Fotografías: Conferencia de Viktor E. Frankl en la Universidad de Navarra en 1967

El hombre —asegura el conocido psiquiatra Viktor Frankl (Cf. NUESTRO TIEMPO, n.° 251, mayo 1975, pág. 133)— es un ser que tiene necesidad de encontrar en su existencia y en cada situación concreta un sentido a perseguir y realizar; un sentido que no se halla en su interior sino fuera de sí. En esta psicología abierta, el sacrificio, la dignidad personal, el fracaso humano y hasta el stress (como tensión entre lo que el hombre es y lo que verdaderamente puede llegar a ser) llegan a tener una explicación lógica. Por el contrario, la neurosis aparece como la pérdida de ese sentido trascendente, y no como resultado de complejos o frustraciones.

El pasado año fui invitado por los alumnos de una universidad americana para dar una conferencia sobre el tema Is the new generation mad? (¿Está loca la nueva generación?). Intenté con todas mis fuerzas evitar este título, pero fue en vano. Debía ir a Athens, a la Universidad estatal de Georgia, pero durante el viaje fui sorprendido por un temporal. En Atlanta se suspendió el vuelo para Athens y tuve que tomar un taxi. Durante el trayecto (de bastantes horas) sostuve una conversación con el taxista —un negro viejo y amable—, a la que quiero referirme.

El taxista me preguntó: «—¿Qué tiene usted que hacer, con este tiempo tan malo, precisamente en Athens?». Le dije: «—Debo dar una conferencia». «—¿Sobre qué?». Yo dije mi tema: «—¿Está loca la nueva generación?». Él se puso a reír y yo le pregunté: «—¿Por qué se ríe? ¿Quiere encargarse de la conferencia mientras yo conduzco su coche?». Me respondió: «—¡Oh, no podría hacerlo!». Y le dije: «—¿Por qué no? Usted conoce a los jóvenes de su país mejor que yo». Me volvió a repetir: «—No podría hacerlo...». Y cuando me puse serio y le pregunté: «—Dígame sinceramente: ¿están locos nuestros jóvenes?», me respondió textualmente: «—Por supuesto: se suicidan, se matan entre sí y se drogan». La tríada de fenómenos de la neurosis colectiva —depresión, agresividad, drogadicción— no pudo ser mencionada con mayor precisión: comencé la conferencia con las palabras del taxista.

De hecho, en California —y sobre todo en California del Sur— tenemos que enfrentarnos con un aumento de suicidios en el ambiente de los universitarios jóvenes, con una creciente adicción a la droga y con una criminalidad en alza. Este es uno de los aspectos patológicos del espíritu de los tiempos (Zeitgeist); y no podemos detenernos en la sintomatología. Como médicos debemos dar un paso adelante, o mejor dicho atrás, remontándonos a la etiología para buscar las causas de la enfermedad; debemos preguntarnos la razón de todo esto. Por ejemplo: ¿Por qué se aprecia este aumento de suicidios? Sobre todos estos problemas existe tal cantidad de material empírico que —lo confieso— me resulta difícil escoger el primer tema. Comenzaré por el resultado de una investigación realizada en la Universidad del Estado de Idaho, de la que me habló en San Diego, hace unos tres meses, uno de mis alumnos.

EL VACÍO EXISTENCIAL

La investigación fue realizada sobre sesenta estudiantes que habían intentado suicidarse. En el ochenta y cinco por ciento de los casos, los entrevistados indicaron como causa que la vida no tenía ningún sentido para ellos. Además, el noventa y tres por ciento de estos estudiantes gozaban de una salud óptima, vivían en situaciones socio-económicas totalmente favorables, podían estar satisfechos de su éxito escolar y no tenían ningún conflicto familiar. Por tanto, el noventa y tres por ciento de aquellos, para los que la vida no tenía sentido, estaban well off, no tenían motivos para lamentarse.

Black y Gregson —dos logoterapeutas de los Estados Unidos— han constatado, desde un punto de vista cuantitativo, el mismo sentimiento de inutilidad y el miedo a quedar «irrealizados» entre muchos sujetos sometidos al Purpose-in-life-test. Analizando un grupo de presidiarios de Nueva Zelanda se obtuvo el valor 86, mientras que en una muestra de la población se verificó el valor 115: los encarcelados padecían, como una experiencia abisal y dolorosa, la «falta de sentido» de su condición. Un ex-alumno mío, Lovis Barber, dirige en California un centro de rehabilitación que utiliza la logoterapia. En base a los datos de su tesis de licenciatura pude elevar en cuatro meses el nivel del Purpose-in-life-test, de 86 a 103, en los delincuentes juveniles. El resultado es el siguiente: la cota media de reincidencia en los Estados Unidos es del cuarenta por ciento. Barber obtiene una reincidencia del diecisiete por ciento.

Veamos ahora lo concerniente a la drogadicción. Una estudiante que se licenció a la vez que yo, Lou Padelford, ha demostrado que no se puede concluir demasiado simplemente, como se afirma de modo continuo, que la causa de la inclinación a la droga se deba buscar en una figura paterna demasiado débil. Lou Padelford ha certificado con una serie de tests que el índice de drogadicción es del 4,25 para los que tienen un sentido normal de competencia, mientras que quien se siente irrealizado e inútil supera el doble, llegando al 8,90. La contraprueba ha sido suministrada por mi antiguo asistente Fraiser, que dirige el Centro de rehabilitación de Norco, en California. En la recuperación de drogadictos en Austria se da el cinco por ciento de éxitos, en la República Federal Alemana el diez por ciento y en los Estados Unidos, alrededor del once por ciento. Tras dos años de observación, Fraiser ha obtenido resultados francamente distintos, recuperando al cuarenta por ciento de sus pacientes. Como se ve, vale la pena detenerse sobre este «sentimiento de inutilidad» y conviene tenerlo a la vista cuando se habla de la patología del Zeitgeist. Pero no será nada fácil, porque estamos apegados a nuestros clichés y tenemos miedo de nuestros tabúes.

El pasado año apareció, en los Estados Unidos, una novela de Nicolas MosleyNatalie, Natalie— en la que se encuentra un pasaje significativo: existe hoy una cuestión que es tabú del mismo modo que lo fue la sexualidad. Hoy nadie se atreve a hablar de la vida concediéndole un cierto significado; hoy es tabú dar un sentido a la vida, ya no se puede decir que tenga un significado.

