Fotografía: Monika Sed

Lolita colecciona adjetivos terribles. Oscura. Nauseabunda. Censurable. La escritora Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990) analiza el texto de Nabokov para arrojar luz siete décadas después de su publicación. Repasarlo con agudeza, dice en Incensurable, urge más que nunca.

Luna Miguel relee Lolita desde los catorce. «Como temía que mis padres vieran que lo tenía en casa, se lo regalé a un novio gótico de por aquel entonces. Me lo guardó y me lo envió después de veinte años», comenta. En el medio, Luna estudió Periodismo en Madrid, trabajó de editora en Penguin Random House, lanzó obras como Leer mata o Poesía masculina, parió un hijo, mudó de hogar. Ese paquete imprevisto —portada roja, primera edición, bordes frágiles— arribó cuando Luna terminaba la redacción de su último libro, Incensurable (Lumen, 2025). Y marcó el punto final.

Incensurable defiende Lolita con una energía pasmosa. Luna no buscaba un monográfico académico sobre Nabokov ni una novela inspirada en otra novela. Aspiraba a una pieza híbrida. «Ensayar, ser capaz de pensar, filosofar, pero a través de la imaginación», dice. A esto, la narradora Saidiya Hartman lo denomina «fabulación crítica». Luna propone una nomenclatura propia: «ensayismo mágico». 

El libro simula una conferencia universitaria. La dicta su alter ego ficticio, la filósofa Lectrice Santos. En el Madrid de 2029, Lolita ha sido borrada de bibliotecas y librerías. Obliterada. Tras años de investigación clandestina, en cuatro ciudades distintas, Letrice consigue una copia de Lolita en Marsella. Férrea, presenta su hallazgo en la Universidad Autónoma. La expulsan del aula. Un grupo pequeño la sigue hasta su habitación, donde el análisis exhaustivo y vivaz de Lectrice se extiende hasta la madrugada. Una alumna graba y transcribe. A cada instante, el fantasma de Nabokov acompaña e impulsa. 

Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, 1977) vivía exiliado en los Estados Unidos cuando terminó Lolita. En la Universidad de Cornell dictó las clases de Maestros de la Narrativa Europea y Literatura Rusa Traducida, que, póstumamente, nutrieron dos ricos volúmenes de ensayos. «Su método —anotó Fredson Bowers, el compilador— se cifraba en arrastrar a los alumnos a compartir su emoción ante la gran literatura». También predicó el amor por el detalle: escalaba las obras cumbres con ejércitos de datos críticos y observaciones sensibles. «Un novelista en la pizarra», lo rebautizó John Simon en los ochenta. En una de sus lecciones introductorias, Nabokov explicaba el concepto del «lector admirable»: «Miremos la obra maestra, no al marco; ni a las caras que ponen otros mirando al marco». 

El «primer débil latido» de Lolita le sorprendió en París. En el Jardin des Plantes, después de meses de cautiverio, un chimpancé había producido «el primer dibujo que haya esbozado nunca un animal»: los barrotes de su jaula. Conmovido por la noticia, Nabokov esbozó un cuento de treinta páginas, en ruso. Lo destruyó. Quizá, en ese animal prisionero, entrevió al torturado y torturador Humbert Humbert. Luego, ya en América, el segundo latido de la historia llegó con las excursiones estivales que, junto a su esposa, Vera, emprendía para descubrir y cazar mariposas. Hermosas criaturas en un paisaje desolado: como Lolita. Así, afirma Nabokov en el epílogo, su idea «había adquirido en secreto las garras y las alas de una novela». También una geografía: la carretera estadounidense. Y una lengua: el inglés.

Nabokov labra relatos enmarcados. Un prologuista ficticio, el psiquiatra John Ray, encuentra un manojo de «extrañas páginas» en una celda. Su autor, Humbert Humbert, ha muerto en prisión. Ray advierte, reiteradas veces, acerca de la naturaleza del texto encontrado. «Sin duda —diagnostica sobre Humbert— es un hombre abominable, abyecto, un ejemplo flagrante de lepra moral, una mezcla de ferocidad y jocosidad que acaso revele una suprema desdicha, pero que no puede ejercer atracción».

