La nueva adaptación de Sentido y sensibilidad (2026), dirigida por Georgia Oakley, que se estrena en España el 23 de octubre, se aleja de la luminosa película de Ang Lee (1995) y no alcanza la maestría del guion de Emma Thompson, merecedor de un Óscar. Pero es fiel a la novela y abre oportunidades de relectura gracias, sobre todo, a un dúo de hermanas que sostiene la película.

Ante el anuncio de que en 2026 se estrenaría una nueva película de Sentido y sensibilidad y una miniserie de Orgullo y prejuicio, un comentario se repetía en las redes de manera constante: «No necesitamos otra adaptación». Y no porque los fans de Jane Austen no deseemos seguir disfrutando de sus novelas en la pantalla. El sentimiento que dejaba traslucir esa negación se trataba más bien de un: «Las versiones que tenemos son insuperables».

De momento dejo en pausa —al menos hasta que Netflix estrene la miniserie— el debate sobre la historia de Darcy y Lizzy, que, además, arrastra desde 2005 su propia disyuntiva sobre si es mejor la cinta de Joe Wright (protagonizada por Keira Knightley y Matthew Macfadyen) o la de 1995 de la BBC, con Colin Firth y Jennifer Ehle.

Con Sentido y sensibilidad no había duda. La versión de 1995, dirigida por Ang Lee, que se llevó un par de Globos de Oro y un Óscar al mejor guion adaptado para Emma Thompson, resultaba imbatible. Jorge Collar, crítico de NT durante más de 60 años, escribió: «Estamos, pues, en presencia de una obra destinada a tener un éxito mundial ampliamente merecido». Y no se equivocó.

Después de 30 años con la luz y los colores pastel de la versión de Ang Lee no solo tatuados en la memoria sino dando forma a nuestra manera de imaginar las historias al leer las novelas, el estreno en verano del tráiler de Sentido y sensibilidad (2026), dirigida por Georgia Oakley, suscitó reacciones variadas. Muchas de ellas se preguntaban por qué parecía una película tan oscura, algo que las primeras críticas también han destacado: los interiores son sombríos, los exteriores presentan siempre un típico cielo inglés plomizo, el vestuario es oscuro (salvo algunos vestidos blancos de muselina para los bailes).

Todo en la película tiene un tono terroso. Algo que armoniza, de hecho, con la carga dramática que recorre la historia. Oakley ha subrayado mucho más los aspectos trágicos, que no son pocos. La historia empieza con el fallecimiento del señor Dashwood, que implica que el primogénito varón hereda la casa, y la viuda y las hijas quedan a merced de la generosidad (o tacañería) de sus parientes. La situación era trágica, sí, pero Austen, sin quitarle nada de su gravedad, no renunció a la ironía y la ligereza para contarla. Esta nueva versión, salvo momentos puntuales que llevan a la carcajada, no termina de captar el tono cómico del original y que Ang Lee sí que supo plasmar. Collar decía de esta, hablando del humor: «Este se encuentra ya en la novela original pero en la película adquiere una nueva dimensión que favorece la emoción en vez de contrariarla». Si Austen emplea la ironía como crítica social, Oakley es más directa en mostrar las costuras de la hipocresía.

El problema con el tono trágico continuado acaba siendo que no destacan los momentos que en la historia van cargados de más intensidad. Beatrice Scudeler, en su crítica para First Things, señala este aspecto y lo vincula con la ausencia de arrepentimiento y perdón, que deja «una impresión de tragedia, pese a su final técnicamente feliz», y añade: «Por eso, en último término, a la película le falta tanto del humor irónico de Austen: es mucho más difícil reírse de las locuras ajenas (y de las propias) sin el ancla de la fe en que la redención es posible».

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CADA ADAPTACIÓN, UN NUEVO SUBRAYADO

Ir a ver una película con la novela recién releída y con la adaptación adorada por tantos espectadores durante décadas fresca en el recuerdo quizá vuelve más complicado disfrutar de la cinta como una obra de arte en sí misma, no dependiente de otras. Las comparaciones se hacen inevitables. Pero, al mismo tiempo, en ese juego instintivo de buscar las siete diferencias, también uno se fija en detalles que, de otra manera, sería más sencillo pasar por alto.

 

En ocasiones se ha entendido mal la díada del título. Leemos «y» pero interpretamos «o». Esta versión muestra, quizá de manera más nítida, que es erróneo adjudicar de manera tajante el sentido a una hermana y la sensibilidad a otra. Marianne encarna la pasión desbordada durante la mayor parte de la historia, eso es cierto. Pero Elinor no es fría y cerebral. Su sentido del deber no le impide tener un mundo afectivo intenso. Su hermana le reprocha su manera de ponerle palabras, pero esa crítica es típica de una actitud (y de una sociedad) donde se ha instalado el emotivismo galopante que juzga la fuerza de los sentimientos por su forma de ser expresados (cuantas más lágrimas sin dique alguno, cuantas más risas desorbitadas, cuantos más suspiros… mejor). De hecho, como Elinor no lo revela tal como ella haría, Marianne llega a la conclusión de que los sentimientos de la mayor no son tan fuertes como los suyos.