En cierta ocasión comencé una lección a los alumnos de la Universidad de Oslo con esta observación: «Señoras y Señores, vengo de Viena, de la ciudad de Sigmund Freud, pero no vengo de los tiempos de Sigmund Freud». De hecho, los neurólogos actuales deben preocuparse mucho más de frustraciones existenciales que de frustraciones sexuales. Alfred Adler, en su época, centró sus observaciones en el complejo de inferioridad; ahora, por el contrario, hay que conceder la máxima importancia al sentimiento de inutilidad, que a menudo está emparejado a un sentido de vacío, que yo defino como vacío existencial.

Del material empírico del que hablaba, quisiera mostrar la carta que un estudiante americano me ha escrito a Viena. Dice: «Tengo 22 años, soy licenciado, poseo un automóvil de lujo, gozo de independencia económica y tengo a mi disposición más sexo y prestigio del que me hace falta. Y, sin embargo, me pregunto: ¿qué sentido tiene todo esto?». Esta carta es muy significativa y refleja el estado anímico de muchos.

¿Está agigantándose la neurosis de la humanidad? Parece que sí. Diane Young, una licenciada en logoterapia en la Universidad de California, me dejó hace pocas semanas los resultados de una encuesta que ponía en evidencia el predominio de esa sensación de inutilidad entre los jóvenes. Los valores divergían notablemente de los encontrados entre personas de mediana edad o en ancianos. Se puede por tanto afirmar que la humanidad está volviéndose más neurótica. Debo a Alois Habinger un estudio del cual resulta que la frustración existencial de los aprendices vieneses (el grupo ha permanecido constante) ha subido, en dos años, del 30 al 80 por ciento.

Y los mismos fenómenos que los logoterapeutas observamos y describimos en los países occidentales, se deducen de las publicaciones aparecidas en los estados comunistas. Quisiera recordar al difunto neurólogo Vymetal, que fue director de la Clínica universitaria psiquiátrica de Olmütz. Vymetal se autodefinía como viejo pauloviano: también él, asociándose a otros autores de Checoslovaquia y de la República Democrática Alemana, denunciaba claramente la presencia de la frustración existencial en los países comunistas y pedía la adopción de medidas logoterapéuticas para eliminar el fenómeno. Podría citar, además, a la directora del departamento psicoterapéutico de la Universidad Karl Marx, de Leipzig, que no se limita a confirmar en sus libros los fenómenos ya verificados por nosotros, sino que admite también la necesidad de usar la logoterapia para poder llegar al origen.

En el Tercer Mundo se podría recordar finalmente al profesor Klitzke, el cual ha sido invitado para enseñar en una universidad africana. En su artículo Logotherapy in Tanzania, publicado en el American Journal of Humanistic Psychology, confirma que el «vacío existencial» se está haciendo notar y adquiere proporciones cada vez más inquietantes, al menos en el ambiente de los jóvenes universitarios.

EL PORQUÉ DE LA FRUSTRACIÓN

Si ahora se me preguntase cuáles son las causas del sentimiento de inutilidad y del «vacío existencial», podría responder con una fórmula concisa: a diferencia de lo que ocurre en el animal, el hombre no sabe por instinto lo que debe hacer necesariamente; a diferencia del hombre de las épocas precedentes, el hombre actual no tiene tradiciones que le digan lo que debería hacer. Es más, con frecuencia parece que ni siquiera sabe bien lo que quiere realmente. Como consecuencia, el hombre está cada vez más inclinado a desear lo que hacen los demás —y entonces estamos ante el conformismo actual— o a hacer lo que otros quieren de él —y entonces estamos ante el totalitarismo—. La frustración existencial podría muy bien ser uno de los complejos motivos que causan estos fenómenos a escala mundial.

Existe, además, un tercer fenómeno: una neurosis específica, aquello que yo mismo he llamado neurosis noógena y que se contrapone a la neurosis psicógena, esto es, a la neurosis en sentido estricto. En suma, el sentimiento de inutilidad provoca una serie de síntomas neuróticos; en sí mismo no es una neurosis, y si se le quiere relacionar con este concepto tendríamos que hablar de neurosis sociógena. De hecho, sólo el hombre puede preguntarse por el sentido de su vida: ningún animal se interroga sobre el sentido de su existencia, pero el hombre llega incluso a dudar de que su vida tenga un sentido. El que no aceptemos los ideales y los valores tradicionales, el que el hombre tenga el coraje de luchar por descubrir su significado y que intente buscarlo de un modo autónomo..., es también la confirmación de una libertad interior.

Preguntémonos ahora cuál puede ser la premisa ontológica de la frustración. ¿Qué tipo de hombre, qué estructura psíquica determina la frustración existencial? Lo tiene todo a su alcance y, sin embargo, está dispuesto a tirar por la borda su existencia. Si los filósofos me lo permiten, quisiera expresarme en términos kantianos: ¿cuál es la «condición de posibilidad» de una frustración existencial?, ¿cuál es el principio causal teorético que trae este sentimiento de inutilidad a nuestro campo de visión y nos lo pone al alcance de la mano? Personalmente creo que ello es posible sólo si admitimos sin términos medios que el hombre, por naturaleza —y si no por naturaleza, al menos sí en su origen—, está movido por lo que yo llamo voluntad de significado con la que se justifica: esta frustración, a la que llamamos sentimiento de inutilidad, se comprende sólo desde un modelo motivacional teorético, según el cual el hombre es un ser que busca un significado, que quiere encontrar en su existencia y en cada situación concreta un sentido a perseguir y realizar.

A esto podría objetarse: «Pero esto es idealismo; no es nada realista su argumentación. Usted nos habla de su Weltanschauung personal y privada. Usted sobrevalora al hombre y además —éste es un punto que hoy se considera como muy peligroso— espera demasiado de él». He aquí mi respuesta: hace tres años decidí obtener el carnet de piloto y comencé a recibir lecciones de vuelo. Un día mi instructor californiano me indicó una ruta y me explicó cómo podía seguirla. Yo me dije a mí mismo: «Si despego en este punto, con un viento lateral de 20 nudos por hora, y quiero aterrizar al Este, es decir a un ángulo de noventa grados, no orientaré la brújula a noventa grados sino que deberé orientarme sobre los setenta NE, y gracias a las condiciones atmosféricas el avión aterrizará a noventa grados. Si por el contrario apunto inmediatamente a los noventa grados, el viento lateral me obligará a aterrizar a los ciento diez grados».

