La editorial Acantilado se acerca a los treinta años, y su hermana mayor, Quaderns Crema, a los cincuenta. Su editora, Sandra Ollo [Filg 99], ha apostado —siguiendo la estela de Jaume Vallcorba (1949-2014)— por una idea exigente de la literatura. Con su trabajo, intenta comprender el espíritu europeo, desde Stefan Zweig hasta Petrarca. Esta postura le ha proporcionado un público culto y fiel y también grandes alegrías, como haber publicado al último premio Nobel de Literatura, László Krasznahorkai.
Sandra Ollo no consigue recordar el primer título que editó. Achica los ojos y lo intenta otra vez. Ladea la cabeza como incómoda. Nada, no le sale. El impulso cerebral, sin embargo, ha hecho cierto efecto y explica que ahora le empiezan a venir a la memoria situaciones concretas, libros especiales para ella. «Me acuerdo muy bien de los trabajos retadores», afirma. En 2008 se incorporó a las oficinas de la editorial Acantilado en Barcelona. Cuatro años después la nombraron gerente del sello. Visualiza sus primeros pasos como editora de mesa, donde se encontró con los que serían sus grandes desafíos profesionales. «Mi mente se dirige hacia los momentos difíciles, las tareas arduas y largas, también hacia las escenas divertidas…», asegura. Piensa en cimas de montañas, en agotamiento recompensado, en satisfacción plena.
Es una lectora de cama porque está convencida de que no hay mejor manera de cerrar el día que con el libro de la mesita de noche: «Ahora mismo estoy con la biografía de Hannah Arendt, de Thomas Meyer». Al preguntarle si puede permitirse separar el trabajo de una lectura más relajada, dice que tiene una enorme capacidad para disfrutar: «Hay tantas formas de leer… Están los ejemplares que metes en la maleta de viaje, los que llevas en el bolso, los manuscritos de la editorial…». Y aunque no tuviese esa capacidad, cree con firmeza en la importancia de separar la preparación de los manuscritos de una lectura más ociosa, sobre todo en una labor tan «vocacional y afortunada» como lo es la editorial. Pero nunca, eso sí, dejar de leer: «Autores que me encantan y no publico, editoriales a las que sigo la pista… Tengo una gran necesidad de conocer el trabajo de mis colegas. Hay tantas obras que no conozco todavía». El trayecto en autobús —cuando no prefería caminar y airearse por la Vuelta del Castillo—, de unos cuarenta y cinco minutos desde su casa hasta el campus de la universidad, fue un espacio donde consumió muchísimas páginas. Tanto de la carrera —Filología Hispánica— como de su propia elección. Aunque joven, su criterio fue ganando solidez. A Sandra Ollo (Pamplona, 1977) recordar su época universitaria le curva una sonrisa prominente.
Rememora con cariño la disciplina de Literatura Medieval, impartida por Miguel Zugasti. Con los años —han pasado tres décadas—, no ha terminado de entender por qué se estudiaba en primero: «Es un curso superbisoño, donde no te enteras de nada, y es una materia tan importante, tan compleja». Demostró entonces que uno de sus grandes afanes era sentirse retada, y lo experimentó de veras. «Te enfrentabas a obras muy exigentes, tanto por el contexto como por la dificultad lingüística; también por un cierto sentido críptico. Probablemente —explica—, si volviese a esas lecturas las vería de otra forma». Disfrutó con el Libro de Alexandre, por ejemplo. Y con El Quijote, a lo largo de toda una asignatura de Zugasti. Le fascinaron muchos títulos de los siglos xviii y xix a los que, de no haber sido por la carrera, casi seguro que no se habría acercado. Recuerda con gusto Literatura Moderna y Contemporánea con Rosa Fernández Urtasun… Destaca el punto de inflexión que supuso introducirse en la narrativa hispanoamericana en profundidad, de la mano de Javier de Navascués, un profesor «maravilloso» y con quien aún mantiene el contacto: «Fue una eclosión: descubrir ese mundo literario, esos autores…».
¿Echa de menos la literatura hispanoamericana en Acantilado?
No del todo, porque la sigo leyendo. A nivel de trabajo hemos hecho alguna cosa —María Negroni y Edgardo Cozarinsky, por ejemplo—, pero tenemos muy delimitado el ámbito en el que nos movemos.
¿Se refiere a Europa?
