Fotografía: Manuel Castells

Instagram aumenta la depresión y la ideación suicida en adolescentes. La empresa lo sabía, lo ocultó y siguió ofreciendo su producto. «Captúralos a los trece y los tendrás para toda la vida», ese es el lema de la industria. Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Salud Pública en la Universidad de Navarra, catedrático visitante en Harvard, investigador y autor de varios libros de divulgación científica, lleva años denunciando lo que considera el mayor escándalo sanitario del siglo. En 12 soluciones para superar los retos de las pantallas explica por qué hay que actuar ya. 

«Cámara de gas». con estas tres palabras, el doctor Miguel Ángel Martínez-González trata de escenificar un momento de su etapa universitaria. Era 1977 en la Universidad de Granada y el ahora conocido epidemiólogo era entonces un alumno de cuarto de Medicina. Pudo ver —y sufrir— el humo que despedían los cigarrillos de la mayoría de sus casi doscientos compañeros de clase a las ocho de la mañana. También el profesor fumaba mientras impartía su lección magistral. La materia del día: cáncer de pulmón. «Ahora nos suena esquizofrénico, pero esto pasó, y cosas peores —asegura Martínez-González—. Matronas que, antes de sacar al niño, dejaban el cigarro apoyado en algún lado». 

El doctor utiliza el imaginario colectivo de la industria tabacalera para crear paralelismos con uno de los problemas que más le angustia desde hace un lustro: la relación de los adolescentes con los móviles. Ha dado más de cien conferencias por toda España y en Estados Unidos sobre el tema. «Colegios, asociaciones de padres, universidades… La gente quiere más información», argumenta. Desde joven se ha sentido cómodo nadando en bases de datos, planteando propuestas cuantitativas, diagnósticos de sociedades enteras.

Como el resto de su gremio, Martínez-González es un profesional que busca centrarse en la calidad de vida, y no solo en la cantidad: nuestros propósitos, nuestro ánimo, relaciones interpersonales, autocontrol. Él utiliza el término environmental mastery. Controlar mejor el entorno, nuestro ambiente. Resiliencia. «El astronauta que pasa seis meses en el espacio pierde el diez por ciento de la masa ósea del fémur. ¿Por qué? Porque ha dejado de combatir la gravedad», ejemplifica. Habla con Nuestro Tiempo sobre la vulnerabilidad de los niños, la importancia de una medicina preventiva sólida y el poder sanador de la tribu.

¿Cómo intervienen en la comunidad?

Al igual que en el sector clínico, lo primero es desarrollar un diagnóstico. Recoges una serie de síntomas (datos, estadísticas, tendencias), los mides (distribución, frecuencia, magnitud) y profundizas hasta que estables una causalidad. La epidemiología busca, con ese manejo inmenso de cifras, dar respuesta a las preguntas imprescindibles: ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Luego viene el tratamiento, que solo permite una forma de abordarlo: la educación de la sociedad a través de la divulgación. Por eso hablamos tanto con los medios, intervenimos en actos, damos charlas, presionamos a los dirigentes. En nuestro centro de investigación tenemos gente que dedica todos sus días a la educación sanitaria, fundamentalmente a través de teleconferencias: dietistas, psicólogos, enfermeras, médicos… todo el día. Por último, promovemos medidas regulatorias.

REGULACIONES EFICACES: «UNA VEZ LOS MIEMBROS DE LA SALUD PÚBLICA FIJAMOS UN OBJETIVO COMÚN, SOMOS IMPARABLES»

¿Piden legislación?

Exacto. Las llamo «medidas estructurales» y es la fase que más se parece al tratamiento quirúrgico. Conseguir que se prohíba, por ejemplo, fumar en espacios públicos, el uso de la grasa trans, los smartphones a menores de dieciocho años, o que se les pongan impuestos a las bebidas azucaradas. Dentro de unos días viajaré al Parlamento de una comunidad autónoma que me ha invitado para conversar sobre móviles, salud mental en adolescentes y por qué deberían prohibir las pantallas antes de la mayoría de edad. Hay peticiones que ya tienen decenas de miles de firmas. Influir en los Gobiernos para llegar a la gente y cambiar la salud pública es nuestro poder y nuestra responsabilidad.