Creo que, de este ejemplo, resulta claro porqué me parece justo atribuir al hombre motivaciones elevadas. Si luego se me dice: «Usted sobrevalora al hombre, lo presiona», responderé simplemente: «No. Lo llevo adonde pueda aterrizar». Si tomo al hombre por lo que debería ser, le hago llegar a lo que verdaderamente puede ser; si por el contrario le tomo por lo que es, le llevo a ser peor de lo que es, le arruino. Esta no es una frase de mi instructor, sino de Goethe: «Si tomamos al hombre como es —dijo—, lo empeoramos; si lo tomamos como debería ser, hacemos de él aquello que puede llegar a ser».

Por tanto este idealismo —si es que de ello se trata— es en realidad el verdadero idealismo. El mayor instituto de investigaciones psiquiátricas de los Estados Unidos —el National Institute of Mental Health— y el John Hopkins Hospital de Baltimore han hecho una encuesta, de dos años de duración, sobre una muestra de 8.000 estudiantes americanos de 50 universidades diferentes. En Europa, o al menos en Austria, se piensa en seguida: «estos americanos sólo piensan en hacer un montón de dinero». En realidad, 16 de cada 100 estudiantes admitieron que el único objetivo de su vida es to make a lot of money, ganar mucho dinero. Pero 78 sobre 100 indicaron que su máxima motivación existencial era to see a meaning and purpose in my life; su más grande aspiración era encontrar un significado y un fin a su vida. ¿Se puede pensar todavía que sobrevaloro al hombre? A un hombre jamás se le puede sobrevalorar en exceso, pero, por el contrario, se le puede arruinar si se le pone en contradicción con estas verdades reales o que son tenidas como tales. Supongamos que vamos a medir la presión a alguien. Si una persona tiene 160 de presión y me pregunta: «¿Cómo estoy, doctor?», no puedo responder: «¡su presión está un poco alta!». Le engañaría, porque esa persona se asustaría por mis palabras y, como consecuencia, la presión le subiría a 180. Si en cambio le digo: «Prácticamente normal», me responderá: «¡Gracias a Dios!, creía que estaba a punto de darme un ataque». Entonces la presión le descendería de improviso a 140, y en este caso le habría dicho la verdad.

Si los mass-media creen al hombre demasiado estúpido para afrontar algo esencial, lo hacen todavía más cretino. Cuando no se le toma en serio y es minusvalorado, se vuelve verdaderamente estúpido. Muchos de los retrasados mentales existentes hoy no serían de hecho retrasados mentales: lo que ocurre es que, hace una docena de años, algún psiquiatra los juzgó incapaces de aprender. El diagnóstico fue quizá erróneo, pero estos hombres han permanecido —o mejor, se han hecho— retrasados mentales. Es así como funciona la dialéctica de la confrontación con verdades reales o que son consideradas como tales.

VOLUNTAD DEL SIGNIFICADO Y AUTOTRASCENDENCIA

El año pasado, la American Psychological Association de Montreal organizó un gran congreso con 18.000 participantes. Una mañana hubo una sesión sobre la logoterapia en la que se presentaron varias comunicaciones, entre ellas una titulada Logotherapy and management. Los Management Scientists de los Estados Unidos han sido los primeros en acoger la nueva teoría motivacional de la «voluntad de significado» y son de la opinión de que hoy se puede afrontar y comprender la problemática de la situación sobre el puesto de trabajo, sólo si se acepta el principio de que el hombre afronta las situaciones —y no sólo el trabajo— buscando un significado. Existen muchos ensayos y muchos análisis sobre la frustración de la voluntad de significado en el puesto de trabajo y se han fundamentado nuevos métodos de organización en la teoría motivacional de la logoterapia. Un participante en aquella sesión sugirió incluso aplicar la teoría motivacional logoterapéutica al gobierno.

Existe también una prueba, en el sentido más amplio de la palabra —un experimentum crucis— que no se deriva de una prueba psicológica sino de una situación humana límite. Me refiero a los Lager y a los campos de prisioneros de guerra. En el fondo, es ésta la lección que yo mismo pude, o mejor me vi obligado a aprender en Auschwitz y en Dachau: que la mayor posibilidad de supervivencia la tenían los que podían pensar todavía en el futuro que les aguardaba, los que vivían por un afán al cual se dedicarían en el futuro. Esta observación ha sido confirmada posteriormente por los psiquiatras que trabajaron en el ejército y en la marina de todo el mundo, ocupándose de los prisioneros de guerra en Japón, en Corea del Norte y en otras partes.

En el último trimestre invernal, entre mis alumnos de San Diego, tenía a dos oficiales: ambos habían sido prisioneros de los norvietnamitas, uno durante unos seis años y otro alrededor de siete. Durante una discusión, los dos confirmaron, en base a sus experiencias personales y con ayuda de las observaciones efectuadas sobre sus compañeros de prisión, el significado de la voluntad de sobrevivir, el survival value, como dicen los psicólogos americanos. Creo que estos principios valen en general para toda la humanidad y estoy convencido de que estamos ante un nuevo principio para la búsqueda de la paz; una búsqueda que, me parece, será mucho más fructífera que todas las discusiones sobre potenciales agresivos. A fuerza de meditar este y otros clichés, los hombres se han convencido de que la violencia y la guerra son fatídicas. ¡Nada de eso! Me atrevo a decir que los hombres pueden esperar sobrevivir sólo si —pronto o tarde, y esperemos que sea pronto— llegan a un común denominador en sentido axiológico, a tareas comunes, a intereses comunes, para estar unidos por una voluntad común en un significado común.

