Diez años después de la mayor crisis migratoria que el mundo reciente ha conocido, las antiguas rutas del Mediterráneo conviven con otras nuevas cada vez más peligrosas. El buque de rescate Aita Mari, de la ONG Salvamento Marítimo Humanitario, rastrea desde 2019 estas líneas invisibles en busca de náufragos a la deriva por un inmenso y desolado azul. Mientras, los Gobiernos costeros afilan sanciones, leyes y armas para frenar la migración. Esta es una crónica de la realidad sumergida de los salvamentos —miserias, abandono, silencio, fantasmas— y de un rescate que nunca lo fue.  

Íñigo Mijangos, capitán del buque de rescate Aita Mari, apura la cuña de queso. Los demás hablamos de lo primero que se nos pasa por la cabeza para distraer los nervios en el comedor. «Esta cebolla pica bastante», suelto. Es 25 de marzo y después de casi tres días en la zona de búsqueda y rescate maltesa (SAR, por sus siglas en inglés) solo hemos detectado un par de botes. No llegamos por dos horas. 

El Prudence, un barco de la compañía petrolera BP, había recogido a un grupo de migrantes perdidos y se negó a entregarlos a la guardia costera de Libia. Muchos marineros desconfían de estos vigilantes del mar, acusados de múltiples vulneraciones de los derechos humanos, por su ensañamiento con los náufragos, y de hostilidad hacia las ONG. Uno de los incidentes más graves quedó grabado en 2021: una de sus patrulleras dispara e intenta arrollar a un bote en el que viajan sesenta personas. Con este historial, el Prudence solicitó ayuda para que otro barco trasladase a los migrantes a una costa segura y el Aita Mari respondió. Sin embargo, las autoridades italianas asumieron el caso. 

Fotografía: Asier Aldea
El buque de rescate Aita Mari fue antes un atunero. Con capacidad para acoger a 200 personas, suma 18 misiones humanitarias por el Mediterráneo. A mediados de julio de 2026, volverá otra vez al mar.

Con el segundo bote, los libios se nos adelantaron. En una operación rápida, interceptaron la patera y ejecutaron una devolución forzosa al país africano. Tal es el miedo que despiertan que, durante los rescates, jamás pronunciamos la palabra Libia. Al oírla, muchos prefieren saltar al agua y ahogarse. 

Nos dirigimos a Siracusa, en la costa sureste de Sicilia, para resguardarnos del temporal inminente. A las 12:00 h se activa un nuevo aviso. Treinta y cuatro personas procedentes de Bangladés llevan cinco días en el mar. El bote está dañado. Entra agua. El informante de la patera solo da la altitud, por lo que nos manejamos en una línea de decenas de millas. Demasiada distancia que cubrir a ciegas. 

Cuando se entera, Mijangos resopla y clava los ojos en el techo. «Lo lógico es que vayan los italianos, pero a saber», duda. Estamos a unas dos horas de alcanzar la última posición enviada. A las 19:00 h, no hay noticias ni del bote ni de los italianos. Jessica Sales, patrona de la lancha de rescate Donosti, una embarcación inflable semirrígida (RHIB, por sus siglas en inglés) con capacidad para unas doce personas que donaron los bomberos de la ciudad, ha estado preocupada toda la tarde. El tiempo ha empeorado y la tormenta nos sopla en la nuca. Las olas son de metro y medio de alto y gobernar la zódiac se aventura una tarea peligrosa. En el puente de mando, Mijangos y los oficiales Paqui López y Timothée Aucagne cavilan cómo abordar la situación. 

Apenas existen precedentes en la ONG de salvamentos sin la Donosti. En una operación estándar, el antiguo atunero reconvertido en barco de rescate se sitúa a una distancia de media milla (unos 800 metros). Lo bastante cerca para ser visto por los náufragos y lo suficientemente lejos para que no intenten llegar a nado. La lancha hace de puente. En varias tandas, en función del número de personas, les repartimos chalecos salvavidas y les ayudamos a embarcar en el Aita Mari. Pero hoy el plan se oscurece en una noche cada vez más cerrada. 