¿Suelen ser ustedes eficaces?

Tardamos, es un tratamiento a largo plazo, pero, en cuanto los miembros de la salud pública fijamos un objetivo común, somos imparables. Sin embargo, lo difícil no es legislar. En este país se legisla por todas partes y no creo que la solución sea ponerse a hacer leyes para todo, sino lograr que se cumplan, con firmeza y con (este término inglés me encanta) enforcement. Dichos muy conocidos en España como «Hecha la ley, hecha la trampa» son impensables en el mundo anglosajón. Tenemos que cambiar esa mentalidad. La ley, las medidas son nuestra ingeniería social, y no nos las tomamos en serio.

¿Se les escucha más que antes?

Sí, sobre todo desde el Covid-19. Fue una situación que puso en evidencia tanto a los buenos como a los malos gestores de la crisis sanitaria. Hablo de esto en mi libro La sanidad en llamas (Planeta, 2021) y pongo de ejemplo a Taiwán, que tiene poco más de la mitad de habitantes que España. Aquí murieron 60 000 personas a lo largo de 2020; allí, 7. El vicepresidente de Taiwán, Chen Chien-jen, era catedrático en Epidemiología. Se identificó la causa, se actuó con rapidez y eficacia y, por supuesto, se salvaron miles de vidas. Otro ejemplo más de la potencia de esta rama de la medicina.

Fotografía: Manuel CastellsMartínez-González confía en los avances científicos y en una mayor conciencia social sobre el impacto de los teléfonos móviles inteligentes.

En 12 soluciones para los retos con las pantallas menciona 2020 como el inicio de su interés sobre el problema digital en adolescentes. 

Durante la pandemia leí un estudio del Center for Disease Control and Prevention de Atlanta, quizá la entidad de prevención sanitaria más solvente de Estados Unidos. El estudio, que buscaba representar a la población norteamericana, señalaba que una cuarta parte de las personas de entre dieciocho y veinticuatro años había considerado suicidarse en los treinta días anteriores. Me parecía algo imposible: el país más desarrollado del mundo, la mayor riqueza y, además, un grupo con tanta vitalidad como es el de los jóvenes. Seguí buscando, hablé con varios psiquiatras y aseguraban tener las consultas repletas. 

Otro evento fue el estreno de The Social Dilema en Netflix, que cuenta, entre otras cosas, que empresarios como Tristan Harris abandonaron sus trabajos en las redes sociales porque se dieron cuenta de que estaban mintiendo. La ingeniera y científica de datos Francis Haugen dejó al mundo digital en evidencia con los Facebook Files publicados en The Wall Street Journal. Zuckerberg y compañía sabían de sobra lo nocivas que eran sus aplicaciones: archivos enteros donde se demostraba que las redes sociales aumentaban la ideación suicida, la depresión —especialmente en las chicas—, trastornos de la conducta alimentaria… Lo estudiaron y pagaron, lo negaron ante el público y se lo dieron a los niños, los más vulnerables de todos. Hay un paradigma que solemos usar para hablar de adicción en la salud pública, y es que los tiburones de esta área tienen un lema: «Captúralos a los trece años y los tendrás para toda la vida».

PORNOGRAFÍA: «LOS PADRES TIENEN QUE SER VALIENTES PREGUNTANDO; SI NO, LOS HIJOS CASI SEGURO NO SERÁN VALIENTES PARA RESPONDER»

¿Qué les pasa a los trece?

Su cerebro no está preparado para combatir las adicciones. No tienen bien desarrollada la capacidad de autocontrol. Los sistemas de recompensa —inmediatos y gratificantes— dominan la capacidad de autocontrol. Se vuelven todavía más vulnerables porque el cerebro no está plenamente mielinizado. [La mielina es la grasa que rodea las vainas de los axones]. El impulso nervioso va más despacio. No tienes tanto autocontrol porque el cerebro no ha madurado lo suficiente. No se ha hecho la poda neuronal. 

¿Qué es la poda neuronal?