Siempre digo que Acantilado, a pesar de lo que pueda parecer, no habla tanto del territorio entendido como frontera, sino de un espacio casi espiritual.
¿Podría desarrollar esta idea?
Significa una forma de entender la literatura y el mundo, y no tanto de fijar un territorio. No busco únicamente libros que empiecen en Portugal y terminen en Ucrania o Rusia, sino obras que encajen con una idea de la literatura compartida, con un universo espiritual común que está muy presente en Europa. Pero no es una selección eurocéntrica ni excluyente; dentro de ese espacio puede entrar una gran variedad de autores.
Como los hispanoamericanos.
La narrativa hispanoamericana ha ido encontrando su sitio en otras editoriales, donde la cultivan de manera brillante. En Acantilado, cuando trabajamos publicaciones hispanoamericanas, que no son muchas, pretendemos eliminar esa idea estereotipada de la «literatura hispanoamericana». Este año, por ejemplo, publicaremos un libro titulado Sumario de plantas oficiosas. Se trata de un ensayo maravilloso del autor colombiano Efrén Giraldo, y su nacionalidad no afecta al catálogo; es una circunstancia factual.
«ACANTILADO, A PESAR DE LO QUE PUEDA PARECER, NO HABLA TANTO DEL TERRITORIO ENTENDIDO COMO FRONTERA, SINO DE UN ESPACIO CASI ESPIRITUAL»
La esencia de fondo sigue siendo europea. ¿Se gestó así de forma deliberada?
Se buscó desde un principio. Cuando nació el sello en 1999, el equipo puso el foco en una parte importante de la literatura centroeuropea, y, en concreto, en un sector que, por cuestiones geopolíticas e históricas, quedó por completo opacado y lejos de nuestra realidad. Durante los años que duró el telón de acero, la división del continente en dos realidades políticas provocó que toda la literatura de aquella Europa nos llegase con cuentagotas.
Aquella Europa… ¿del Este?
Nosotros decimos «del Este», pero allí suena a chino mandarín; un polaco se considera centroeuropeo. Por eso desde Acantilado empezamos a defender la definición de una literatura centroeuropea.
¿Qué caracterizaba a esas obras?
Se trata de una literatura que supo recoger de una manera muy original el devenir y el sentir. Unos textos fascinantes que muestran con una potencia increíble las circunstancias sociopolíticas en sus respectivos ámbitos, y que tienen un desarrollo estético de un vigor y de una calidad notables. Cuando se fundó la editorial había tanto por conocer… muchísimos autores distinguidos en sus países y que en España apenas se mencionaban. En un primer momento, la editorial se centró en traerlos, descubrirlos, abrirlos al lector y lograr que la caída del Muro fuese más allá de una cuestión física, de fronteras; que llegara toda esa impronta cultural, ese flujo extraordinario, intelectual y tan vivo.
En Estados Unidos destaca el concepto literario de la Great American Novel, un género donde novelas muy concretas —por su amplitud, complejidad, ambición— son consideradas canon y reflejo del alma estadounidense. ¿Encontramos algo parecido en Europa?
La novela es un invento europeo, y tenemos grandísimas novelas. ¿Qué es El Quijote si no? Lo que sucede es que Europa la conforman muchos países con una tradición cultural propia de una fuerza y riqueza extraordinarias. Para cada tiempo, sitio y momento hay libros representativos; no contamos con un solo tipo de gran novela europea, gracias a Dios. Son muchos los que han sabido reflejar y sintetizar en sus páginas el latir de su tiempo desde todos los puntos de vista: el sociológico, el artístico, el político… y que se han convertido en grandes cronistas.
¿Podría citar algún título de su gusto?
Castellio contra Calvino: conciencia contra violencia, de Stefan Zweig. Una grandísima metáfora, llena de simbolismo, sobre cómo la violencia puede acabar —y, de hecho, acaba— con el ser humano: el problema de la intransigencia, de la barbarie.
Zweig parece inagotable en Acantilado, ¿tienen al austriaco encerrado en un sótano de Barcelona?
[Se ríe] Sí, lo tenemos en alguna sala de por aquí, sacando novedades.
¿Por qué fascina tanto?