Carolyn Sherif, profesora americana de sociología y psicología, se ha hecho famosa por haber conseguido confirmar experimentalmente esta concepción. Algunos jóvenes psicólogos entraron —sin revelar su identidad— en un campamento de boy-scouts y consiguieron fomentar una agresividad artificial entre tres grupos de exploradores, empujándoles sobre todo a provocarse en campeonatos deportivos. La competición deportiva no es una catarsis, pero aumenta la agresividad (esto se sabe ya desde hace mucho tiempo, aunque se haya convertido también en tabú hablar de ello). Toda huella de hastío desapareció de pronto cuando el carro que trasportaba la comida al campamento quedó bloqueado en un pantano y hubo que sacarlo con un trabajo común. Uniéndose en esta tarea y en este esfuerzo común perdieron enseguida toda su agresividad. Según mi parecer, la voluntad de significado es un aspecto de un fenómeno antropológico fundamental, que yo llamo autotrascendencia. La autotrascendencia de la existencia humana consiste en el hecho de que el ser humano (Menschsein) se trasciende siempre a sí mismo hacia algo que es distinto de sí, hacia algo o alguien al cual ser útil, o hacia una persona para amarla. El hombre consigue realizarse sólo en la medida en que se trasciende a sí mismo: y esto es también válido para los principios biológicos.

Quisiera demostrarlo con una paradoja análoga: la capacidad del ojo para percibir el mundo que le rodea depende de su incapacidad para verse a sí mismo. De hecho, si se prescindiera del espejo, ¿cómo podría jamás percibir el ojo algo de sí mismo? Si tengo una catarata, veo como nubes. Es el ojo que ve su propia catarata. Si el ojo ve halos irradiados en torno a una fuente de luz, entonces percibe su glaucoma. Cuando el ojo capta algo de sí mismo, significa que su capacidad visual ha disminuido. Lo mismo ocurre con el hombre. La existencia humana se desvía en la medida en que se repliega sobre sí misma y en sí misma. Del mismo modo en que el ojo hace mirar hacia fuera, el hombre debe también mirar más allá de sí mismo para ser verdaderamente hombre; debe saber ponerse en segundo plano, olvidarse de sí mismo en una autotrascendencia positiva, para poder dedicarse a una tarea o a otro hombre. Y en la medida en que lo haga —no lo hará, con seguridad, siempre— es hombre y es verdaderamente él mismo.

LA NECESIDAD DEL «STRESS»

La autorrealización es, pues, sólo un efecto secundario del cumplimiento de un fin y de la autotrascendencia. Este principio está en contraste con todas las teorías motivacionales de moda, según las cuales el hombre sería un ser con unas exigencias que debe satisfacer de cualquier modo; el mundo, los demás hombres y las cosas del mundo no servirían más que para satisfacerlas. El amigo o la amiga (el partner) serviría sólo para aplacar los estímulos sexuales; las cosas deberían ser usadas únicamente como medios para alcanzar el fin de la autorrealización.

Pero ésta no es la verdadera postura humana: la verdadera actitud humana me lleva a ser para alguien, a someterme a alguien, no por mí mismo sino por él. Aquel viejo modelo motivacional se deriva del concepto de la denominada homeostasis, tomado en préstamo de la biología, según el cual el hombre tiende sólo a satisfacer sus necesidades y sus estímulos —no por la satisfacción en sí, sino para conseguir la paz— para liberarse de las tensiones y establecer un equilibrio interior. Pero esto ya no es verdad ni siquiera en la biología, donde desde hace tiempo se ha caído ya en la cuenta de que no es un principio exclusivo ni el único válido. Ludwing von Bertalanffy ha podido refutarlo. El patólogo Kurt Goldstein demostró que sólo un cerebro enfermo desea una remoción incondicional de la tensión. Allport, Maslow y Charlotte Bühler han probado que, en el hombre sano, toda acción crea una tensión en lugar de suprimirla; el hombre tiene necesidad (dentro de ciertos límites, naturalmente) de una cierta tensión polar fecunda entre lo que es y lo que debería ser, de la tensión existencial entre lo que es y lo que todavía debe ser realizado. Selye, que introdujo el término stress, ha publicado recientemente el ensayo Stress is the salt of life (El «stress» es la sal de la vida). El hombre necesita una cierta dosis de stress, como ha sido constatado por el biólogo y fisiólogo canadiense.

AMOR Y SEXUALIDAD

Una licenciada en logoterapia por la Universidad de Viena, que actualmente trabaja en la República Federal Alemana, pudo probar que en el Wurschtelprater —un barrio de diversiones, en Viena— el sentimiento de inutilidad es considerablemente más elevado que la media de la población vienesa, lo que demuestra que los hombres que están frustrados en su voluntad de significado se refugian en diversiones de bajo precio. Esto me recuerda un chiste americano: un hombre encuentra a su médico por la calle y éste se interesa por la salud de su paciente: How are you this morning, Mr. Jones? El otro no entiende: «—No oigo bien». «—Quizá beba usted demasiado, Mr. Jones». «—Puede ser». «—Deje de beber y oirá mejor». Dos meses más tarde se encuentran de nuevo por la calle y el médico pregunta con voz fuerte: «—¿Cómo está?». «—Doctor, no es necesario que grite tanto, oigo de nuevo muy bien». «—Probablemente ha dejado de beber». «—Exacto». «—Entonces continúe así». Pasados otros dos meses: «—¿Cómo se siente hoy, Mr. Jones?». «—¿Cómo dice?». «—He preguntado que cómo está». Finalmente el paciente comprende: «—¡Bah, oigo mal de nuevo!». «—¿Ha vuelto a beber quizá?». «—Mire: cuando bebía, oía poco; después dejé de beber y oía bien. Pero oír bien no me gustaba tanto como el whisky». En ausencia de un estímulo para buscar un significado, el hombre se refugia en la búsqueda del placer o del poder.

Annemarie von Forstmeyer, una de mis licenciadas californianas, demostró con un test que, en la base del 90 por ciento de los casos crónicos de alcoholismo grave examinados por ella, existía un acentuado sentido de inutilidad. Los colaboradores de James C. Crumbaugh (Mississippi) obtuvieron más éxito con una logoterapia de grupo orientada sobre el sentido de la inutilidad que con un tratamiento terapéutico de mantenimiento llevado paralelamente. Y Holmes demostró que entre los grupos tratados mediante la psicoterapia obtenían mayor éxito aquellos que podían volver a una vida llena de significado.

Además de los fenómenos ya indicados —depresión, agresividad y drogadicción— existe un cuarto: la inflación de la sexualidad; la libido sexual hipertrofiada lleva al vacío existencial. Como toda inflación, también la sexual comienza con una devaluación: la sexualidad está hoy devaluada en la medida en que se ha deshumanizado. Me atrevería a decir que la sexualidad humana es siempre algo más que la mera sexualidad, porque sirve como vehículo, como encarnación y expresión física de relaciones metasexuales, interpersonales. Si se quiere, es el medio expresivo del amor, y en la misma medida es humano, pero entonces no es meramente humano, es también una parte excepcional de felicidad y satisfacción.