Tenemos unos cien mil millones de neuronas, aproximadamente. Cada una de ellas se comunica con otras siete mil de media. Pero cuando nos desarrollamos en la adolescencia no se generan neuronas nuevas, sino que las ya existentes, conectadas a lo loco, empiezan a organizarse. Dependiendo de nuestros intereses, de a qué le dediquemos nuestro esfuerzo y a qué no, qué actividades prioricemos y cuánto tiempo dediquemos a cada una, el cerebro establece conexiones preferentes. Las descartadas se podan. La mente se configura. Es lo que se conoce como «plasticidad cerebral». El cerebro adolescente se amolda a sus intereses y habilidades. Esta programación termina entre los dieciocho y veinte años, y es la que determinará la capacidad de autocontrol, la calidad de nuestros propósitos a largo plazo. Si tú introduces el móvil cuando tantos cambios importantes están sucediendo en el cerebro de tu hijo, lo puedes echar todo a perder. Esta plasticidad se puede ver de forma muy clara en el aprendizaje de idiomas nuevos. Si un chico de trece años se va a vivir a Alemania, cuando tenga veinticinco nadie podrá distinguir su acento del de un alemán nativo. Pero si te vas con cuarenta, siempre se te notará la diferencia.

REDES SOCIALES: «LAS REDES SOCIALES SON EL FACTOR MÁS PERJUDICIAL. ALGUNAS DEBERÍAN PROHIBIRSE DIRECTAMENTE, COMO HIZO LA INDIA CON TIKTOK»

Toda esta ingeniería viene de Silicon Valley y es un problema global. ¿Por qué propone abordarlo desde casa?

Los padres son los primeros educadores, y si ellos no dan ejemplo, los hijos estarán perdidos. Se pueden ver hoy en día generaciones enteras de jóvenes que han dejado de dormir bien. Se despiertan cada día un poco más cerca de ser zombis. Llenan las consultas. Si los Gobiernos no cumplen su responsabilidad y les paran los pies a las tecnológicas —que no lo están haciendo—, habrá que cubrir esa primera línea tan básica y fundamental que es la adolescencia. Siempre se lo digo a los padres: hay que decir no a los smartphones antes de los dieciocho. 

¿Se puede llegar a tener una relación sana con una herramienta que es por naturaleza insana?

Estamos hablando de dispositivos y aplicaciones diseñadas por los mejores ingenieros informáticos, testadas por psicólogos y profesionales que han volcado todos sus conocimientos en hacer del móvil y sus sistemas un objeto tan adictivo que no te deje ni un minuto libre. Es difícil. Mucho. Requiere de corteza prefrontal, capacidad de autodominio, disciplina… pero se puede, claro que se puede. Al igual que no es fácil llevar una dieta sana cuando los supermercados están repletos de ultraprocesados, que son el alimento más barato, cómodo y nocivo que puedas poner en tu despensa. La población española no sigue la dieta mediterránea. Pues lo mismo pasa con el móvil. Eso sí, toda esta dificultad que afronta una persona adulta resulta una tarea imposible para un niño. Ellos no pueden adaptarse al ritmo del teléfono.

Un miedo muy común entre los adolescentes que no tienen acceso al móvil es el de quedarse fuera, no formar parte del grupo, de sentirse analfabetos digitales.

Esto lo explica muy bien Michel Desmurget en su libro La fábrica de cretinos digitales: la idea de que un joven se convertirá en paria social o en analfabeto de internet por no tener móvil es una leyenda urbana. Lo dice Desmurget y yo me sumo: reto a cualquiera a que encuentre un solo estudio epidemiológico que sustente esa idea. Sin embargo, sí existen cientos que sustentan lo contrario: que darle a un chaval el teléfono móvil a los trece, catorce o quince años es un factor de riesgo potentísimo para sufrir depresión, ansiedad, déficit de atención, anorexia nerviosa, bulimia, autolesiones y tendencias suicidas. O ciberbullying, que es un tema gravísimo. Hace unos años el acoso escolar terminaba cuando sonaba el timbre del colegio, pero hoy dura las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. El número de acosadores es potencialmente infinito y anónimo. En muchos casos, la crueldad es extrema. Y ya si entramos en el tema de la pornografía…

PREDICAR CON EL EJEMPLO: «LOS PADRES SON LOS PRIMEROS EDUCADORES, Y SI ELLOS NO DAN EJEMPLO, LOS HIJOS ESTARÁN PERDIDOS»

¿Qué tiene que ver la pornografía con el acoso escolar o la violencia?

