No te conformes con la parcialidad

4 de septiembre de 2026 4 minutos

Marcela Duque Biografía

Es profesora en la Universidad Francisco de Vitoria y poeta. Ha escrito Bello es el riesgo (2019), que le valió el premio Adonais, y Un enigma ante tus ojos (2024).


«No solo ignoramos qué se sentirá al vivir lo que todavía no hemos vivido, sino también hasta qué punto cambiarán nuestras prioridades y proyectos. Hay un abismo entre el yo que debe decidir y el que resultará de la decisión»

No recuerdo dónde la leí, pero es quizá la línea periodística que más profundamente me ha interpelado, como si en ella se encerrara un secreto de sabiduría que no podía dejar escapar. El imperativo tenía la voz de una aventura, algo de prueba iniciática y promesa, una mezcla de «Remad mar adentro» y «Venid y veréis». Lo leí con el tono de una autoridad indiscutida y confié en que valdría la pena viajar unos 800 kilómetros hacia el sur —de Washington D. C. a Carolina del Sur, casi la extensión de la península ibérica— para ser testigo, si había suerte, de un fenómeno de dos minutos: el eclipse total de sol que cruzó Estados Unidos en 2017. La experiencia resultó tan emocionante y transformadora que esas palabras de aire sapiencial me han acompañado desde entonces, como un lema para la vida: «Do not settle for partiality», «No te conformes con la parcialidad».

Este verano, mientras esperaba un nuevo eclipse solar, me he escuchado repetir estas mismas palabras, en un intento de convencer a todo aquel que tuviera paciencia para escucharme de que valía la pena adentrarse en la franja de la totalidad y no conformarse con ese 99,7% que se apreciaría desde mi pueblo veraniego o el casi rotundo 99,9% que se prometía desde Madrid. «No os conforméis con la parcialidad», he insistido en tono suplicante a varias personas que no terminaban de compartir mi entusiasmo. Es de esas cosas que solo se comprenden bien cuando las has experimentado.

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Ante la totalidad, se entiende el abismo que puede mediar entre una pura diferencia de grado, progresiva y sin saltos, como el paulatino ocultamiento del sol, a una diferencia de naturaleza, en la que emerge algo completamente nuevo, discontinuo con lo anterior, inesperado como una nueva creación. No es como un puzle que se va completando hasta que —voilà— la última pieza encaja en su sitio. Es más bien como si, con esa última pieza, el paisaje alpino del puzle se elevara en tres dimensiones y nos encontrásemos de repente rodeados por la grandiosa belleza del valle.

La totalidad es sobrecogedora: asombrosa e inquietante a la vez. En su búsqueda fuimos hasta Zaragoza. Con la Basílica del Pilar en el horizonte, a orillas del Ebro —y casi dentro, sobre un banco de arena—, sentimos la temperatura caer, observamos los pájaros arremolinarse y la luz cambiante pintar un atardecer inédito, escuchamos los vítores de las personas y nos unimos a ellos con emoción primigenia. Ya sin las gafas, vimos a la Luna aparecer sin su encaje blanco de casta diva, con un traje de Nada, más negra que la negra noche, y a la flamante corona solar anunciarse entre las sombras, amable a las miradas.

Siempre me ha gustado la imagen conyugal, tan apropiada en este contexto, que utiliza Annie Dillard para comparar la parcialidad y la totalidad de un eclipse: es la diferencia entre besar a un hombre y casarse con él. Presenciar un eclipse total es una experiencia epistemológicamente transformadora: ni una foto, ni una porción del 99,9% de un eclipse permiten saber qué es la totalidad. Hay otras experiencias, sin embargo, que además son personalmente transformadoras, en un sentido mucho más radical: casarse, tener un hijo, seguir el llamado de una vocación… Son decisiones a las que siempre se avanza, en cierto sentido, a ciegas, pues solo pueden conocerse bien viviéndolas desde dentro. Al tomarlas, no solo ignoramos qué se sentirá al vivir lo que todavía no hemos vivido, sino también hasta qué punto esas decisiones cambiarán nuestras prioridades y proyectos e incluso nuestra manera de mirar el mundo. Hay un abismo entre el yo que debe decidir y el yo que resultará de la decisión.

Aquí es donde la llamada a no conformarse con la parcialidad adquiere el tono épico de la invitación a una vida más plena. No es tanto un no conformarse con una versión parcial de una experiencia (como el eclipse), sino un no dejar que lo que somos ahora sea el único juez de aquello a lo que podemos llegar a ser. No hay un punto en el que podamos decir que hemos llegado a ser el 100% de nosotros mismos. La vida humana no admite una medida semejante. Y, sin embargo, en ese empeño por la totalidad, por darse por entero, con todo el corazón, está también la sobrecogedora belleza —asombrosa e inquietante, como la de un eclipse— que luce en una vida entregada por completo.

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