«UNA DE LAS ACTITUDES MÁS CENSORAS ES LA DEL CRÍTICO QUE NO ANALIZA UNA OBRA, SINO QUE DECIDE QUE ALGO NO DEBE EXISTIR»

El grueso de Lolita reproduce las memorias de Humbert. «Mirad esta maraña de espinas», ruge al empezar. En esas espinas, él, un perturbado traductor y estudioso de literatura francesa, cuenta su infancia en la Riviera, sus obsesiones descarriadas, sus episodios de violencia y su desembarco en el nuevo continente. En el pueblo de Ramsale, mientras busca pensión, conoce a una niña de doce años: Dolores Haze. La pesadilla estalla. Se casa con la madre. Ocasiona su muerte. Rapta a su hijastra. La gobierna. Sin avisarle de la defunción materna, vagan y pernoctan por moteles, gasolineras, desiertos, campamentos. Durante semanas. Durante meses. La mente de Humbert delira. La culpa le desangra las entrañas. Su lenguaje —rebuscado, retórico, empalagoso— se retuerce sobre sí mismo. Lolita crece. Su soledad crece. Otro personaje aún más siniestro, Clare Quilty (el sonido recuerda a guilty, 'culpable'), emerge para conducir el relato a un final apoteósico y punzante. «A quienes se empeñaron en definir Lolita como una historia de amor —escribe Luna Miguel— valdría responderles que es una historia de muerte». El registro, minucioso, del envilecimiento de una consciencia. La fábula de un alma que se corrompe. 

Al culminar la escritura, Nabokov pensó en quemar el manuscrito. Pero Vera salvó el texto de las llamas. Muchas editoriales lo rechazaron. La publicación cristalizó en 1955, en Francia, bajo el sello de Olympia Press, cuyo catálogo abarcaba obras de talante pornográfico. Aquel error ensombreció la reputación de la novela para siempre. Lolita se recibió sin pena ni gloria hasta que el conocido novelista católico Graham Greene la elogió en Sunday Times como una de las mejores del año. Aquello encendió la ira de los críticos ingleses. En el Reino Unido, el Ministerio del Interior ordenó confiscar los ejemplares que circularan por el país. La distribución también se ilegalizó en Australia, Francia, Bélgica, Argentina, Canadá, entre otros.

Luna Miguel ahonda en esos dramas con Incensurable. El drama, también, de cómo tantas malas lecturas acumuladas trituran una novela compleja en clichés. Condenar obras sin haberlas leído refleja miradas débiles. Renunciar a adentrarnos en los libros más difíciles es renunciar a nuestra humanidad. Estos son pensamientos fermentados entre la Luna de 14 y la Luna de 30. Charlamos un jueves de invierno. En Barcelona, el sol, intenso, rebota con halos naranjas; en Pamplona, la lluvia brinda unos minutos de tregua. Antes de atender la videollamada, Luna ha pasado la mañana limpiando sus paredes (solo se salvó un póster de David Foster Wallace) en compañía de su hijo y sus dos gatos, llamados —cómo no— Vladimir y Vera.

¿Qué le lleva a reivindicar la lectura de Lolita hoy? 

No hay un solo motivo. El primero es egoísta: la novela me fascina. Tan simple como eso. Siempre que leo a Nabokov tengo la sensación de que me cambia, no sé si la vida, pero sí la imagen del mundo, desde múltiples formas. Solitaria, esa enfermedad puede ser muy aburrida; poder compartirla es maravilloso. Luego, por otro lado, hay una razón política que tiene que ver con el momento actual: la reflexión sobre el género, sobre el consentimiento. Ha sido un tema de conversación crucial para las filósofas de mi generación. Lolita puede decirnos tanto que quizá aún no hemos llegado a ver... Y, en último lugar, un motivo literario. Es una obra arriesgadísima y experimental, aunque la pasión de la gente por reducir su trama a la historia de hombre-mayor-que-se-enamora-de-una-niña la encarcele en una especie de cuento de hadas perverso, realista y más limitado de lo que realmente es: un juego metaliterario, loquísimo, divertidísimo. Terribilísimo. 