Es de lo más adictivo que ofrecen las pantallas. Y su escalada tiende siempre a una depravación más violenta. Como en el resto de adicciones, la persona aprende a tolerar y se acostumbra con cada subida de dosis. En medicina, a esta tolerancia le llamamos taquifilaxia. Al que antes le iluminaba una cerilla, ahora necesita una bomba de napalm. Chicos y chicas en edad escolar que acaban, pasado el tiempo, frente a la pantalla viendo escenas que ningún ser humano debería haber visto jamás: incestos, violaciones, zoofilia, pornografía infantil, orgías. Conozco casos de niños que han empezado a los nueve o diez años y han llegado a los veinte cerebralmente destrozados. En mi libro Salmones, hormonas y pantallas hablo de un estudio muy interesante hecho por dos epidemiólogas, Belén Sanz y Carmen Vives, que analizan la escalada de la violencia sexual en adolescentes durante la pandemia, publicado en la revista British Medical Journal

¿Por qué es tan fácil empezar?

El porno es superpasivo. Elimina al instante todo lo que la sexualidad tiene de reto: conquistar al otro, querer ser mejor, sonreír, apasionarse, intentar seguirle el ritmo a la pareja, escuchar, entender. En internet, lo que encuentran los jóvenes es un harén entero disponible sin ningún tipo de exigencia. 

Fotografía: Manuel Castells

A muchos padres les resulta engorroso abordar este tema.

Aunque no lo parezca, creo que aún no se ha dicho lo suficiente. Hay que hablarlo más. Mucho más. Siguen acercándose a este asunto con cierta timidez o vergüenza, como si fueran a pervertir a sus hijos hablando de estas cosas. Pero es importante que lo encaren cuanto antes porque se juegan muchísimo en esa anticipación, no han de esperar hasta la adolescencia. Ha de hablarse con naturalidad, sin alterarse, razonablemente y con cariño. Hay que ponerse en sus zapatos. Los hijos han de sentir la confianza suficiente para plantearles a sus padres las primeras dudas. Si no, cuando empiecen a hacerse preguntas, buscarán las respuestas en fuentes peligrosas. 


¿Qué pasa si los niños ya son mayores y no se ha intervenido como es debido?

Una forma muy socorrida de empezar es hacer muchas preguntas. Esforzarse por entender cómo ven el mundo, cómo piensan sus compañeros de clase: «¿Qué opinan tus amigos de este asunto? ¿Tú cómo lo ves?». Nunca juzgándoles, sino facilitándoles el camino. Siendo impositivo, la sinceridad es imposible. Han de querer hablar, y para eso hay que generar confianza. Y, en cuanto el hijo empiece a enganchar, se tiene que tirar del hilo e ir tocando los temas esenciales. Los padres tienen que ser valientes preguntando; si no, los hijos, casi seguro, no serán valientes para responder.

¿Qué responsabilidades les pediría a los Gobiernos respecto a la pornografía?

Todo el mundo se ahorraría muchísimos problemas si se estableciera un sistema efectivo de verificación de edad. Y que haya que pagar por entrar. Precios elevados. Si se incumple: multa. Pero multa de verdad. Toda la pornografía tendría que estar señalada: nada de extensiones como .com, .es o .org. Todas con la extensión .xxx. Este tipo de barreras, aunque a alguno le puedan parecer inútiles, suelen dar buenos resultados. En salud pública es bien conocido que en las ciudades que tienen pasos elevados, puentes, miradores…, si no hay barandillas o son muy bajas, suele haber muchos más suicidios. Y cuanto más altas, menos. La gente reacciona ante las barreras.

LÍMITES SALUDABLES: «ES NECESARIO ESTABLECER UN TOQUE DE QUEDA DIGITAL. A PARTIR DE UNA HORA, LOS MÓVILES APAGADOS»

¿Y respecto a las pantallas en general?