«SI AUSTEN EMPLEA LA IRONÍA COMO CRÍTICA SOCIAL, OAKLEY ES MÁS DIRECTA EN MOSTRAR LAS COSTURAS DE LA HIPOCRESÍA»

Para subrayar la actitud de Marianne (además de su pelo, siempre —excesivamente— alborotado), la naturaleza tiene una presencia que destaca lo indómito, lo no sujeto a las rígidas normas sociales, en línea con la literatura del siglo XVIII. Creo que no es casualidad que dos de los diálogos más claves en la historia (la despedida de Willoughby, la conversación final de Edward y Elinor), que en la novela suceden en el interior, en esta película ocurran al aire libre. Una decisión tomada también por Joe Wright en la primera declaración de Darcy, que, de las cuatro paredes de un cuarto, traslada a sus personajes a un templete neoclásico en lo alto de una colina bajo una lluvia torrencial.

En una entrevista, Diana Reid, la guionista de la versión de 2026, dijo: «Cuando lees un clásico, lo que para mí siempre resulta fascinante es encontrarte con personas que, en apariencia, son muy distintas a ti y que hablan un idioma que en realidad tú no hablas. Pero, a pesar de eso, por dentro sois iguales. Para mí, se trataba de intentar recrear esa sensación en la pantalla». A pesar de sus carencias, los cambios en los vericuetos explicativos y los añadidos, se trata de una adaptación con voluntad de ser fiel a la historia, sin pretensiones de actualizarla forzadamente para las nuevas generaciones de espectadores (si obviamos las escenas de los bailes, coreografías tan elaboradas como anacrónicas).

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ACIERTOS Y ERRORES EN EL REPARTO

La película acierta con el dúo protagonista: Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles crean una conexión entre hermanas muy realista y envolvente. Emma Thompson era una Elinor intachable en 1995, con momentos brillantes de dramatismo, pero Edgar-Jones juega con dos ventajas: una edad (28 años) mucho más cercana a la del personaje y un guion que la sitúa en el vórtice. Creed-Miles, por su parte, encaja en el papel de una Marianne de diecisiete años, locamente enamorada y a ratos insolente. Sin embargo, donde hace treinta años Kate Winslet ardió con un fuego novelesco, de poesía recitada bajo la lluvia, la Marianne de 2026 chisporrotea con la intensidad efímera de un enamoramiento adolescente.

La culpa no es de la actriz, sino del guion, que reserva muy poco metraje a su historia con Willoughby. Frank Dillane no resiste la comparación con el encanto y la seducción que desplegaba Greg Wise en la cinta de 1995, pero, sobre todo, no hay tiempo para encariñarse con su personaje. Por eso se vibra menos con su traición y luego se hace más difícil disculparle. Aunque es un acierto que rescaten una escena de la novela en la que Willoughby intenta ver a Marianne durante su enfermedad —que no se incluye en la de Ang Lee—.

«DONDE HACE TREINTA AÑOS KATE WINSLET ARDIÓ CON UN FUEGO NOVELESCO, LA MARIANNE DE 2026 CHISPORROTEA CON LA INTENSIDAD EFÍMERA DE UN ENAMORAMIENTO ADOLESCENTE»

Antes de ver Sentido y sensibilidad, no sabía si alguien iba a conseguir suplantar a Alan Rickman como coronel Brandon. Herbert Nordrum no lo hace, pero cumple en su papel, y la adaptación le da un par de momentos para lucirse, aunque deja al espectador con ganas de conocerle más. George MacKay, por su parte, es un Edward Ferrars más que convincente, en una actuación en la que hace propio a su personaje, y se aleja de la de Hugh Grant (y de la de Dan Stevens en la versión de la BBC de 2008, que seguía los pasos de Grant), gracias también a escenas añadidas que otorgan más momentos de encuentro y de confesiones con el corazón en la mano entre Ferrars y Elinor.

El Sentido y sensibilidad de Oakley llevará lectores a Austen. Que una película basada en un libro consiga atraer hacia la novela no significa necesariamente que funcione como cine (la versión de Ang Lee y Thompson permanece, con poca discusión, en lo alto del pódium), pero sin duda es una buena noticia que más gente acuda a las historias originales. Y, por eso, creo que sí, siempre necesitaremos una nueva adaptación de las historias de Jane Austen.

 
CINE
Sentido y sensibilidad
GEORGIA oAKLEY

Reino Unido, 2026

Dirección: Georgia Oakley

Guion: Diana Reid. Novela: Jane Austen

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