Fotografía: Asier Aldea
Jon Arraiza, socorrista y bombero de profesión, busca junto con el resto del equipo un bote con 34 personas en medio de un mar con olas de más de dos metros. La noche impide ver apenas unos metros lo que hay delante.

«Podéis ir preparándoos», anuncia el capitán con el último mordisco. Nos toca a nosotros. La duda es cómo. La tripulación, compuesta de ocho marineros y seis voluntarios —tres socorristas, una enfermera, una médica y yo, prensa—, termina la cena mientras Mijangos amplía la información. 

—Tenemos dos posiciones. Esperamos que nos den más para atinar; si no, podemos pegarnos la noche entera buscando. Si el tiempo lo permite, sacaremos la RHIB. Calculamos que los encontraremos alrededor de las 00:00 h. En cinco o seis transfers lo tenemos. 

—¿De qué es el bote? —pregunta Sales

—Es de —mira el móvil—... goma. 

En función del material, la zódiac debe clavar [Colocar la punta de la proa pegada al bote] en un sitio u en otro para pasar a los náufragos de la patera a la lancha. Cada uno comienza su preparación particular. Algunos se van a hacer guardia, otros al rancho [El camarote de los voluntarios] a descansar o a terminar contando los segundos entre las crestas de las olas. Nos quedamos solos en el comedor Cyntia Tortajada, marinera de máquinas, y yo. Mientras reviso que las cámaras GoPro funcionan, miro de reojo cómo anota en su libreta. Nació en Madrid, pero lleva el mar en la sangre. Esta es su quinta misión y las ha visto de todos los colores: tensiones con los libios, rescates de más de cien personas en una noche y tormentas. 

—¿Cómo gestionas estos momentos? —le pregunto al cabo de un rato de silencio. 

Deja de escribir y responde. 

—Intento estar concentrada. Enfocarme en lo que tengo que hacer y, si puedo descansar, descanso —se detiene unos segundos—. En realidad, me pongo en lo peor. Y tú, ¿cómo lo haces?

—No sé, procuro molestar lo menos posible. 

Tortajada sonríe con dulzura. 

—Todos los periodistas decís lo mismo.

EL RESCATE QUE CREÍAMOS

Pasadas las 22:00 h, el motor brama como un martillo hidráulico. El Aita Mari golpea las olas, que no paran de avivarse. En el rancho, situado en la proa, los voluntarios nos apoyamos en las paredes y las barandillas para no tropezar ante el vapuleo del barco. 

—He estado leyendo sobre Bangladés —irrumpe Maialen Saez de Ocariz, la enfermera—. Por lo visto, es el país con la mayor contaminación del mundo. En 2024 hubo una serie de protestas sociales y murieron 1400 personas. Allí también se encuentra el campamento de refugiados más grande del planeta. 

Según nos explica Alpha Diallo, marinero de cubierta, el grupo hacia el que vamos permanece tranquilo. Debe estarlo. Con este temporal, Diallo dice que, si se mueven, el bote no aguantará mucho. De todas maneras, ha hinchado los dos centre floats, unos flotadores alargados de alrededor de metro y medio para que se aferren una veintena de náufragos, por si hay que lanzarlos al agua. 

Fotografía: Asier Aldea
Jon Arraiza (izquierda) y Alpha Diallo (derecha) exploran con insistencia la oscuridad en busca de un bote. La tripulación desconoce la posición exacta y solo queda aferrarse a la suerte.