En Incensurable la apuesta es más radical. «Mis alumnas se merecen a Lolita», dice su alter ego. Y, en las páginas finales: «Lolita merece vivir». 

En los tiempos que corren parece que nadie merezca vivir, en general. Se dedique a lo que se dedique. No sé, lo llevo a algo quizá tonto, pero tan relevante y viral como lo sucedido con Bad Bunny en la Super Bowl. Hay gente en las élites intelectuales diciendo que ese hombre no merece ser llamado artista, ni música ni cultura. Como si los bailes en discotecas o en la soledad de nuestras casas no significaran nada. Una de las actitudes más censoras es la del crítico que no analiza una obra, sino que decide que algo no debe existir. Lolita ha caído en ese saco. Lo que ojalá no existiera es la pedofilia y el asesinato, y el engaño, y la mentira. Pero existen. La novela ayuda a poner el foco en esa desgracia. Para atajar, muchos críticos, desde conservadores hasta progresistas y feministas, concuerdan en que es peligrosa y que no debería leerse. Y también en que hoy, en 2026, sería imposible publicarla. ¿Por qué matamos el libro en vez de preocuparnos por lo que denuncia?

¿Su libro es una carta contra las miopías lectoras de una generación?

La miopía es hereditaria, ¿no? El peligro de convertirnos en unos vagos con respecto a nuestras miopías es que se heredarán. Evidentemente, estoy muy a favor de que cada generación tenga visiones diversas de una obra. Mi propia lectura de Lolita está atravesada por la cultura pop, por el feminismo, por las redes sociales y por una mirada milenial. Cuando uno relee mucho un libro, la vida va cambiando entre medias. Nos encontramos con la persona que fuimos en la primera vez. Yo a Lolita la leo como adolescente, luego como joven, luego como aprendiz de editora, luego como editora, luego como ensayista. Y luego como madre. Sin embargo, me gustaría dejar la puerta abierta a las siguientes interpretaciones. ¿Cómo leerá la generación de mi hijo, que está creciendo con el brainrot en la cabeza, una novela tan compleja como Lolita? La crítica literaria consiste en abrir puertas, en recuperar las lecturas de antaño, lo mejor que nos han dado. Siempre con una invitación.

¿Qué reacciones despierta al proclamarse lectora de Nabokov?

De adolescente, te dicen que quieres llamar la atención, que quieres gustar a los hombres. Más adelante, me encontré con otro comentario misógino: «Solo hablas de Lolita para hablar de ti misma». De hecho, al presentar Incensurable, El País, un medio en el que escribo, lo incluyó como novela de víctimas de abusos. ¿Perdón? ¿En serio? No es una novela autobiográfica, ni siquiera es una novela. Me sentó muy mal. ¿Tú qué sabes si eso es mi abuso, gilipollas? Llegué a una conclusión desoladora: el entrevistador no había leído el libro. 

Otras veces no creen que yo pueda hacer un análisis interesante de un ruso exiliado del siglo XX. Otra postura misógina, claro: piensan (por mi cara, por mi manera de ser, no sé) que no puedo ser una investigadora de verdad. Mucha gente me lo dice en redes: «Se nota que no has leído a Nabokov». Esa infantilización la percibo a menudo. Nunca seré lo suficientemente adulta ni lista para poder analizar una gran obra. Porque eso les pertenece a ellos. Ya seas el periodista de turno en El País, un académico o un librero. La última: después de un texto que saqué en Babelia sobre Dostoievski, me dijeron que hago propaganda prorrusa. De nuevo, lo mismo: no nos gusta que los otros existan y hagan cosas. 

Esa es otra vértebra del libro: cancelar y censurar. ¿Cómo se relacionan?

Cancelar es el paso previo a censurar. Estamos en ese momento en el que cualquier cosa puede arder, convertirse en algo condenable. Siempre, siempre, siempre un lado y otro chocando. Dos fuerzas que lo único que hacen es que sintamos vergüenza, a cada rato. 