Creo que las redes sociales son el factor más perjudicial. Algunas deberían prohibirse directamente, como hizo la India con TikTok. Demasiado nociva. Y los smartphones, demostrada su capacidad adictiva y quiénes son los que andan detrás de la industria, deberían prohibirse hasta la mayoría de edad, al igual que votar. Hasta que el cerebro esté más configurado. Sobre este tema es muy interesante el libro La generación ansiosa, de Jonathan Haidt.

En el caso de que sí se les den móviles a los hijos antes de los dieciocho, ¿qué mínimo recomienda?

En 12 soluciones para superar los retos con las pantallas hablo de poner límites temporales y físicos a un objeto que no entiende ni de tiempo ni de espacio. En cuanto al tiempo, la franja más importante es la noche. Cuando termina el día, la hormona del cortisol está por los suelos y estamos más vulnerables. Es necesario establecer un toque de queda digital. A partir de una hora, los móviles apagados. El riesgo de que un niño se enganche por la noche es enorme. Respecto a las zonas de la casa, establecer reglas. Que no se vayan con los aparatos a la habitación, que no entren con ellos al baño. Utilizar despertadores normales: es un gran error acostarse y levantarse con el teléfono al lado, que mirar el móvil sea lo primero y lo último que hace un joven —o cualquier persona— en su día a día. Priorizar las zonas comunes. El factor de estar en público hace que los niños se comporten de otra forma. Y nunca poner en riesgo los momentos en familia: cenas, paseos, el cara a cara, el ponerse al día.

¿Esto podría generar nomofobia, miedo irracional a estar sin el teléfono?

Lo que planteo es todo lo contrario: algo así como una nomofilia. Debemos sentir alivio con el rechazo, comodidad de estar un rato sin dispositivos digitales. Decir: «Por fin me puedo concentrar y hacer otra cosa». Esto es salud mental.

OPTIMISMO: «CREO QUE LAS COSAS VAN A CAMBIAR PARA BIEN. SON TANTÍSIMOS LOS QUE EMPIEZAN A DARSE CUENTA…»

¿Llegar a acuerdos y pactar con los hijos no podría poner en peligro la autoridad de los padres?

Todo lo contrario. Los padres tienen que razonar y ver que, si algo les está suponiendo un esfuerzo a sus hijos, ellos también deben demostrar esfuerzo. Yo, por ejemplo, llevo muchos años dando clases y establezco acuerdos con mis alumnos todo el tiempo. Si llegan a la hora y desaparecen las pantallas durante mi lección, yo me comprometo a hacerles resúmenes y esquemas de cada clase como guías docentes. Todo esto me requiere un esfuerzo extra, pero estoy dispuesto a hacerlo si cumplen con su parte. El que algo quiere algo le cuesta. Esto es ir a contracorriente.

¿Como un salmón?

Es un concepto que hay que explicarles también a los niños. La importancia de no siempre ir con las modas, con la masa, con la corriente. Adaptarse a una sociedad que está profundamente enferma no es señal de salud, sino de enfermedad. La película Wall-E (2008) me encanta y me parece un ejemplo magistral de este problema. Perfecta para un cinefórum familiar con los pequeños. 

¿Hasta qué punto se siente optimista?

Muy optimista. Y podría no parecerlo, lo sé, después de todos los problemas que hemos planteado, pero es así.

¿Por qué?

Porque pienso que hay una serie de personas muy inteligentes que están metidas en los temas de salud pública. Porque no paran de salir estudios que demuestran la causa de muchos malestares modernos. Creo que las cosas van a cambiar para bien. Son tantísimos los padres que empiezan a darse cuenta del panorama... Hay una demanda enorme de información porque los móviles se sienten cada vez más como un problema. 

¿Pendulazo?

El tema de ir a la contra no es nada fácil, pero, a medida que nuestra presión crezca, estaremos más cerca del conocido tipping point; el punto de inflexión del que habla el sociólogo canadiense Malcom Gladwell. Cuando tú consigues convencer a un veinticinco o treinta por ciento de la población respecto a un tema, es muy probable que la opinión social experimente un vuelco repentino en favor de ese peso.

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