El Aita Mari se sacude. A Mijangos le gusta recordar que el Mediterráneo ha sido un lugar de intercambio desde tiempos inmemoriales; antes de que existieran fronteras, antes de la crisis de 2015. Aquel año, más de un millón de personas refugiadas tocaron las puertas de Europa para escapar de los conflictos armados —sobre todo de Irak, Afganistán y Siria—, las crisis humanitarias y la inseguridad. El acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, en marzo de 2016, supuso el cierre de la ruta de los Balcanes Occidentales y se dio por finalizada la crisis de los refugiados

Las imágenes emitidas en los medios de comunicación alarmaron a Mijangos y fundó a finales de 2015, junto con un grupo de amigos, la ONG Salvamento Marítimo Humanitario (SMH), en Zarautz (Gipuzkoa). Mijangos era un gerente con más de veinticinco años de experiencia en una empresa de venta de equipos hospitalarios. Consiguieron dos ambulancias y una lancha y viajaron ese mismo noviembre a la isla griega de Quíos. Socorrieron a quienes alcanzaban las playas en condiciones extremas, pero el mar escupía botes vacíos. Mijangos dirigió entonces su mirada al Mediterráneo. 

En 2018, lograron recaudar 400 000 euros y compraron un atunero, que adaptaron para los rescates. Lo bautizaron con el apodo del pescador guipuzcoano José María Zubía, héroe popular de finales del XIX por auxiliar a otros navegantes que corrían peligro durante las tormentas. Este padre de los marineros extraviados alienta a SMH. El 21 de noviembre de 2019, los herederos de Aita Mari «se hicieron adultos», como declaró Mijangos a El Diario Vasco, y salvaron 78 vidas. Según calcula el presidente de la ONG, han asistido a alrededor de 2000 personas a lo largo de este decenio. 

Fotografía: Asier Aldea
Alpha Diallo, marinero de cubierta, escruta el horizonte. Su vista es de las mejores de la tripulación, capaz de detectar un bote minutos antes que muchos.

Diecisiete misiones después de ese primer rescate, el movimiento migratorio ha disminuido, pero todavía varios miles al año continúan vagando por este cementerio flotante. En 2025 murieron o desaparecieron al menos 2108 personas, de acuerdo con los datos de la Organización Internacional para las Migraciones. Navegan en embarcaciones precarias, muchas veces saturadas y con escasos conocimientos del mar. Una suerte de cara o cruz en la que se naufraga o se resucita. 

«¿Por qué tengo que jugarme la vida?», me dijo Aymen, un joven tunecino de unos 25 años, cuando lo auxiliamos junto a otros doce rescatados el 19 de agosto de 2025. Llevaban varados más de 48 horas en la zona SAR maltesa. La poca agua que les quedaba la reservaron para las dos niñas, de 12 y 11 años. Al principio, solo eran una mota blanca que desentonaba entre los azules del agua y el horizonte. Demasiado baja para ser un pesquero. El mar poco se parecía al de esta noche. Aquel bote flotaba en un inmenso plato de sopa y ellos esperaban en calma después del fugaz chute de adrenalina que les hace olvidarse por unos segundos de la sed, el hambre y el cansancio. 

Eduard Thiam, marinero experimentado y rescatista en la RHIB, busca un aliado, un líder natural —siempre hay alguien— que ayuda a que todos en la patera sigan las instrucciones. Y ese fue Aymen. Su inglés facilitó la comunicación y aceptó ser de los últimos en embarcar para coordinarse con Thiam hasta el final de la maniobra. Cuando les llegó el turno a las dos niñas, Aymen se colocó rápido en posición para impulsarlas. No parecía un hombre fuerte. De cuerpo y rostro enjutos, arrugó la cara y aguantó el temblor de los músculos mientras las pasaba por encima del hombro a Edu

Fotografía: Asier Aldea
Antes de entrar a la zona SAR, la tripulación emprende diversos ejercicios y rastreo para mantenerse concentrada ante las largas horas sin apenas actividad.