Supo aunar la calidad literaria con un gran talento para llegar al público, sin rebajar ni un ápice lo que para él eran los mínimos cualitativos imprescindibles. Consigue agarrar al lector por la garganta al descifrar los misterios del alma. No hay más que verlo en sus biografías: la forma en la que se sumerge en la vida de los protagonistas y luego la plasma en las páginas. De su ficción se ha dicho que resulta un poco más sentimental, pero para gustos… Entre los elementos principales en su obra destaca la capacidad que posee para, a través del pasado, comprender su presente. Tiene publicaciones que se leen hoy y ponen la carne de gallina, es supercontemporáneo.
«STEFAN ZWEIG CONSIGUE AGARRAR AL LECTOR POR LA GARGANTA AL DESCIFRAR LOS MISTERIOS DEL ALMA. SE SUMERGE EN LA VIDA DE LOS PROTAGONISTAS Y LA PLASMA EN LAS PÁGINAS»
Volviendo al talante del catálogo, ¿Acantilado surge como una necesidad en el mercado editorial? ¿Para solucionar qué carencia?
Cuando uno funda un sello, sea quien sea y sin importar el momento concreto, no lo hace como respuesta a una necesidad. No es preciso inventar algo, arreglar un problema. Una editorial no es una persiana automática. La creación de un sello siempre responde a un impulso personal, y luego quizá se disfraza como necesidad.
Lo que pretendía Jaume Vallcorba con Acantilado era aunar las voces más rompedoras, más nuevas y desconocidas de toda esa Europa de la que hemos hablado. También quiso editar los textos clásicos y alejarlos del ámbito exclusivamente académico: ediciones, como decía él, «para la buena gente». Entiendo esta idea no como una descripción moral de nadie, sino como el grupo de lectores con formación suficiente —ni demasiado alta ni demasiado baja—, con una curiosidad considerable y que quisieran acercarse a los grandes textos de la literatura.
¿Cree que Acantilado se dirige a un lector medio?
Se dirige a un lector curioso y con ganas de dejarse retar. Hay de todo. No solo ofrecemos libros complejos y exigentes. Si alguien quiere atreverse con la correspondencia completa de Francesco Petrarca… Ahí uno ya sabe lo que se va a encontrar. En líneas generales, no considero que Acantilado sea especialmente complicada. Nuestro catálogo ayuda a desarrollar un criterio.
Si no es tan compleja, ¿por qué puede dar esa sensación?
No creo tanto que Acantilado tenga un catálogo difícil como que hay muchos títulos muy simples por ahí. Propuestas un tanto descafeinadas. Desde el sello apelamos a la inteligencia, a la curiosidad, a las ganas de querer aprender y entender. Esto exige algo de esfuerzo por parte del lector.
¿Hay riesgo comercial en esa exigencia?
Ya van veintisiete años. A estas alturas, nuestros lectores saben muy bien quiénes somos [más de mil títulos en el catálogo], entienden por dónde va la casa y les gusta. Contamos con la complicidad de los libreros, que nos siguen la pista. El reto reside en presentar la editorial a las nuevas generaciones. Tratamos de que pierdan el miedo inicial que puede producir el sello, que es, como he dicho antes, injustificado.
En 2024 Acantilado recibió el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural, que calificó su catálogo como «excelente». ¿Cómo se llega hasta aquí?
Teniendo muy claro el camino y no cediendo a la tentación.
¿Qué tentación?
Hay textos que, si los publicásemos, se venderían como churros, pero no pretendemos eso. Yo quiero vender como churros otras cosas. Aspiramos a que los lectores encuentren en nuestros libros mucho más que entretenimiento y disfrute. Queremos dejar poso. Queremos que las obras acompañen al lector, que formen parte de él, que pueda volver a ellas en cualquier momento de su vida, que los atesore en su biblioteca. Esta es nuestra gran ambición.
«QUEREMOS QUE LAS OBRAS ACOMPAÑEN AL LECTOR, QUE FORMEN PARTE DE ÉL, QUE PUEDA VOLVER A ELLAS EN CUALQUIER MOMENTO DE SU VIDA»
¿Cómo detectan si un manuscrito se ajusta a ese deseo?
Por cómo está escrito. Puede parecer una obviedad, pero no lo es. Si trata de ficción, buscamos sentir afinidad con la manera de contar, con una idea muy concreta de la literatura, de la narración. Si es de no ficción, entonces tengo que notar una mayor familiaridad con el catálogo, independientemente del tema. Podría decir mucho más sobre esto, pero, al final, se resume en algo simplón: que sea un buen libro.
¿Han dicho que no a buenos libros porque no «encajan»?