También hace tiempo que ello ha sido demostrado empíricamente, pero incluso esto es tabú. La importante revista americana Psychology Today establece, después de haber escogido 20.000 respuestas de sus lectores, que entre los factores que consiguen elevar al máximo la capacidad de engendrar o el orgasmo, se cuenta en primer lugar el amor hacia el partner. Verdaderamente, son unos pobres diablos los que se dejan influir por la moda y sostienen que el amor no existe, que sólo existe el sexo o —por decirlo con Freud— que el amor es sexualidad reprimida.

En la medida en que los hombres dan más importancia al placer, más esclavos son de él; cuanto más buscan el placer, más frígidas son las mujeres y más impotentes los hombres. Creo, y podría demostrarlo fácilmente, que el 90-95 por ciento de las patologías de la capacidad de engendrar y del orgasmo se deben atribuir a la hiperintencionalidad y a la hiperreflexión de la sexualidad. No me cansaré jamás de decir a mis alumnos: «Cuanta más importancia se dé al placer, más se nos escapará».

Además, es necesario considerar otros dos factores: la peer pressure y los pressure groups. Por peer pressure se entiende hoy el escribir con letras mayúsculas el rendimiento, también en el campo sexual: hay que tener un gran poder genésico, acumular el mayor número de orgasmos al día, etc. Se nos cree obligados al placer sexual.

Y al principio del «rendimiento sexual» (jóvenes que se dicen a sí mismos: «tú tienes, tú tienes, tú debes, tú debes»), se añaden los pressure groups (grupos de presión) de la gran industria o de los grandes negocios: la industria del placer sexual, la industria de la educación sexual, la danza en torno al becerro de oro. Se realizan grandes negocios, se hace trabajar a los persuasores ocultos: debes leer libros sobre la técnica sexual. ¡Esto es lo que importa! Naturalmente estos señores se oponen a toda intromisión en sus negocios. Luchan por la libertad de ganar dinero, de hacer negocios. Y el negocio se despacha disfrazado de arte e información. Es extraño que la juventud de hoy, que se rebela, con razón, contra toda hipocresía en el campo sexual, participe en esta hipocresía de los negociantes y se preste voluntariamente al juego de estos intereses capitalistas.

Esta posición de l'art pour l'art («el sexo no es más que diversión», nada de relación interpersonal), desde el punto de vista psicoanalítico, es una regresión. Y me parece que lo que es regresivo no debería ser glorificado por gente que se tiene por progresista.

DESCUBRIR EL SIGNIFICADO DE LA PROPIA EXISTENCIA

Estoy hablando como psiquiatra, y alguno me pedirá la terapia. ¿Podemos dar un objetivo a quien sufra de frustración existencial? No, es imposible. El psiquiatra puede hacerlo menos que cualquier otro; ni siquiera sabemos qué sentido tiene la vida para nuestros pacientes; no nos compete ninguno de los atributos de Dios: no somos omniscientes. Ni siquiera sabemos cuál es la causa real de la esquizofrenia. Los psiquiatras no somos omnipotentes, no somos capaces de curar realmente la esquizofrenia; no obstante, sí debo admitir que somos «omnipresentes»: en todo congreso y en todo ciclo de conferencias participa siempre algún psiquiatra. En resumen, no podemos dar una respuesta, sólo podemos intentar comprender las preguntas. Dar un significado a quien no lo tiene es, en definitiva, imposible, y ello por un óptimo motivo: porque encontrar un fin sólo puede hacerlo uno mismo.

No se puede dar un sentido a la vida; el sentido debe ser encontrado por el propio hombre, y desde luego no en sí mismo: estaría en contradicción con la autotrascendencia de la existencia humana. Ahora no quiero filosofar, pero encontrar un sentido a la propia vida está en estrecha relación con la percepción de la forma en sentido psicológico estricto.

Max Wertheimer y Kurt Lewin, fundadores de la moderna teoría de la forma, han hablado de un carácter imperativo de la situación. Wertheimer atribuye a este carácter una «calidad objetiva». Objetividad de significado y, porque es objetivo, debe ser encontrado; no podemos dárnoslo arbitrariamente. No podemos cederlo, debemos percibirlo, escucharlo en cada situación particular que debamos afrontar. La vida no es como un test de Rorschach, donde se lee un significado en la mancha de tinta. De hecho, la subjetividad proyectada de la persona a examinar, debe revelar algo de su carácter y del subconsciente. La vida se parece más bien a un jeroglífico (acertijo, enigma). Allí está escondido un ciclista; debéis analizar la figura hasta que descubráis la forma del ciclista entre el follaje detrás de la capilla. Allí, la forma es una realidad objetiva, y el significado es una forma sobre el fondo de la realidad; es decir, una posibilidad que se atisba y una necesidad. Es lo que debe hacerse en aquella situación determinada. La posibilidad de encontrar un sentido a la vida es como la misma situación, siempre única e irrepetible.

Pero no sólo es irrepetible, porque si la realizamos, lo hacemos de una vez por todas. La posibilidad que se nos ofrece hic et nunc la tenemos proyectada en el pasado. De hecho, el pasado es también una forma de ser, quizá la forma más segura. En la existencia pasada, está lo que hemos realizado, actuado, conservado en sentido hegeliano, custodiado. Lo hemos puesto en depósito en un ámbito inmune a la transitoriedad.

Y esto podéis enseñarlo también a vuestros pacientes. Aquello que ya ha sucedido no puede ser anulado. Nadie podrá desposeer a los hombres de lo que han vivido, sufrido o soportado. No se puede anular nada de lo que han hecho o cumplido. Todo esto permanece y es único e irrepetible como la situación y el significado intrínseco y latente en la misma situación. Del mismo modo, es única e irrepetible la persona que se encuentra frente al significado en esta situación. El significado así es siempre ad personam y ad situationem. O quizá, como dijo hace casi dos mil años Hillel, el fundador del Talmud: «Si no yo, ¿quién entonces? Si no ahora, ¿cuándo? Y si sólo para mí, ¿qué soy yo?».

