Los días juntos

27 de julio de 2026 4 minutos

Paco Sánchez Biografía

Paco Sánchez es columnista — además de en Nuestro Tiempo, publica sus textos en La Voz de Galicia— y profesor titular en la Universidade da Coruña. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra, y en 1987 defendió una tesis sobre Miguel Delibes, de quien acabó siendo amigo. Entre 1989 y 1991 fue director de NT, donde entró «como un paracaidista que salta sobre una tierra que conoce solo por los mapas». Desde 1993 escribe la última página de la revista, el «Vagón-bar», motivo por el que muchos lectores empiezan la revista por el final.


«Cogió una mandarina, se puso a mondarla con un cuchillo y me la dio. “Come”, dijo. Tardó una eternidad, pero hacerme ese servicio la aquietaba de una manera casi milagrosa. Así que cogí la costumbre de pedirle una mandarina, o más, todos los días y, durante esos minutos, era feliz»

Se fue haciendo habitual que algún lector de esta página me dijera que disfrutaba especialmente de las columnas en las que aparecía mi madre. No sé si se trataba de un parecer generalizado, pero tuve la impresión de que se había convertido en un personaje del «Vagón-bar». Por si acaso, debo dar la noticia, también para pedir oraciones: falleció el 31 de marzo. Contaba con la muerte y hablaba de ella con naturalidad. «Algún día tendrá que ser», decía, y la esperaba como quien aguarda la salida del sol o el ocaso. Sin aspavientos.

La demencia senil comenzó a avanzar por su cerebro poco después de cumplir los noventa y aprovechaba cualquier bajón de salud, cualquier indisposición, para consolidar terreno. Ella era consciente y se quejaba de que su cabeza ya no le respondía. «Yo nunca fui así», murmuraba. Intentaba explicarle que no estaba tan mal, porque quienes andan sin cabeza no saben que andan sin cabeza. Sus respuestas rápidas y avispadas seguían partiéndome de risa. Aunque otras dolían. Una tarde, le dije que me parecía que mi hermana estaba enfadada. Le pregunté si sabía por qué. No lo sabía: «Seguro que es por algo que hice mal», contestó, como algo sabido, como si le resultara imposible distinguir o acertar, como si empezara a no importarle.

Descansaba solo cuando dormía. En cuanto se levantaba, apenas paraba quieta. No sabía cómo ponerse cómoda. Iba de habitación en habitación sin encontrar acougo, esa palabra tan bonita del gallego que significa paz, serenidad, quietud, tranquilidad. Descubrí hace muchos años que la mejor manera de calmarla era desasosegarla con algo mío. En las despedidas, que eran tremendas, lloraba con un desconsuelo que entristecía a la creación entera. Cierta vez me equivoqué con la hora de salida del tren y nos presentamos en la estación con casi seis horas de adelanto. Al darse cuenta de que tendríamos que volver a casa, mi padre me metió una bronca escueta pero dura, muy afectado, porque pasaríamos por una segunda despedida: «No ves cómo se pone cuando te vas».

El truco consistía en preocuparla. Aprendí que, si cogía mi pañuelo y le secaba las lágrimas, le reseteaba la cabeza. Dejaba de llorar bruscamente y quería ver cómo había quedado el pañuelo: «¿Tienes otro?».

En los últimos meses, al llegar a su casa, cualquiera que fuese la hora, se ofrecía a hacerme la cena. Cuando contestaba que era temprano, me sugería que robara, entonces, un helado o una pieza de fruta (lo de robar es una historia aparte: le decía «Mamá, te robo un helado» y se enfadaba: «Colle o que queiras, pero non digas que o roubas. Que maneira de falar é esa?», aunque luego empezó a hacerle gracia). En una ocasión cogió una mandarina, se puso a mondarla con un cuchillo y me la dio. «Come», dijo. Tardó una eternidad, pero vi que la mandarina funcionaba como aquellos pañuelos: hacerme ese servicio la aquietaba de una manera casi milagrosa. Así que cogí la costumbre de pedirle una mandarina, o más, todos los días y, durante esos minutos, era feliz, como una niña pequeña jugando a las mamás.

Pero después de esos ratos volvía la inquietud, el deambular por los cuartos probando todos los asientos de la casa. A veces la acompañaba en su peregrinaje. Otras, la esperaba. Y cuando ya no podía más, se sentaba a mi lado y se señalaba el pelo. Le encantaba que la peinase con los dedos, pero le daba vergüenza pedirlo. Así que apuntaba con el índice al pelo. Y se quedaba muy quieta, tranquila, aunque no por mucho tiempo.

Tras recibir la unción de enfermos, como ocurre tantas veces con las personas de fe, tuvo un renacer alegre. Ya hablaba muy poco, pero ese día y la mañana del siguiente se volvió una charlatana, eso sí, casi ininteligible. Tanto sorprendió a mi hermana que me la puso en videollamada y le pidió que me mandara besos, «porque últimamente lo tienes muy castigado», le añadió con una sonrisa. Me daba siempre muchos besos, pero si veía que había participado en alguna decisión que no le gustaba o que la había consentido, me los negaba. «Hoxe non hai bicos».

De modo que, en cuanto llegaba, le preguntaba si había besos y ella asentía o negaba con la cabeza, jugando, porque sabía que le besuquearía toda la cara sin remedio. Y así se nos acabaron los días juntos.


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