Sí, pero no a muchos. Han pasado por mi mesa algunos manuscritos que después se han publicado en otras casas, y pienso que están mejor ahí. También me ha sucedido el no haber visto en una primera lectura la capacidad de un libro. Hay propuestas que te llegan un día y no las entiendes, y cuando las vuelves a leer en otro momento te dices que no estaban para nada tan mal.
¿Cómo fue leer a László Krasznahorkai por primera vez?
Deja una sensación indeleble. Los autores grandes te meten en un mundo —su mundo—, te sumergen y, de repente, navegas hacia delante y hacia atrás, pierdes un poco el pie, te desorientan… Y, cuando por fin te dejas llevar, te zambulles en esa manera de entender las cosas. Como cuando descubres a Franz Kafka o a Marcel Proust, dos de los grandes magos en crear atmósferas. Una vez dentro, me he llegado a preguntar qué me quiere decir el texto exactamente. Aunque no logre descifrarlo, tampoco quiero salir. László Krasznahorkai logra eso.
Cuando el húngaro ganó el Nobel, usted escribió un artículo en El País alegando que le habían concedido el premio a un «mago». ¿Qué tiene que ver la magia con la literatura?
Hay autores que son capaces de hacer prácticamente magia: inventan entornos que explican a la perfección el sentir, no solo del protagonista, sino de todo un pueblo. László Krasznahorkai te sabe llevar, casi de la oreja, de un sitio a otro.
En la literatura esto resulta dificilísimo, y para mí, mágico. Esa escritura casi salmódica que uno la va leyendo como con mareo. En su caso es especialmente fuerte por las frases largas, tumultuosas: uno tiene la sensación de flotar en un río que no se acaba nunca. Al principio te resistes: «Oiga, ¿cuándo me va a dejar respirar?». Sin embargo, no se respira hasta el final, y llega un momento en el que ya no añoras el descanso.
«DESDE EL SELLO APELAMOS A LA INTELIGENCIA, A LA CURIOSIDAD, A LAS GANAS DE QUERER APRENDER Y ENTENDER»
En el festival Lenguaraz de 2025, le preguntaron por sus lecturas italianas predilectas del catálogo de Acantilado. Recomendó Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg, y Novela Ferrara, de Giorgio Bassani. Abriendo el foco por completo, ¿cuál es la obra indispensable de la editorial?
Siempre recomiendo Los ensayos de Michel de Montaigne. Es un compendio de sabiduría en el que se recogen todas las posibilidades de la condición humana, marcada por los dos grandes hitos del nacimiento y la muerte. Después, lo condensado en el medio: amor, decepción, duda, amistad, enfermedad… Lo que nos azota, lo que nos concierne como personas. Montaigne fue el precursor del ensayismo, y este libro, en forma de pequeños artículos y partiendo de su experiencia vital, de sus tribulaciones, alegrías, inquietudes, es su gran vademécum.
«EN ACANTILADO MANTENEMOS UNA INDEPENDENCIA NO ENTENDIDA DESDE LA VISIÓN FINANCIERA, SINO DE CRITERIO EDITORIAL»
¿Cree que la buena literatura ofrece soluciones?
No. La buena literatura es la que plantea buenas preguntas. Las soluciones las encontramos nosotros, si tenemos la fortuna. Pero creo que la literatura, la buena literatura, nos coloca en el sendero correcto. Se trata de un compendio de muchas vidas y de muchas mentes que han pasado por el mismo sitio que nosotros. Estas experiencias nos orientan y nos ayudan a discernir, a entender que no estamos solos.
¿Cuál diría que ha sido el proyecto editorial más difícil que ha afrontado?
Sin duda alguna, la correspondencia completa de Petrarca. Fue el proyecto más complicado, arduo y casi doloroso que hemos llevado hasta hoy [522 cartas, cuatro volúmenes, 4336 páginas]. Más de diez años de trabajo, y eso que nosotros hemos concebido libros muy complejos… Pero como este, pocos. Por motivos de volumen, por el reto intrínseco de los textos, por la dificultad de la edición y de la traducción —un latín muy concreto; el traductor, Francisco Socas, hizo una labor ingente—. Supuso un reto enorme, demasiado grande.
¿Por qué no lo abandonó?