Si no lo hago yo, ¿quién lo hará por mí? Si no lo hago ahora, ¿cuándo lo debo hacer? ¿Debo esperar a que la posibilidad se haya esfumado? (Max Scheler habla aquí de los valores de la situación). Si lo hago sólo para mí, ¿qué soy yo? Se podría responder: no-un-hombre-completo, no-completamente-yo-mismo, porque la esencia del hombre es la capacidad de trascenderse a sí mismo en función del sentido de la vida y no de la propia paz interior.

 

Esta unicidad e irrepetibilidad comporta también que el sentido de la vida nunca puede ser transmitido. Los significados universales, que se podrían definir como valores, sí pueden ser transmitidos, pero el significado irrepetible debe comprenderse por cada hombre en particular. Y el órgano del sentido —no el órgano de los sentidos— que procura este significado, el que lo olfatea en esta situación única y lo saca de la madriguera, es el que yo llamaría «conciencia personal». Por ello, en un tiempo en que las tradiciones (y con ellas, los valores transmitidos) desaparecen, la educación debe ser, cada vez más profundamente, educación de la conciencia personal.

Con la ayuda de mi conciencia, de una conciencia con fino oído, soy capaz de percibir el significado que emana de cada situación, de oír la pregunta que cada situación me hace; y por tanto de responder, responsabilizando mi ser. Los americanos no se han enfadado nunca cuando les decía que tenían que conseguir emparejar la Estatua de la Libertad de la costa oriental, con una estatua de la responsabilidad en la costa occidental. En verdad, necesitamos de la conciencia para que el hombre de hoy encuentre mañana el significado de las situaciones, a pesar de la desaparición de las tradiciones y de los valores transmitidos con ellas. Con una conciencia despierta matamos dos pájaros de un tiro. De hecho, el hombre con una conciencia despierta podrá sustraerse u oponerse a las dos consecuencias del vacío existencial que he indicado ya: ni se plegará ante el totalitarismo, ni se adaptará al conformismo.

Por tanto, los psiquiatras no podemos recetar el significado, prescribirlo como una medicina. Podemos describir mediante un análisis fenomenológico qué sucede al hombre que encuentra el significado. En este análisis encontramos lo que yo llamaría «autocomprensión ontológicamente prerreflexiva». Esta es, exactamente, la que dice al genuino hombre de la calle —gracias a una sapientia cordis— lo que significa ser hombre.

CONFIRMACIONES EXPERIMENTALES

El hombre de la calle no influido ni indoctrinado, que no ha pasado sus años sobre los divanes de los psiquiatras y que no ha sido maqueteado en las universidades, sabe que el hombre es algo más que el campo de batalla de una guerra civil entre el Yo, el Ello y el Super yo, por utilizar la conocida e inteligente observación del obispo Fulton Sheen. El hombre es algo más que el resultado de procesos condicionados o del aprendizaje. Sabe que el hombre es algo más que el producto del ambiente o de los caracteres hereditarios. Y lo sabe en lo más profundo de su corazón. Pero nosotros debemos hacer un análisis fenomenológico. Y tendremos que comprender así el significado que él —el hombre sencillo— dará a su vida. Es de él de quien tenemos mucho que aprender. Sabe, desde siempre, qué es lo que sucede con el significado de la vida: un significado que puedo encontrar y realizar, creando algo o viviendo una experiencia —la experiencia de una cosa o de una persona—, comprendiéndola. Comprender a alguien significa amarlo, comprenderlo en su unicidad e irrepetibilidad. Y a veces, son los mismos pacientes los que desvelan aquello de lo que es capaz el hombre. Esto se puede probar en sesiones de terapia de grupos en los hospitales; lo podemos observar abiertamente estudiando el material empírico del que dispone el Billing Hospital de Chicago. Se han realizado coloquios con jóvenes de 20-25 años que sabían que iban a morir a las pocas semanas. Se puede hacer un análisis fenomenológico del resultado. Los pacientes nos revelan que, más allá de la obra creativa, más allá de las experiencias, aun se puede encontrar y llevar a cabo un sentido, el máximo, y esto ocurre justo cuando nos encontramos como víctimas indefensas en una situación sin salida, es decir cuando nos encontramos frente a una enfermedad incurable, por ejemplo, el cáncer no operable. Entonces se comprende lo que es. En esa circunstancia, podemos dar testimonio de lo que es el hombre y de lo que sólo el hombre es capaz.

Lou Salomé respondió a Sigmund Freud —en una carta escrita poco antes de su muerte—, que no podía convencerse de que su existencia estaba abocada a la «desaparición»: «el modo en que alguien sufre por todos nosotros debe ser para nosotros el signo de aquello de lo que es capaz». De esta trilogía, tricotomía o triada de posibles fines de la vida (valores creativos, valores intelectuales y valores espirituales) se deriva el que la vida tenga literalmente sentido, hasta el último aliento. No penséis, os lo ruego, que ésta es únicamente una filosofía mía, privada.

Sobre este tema, 40 tesis —recuerdo sólo a Young, Crumbaugh, Kratochvil, Meier, Murphy, Planova, Yarnell y Dansart— confirman empírica y estadísticamente, con análisis de los factores y cálculos de correlación (entre otros, se ha desarrollado en América, durante estos últimos meses, un test para los llamados valores espirituales), que el hombre es capaz de encontrar un sentido a la vida, independientemente de su sexo, de su grado de inteligencia y de cultura, sea religioso o no, y, si es religioso, independientemente de su credo, e independientemente, en suma, de su carácter y de la situación ambiental. En estos recientes estudios han participado también psiquiatras comunistas. Así pues, esto es del todo verificable incluso empíricamente. En los años 20, yo había llegado ya —por intuición, os lo confieso con un poco de vergüenza— a desarrollar estas tres categorías de valores. Hoy me complazco al ver que es posible no sólo analizar mediante un examen psicotécnico, sino incluso individualizar en el interior de la tricotomía una jerarquía precisa. Quiero decir que estos valores de puesta a punto me llevan a descubrir posibilidades más elevadas de significado.

FRACASO EN EL ÉXITO

El hombre se mueve en un plano horizontal entre los polos del éxito y del fracaso. Esta es la dimensión del homo sapiens que quiere tener éxito como hombre de negocios (businessman) o como hombre de mundo (playboy). Pero a esta dimensión horizontal se añade una segunda, perpendicular a la primera.

