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Los figurantes

Migajas

22 de octubre de 2026 4 minutos


Delphine de Vigan
Anagrama, 2026
112 páginas
18,90 euros

La francesa Delphine de Vigan debuta en el teatro con Los figurantes, una pieza breve que desplaza el foco hacia quienes rozan el telón de fondo y se confunden con el decorado. La acción arranca en la sala de espera de un rodaje, donde unos extras matan las horas compartiendo las servidumbres del oficio —los cambios de última hora, los caterings de Coca-Cola caliente y café frío— mientras tratan de adivinar en qué película participan. Los contrataron sin conocer siquiera el título del proyecto. A algunos les importa; a otros, no. Lo único que los une es el deseo de un instante de protagonismo. Como admite Joyce, una de los personajes: «Me gustaría que un día alguien me dijera: tú eres diferente, eres especial». Mendigan algo de relevancia, la que sea. Migajas.

Desde ese punto de partida, De Vigan construye un ingenioso juego de espejos. Los espectadores de la hipotética representación descubren que a su vez ellos son figurantes de otro rodaje, esta vez instalado en un teatro. Por extensión, también nosotros, como lectores y en la vida real, nos convertimos en esos fantasmas. Asistimos a un espectáculo en el que nuestra presencia resulta tan imprescindible como pasiva, condenados a aparecer «de lejos y borrosos» —salvo, claro, que uno sea presidente o supervillano—. Orso, otro de los extras, lo resume con precisión: «Aquí, y en cualquier parte, todos somos figurantes. Figuramos ser lo que no somos».

Bruno, sin embargo, encuentra una manera de reconciliarse (o autoengañarse) con su condición: «Si lo piensas bien, tú ERES el decorado. ¡Del verbo ser! ¡Un decorado humano, vivo, imprescindible! ¡Si el cine se parece a la vida es gracias a nosotros!». Frente a él, Nora, inquieta y flemática, reclama para su grupo los mismos buenos tratos que disfrutan los técnicos o las estrellas del show. De estos últimos actores, por cierto, ni rastro: solo se escuchan sus voces en off. Hoy son ellos los invisibles.

La rebeldía de Nora se estrella pronto contra la lógica del sistema: busca, como todos, un haz de luz sobre sí, pero eso es ser marionetista en un oficio de títeres. Imposible. Como repite uno de los técnicos responsables: «¡Estáis vivos, pero sin voz!». Así, a golpe seco, la obra se empecina en cargar el ambiente de nihilismo hasta que, a siete páginas de terminarla, intenta un giro esperanzador. Para entonces, quizá ya sea demasiado tarde.

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Ese vacío existencial impregna especialmente los tiempos muertos del rodaje. En las esperas afloran confesiones sobre las expectativas incumplidas, reflexiones acerca de cómo aceptar —o incluso amar— la propia intrascendencia. Ante los focos es imposible compartir sus malestares, así que, a borbotones y entre las sombras, surge alguna verdad. «¿Te has dado cuenta de las cosas tan íntimas que uno dice cuando espera?», suelta Cécile. Íntimas pero, sobre todo, literales. Pese a la envoltura metateatral, De Vigan apenas deja espacio para la sugerencia. La obra verbaliza con insistencia aquello que podría confiar a la escena, al silencio o a la complicidad del lector/espectador. El texto no logra superar esa máxima del show, don't tell y patina lejos del encanto y la elegancia de la ambigüedad.

Quizá por eso Los figurantes queda en una lectura ideal para una tarde calurosa de verano, una en la que vivir sin fricciones ni quebraderos de cabeza. La metáfora de reivindicación social queda demasiado expuesta y rehúye un posible coloquio poslectura como los que generan otros títulos suyos, como Las gratitudes (2021). Llegar hasta el final del libro anima, como mucho, a leer alguna reseña como esta y, por la noche, fijarse en los extras de tu serie de rigor. ¿Les servirán café frío a ellos también?


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