¿Eso también motiva las reacciones (viejas y contemporáneas) frente a Lolita?

He escuchado tanto que Lolita solo es la historia de un pedófilo... ¿Cómo leemos? ¿Qué pasión tenemos hoy por reducirlo todo a un tema y a una única trama? Comentaba una chica hace poco, en un club universitario, que no quiere leerlo porque hay pedofilia por todas partes. Bueno, en realidad, eso no aparece hasta la página 155. Pero si ni siquiera has leído el prólogo, que ya te avisa de lo que verás, ¿cómo vas a leer? El problema no es el libro: el problema eres tú, que no quieres enfrentarte a él. Ella me decía: «Yo no soy una cobarde». No lo serás, pero si le metes un poco de esfuerzo vas a poder hallar muchísimas capas. De hecho, vas a encontrar peores violencias. Porque Humbert es tan violento con la madre de Lolita, con su esposa, con todas las mujeres con las que ha estado, con sus compañeros, con sus amigos… Tienes que entrar a un texto con tus propios ojos y no con lo que te han dicho que ese texto debería ser.

Incensurable habla sobre «la dictadura del yo soy». ¿Síntoma de lo mismo?

Son diversas maneras de quedarse en la superficie. Si te gustan Las meninas no es porque te veas reflejada en ellas, sino porque hay algo armónico, algo histórico, algo a donde dirigir la atención. Pero nunca dirías: «Soy yo, literal». Sin embargo, productos culturales más narrativos, ya sea una peli, o sobre todo un libro (estás tú solo), nos llevan a querer identificarnos absolutamente. En Goodreads [una red social para lectores], una de las mayores críticas en títulos que tienen pocas estrellas es «No me gusta porque no me identifiqué con el personaje principal». ¡Gracias a Dios! Para eso existe también la ficción, para mostrar otras vidas. 

Fotografía: Monika Sed  

¿Mostrar otras vidas implica riesgos? Nabokov sufrió escribiendo Lolita, tenía miedo. 

Creo que ese miedo de Nabokov no es solo con respecto al tema que abarca. Tuvo miedo de crear una obra de arte tan bella que pueda ser malinterpretada constantemente por cualquier lectura débil. Lolita se ha convertido en una palabra para definir a una menor violada. Nabokov nunca llegó a pensar que algo que él estaba escribiendo mutaría en un mito. Quién le iba a decir a Safo que las mujeres sáficas se llamarían lesbianas por ella. O a Kafka que algo podía ser kafkiano. O a Homero que un día malo para una persona sería una odisea. Nabokov tenía miedo pero no era consciente de hasta dónde iba a llegar esa locura. El miedo no era solo por el tema complejo que estaba explorando, sino también por el riesgo formal. 

«TIENES QUE ENTRAR A UN TEXTO CON TUS PROPIOS OJOS Y NO CON LO QUE TE HAN DICHO QUE ESE TEXTO DEBERÍA SER»

¿Dónde encaja a Nabokov? ¿En Rusia, en Francia, en Estados Unidos? ¿En la ficción, en el ensayo? ¿Cómo es su voz? 

Escribe en un idioma que no es el suyo, publica en un país que no es el suyo. Ni en su casa es bienvenido. No tenía nada que perder y, al mismo tiempo, lo arriesgó todo por una obra difícil. Es un autor sin patria. No tiene Ítaca. Lo curioso es que muchos de estos autores, como Bolaño, encuentran la patria en la literatura misma. Quizá así se explica el aspecto tan metaficcional y metaliterario de sus historias. Por otro lado, pudo entregarse al sueño americano y ser sumiso. En su lugar, hizo Lolita. Hay algo irónico en que él, un ruso, escribiera la novela más importante del siglo pasado en lengua inglesa. Hay algo de… Gana la Guerra Fría. 

¿Nabokov quería textualizar lo insoportable, lo escabroso del ser humano? ¿Se puede, se debe escribir libros sobre lo que no se puede decir? 