Porque tengo un punto de tozuda. Al que le guste la montaña, el esquí o las excursiones lo sabe. Llega un punto en el que cuesta más retroceder que avanzar. Terminas como sea, despacio, con obstáculos, cayendo incluso… Pero ya es imposible volver. En la jerga de la aviación se le llama el punto de no retorno: ese instante del despegue, que apenas dura unos segundos, donde el avión ya no puede iniciar el descenso ni abortar la salida, solo seguir hacia arriba. O estrellarse.
«SE TIENDE A PENSAR QUE EL ÁMBITO CULTURAL SE SOSTIENE DE FORMA MILAGROSA Y QUE SOBREVIVE GRACIAS A LA BUENA VOLUNTAD DE QUIENES INTERVIENEN»
¿Un editor ha de ser testarudo?
Hay que tener tesón y cierto empuje, tanto para la edición como para la vida. Aunque ahora lo llaman resiliencia, no deja de ser tesón. A veces inventamos palabras nuevas que suenan más frescas, y que solo recogen ideas que llevamos arrastrando desde hace tiempo.
Hablando de frescura: ¿el cuidado estético de los libros de Acantilado frena el tratamiento de temas incómodos o desagradables?
Para nada. Me fijo en la calidad del libro y en si la propuesta resuena en mí de verdad. Un libro puede resultar incómodo, desgarrador e incluso feo, pero si está bien elaborado… No me veo publicando textos especialmente sórdidos, aunque hemos trabajado literatura testimonial —de la Shoah y la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo— que resulta dolorosa y desagradable al reflejar el perfil más brutal del hombre: la capacidad de infligir daño al prójimo, la deshumanización. Y no hemos puesto ningún impedimento. Mientras tenga una justificación y un sentido en la obra, se puede defender.
Todo esto por un lado, y luego está el hecho de que, a la hora de hacer un libro, tú quieras crear un objeto hermoso, duradero y atractivo. En cuanto a los temas, no tengo demasiados tabúes. Sí que existen ciertos límites clarísimos, porque también los aplico en mi vida.
En una entrevista de hace un par de años en El Mundo aseguró que las editoriales funcionan como interlocutoras culturales, ¿en qué sentido?
No solo las editoriales, las librerías, la cadena del libro en general…Somos un ecosistema, un ecosistema cultural, creo que lo podemos llamar así. Toda propuesta literaria, y en concreto la nuestra —muy identificable por su impronta literario-estética—, siempre parte de una voluntad de intervención. No publicamos libros neutros, no queremos que el paso de nuestra obra por el mundo sea de unos meses. Buscamos dejar rastro, marcar una estela, y para lograrlo hay que participar e intervenir en el espacio cultural. En el momento en que presentas nuevas voces, teorías, maneras de entender y las pones todas a disposición del lector, estás interviniendo.
Hace unos meses Enrique Murillo publicó Personaje secundario, que desgrana las sombras y la trastienda del negocio editorial. ¿Por qué sorprende tanto hablar de malas prácticas en el sector?
Todo lo relacionado con el mundo de la cultura suele respetarse, pero, en cierto modo, también se idealiza. Se tiende a pensar que el ámbito cultural se sostiene de forma milagrosa y que sobrevive gracias a la buena voluntad de quienes intervienen en él. Aunque hay algo de eso, no debemos olvidar que las editoriales son empresas. Los proyectos intelectuales se desmontan cuando las cuentas no salen. Pero, sobre todo, en casos como el de Murillo, a la gente le gusta el chisme.
¿Cuál fue uno de sus primeros errores al introducirse en este universo?
Entender nuestro mercado como un ente definido y acotado. Se trata de un mundo amplísimo. Existen cantidad de grupos, muy distintos entre ellos; muchos libros, modos de trabajar… Dirijo un sello independiente y mediano. Por abajo y por arriba, ni te cuento todo lo que hay.
¿Le dio vértigo asumir la dirección?
No, porque Acantilado no cambió de un día para otro. Siempre ha funcionado así, con sus contrariedades y sus muchas ventajas. Uno de los inconvenientes es que carece del cuerpo económico que poseen los grandes grupos, ni toda esa macroestructura que ayuda en distribución, presencia, fuerza… Por otro lado, contamos con la enorme ventaja de no rendir cuentas a nadie de nada. «¿Por qué ha publicado usted un librito sobre el poder curativo en la poesía de Dante?». Pues porque me parece maravilloso y creo que lo puedo vender. Fin. Mantienes tu libertad, una independencia no entendida desde la visión financiera, sino de criterio editorial.


