El bosque de los cien acres

16 de octubre de 2026 5 minutos

Teo Peñarroja Biografía

Teo Peñarroja (La Vall d'Uxó, Castellón, 1996) es el editor de Nuestro Tiempo. Estudió Filosofía y Periodismo en la Universidad de Navarra entre 2014 y 2019, época en la que publicó sus reportajes en varios medios de España, México y Chile. En 2019 se incorporó a la redacción de la revista, y desde diciembre de 2021 ejerce de editor. También publica una columna mensual en el semanario Alfa y Omega. Su recorrido en NT ha estado vinculado, además de al reporterismo, a la transición digital de la revista y a la formación de estudiantes. Cree que las revistas son «ecosistemas culturales».


«El Bosque de los Cien Acres era un lugar mucho más interesante que el mundo real. Y aquellas sensaciones me acompañan todavía, treinta años después. Creo que me atrevería a decir que es una experiencia tan definitiva como el primer amor»

Un acre es una medida de tierra, menos de media hectárea. Es una palabra que me gusta mucho. Tiene una sonoridad especial, mágica, como si Dios fuera disléxico y no supiera decir arce. También es una palabra que, como un conjuro, me devuelve a la infancia, cuando yo no sabía lo que significaba y apenas podía intuirlo o imaginarlo. Hablo de esa época en la que la imaginación lo es casi todo.

Ahora, por ejemplo, sé que un acre tiene connotaciones terribles en la historia de los Estados Unidos, donde un colono podía solicitar ciento sesenta acres de tierra hacia el Oeste y reclamarlos con la potestad de la Homestead Act y de su Winchester. Y a los indios, a tiros. (Indio, otra palabra que en la infancia resultaba encantadora, inofensiva, mística. Era la palabra con la que aprendíamos la letra i, «la i de indio», y eran aquellos apaches que daban vueltas alrededor de Peter Pan).

Lo más importante de los acres era que fuesen cien. Esa palabra me olía a otoño y a tierra húmeda, porque el Bosque de los Cien Acres era el lugar donde vivía Winnie the Pooh, mi héroe. No sé cuántas veces obligué a mis padres a ponerme las cintas VHS del oso glotón. No recuerdo las tramas de sus historias, pero reconocería entre mil la voz aterciopelada del doblador, y todavía se me parte el alma al recordar ese episodio en el que Winnie quiere volar… y lo encierran en un calabozo por violar la ley de la gravedad. Me vinieron todos esos recuerdos el 14 de octubre, de un golpe, cuando Google me informó de que se cumplían cien años de la publicación del primer libro de Winnie the Pooh. ¡Muchas felicidades, viejo amigo!

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En mi última columna hablaba de la necesidad imperiosa de educar la imaginación, de construir nuestra propia Balda de Metro y Medio. Sigo rumiando el tema, esta vez pensando en mis hijos y en qué dibujos, qué películas, qué historias reciben en su primera infancia. No es un asunto menor. Me doy más cuenta hoy que ayer: Winnie the Pooh era un amigo de verdad, el Bosque de los Cien Acres era un lugar mucho más interesante que el mundo real. Y aquellas sensaciones me acompañan todavía, treinta años después. Creo que me atrevería a decir que es una experiencia tan definitiva como el primer amor.

Sin ánimo de sentar cátedra, sí me gustaría sentar al respetable en el sofá cinco minutos para que consideren con qué están alimentando la imaginación de sus hijos. Todos hemos caído en la tentación de Spidey y su superequipo, terrible y ubicua serie infantil de moda. No nos torturemos, pero tampoco nos durmamos en los laureles: podemos subir el listón y evitar tanto las series comerciales como las educativas, infectas deformaciones del arte narrativo. Busquemos un menú saludable para los pequeños, que incluya clásicos incombustibles como mi centenario Winnie o bellezas ochenteras como la contemplativa Mi vecino Totoro —que en mi casa hemos descubierto hace quince días y nos tiene a todos entusiasmados—, pero también producciones contemporáneas.

A este respecto, mi última obsesión es el irlandés Tomm Moore. Ha dirigido tres películas preciosas, con dibujos hechos a mano, con tramas inteligentes, con un sentido casi sacramental del mundo, donde lo material es siempre símbolo, es siempre más que lo visible. El secreto del libro de Kells (2010) cuenta la vida en una abadía irlandesa, donde un niño quiere ser ilustrador de manuscritos, pero su tío el abad está obsesionado con construir un muro que los proteja de las incursiones vikingas. Hermosa; una película de verdad hermosa. O La canción del mar (2014), que casi gana un Óscar (al final se la llevó Big Hero 6, que no era tan buena), una cinta de una belleza formal apabullante, que trata a los niños como a seres inteligentes; la fabulosa historia, en el fondo, de cómo gestionar el duelo y del amor entre dos hermanos. De Wolfwalkers (2020) no hemos visto más que el tráiler. A diferencia de las otras dos, que eran para todas las edades, esta se recomienda a partir de los siete años. Como ya los he cumplido, espero verla pronto, cuando se duerman los chiquillos.

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Para niños más pequeños —para entendernos, como alternativa al ínclito Pocoyó o al insufrible Cocomelon—, Moore dibujó la serie Puffin Rock (está en Netflix), que los superpapis de Instagram alaban por ser «una serie de bajo estímulo». En este caso, de bajo estímulo significa que es bonita y que no comercia con la atención de los niños. Está muy bien.

El centenario del viejo Pooh es una buena ocasión para empezar a tomarnos los dibujos infantiles con la seriedad que se merecen. Además de nuestra balda de metro y medio, tendríamos que diseñar al menos un estante de cincuenta centímetros para los pequeñajos. La otra opción es que elija el algoritmo, y ya sabemos que ese juega en el equipo contrario.

Ahora que los clásicos vuelven a estar de moda, he descubierto que, en 2014, Moore escribió el guion de un capítulo piloto para una serie infantil que iba a llamarse El mundo según Winnie the Pooh. Debe de andar por ahí, en algún rincón oscuro de internet. Disney lo rechazó, qué pena. Me hubiera gustado volver al bote de miel siempre medio vacío y al olor otoñal de la palabra acre.

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¿Qué otras películas y series infantiles son pequeñas joyas por descubrir?

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