El recuerdo se interrumpe con otro nuevo aviso por radio de Mijangos. «Tripulación, tripulación, nos reunimos en el comedor en veinte minutos». El capitán nos informa del plan definitivo. No podemos usar la RHIB debido al oleaje; tocará lanzar cabos e intentar acercarlos al barco. Las caras del equipo son serias y pensativas; se trata de un movimiento muy complejo, pero no queda otra. Nos ponemos el mono rojo y nos repartimos por la cubierta para iniciar la búsqueda. La temperatura ronda los 5º C y el viento sacude con fuerza. Contamos con varios focos que apenas nos permiten conocer qué hay a escasos metros de nosotros en medio de esta nada oscura. «No nos iremos tan fácil», me asegura el cocinero y marino Pablo Jauregui

A medida que pasa la noche, empezamos a temernos lo peor. Todavía no lo sabemos, pero nunca los vamos a encontrar. Lo descubriremos a las 10:00 h de la mañana siguiente por las noticias, después de ocho horas de rastreo. La guardia costera italiana los habrá rescatado alrededor de las 00:00 h, pero no nos avisarán. Por un lado, el alivio de que viven todos. Por otro, digerir que habíamos estado rastreando un fantasma. «Eso no se hace, pero descansan ya en Lampedusa», prefiere decir Mijangos. Antes de volver a puente hace gala del carácter bilbaíno: «Menos mal que nos hemos enterado; si no, hubiésemos vaciado el mar». 

LLEGAN NOTICIAS DESDE EL MAR

Salvamento Marítimo Humanitario interpreta el silencio de los italianos como parte de una estrategia de desgaste de Europa. «La ONG solicitó en reiteradas ocasiones coordinarse con las autoridades maltesas e italianas y no hubo respuesta», criticó en un comunicado al día siguiente. Sea como fuere, atracamos en Siracusa hasta que amaine el vendaval que, según las previsiones, durará una semana. 

En el puerto coincidimos con los buques de rescate Life Support, de la ONG Emergency, y Ocean Viking, de SOS Méditerranée. Superan los cincuenta metros de eslora —solo la proa del Ocean Viking es todo el Aita Mari—, capaces de acoger a unas 250 personas. Son embarcaciones de otro tiempo, cuando la crisis migratoria se desbordaba e Italia no había aprobado la ley 1/2023, conocida como el decreto Piantedosi, por su impulsor, Matteo Piantedosi, el actual ministro de Interior. 

Esta normativa, similar a la de la mayoría de países ribereños, limitó las actividades de las organizaciones humanitarias. Hasta entonces los barcos podían permanecer en la zona SAR después del primer rescate para ayudar al mayor número de personas. Ahora, tras ese salvamento, deben solicitar puerto de manera inmediata y dirigirse sin demora hacia el lugar asignado. De lo contrario, se enfrentan a sanciones económicas de hasta 50 000 euros y a la detención del barco durante sesenta días. Pero el puerto nunca suele ser el más cercano. En agosto del año pasado, tuvimos que ir hasta Bari, a cuatro jornadas de navegación. La estrategia es simple. Cada vez que una nave sale al mar, empieza a quemar combustible y dinero. Y, al obligarles a alargar la travesía, las operaciones de rescate se reducen. 

Fotografía: Asier Aldea
Eduard Thiam reparte los chalecos salvavidas a los 13 náufragos encontrados el 19 de agosto de 2025. Este es uno de los momentos de mayor tensión durante el rescate porque se asegura que nadie vaya a morir ahogado.

Intentamos que la semana en tierra transcurra rápido. Rellenamos como podemos las horas vacías, sobre todo los voluntarios: damos paseos, vemos alguna película en el comedor, repasamos los protocolos, revisamos los chalecos salvavidas, visitamos la lavandería o nos escapamos a Catania. Algunas noches vamos a Il Covo, una taberna bastante popular cerca del puerto, donde coincidimos con marineros de las otras tripulaciones. Al fondo del local, hay una mesa de billar y juego de vez en cuando con Diallo para ver cómo pierdo siempre en la última bola. Luego, si mi estómago me lo permite, termino la noche con un panini de carne de caballo de la Paninoteca da Antonio e Dinale. Por la mañana, el olor de la pintura y el golpe de martillo acaban por despertarnos. De las pocas cosas positivas: al caminar por la cubierta, no echamos de menos el estruendo del motor. 