Yo le llamo la dimensión del homo patiens, esto es, del hombre que, incluso en el sufrimiento inevitable se encamina a la realización de su fin. Los polos no son únicamente el éxito o el fracaso, sino también la realización o la desesperación. Esta es otra dimensión. Tenemos que darnos cuenta del todo. De otro modo no se podría explicar por qué, para poner un solo ejemplo, el detenido n.° 020640 escribía desde la cárcel de Baltimore a Viena: «Señor Frankl: tengo 54 años, estoy completamente arruinado económicamente, me encuentro en prisión y, sin embargo, me siento hoy un hombre distinto, cambiado. Ha sucedido aquí, en Baltimore, en el silencio de mi celda, una noche. Ahora estoy en paz con el mundo y conmigo mismo. He encontrado el verdadero sentido de mi vida; el tiempo sólo puede diferir su realización, pero no podrá disuadirme de alcanzarla. ¡Qué maravillosa es la vida! La abrazo. No veo el momento en que llegue el mañana». Estas palabras las ha escrito un hombre en una situación sin esperanza, en la soledad de la celda de la cárcel de Baltimore. Mientras su vida parece fallida, descubre un camino que todavía puede realizarse. La explicación de este misterioso fenómeno podemos encontrarla en las dos dimensiones distintas de las que hablábamos.

Un asistente mío en la Universidad de Harvard, Von Eckartsberg, un joven germano-americano, examinó el destino de cien profesionales que se habían doctorado en Harvard veinte años antes. En ese tiempo, habían realizado una carrera brillante. Llegaron a ser abogados, jueces, industriales, cirujanos, psicoanalistas... Sin embargo, muchos de ellos no sabían todavía, 20 años después, qué sentido tenía todo aquel éxito. Algunos estaban desesperados, se encontraban en una crisis de significado: desesperados a pesar del éxito. Y del mismo modo resulta comprensible que uno se pueda sentir realizado a pesar de un evidente fracaso. Elisabeth Lukas ha verificado, con el análisis de los factores y mediante cálculos estadísticos, que estas diversas categorías de valores se mueven a lo largo de dos ejes ortogonales.

Añadamos otra observación, para concluir. Desdichadamente, ocurre con frecuencia que la instrucción no disminuye o evita el vacío existencial, sino que lo favorece. Desde el punto de vista de la terapéutica del comportamiento, de hecho puede tener un papel amplificador. El reduccionismo, el subhumanismo, explican los fenómenos humanos, admitiendo incluso que el hombre los vea en sus proyecciones: los proyecta sobre un plano subhumano. Por eso, todo ello aparece combinado —a mi parecer— con un pandeterminismo: Meaning and values are nothing but defensemechanisms and reaction formations (Las ideas y valores no son más que mecanismos de defensa y formaciones de tipo reactivo), como han dicho los mejores especialistas americanos. A esta tesis respondí una vez improvisando: «no pretendo vivir por mis formaciones de tipo reactivo y mucho menos estoy dispuesto a poner en juego mi vida por mis mecanismos de defensa». Estas afirmaciones se hacen cuando tales fenómenos se tienden en la cama de Procuste o sobre el diván del psicologismo.

VALOR DEL SACRIFICIO

Os quiero poner el ejemplo de una joven pareja americana que había trabajado durante dos años en Africa, en el Peace Corps. Al volver a los Estados Unidos, estos dos jóvenes pasaron por Viena. Allí hablaron con uno de mis asistentes, que se dio cuenta de que ambos sentían una gran aversión hacia su trabajo. Después vio que para ellos todo había comenzado con sesiones de grupo obligatorias. «Entonces, ¿por qué queréis ir con el Peace Corps a Africa?». «Queremos ayudar a aquella pobre gente que está peor que nosotros». «Muy bien: en ese caso os sentís superiores a ellos». «¡Dios mío, claro que sí!, obviamente debemos tener conocimientos y capacidades que podemos transmitirles». «Excelente. En este punto admitiréis que, en lo profundo de vuestro inconsciente debe estar una exigencia fortísima, esto es, el deseo de demostrar vuestra superioridad sobre los demás hombres». «En verdad, hasta ahora no lo hemos considerado de este modo, pero en vista de que usted es un psicólogo americano, usted lo sabrá mejor que nosotros».

Las sesiones de grupo prosiguieron en este tono durante tres meses. Los voluntarios habían llegado al extremo de vigilarse ininterrumpidamente a sí mismos, para ver lo que estaba sucediendo y qué ocultos motivos les empujaban a actuar: hidden motivations, underlying psychodynamics. Desconfiaban de sí mismos. El informe, del que tengo una copia, concluye con esta anotación: cada uno andaba tras los talones del otro; ¿qué quería el otro realmente?, ¿cuál era en realidad su motivación inconsciente?

Creo que todos nosotros hemos aprendido de Freud la importancia que tiene el desenmascarar las motivaciones neuróticas. Sin embargo, estoy convencido de que debemos detenernos en un cierto momento, es decir cuando nos encontramos con los sentimientos más sinceros del hombre, con aquellos que ya no pueden ser «desenmascarados» ulteriormente. Si no nos detenemos ni siquiera aquí, desvelaremos algo más: pero este algo más es el mismo motivo inconsciente, el impulso que nos lleva a desvalorizar cuanto de humano hay en el hombre. Una psicoterapia que no se dé cuenta de este mecanismo, no es capaz de comprender los signos de los tiempos, y mucho menos podrá adecuarse a las exigencias de su tiempo.

Ahora quisiera de nuevo referirme al comienzo de esta conferencia, a lo que me dijo el taxista de Atlanta: depression, aggression, addiction. Suicidio, criminalidad y droga. Un joven al que se le enseña que la vida no tiene en realidad ningún sentido, demuestra en el fondo ser coherente consigo mismo cuando se suicida. Si además se le hace creer, en el sentido del pandeterminismo, que no es un ser libre, sino el producto de condicionamientos externos o internos, una marioneta que se agita movida por los hilos externos o internos, en este caso se le libera de toda responsabilidad; y tiene toda la razón de hacer lo que quiera. Así puede llegar a ser también un criminal. Y si, en fin, se le estafa diciéndole que el hombre vive sólo para satisfacer sus propias necesidades, para alcanzar así la paz interior, ¿qué podrá apartarle de la droga, que le promete un instant homeostasis quite now, una paz inmediata ahora mismo?

