
J. F. Powers
La Navaja Suiza, 2018
440 páginas
23,90 euros
El padre Urban, protagonista de Morte d'Urban, es el sacerdote más capaz de la imaginaria Orden de San Clemente: hombre de ciudad, amante de los buenos puros, el buen whisky y el golf, predicador admirado por los poderosos de Chicago. Sus hermanos de orden son pobretones y mediocres; él se cree llamado a salvarla a fuerza de donantes y benefactores. Pero la Escritura advierte de que no se puede servir a dos señores, y toda la comedia consiste en ver a Urban poner a prueba esa máxima.
La vida se le tuerce cuando el prior lo destierra a una fundación ruinosa en un pueblo del Oeste con un solo semáforo: una casa de retiros que se cae a pedazos, que los hermanos se esfuerzan por reconstruir sin dinero y que no ha recibido un solo ejercitante en un año. Y en la que hace mucho, mucho frío. Cualquiera que haya conocido campamentos, vigilias o cursillos reconocerá ese estilo que aspira a la pobreza y solo desprende un tufillo hortera: las sillas de plástico, los sacos de dormir, los cartelitos de paz y amor, los folletos (esos folletos). Incapaz de ser otra cosa que él mismo, Urban se pone a elevar el tono del lugar y urde un plan para atraer dinero y categoría: construir un campo de golf.
El título en francés es la clave de lectura. Remite a Morte d'Arthur, de Thomas Malory, y el viaje de Urban resulta ser el de Lancelot: ¿caballero u hombre de Dios?, ¿hasta qué punto son reconciliables el mundo y el espíritu? Que uno de los sacerdotes de la novela prepare además una edición infantil del rey Arturo devuelve la pregunta al propio libro: cómo, y para quién, cuentan los cristianos sus historias.
La novela ganó el National Book Award de 1963, por delante de Nabokov, y se lee con la avidez de un bestseller. Es costumbrista sin dejar de ser irónica, y mira con cariño a buenos y malos sin renunciar al humor, que es su piedra de toque. Su tesis, si acaso, es sobre la gracia: un bolazo de golf del obispo manda a Urban al hospital, y de las jaquecas emerge un hombre más contemplativo. ¿Lo ha elevado Dios o lo ha derrotado? Powers no lo juzga ni lo absuelve.
Cuesta entender por qué hubo que esperar a 2018 para leerlo en español, y más aún el silencio de los medios. Es una comedia amable, divertida y honda que se ríe de su propio mundo porque quiere mejorarlo, y que los católicos —su público natural— han olvidado. Quizá sea hora de recuperarla.