La mala mar nos da cierto consuelo. Las olas bravas y el frío cortante son unas advertencias mucho más efectivas para las mafias que cualquier ley antiinmigración; suelen esperar a que las aguas se calmen un poco antes de arrancar motores, aunque sea por una mera cuestión de eficiencia de recursos. Sin embargo, el 4 de abril por la mañana nos enteramos de la noticia: «La ONG Sea-Watch denuncia una “hecatombe” en el Mediterráneo con 104 muertos en tres días». En el texto, se habla de fallecimiento por hipotermia. No hay fotos. Nadie de la tripulación entiende cómo les pudieron enviar con este tiempo. «Y nosotros una semana en Siracusa…», dice María Valor, médica a bordo. Al mediodía deambulo por el muelle, pero cada poco vuelvo la vista a los tres buques de rescate, inmóviles. Al fondo, el puerto se abre, pero no diviso nada. Solo se oye el arrullo de las olas bajo los pies. 

UNA MOTA BLANCA EN EL HORIZONTE

Salimos de vuelta al mar dos días después. Bajamos a la zona SAR de Libia. Diallo advierte: «Hay que estar atentos. Pueden aparecer de la nada. Ahora ya disparan a los barcos. Para ellos las armas son un juguete. Si pasa, al suelo». En la memoria, permanece el tiroteo que recibió el barco Ocean Viking el 24 de agosto de 2025. Llevaban 87 migrantes. No hubo heridos, pero el buque sufrió daños materiales. El ataque tenía el sello de Europa. Según apunta Médicos del Mundo, desde 2017 la UE ha inyectado dinero —al menos 59 millones de euros— y proporcionado patrulleras y equipos de comunicación a la guardia costera del país magrebí para que ejerza de policía del mar. Las ayudas incluyen formar a sus tripulantes, como realizó la Armada española a 27 oficiales y suboficiales libios en 2018

En esta línea in crescendo para frenar la migración, el Viejo Continente ha destinado 3000 millones de euros para apoyar la aplicación de una nueva herramienta: el Pacto Europeo de Migración y Asilo, que se aprobó en 2024, pero ha entrado en vigor el 12 de junio. Entre otros aspectos, la normativa avanza en el desarrollo de centros de deportación de inmigrantes fuera de la UE, los llamados hubs.

Fotografía: Asier Aldea
El equipo de rescate sube a una de las dos niñas que, junto a otras once personas, quedaron a la deriva en agosto de 2025. El grupo llevaba cuatro días varado sin motor y decidió reservar para las menores la poca agua que quedaba.

Hasta ahora, el experimento ha cuajado en Albania, que firmó un convenio con Italia. «Es una ficción jurídica, una puerta trasera para poder expulsar a la gente sin tener que negociar acuerdos bilaterales con los países de origen. También contempla incentivos económicos para aquellos Estados que acepten las devoluciones, es decir, la solidaridad europea se vende al kilo», explica Mijangos. Y vaticina: «Si persiste la tendencia actual, encontrarán la fórmula de que no podamos rescatar y nos convirtamos en piezas de museo».

En una zona SAR, los ojos y los oídos se afilan. La alerta puede saltar en cualquier momento. Y esta vez qué barco recoja a los refugiados puede suponer la diferencia entre alcanzar Europa o no. Recibimos varios avisos, pero los libios los interceptan. Cada anochecer —y ya son cuatro— pone a prueba el optimismo. Demasiado tiempo en SAR para un rescate. Los guardacostas se vuelcan en presionar los puertos y no dejan salir a nadie. Vemos sus lanchas a una distancia prudencial. Mientras, hablamos sobre planes en tierra: concierto en Madrid, paseos con el perro, sushi, cocinar comida vegetariana y besos a la pareja. Muchos muchos besos. 