Sí, claro. Se debe. Sin miedo al qué dirán. Pero con mucho respeto. Si ha sido secreto es por algo: porque da vergüenza, porque ha sido difícil de contar, porque implica, porque hiere sensibilidades. Todo podría narrarse desde el respeto. Es un trabajo difícil. Cuando escribes así, te quitas cierta rabia. Nabokov nombra sin nombrar. Dicen que Lolita está llena de erotismo, en realidad no hay una sola escena de sexo realistamente descrita. Solo sugerencias. Una esponja de color rosa que escurre jabón, por ejemplo. Esa es su forma de nombrar lo innombrable: lanzarnos a nosotros, como lectores, a hacerlo. Por eso cae tan mal. Porque desafía. Lloro cada vez que leo el final de Lolita. Esa despedida, ese intento suyo de querer que Lolita viva… De hecho, he ahí la ironía: que solo a través de las palabras de Humbert Humbert podemos conocer a Lolita. Solo a través de su canto quejica y perverso. Jodida ironía: necesitamos al asesino para poder ser conscientes de aquello tan bello que él ha matado. 

Sobre las palabras, la textura de ese «canto quejica y perverso», ¿qué es el lenguaje para Nabokov y para Humbert Humbert?

Nabokov demuestra que, a menudo, los mejores prosistas son aquellos que han fracasado en la poesía con estrépito. Hay incluso una especie de envidia al que es capaz de escribir nada más que diez versos y con eso irse a la tumba tranquilo. Javier Marías saca los títulos de sus libros de versos de Shakespeare. En estos narradores la literatura y la poesía están representadas dentro de sus propias obras: sus protagonistas leen poesía, sus protagonistas quieren ser poetas, sus protagonistas son poetas. Humbert Humbert, en cambio, se sirve del lenguaje para seducir, aniquilar, pero también para alzarse y ser importante. Él es un poeta frustrado, un intelectual que no lo consigue. De hecho, delata torpeza y estupidez en la mayoría de sus interacciones. La novela es una especie de carta dirigida a un gran jurado. Nosotros somos ese juez. El último grito desesperado de Humbert Humbert pretende ser bello. Es decir: he arrebatado tanta belleza al mundo por mi egoísmo que lo único que puedo hacer ahora, en la cárcel y a punto de morir, es escribir esta confesión bella, más bella que la belleza que yo mismo he destruido. Y eso, a lo mejor, con este acto anhela que nosotros, como lectores, le perdonemos. 

«SE DEBE ESCRIBIR LIBROS SOBRE LO QUE NO SE PUEDE DECIR. SIN MIEDO AL QUÉ DIRÁN. PERO CON MUCHO RESPETO. TODO PODRÍA NARRARSE DESDE EL RESPETO»

Dadas esas claves de lectura, ¿qué silenciamos cuando silenciamos una obra tan compleja?

La historia. La historia de la humanidad. Silenciar una obra es silenciar la historia de la humanidad. El año pasado, y esto es algo que salió muy poco en prensa, se cumplieron cien años de Mein Kampf. Leí pequeños ensayos que intentan analizar qué ha pasado desde la publicación de ese vehículo de pensamiento tan peligroso. El que más me atrapó fue un estudio sobre lo mal escrito que estaba, sobre su pobreza verbal. No lo he leído, no puedo hablar sobre el lenguaje de Hitler. Pero me interesó cómo muchas veces los «libros peligrosos» pueden ir por dos vías. Unos, con un lenguaje muy bello, consiguen o podrían conseguir hacernos olvidar la naturaleza de las monstruosidades que cuentan. Despiertan esa gracia de lo estético, de lo artístico. Otros, por tan monstruosos que son, necesitan el lenguaje más feo y más estúpido de la galaxia. Tuve que leer a muchos autores peligrosos o censurados para poder escribir Incensurable: la obra entera de Gabriel Matzneff, por ejemplo, y de otros infames pedófilos de la literatura europea. ¿Y qué logré con ello? Subrayar algunas frases, poco más. Creo que no me he vuelto pedófila, pero tampoco celebraría su literatura. Muchos de los autores del siglo XX que han tonteado con el tema de la pedofilia no son sino meros imitadores del peor Humbert Humbert. Ni siquiera de Nabokov. Ojalá hubiesen imitado a Nabokov

«La lectura como acto de iluminación», clama Incensurable. ¿Eso diferencia a Nabokov de los escritores pedófilos?

