diálogo.
Hay algo peor. Quien siente que —además de a una ideología— traiciona su identidad: todo un modo de pensar y de ser. Y que tendrá que asumir el riesgo de encontrar otro. Un cambio duro, pero muy noble. Para respetarse, hay que respetar la verdad de las cosas. Y si los cerdos no nadan, pues... no nadan.