Vemos, pues, que los jóvenes se limitan a ser coherentes y que han sido arrastrados hacia las neurosis de masas, mediante un indoctrinamiento reduccionista. No se pueden comprender las miserias de esta época nuestra, si se parte de un modelo teórico motivacional del hombre que resulta de experimentos llevados a cabo con topos. Ningún topo se pregunta si su vida tiene algún sentido, ningún topo está dispuesto a sacrificar su propia vida o a cargar con sufrimientos en virtud de un significado. No podrían hacerlo ni siquiera las ocas grises de Konrad Lorenz.

LA DIGNIDAD PERSONAL

Tengo aquí una carta de un psicólogo que me escribe para explicarme cómo ha intentado dar ánimos a su madre que estaba muriendo. Cito textualmente: «Ha sido para mí una amarga experiencia no haber podido aplicar nada de cuanto había aprendido en siete largos años de estudio de psicología, para aliviar a mi madre en su inapelable y duro destino. Sin embargo, me ha servido lo que he aprendido durante mi especialización en logoterapia sobre el significado del sufrimiento y sobre la riqueza que yace oculta en el pasado».

Joyce Travelbee, una profesora americana, ha dedicado un libro a estos problemas, en el que describe cómo las religiosas enfermeras pueden ayudar a sus pacientes a encontrar un sentido a la vida. Yo mismo, en uno de mis libros, he ilustrado un diálogo socrático improvisado con un viejo doctor en medicina general que se me acercó y decía: «Hace dos años que me esfuerzo, pero no consigo resignarme a la pérdida de mi querida mujer. Sé que ni siquiera usted puede ayudarme, haciéndola revivir. Yo mismo puedo recetarme las pastillas». Le respondí simplemente: «Dígame, colega, ¿qué habría pasado si en vez de su mujer, hubiese muerto usted?». Respondió: «Habría sido terrible para ella; habría sufrido muchísimo». Añadí: «Vea, pues, que este dolor le ha sido ahorrado. Y ha sido usted mismo quien se lo ha evitado, pagando en su persona a cambio, con su llanto y su sufrimiento». Para él, esto supuso un giro copernicano. En aquel momento su sufrimiento adquirió un significado; el significado del sacrificio.

No podéis salir de estas dimensiones con la terapia de comportamiento y con el psicoanálisis. Un médico que practica la terapia de comportamiento (prefiero callar su nombre) ha publicado hace poco tiempo un artículo sobre las depresiones existenciales. «Cuando el paciente pensaba que quizá no había vivido justamente o que su vida no tenía sentido, se le enseñaba el thoughtstopping (detención del pensamiento). He aquí el remedio terapéutico conductista. Cuando le venían aquellas ideas fijas, el paciente debía batir palmas. El hombre aplaudía cuando le llegaban dudas sobre el significado de su vida». Estamos ante lo grotesco.

Otro caso ha sido publicado por uno de los más importantes psicoanalistas, que contaba el coloquio con una enferma de cáncer. La mujer le había dicho: «No consigo resignarme a la idea de que mi vida ahora no tiene sentido. Porque atada a mi lecho soy inútil. Y esto es lo peor». El psicoanalista no le dijo que la dignidad del hombre está mucho más allá de su utilidad para otros. Esta es la medida de su utilización, pero no de su dignidad. Así, este psicoanalista explicó a la paciente que tendríamos que dar la razón a Hitler —a posteriori—, que deberíamos aprobar sus programas de eutanasia si el hombre sólo valiese en la medida que es útil a la comunidad. El psicoanalista no habló a la enferma de la dignidad personal del hombre, que va más allá de su utilidad. Al contrario, es justamente la dignidad personal la que nos ofrece la posibilidad de descubrir el sentido de la vida, incluso en situaciones sin salida. En vez de ello, este eminente psicoanalista dijo: «Usted se equivoca al decir que todo es distinto y terrible sólo ahora. Usted yerra si piensa que su vida tenía antes un sentido y que ahora ya no lo tiene. Su vida nunca ha tenido un significado. Mucha gente —los filósofos, los religiosos— se esfuerzan por convencernos de lo contrario. La vida no tiene ningún sentido: nunca lo ha tenido. No se lamente, créame: no hay ninguna diferencia entre antes y hoy». El psicoanalista en cuestión ha publicado esta conversación en su libro On the dying patient. Hay que pensar que tan ilustre personaje estará orgulloso de sus argumentaciones, pero la realidad es muy diferente.

UNA DRAMÁTICA EXPERIENCIA

Cuando la dirección de la tristemente famosa penitenciaría de San Quintín, junto a San Francisco, me invitó para conversar con los reclusos y dar una conferencia, alguien me dijo: «Doctor, tenemos allá arriba a Aaron Mitchell, que mañana morirá en la cámara de gas, ¿no puede decirle unas palabras al micrófono, pues los condenados a muerte no pueden moverse de la death row (celda de la muerte)?». Imaginaos el encargo y mi nerviosismo. A pesar de todo debía decirle algo. Al fin dije por el micrófono, improvisando: «Señor Mitchell, puedo comprender su situación. Yo mismo he vivido muchos años a la sombra de la cámara de gas. Pero créame, tampoco entonces he dudado jamás, ni siquiera por un momento, del significado absoluto de la vida. Porque si esta vida tiene un sentido, lo mantiene aún cuando nos quede poco tiempo de vida; si por el contrario no tiene significado alguno, aunque viviésemos mucho tiempo no podría nunca ser asumido. Es más: incluso una vida que hubiera fracasado y pareciese sin sentido a la luz del pasado, podría adquirir un sentido retroactivo en el último instante según que tomásemos la postura frente a nosotros mismos, trascendiéndonos en esta toma de posición». Después le conté la historia de La muerte de Ivan Illich, de Tolstoi. Una historia que clarifica este concepto mucho mejor de lo que yo podría hacerlo jamás. Y me parece que la comprendió no sólo él sino también otros. Quisiera concluir parafraseando unas palabras de Paul Dubois que se adaptan a nuestro tema: también se puede ser un buen médico sin hacer todo esto. Pero no nos asombremos de que el médico se distinga del veterinario sólo por un pequeño detalle: su distinta clientela.

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