Claro. Quién ilumina, quién hace ver más allá. Si Ulises, si Madame Bovary, si Cien años de soledad están en el canon occidental es porque abren conversación. Dan pie a reinterpretaciones, originan mitos y crean fórmulas absolutamente nuevas. Cerrar un tema me parece muy egoísta. Un libro que cierra conversaciones es un mal libro. Al final, un escritor es aquel que dialoga con los muertos, pero también con los vivos que vendrán después de él. Es alguien que habla con todas las generaciones, las de antes y las de después. Quien no quiera hablar quizá no tiene nada que decir. 

«UN ESCRITOR ES AQUEL QUE DIALOGA CON LOS MUERTOS, PERO TAMBIÉN CON LOS VIVOS QUE VENDRÁN DESPUÉS DE ÉL»

¿Incensurable es la prueba de que esa conversación continúa?

Incensurable es una nota a pie de página dentro de toda la bibliografía que ha generado Lolita a lo largo de setenta años. Ojalá algunas de las cuestiones que plantea dentro sigan inspirando horizontes. Me gustaría que Incensurable no se leyera solo como algo que habla sobre Lolita. Abre otras reflexiones a propósito de crítica literaria y de teoría alrededor de la lectura. Está, también, muy en sintonía con lo que he escrito antes, donde me interesaba recuperar lo que escriben otras mujeres a las que tenemos olvidadas y pisoteadas. Quisiera que Incensurable rinda homenaje a todas las intelectuales que han comentado y defendido a Lolita. Ya sea Iris Murdoch, Nina Berbérova o cualquier autora reciente. 

¿Cómo fue escribirlo?

Primero terminé la parte ensayística. Eran guías de lectura. Tenía muchas notas, casi 25.000 palabras. Ahí estaba casi todo. Me propusieron publicarlo en la editorial mexicana Almadía, pero me pareció que no era divertido. Que iba a ser un recopilatorio bibliográfico. Empecé a convertirlo en conferencia. Yo vengo del teatro, de ahí la idea del monólogo. «¿Por qué no transformar este ensayo en algo que podría recitarse en un seminario o en una universidad?», pensé. Me leí los seminarios de Barthes, las clases de Hélène Cixous, algunas de Mark Fisher. Volví a Una habitación propia de Virginia Woolf, evidentemente. Eso me daba vueltas. Arranqué a mezclar, a narrar. Lo más chulo fue ver qué demandaba la ficción para seguir investigando a nivel ensayístico. El periplo editorial de Lolita, por ejemplo. La historia de cómo intentaron que desapareciera. Ahí está el camino hacia Incensurable. Quería ver si esto podía ser no solo una teoría sobre la lectura, sino también quizá una demostración de cómo se crea, de cómo se desarrolla y escribe una idea.

 

Ese énfasis en las ideas lo comparten Letrice, en las páginas de Incensurable, y Luna Miguel, al otro lado de la llamada. Letrice es tajante, combativa: defiende la lectura como una cuestión de vida o muerte. No cede en lo esencial. Luna tampoco. En ese distópico 2029, Letrice hace lo imposible por conseguir una copia física de Lolita y estudiarla. En este cercano 2026, Luna no se choca con prohibiciones en las librerías, pero sí con desalientos múltiples y reproches continuos. En eso se parecen. «Procuremos explicar el sentido de nuestra angustia en vez de escandalizarnos por ella», pide Letrice a sus alumnas. Como Luna, encuentra en la novela de Nabokov un espejo irradiante, complejo, vasto de las realidades humanas más difíciles: incluso de aquellas que no se pueden nombrar. Para ambas, mirar esas realidades es intentar comprenderlas. Ambas escogen la literatura y la relectura continua. Porque abole la estrechez de las ideologías, esas miopías mortíferas. Porque abre puertas y conversaciones. Porque también esclarece lo borroso, guía en el dolor. Aumenta nuestra humanidad.

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