Mijangos sigue un pálpito y apuesta por subir hacia Malta para probar mejor suerte. Después de diez horas sin novedades cualquier detalle es noticia: un paso apresurado a puente, una mirada prolongada por la proa… Notamos que suben los nudos. Diallo nos comunica a los voluntarios que vamos rumbo a un bote que ha salido de Túnez. Muy lejos para los libios. «Esta vez sí», sonríe Jon Arraiza, socorrista, que remata el café en la popa. Doblamos la guardia y empezamos a rastrear por el radar y los prismáticos. 

Fotografía: Asier Aldea
Iñigo Mijangos en el puente de mando tras finalizar una asistencia en las Islas Baleares de 40 personas el 15 de agosto de 2025. El Aita Mari apoyó en este rescate a la Guardia Civil y la Salvamar Mimosa, una embarcación de intervención rápida de Salvamento Marítimo, una entidad pública dependiente del Ministerio de Transportes de España.

Al principio no es más que una mota blanca, quizá una ola. Aucagne, segundo oficial, lo tiene claro y López, primera, nos dice que nos vayamos preparando. Sales, patrona, revisa que todo esté bien en la zódiac. Por encima de nuestras cabezas, un avión sobrevuela la zona. Buena señal. Cuando por fin nos acercamos lo suficiente ya no hay ninguna duda. El equipo se dispone a arriar la Donosti para iniciar el rescate. Pero, de repente, alguien se da cuenta: un punto a lo lejos se acerca a toda velocidad directo hacia el bote. Nos congelamos. A ese ritmo llegarán antes que nosotros. Entre la tripulación, se precipitan teorías. ¿Libios? ¿Tunecinos? ¿Italianos? López, en la proa, llama a Mijangos por radio. 

—Creemos que son los libios. ¿No deberíamos sacar la RHIB?

Mijangos no responde. 

El riesgo de perder a los náufragos aumenta con cada segundo, pero si salimos al agua nadie sabe lo que puede pasar. Esperamos. 

—Bajad la Donosti —ordena el capitán.

Los compañeros arrían la lancha contrarreloj. En una maniobra casi agónica, violenta pero controlada, logran ponerla en el agua en tiempo récord con Thiam y Sales montados. Arraiza y yo aguardamos en el portalón de babor, junto a las sacas de chalecos salvavidas, para incorporarnos. El otro barco ya ha rodeado al bote. 

Stand by, stand by, son italianos —detiene Mijangos

No podemos contradecirlos. Como entidad civil, el procedimiento marca que hay que obedecer las órdenes de los centros de coordinación, en este caso Malta o Italia por la zona en la que nos encontramos. Observamos, mudos, cómo los náufragos van subiendo uno a uno a la patrullera. A esta distancia, los cuerpos se dibujan con facilidad. La embarcación se esfuma por el horizonte con los nuevos pasajeros. Atracarán en Lampedusa, pero de camino podrán interrogarlos y buscar algún hecho incriminatorio que justifique una deportación. El más vulnerable es el patrón del bote, al que le podrán acusar de tráfico de personas. A veces es alguien de la mafia; otras un pobre diablo que necesitaba viajar como fuera. Vuelve a rugir el motor del Aita Mari. Suena la radio. 

—Tripulación, tripulación, gran trabajo —felicita Mijangos al otro lado.

Nuestro descenso al Mediterráneo central ha durado una semana. El 11 de abril, dos días antes de regresar a Siracusa, escuchamos un aviso por medio de una estación desconocida que transmite a Lampedusa Radio. La última posición notificada se encuentra en el límite de las zonas SAR maltesa e italiana. El avión no encuentra nada y Roma manda varios barcos a rastrear. Nos sumamos. Seguimos un cálculo estimado de la deriva que podrían llevar los dos botes. De nuevo, buscamos fantasmas en este cementerio azul. No conocemos sus nombres, ni sus caras, pero sabemos que existen, o existieron. Y existirán.

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